Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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EL PRECIO DEL MAPA.
El análisis del libro fue como tirar una piedra a un pozo profundo. Azren oyó el impacto, pero las ondas se perdieron en la oscuridad, fuera de su control. La calma tensa duró exactamente una semana.
La evidencia llegó sin testigos, dejada en su propio terreno. Al volver a su apartamento con una bolsa de la compra, lo vio: un ramo pequeño apoyado contra la puerta. No era llamativo. Peonías blancas apenas abiertas, tallos finos de sauce llorón, un poco de helecho plumoso. Era una belleza triste y elegante. Fugaz. No había tarjeta.
Su corazón dio un vuelco. Este no era el estilo de Caeleen. Era la misma mano que había enviado el ramo a la clínica y elegido el libro. Pero ¿por qué? ¿Por qué ponerlo aquí, en la puerta de un desconocido?
La única conexión era él. Azren Liáng. El profesor-traductor. ¿Era una advertencia? ¿Un agradecimiento? ¿Un SOS en código floral?
Cuando se lo contó a Leo por teléfono, su amigo soltó un suspiro que era pura resignación. "Estás en el ojo del huracán, poeta. Las peonías se marchitan en dos días. Es un mensaje: 'esto es frágil, esto se acaba'. El sauce es luto. Alguien te está diciendo que llores, o que ellos están llorando. Esto se está volviendo una novela gótica, Az. ¿Seguro que no quieres mudarte a otra ciudad?"
Azren no quería mudarse. Quería entender. Puso las flores en agua y observó cómo las peonías se abrían con una belleza que ya anunciaba su decadencia. Era desgarrador.
La respuesta llegó al día siguiente, no por la puerta, sino por una búsqueda de internet. Estaba husmeando sobre Alistair Vance, el autor del libro, cuando un artículo de una revista de arte apareció en los resultados: una crónica de una subasta benéfica en la Galería Blanc meses atrás. Había una foto de grupo.
Y allí estaba Darius. De pie un poco apartado, con su aire sereno y pálido. A su lado, con la mano posada con familiaridad en su brazo, había otro hombre: León Rivas. La leyenda decía: "El abogado León Rivas y su esposo, el restaurador Darius Sotelo, durante la velada".
Esposo.
La palabra le golpeó con la fuerza de lo obvio, de lo que había estado delante de sus ojos todo el tiempo sin querer verlo. No era una "relación complicada". Era un matrimonio. Legal. Público. La jaula de Darius no era una metáfora; era una estructura de acero con papeles, anillos y apellidos compartidos. Y Caeleen… Caeleen no era solo el amante. Era el otro. El que amenazaba con dinamitar esa vida estable.
Todo encajó con un sonido atroz en su mente. La tensión en la terraza, el beso desesperado, la amargura del libro. Darius no estaba indeciso entre dos amores. Estaba desgarrado entre la pasión devoradora de Caeleen y la seguridad de la vida que había construido con su esposo.
Azren se quedó mirando la pantalla, la imagen de la pareja perfecta quemándose en su retina. Sintió una mezcla de horror y de lástima infinita por los tres. Y por sí mismo, por su ceguera de principiante.
Esa misma tarde, Caeleen lo encontró. No fue casualidad. Azren estaba en un banco del parque cerca de su casa, intentando ordenar el caos en su cabeza, cuando la sombra familiar cayó sobre él.
—Tienes algo mío —dijo Caeleen sin preámbulos. No hablaba del libro.
Azren alzó la vista. Los ojos ámbar lo miraban con una intensidad febril. Sabía. Sabía del ramo. ¿Lo había visto? ¿O había sido él quien le dijo a Darius dónde vivía Azren, para provocar esto?
—Las flores no eran para mí —dijo Azren, manteniendo la voz calmada.
—¿Y? —Caeleen se sentó a su lado en el banco, demasiado cerca. Su energía era eléctrica, impaciente—. ¿Qué significan?
Azren lo miró. Este hombre estaba usando a un intermediario para descifrar los gestos de su amante. Como un general usando un espía. Y ahora, el espía tenía información nuclear.
—Peonías blancas —empezó Azren, decidido a ser solo un canal—. Simbolizan belleza, pero también vergüenza. Se marchitan rápido. Sauce llorón: lamento, duelo. Helecho: sinceridad, soledad.
Caeleen escuchó, su rostro inmóvil, pero Azren vio cómo sus manos se apretaban en puños sobre sus muslos. —Un ramo de lamento sincero por algo bello que se acaba —resumió Caeleen, su voz un susurro áspero. Lo había captado al instante. Su inteligencia no necesitaba poesía; extraía el dato operativo.
—Sí —asintió Azren. Luego, respiró hondo. —También averigüé algo. Sobre la jaula.
Los ojos ámbar se clavaron en él, alertas. —¿Qué?
—No es solo una relación complicada. Es un matrimonio. Se llama León Rivas. Abogado. Aparecen juntos en eventos. Hace más de un año.
Por un segundo, no hubo reacción. Luego, algo en Caeleen se solidificó. No era sorpresa. Era la confirmación de su peor temor, hecho tangible y nombrado. Un matrimonio era un muro con nombre y apellido, no un fantasma.
—Ya lo sabía —masculló Caeleen, desviando la mirada. Pero la tensión en su cuerpo decía que saberlo y oírlo dicho eran cosas diferentes. Era la diferencia entre un dolor interno y una herida expuesta al aire.
—Entonces, ¿por qué…? —empezó Azren, pero se calló. ¿Por qué sigues? ¿Por qué me usas?
Caeleen se volvió hacia él, y en sus ojos ya no había la curiosidad táctica de antes. Había algo más oscuro, más desesperado. La urgencia de quien ha apostado todo a una sola jugada. —Porque el matrimonio es un papel. Lo que hay entre él y yo… eso es de piedra. Es más real.
Era la lógica de un hombre para quien los hechos físicos —un beso, un gemido, la textura de la piel— y la intensidad emocional pesaban más que cualquier contrato social. Era la lógica del arquitecto de la casa vacía. Y era profundamente trágica.
—El ramo —continuó Caeleen—. Él lo dejó aquí. Para ti. Eso significa que sabe de ti. Que te está mirando. —Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz tenía un deje de algo que podía ser asombro o el primer signo de un respeto forzado—. Eso es algo.
Azren sintió un nuevo escalofrío. No solo era un cartógrafo o un criptógrafo. Ahora era un peón en el tablero de su relación. Darius lo había señalado. Y para Caeleen, el hecho de que Darius lo hubiera notado, de que hubiera gastado un gesto en él, convertía a Azren en un terreno de valor estratégico.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Azren, casi sin aliento.
—Nada —dijo Caeleen, levantándose. Su decisión volvía a él, más fría, más peligrosa—. Solo sigue viendo. Y descifrando. —Miró a Azren desde arriba—. El precio sube. Ya no son solo libros.
Y se marchó, dejando a Azren en el banco con el peso del conocimiento y el sabor amargo de las peonías en el aire.
Comprendió entonces el verdadero precio. No era dinero. Era su implicación. Cada vez estaba más atrapado, más indispensable para el torbellino emocional de Caeleen. Y ahora, también en el radar de Darius.
El ramo se marchitaría en un par de días. Pero la posición de Azren en esta guerra acababa de volverse permanente. Y mucho más peligrosa. Porque ahora era un testigo que ambos bandos conocían. Un testigo que, sin quererlo, estaba dejando de ser invisible para convertirse en parte del paisaje de su batalla.