Morí sin haber amado…
y desperté en un mundo donde el destino se divide en Alfas, Deltas, Omegas y Enigmas.
Reencarnado como un omega en una era antigua llena de magia y alquimia, Arion finge amnesia para sobrevivir.
Todo cambia cuando conoce a Eryndor, un poderoso Enigma capaz de escuchar los pensamientos más profundos del omega… incluso los recuerdos de una vida pasada.
Un amor prohibido.
Un destino que desafía las leyes.
Una familia nacida contra todo pronóstico
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Demasiado cerca
Eryndor decidió acompañar a Arion durante el resto del día.
No como guardián.
No como tutor.
Sino como presencia.
Caminaron por los antiguos pasillos del palacio en silencio, uno al lado del otro, sin tocarse. Aun así, Arion sentía cada paso del Enigma como un eco dentro de su propio cuerpo, como si la energía de Eryndor vibrara a través de él, haciendo que cada músculo reaccionara sin que él lo ordenara.
El calor que había sentido por primera vez días atrás no había desaparecido. Había cambiado. Ahora era más profundo, más concentrado, como una corriente lenta que recorría su interior cada vez que Eryndor se detenía o se giraba hacia él. El temblor bajo su piel lo sorprendía, y por un instante dudó si aquello era normal o una señal de que estaba perdiendo control sobre sí mismo.
—¿Te duele? —preguntó el Enigma, al notar su respiración irregular.
—No… —respondió Arion, con voz baja y temblorosa—. Es solo que… me cuesta pensar con claridad.
Eryndor frunció ligeramente el ceño y se detuvo bajo la sombra de un arco de piedra tallada, dejando que la luz del sol filtrada por las vidrieras cayera sobre su rostro de manera que lo hizo parecer aún más cercano a un ser imposible de alcanzar.
—Arion, mírame.
El omega obedeció, levantando la vista con cautela. Entonces lo vio. Demasiado cerca. Mucho más de lo que había notado antes. Cada detalle del rostro de Eryndor, cada línea de su mandíbula, la profundidad de sus ojos dorados, parecía vibrar dentro de Arion como si estuvieran conectados por un hilo invisible.
Su aroma lo envolvió por completo. Limpio, profundo, ligeramente amaderado. Arion sintió un estremecimiento recorrer su espalda, y tuvo que apoyarse levemente en la pared para no perder el equilibrio.
—Respira —dijo Eryndor con suavidad, pero con una autoridad que no admitía discusión—. Lento. Conmigo.
Arion imitó su ritmo sin darse cuenta. Inhalar. Exhalar. Una, dos, tres veces… el temblor cedió apenas un poco, pero la corriente bajo su piel permanecía insistente, recordándole que no estaba solo en aquello.
—No entiendo este cuerpo —susurró, con la voz quebrada—. A veces siento cosas que nunca sentí antes. Reacciones que no puedo controlar.
Los ojos de Eryndor se oscurecieron levemente, y por un instante Arion creyó que podría perderse en ellos.
—Eso no te hace débil —respondió el Enigma—. Te hace vivo.
Arion tragó saliva. Sentía el calor subir desde el pecho hasta la garganta.
—Tengo miedo de… desear cosas que no comprendo.
Hubo un silencio cargado de tensión. El viento jugaba con las hojas del patio, pero entre ellos el aire parecía detenerse.
Eryndor levantó la mano lentamente, deteniéndola a centímetros del rostro de Arion, sin tocarlo. La proximidad era suficiente para que el omega sintiera cada pequeño cambio de temperatura, cada respiración, cada latido del corazón del Enigma.
—Dímelo si debo detenerme —susurró.
Arion dudó apenas un segundo… y negó con la cabeza.
Los dedos de Eryndor rozaron su mejilla con un contacto mínimo, casi reverente, y aun así el efecto fue inmediato. La piel de Arion ardió donde lo tocó, y tuvo que contener un suspiro que traicionaba cada pensamiento prohibido.
—Eryndor… —murmuró, sin saber qué más decir.
—Lo sé —respondió él, sin apartarse ni un instante—. Yo también lo siento.
Sus frentes se apoyaron con cuidado. No hubo beso. No todavía. Solo respiraciones entrelazadas, un intercambio silencioso de deseo y vulnerabilidad. Cada temblor de Arion se amplificaba con la cercanía de Eryndor, y aun así sentía seguridad, como si aquel contacto mínimo creara un escudo invisible que lo protegiera.
Arion cerró los ojos, aferrándose a la tela de la túnica del Enigma.
—Nunca… he besado a nadie —confesó con voz temblorosa—. Todo esto es… demasiado.
Eryndor no se movió. Cada centímetro de su cercanía era un límite respetado, una promesa silenciosa de que nada sería forzado.
—Entonces no iremos más lejos —dijo con firmeza—. No hasta que tú lo desees sin miedo.
Arion abrió los ojos lentamente. El calor seguía ahí, intenso e insistente… pero seguro. Una seguridad que lo hacía querer quedarse exactamente donde estaba, demasiado cerca y al mismo tiempo protegido.
—No quiero que te vayas —susurró, su voz apenas audible, temblorosa por la mezcla de miedo y deseo.
Eryndor apoyó la mano sobre la pared, cerrando el espacio a su alrededor sin tocarlo directamente, una barrera que lo contenía y a la vez lo protegía.
—Entonces me quedaré —dijo con suavidad—. Aunque sea así de cerca.
Demasiado cerca.
Y aun así… exactamente donde Arion quería estar.
El viento movía las hojas, y por primera vez, el temblor dentro de Arion no era un aviso de peligro. Era un recordatorio de que estaba vivo. De que sentir, incluso lo prohibido, podía ser seguro si alguien como Eryndor estaba allí para sostenerlo.
Y en aquel instante, bajo la luz dorada filtrada por el arco, Arion comprendió que no necesitaba huir de lo que sentía. Solo necesitaba alguien dispuesto a caminar a su lado… incluso demasiado cerca.