Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL PRECIO DEL MAPA.
El análisis del libro fue como tirar una piedra a un pozo profundo. Azren oyó el impacto, pero las ondas se perdieron en la oscuridad, fuera de su control.
Los días después del encuentro en la clínica pasaron en una niebla extraña. Caeleen no llamó. No apareció. Pero Azren no podía dejar de pensar en ese momento: la mano en su hombro, la forma en que Caeleen había escuchado sus palabras como si fueran importantes, esa sonrisa antes de irse.
Había sido útil. Había sido visto.
Y ahora, el silencio.
...--------♡--------...
Una semana después, la realidad se materializó de la forma más inesperada.
Azren volvía a su apartamento con una bolsa de la compra, pensando en la cena, en las clases del día siguiente, en cualquier cosa que no fuera Caeleen Valkrum. Cuando llegó a su puerta, se detuvo en seco.
Un ramo pequeño, apoyado contra el marco.
No era llamativo. Peonías blancas apenas abiertas, tallos finos de sauce llorón, un poco de helecho plumoso. Una belleza triste y elegante. Fugaz.
No había tarjeta.
Azren se quedó mirando las flores, el corazón golpeándole las costillas. Reconocía el estilo. No era Caeleen —Caeleen no enviaba flores, Caeleen aparecía en persona, ocupaba espacio, sonreía—. Esto era otra mano. La misma que había enviado el ramo a la clínica. La misma que había elegido el libro.
Darius.
Pero ¿por qué? ¿Por qué dejar flores en la puerta de un desconocido?
Las recogió con manos temblorosas. Entró, las puso en agua, y se quedó mirándolas como si fueran una granada sin explotar.
Entonces llamó a Leo.
—¿Sabes qué día es? —preguntó Leo en cuanto contestó. Su voz sonaba cansada, pero con ese fondo de ironía que nunca perdía—. Porque si es para pedirme que recoja tus plantas mientras te fugas, la respuesta es no.
—Tranquilo. No me fugo. —Azren respiró hondo—. Recibí flores.
—¿Flores? ¿De quién?
—De nadie. Llegaron a mi puerta. Sin tarjeta. Peonías blancas, sauce llorón, helecho.
Del otro lado de la línea, Leo guardó silencio un momento. Luego soltó un suspiro largo, de pura resignación.
—Estás en el ojo del huracán, poeta. Peonías blancas: belleza, pero también vergüenza. Se marchitan rápido. Sauce llorón: lamento, duelo. Helecho: sinceridad, soledad. Alguien te está diciendo que llore, o que ellos están llorando. Esto es una novela gótica, Az. ¿Seguro que no quieres mudarte a otra ciudad?
Azren no quería mudarse. Quería entender.
Pasó la noche en vela, mirando las flores. Las peonías se abrieron con una belleza que ya anunciaba su propia decadencia. Era desgarrador. Y era un mensaje. Pero ¿para quién? ¿Para él? ¿O para Caeleen, a través de él?
La respuesta llegó al día siguiente, no por la puerta, sino por una búsqueda en internet.
Estaba husmeando sobre Santiago Valdés, el autor de La Casa Vacía, cuando un artículo de una revista de arte apareció en los resultados: una crónica de una subasta benéfica en la Galería Blanc, meses atrás. Había una foto de grupo.
Y allí estaba Darius.
De pie, un poco apartado, con ese aire sereno y pálido que Azren ya conocía. Pero no estaba solo. A su lado, con la mano posada con familiaridad en su brazo, había otro hombre. Traje impecable, sonrisa discreta, ojos claros. La leyenda decía:
"El abogado León Rivas y su esposo, el restaurador Darius Sotelo, durante la velada".
Esposo.
La palabra golpeó a Azren como un puñetazo en el estómago.
No era una "relación complicada". No era un "amante con problemas". Era un matrimonio. Legal. Público. Con papeles, con años, con una vida construida.
La jaula de Darius no era una metáfora. Era una estructura de acero con anillos y apellidos compartidos.
Y Caeleen... Caeleen no era el amante trágico. Era el otro. El que amenazaba con dinamitar todo eso.
Todo encajó con un sonido atroz en su mente. La tensión en la terraza, el beso desesperado, la amargura del libro. Darius no estaba indeciso entre dos amores. Estaba desgarrado entre la pasión devoradora de Caeleen y la seguridad de la vida que había construido con su esposo.
Azren se quedó mirando la pantalla, la imagen quemándose en su retina. Sintió una mezcla de horror y lástima infinita por los tres.
Y por sí mismo. Por su ceguera. Por haber creído, en algún momento, que esto podía terminar bien.
Esa misma tarde, Caeleen lo encontró.
No fue casualidad. Azren estaba en un banco del parque cerca de su casa, intentando ordenar el caos en su cabeza, cuando una voz conocida lo sacó de sus pensamientos.
—¿Siempre pones esa cara cuando piensas, o hoy es especial?
Azren alzó la vista. Caeleen estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos y una sonrisa torcida. Jersey negro, vaqueros, el pelo aún húmedo como si acabara de ducharse después de entrenar. Magnético. Cálido.
—¿Me puedo sentar? —preguntó, y ya lo estaba haciendo.
—Parece que no necesitas permiso —dijo Azren, y Caeleen se rió. Esa risa baja, genuina, que hacía que todo pareciera más fácil.
—Tienes razón. Es que soy un pesado. Mi madre lo dice siempre.
Se sentó a su lado, dejando apenas unos centímetros de distancia. Olía a jabón y a ese no-sé-qué que Azren ya asociaba con su presencia.
—Recibiste flores, ¿verdad? —dijo Caeleen. No era una pregunta.
Azren se tensó. —¿Cómo lo sabes?
—Porque Darius me lo dijo. —Caeleen se encogió de hombros con naturalidad—. Ayer me escribió. Puso: "Saluda al profesor de parte de las peonías." Algo así. Es muy dramático a veces.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Nada. —Caeleen lo miró con esa sonrisa suya, desarmante—. ¿Qué iba a decirle? "Gracias por regalarle flores a mi traductor"? No tiene sentido.
—No soy tu traductor —protestó Azren.
—No. Eres más que eso. —La frase cayó con naturalidad, como si fuera obvia—. Pero él no necesita saberlo todo.
Azren sintió un vuelco. No supo si era por las palabras o por el tono en que fueron dichas.
—Caeleen —dijo, respirando hondo—. Tengo que decirte algo. Sobre Darius.
—Dime.
—Está casado. Con un hombre llamado León Rivas. Llevan más de un año. Lo vi en una foto.
Caeleen no reaccionó de inmediato. Asintió lentamente, como si procesara información que ya conocía pero que dolía igual.
—León —repitió. Y por un momento, su mirada se perdió en algún lugar lejano. Luego volvió a Azren, y esa sonrisa seguía ahí. Más pequeña, pero presente—. Sí. Lo conozco.
—¿Lo conoces?
—De antes. De cuando éramos adolescentes. Íbamos a institutos diferentes, pero coincidíamos en un taller de cerámica los fines de semana. León, Darius y yo. Durante años.
Azren parpadeó, desconcertado.
—¿Tú y Darius... se conocen de entonces?
—Desde los trece. Él ya estaba en el taller cuando yo llegué. León apareció después. —Caeleen se reclinó en el banco, mirando al frente—. Éramos tres. Cada uno de su sitio. Pero durante unas horas los sábados, éramos... no sé. Algo.
—No me habías dicho nada de eso.
—No me preguntaste. —Caeleen se volvió hacia él, y su mirada era abierta, sincera—. Además, ¿para qué? Eso fue hace mucho. Otra vida.
—Pero ahora está casado con él.
—Lo sé.
—¿Y eso no cambia nada?
Caeleen lo miró. Largo. Sostenido. Y cuando habló, su voz tenía un matiz nuevo. Más grave. Más honesto.
—Cambia todo. Y no cambia nada. Porque el problema no es el papel. El problema es que él lo eligió a él. Me elige a mí a escondidas, pero a él lo elige en público. Todos los días. Desde hace años.
Azren sintió el peso de esas palabras. La verdad desnuda. Sin adornos.
—¿Y por qué sigues? —preguntó.
Caeleen sonrió. Una sonrisa triste, cansada, que no llegaba a los ojos.
—Porque no sé no seguir. Porque cuando estoy con él, el mundo tiene sentido. Por muy jodido que sea. —Hizo una pausa—. ¿Tú entiendes eso?
Azren sí lo entendía. Más de lo que quería admitir.
—El ramo —dijo Caeleen, volviendo al presente—. Él lo dejó aquí. Para ti. Eso significa que sabe de ti. Que te está mirando. Y que, de alguna manera, eso le importa.
—¿Y a ti? —preguntó Azren—. ¿Te importa?
Caeleen lo miró. Y entonces hizo algo inesperado: apoyó una mano en su hombro. El gesto era cálido, casi fraternal. Pero sus ojos decían otra cosa.
—Claro que me importa —dijo—. Eres útil. Eres el único que parece entender lo que pasa por mi cabeza sin que yo tenga que explicarlo. Eso vale mucho.
La palabra flotó en el aire. Útil.
Azren sintió un pinchazo frío en el pecho. Pero Caeleen ya estaba hablando de nuevo, su sonrisa otra vez en su lugar, magnética, cálida.
—Además —continuó—, si él te está mirando, eso significa que puede mirarte a ti en lugar de mirarme a mí. Y eso... eso me da un respiro.
—¿Un respiro?
—Sí. Mientras él te mira a ti, no me está mirando a mí. No me está esperando. No me está necesitando. Y yo puedo... no sé. Respirar.
La confesión era tan inesperada, tan desnuda, que Azren no supo cómo procesarla.
—¿Quedamos otro día? —preguntó Caeleen, levantándose. Su mano aún estaba en el hombro de Azren. Un segundo más. Luego la retiró—. Para hablar del libro, o de lo que sea. En el café de la otra vez. Sin flores, sin dramas.
Azren asintió, sin poder hablar.
—Bien. —Caeleen le dedicó una última sonrisa—. Te escribo.
Y se fue. Dejando a Azren en el banco, con el calor de su mano aún en el hombro y la palabra útil resonando en su cabeza.
Comprendió entonces lo que estaba pasando.
No era un amigo. No era un igual. Era una herramienta. Un traductor. Un respiro. Alguien a quien Caeleen usaba para entender a Darius, para distraer a Darius, para respirar cuando Darius lo agobiaba.
Y sin embargo, esa mano en su hombro había sido real. Esa sonrisa había sido real. Esa invitación a un café "sin dramas" había sonado sincera.
¿O no?
Azren ya no sabía. Lo único que sabía era que cuando Caeleen se había ido, el banco se había quedado vacío. Y él, a pesar de todo, ya estaba esperando el próximo mensaje.
El ramo se marchitaría en un par de días. Pero la necesidad de ser útil, de ser visto, de ser necesario para alguien como Caeleen... esa no se marchitaba.
Y por primera vez, Azren pensó que quizás, solo quizás, estaba siendo exactamente lo que Caeleen necesitaba que fuera.
Una herramienta.
Pero una herramienta que podía sentarse a su lado. Una herramienta a la que sonreía. Una herramienta en cuyo hombro apoyaba la mano.
Y eso, por retorcido que sonara, era más de lo que había tenido nunca.