Bruno Caruso, un hombre fuerte, calculador y la cabecilla de un imperio levantado a base de sangre. Es el rey indiscutible de la mafia siciliana: no perdona, no olvida… y sobre todo, convierte la traición en castigo.
Xenia, sin quererlo, se convierte en la pieza central de su furia. Y en la oscuridad de su mundo, él decide cuánto debe pagar… pero entre amenazas, secretos y silencios que queman, ¿ambos podrian descubrir que la oscuridad también sabe atraerte?
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Capítulo 09
Apenas pude parpadear cuando vi como Bruno se paró de su asiento y sacó una pistola dorada con una velocidad increíble, apuntando con ella al hombre que me tenía agarrada.
—Suéltala —dijo con voz baja, medida, tan fría que cortaba el aire— ¿Quién te dio el permiso de tocar lo que me pertenece?
El hombre me soltó y retrocedió un paso, había sentido el filo de la determinación de Bruno.
—Lo siento Caruso, no volverá a pasar, te lo aseguro— Dijo el otro bajando la cabeza, se le había ido por completo el estado de macho alfa.
—Sé que no volverá pasar, la próxima vez solo recibiras una bala entre la cabeza... Ahora fuera, los quiero a todos fuera de mi puta casa. Se acabó la maldita diversión.
Bruno caminó hasta mi y me tomó del brazo, llevándome a rastras con él. Salimos de la sala y subimos hasta la parte de arriba de la casa. Él me llevó hasta un cuarto y estando dentro me arrojó a la cama con brusquedad. Miré rápidamente el cuarto en el que me encontraba y noté que se veia bastante varonil, supuse que era su cuarto.
—¿Sabes?, no sabía que eras tan valiente, mira que romper una regla, y no una cualquiera, como si nada, es de una persona con agallas... pero dime algo, ¿serás así de valiente para enfrentar lo que te espera? —Empezó a despojarse de su camisa, y la saliva se atascó en mi garganta.
—¿Qué vas a hacer?— Pregunté con miedo, aunque en el fondo sabía lo que pretendía, pero tenía la mínima esperanza de que me estuviera equivocando.
—Cállate pedazo de zorra. Hoy no tienes escapatoria, este será tu maldito castigo por desobedecerme y tu deber es aceptarlo como la esclava que decidiste ser.
—¿Decidir?, tu me obligaste a elegir eso... ¡te odio! —Me alejé de él, pero él se acercaba más a mi— Aléjate de mi maldito loco.
Me eché todo lo que pude para atrás hasta que ya no tenía lugar hacia donde ir. El miedo se apoderó de mi completamente y no sabía que hacer... Él estaba fuera de si, más de lo normal. ¿Tomó de más?
—Es mejor que aceptes tu castigo o será mucho peor —Se acercó a mi y me tomó por el pelo fuertemente— créeme que si deseas puedo llevarte al mismísimo infierno y no solo a ti, también a todos los tuyos, maldita sea.
Al oír eso mis luchas inmediatamente cesaron, no iba a correr el riesgo de poner en duda su palabra. Estoy 100% segura de que él lo cumpliría. ¡Por Dios!, es un mafioso, nunca pondría en duda su palabra.
—Buena chica, ahora quítate toda la ropa— Articuló sin ningún tipo de emoción.
Lo miré por unos breves segundos, suplicándole con mi mirada, pero al ver que ni se inmutó decidí hacer lo que me ordenó.
Cerré mis ojos y giré mi rostro en otra dirección mientras que a la misma vez mordía mis labios por la vergüenza que estaba sintiendo. Estaba completamente desnuda frente a un desconocido. Esto se siente diferente a cuando estaba colgada y desnuda en el sótano.
Sentí como pasaron los minutos y no sucedía nada por lo que abrí mis ojos en busca de Bruno, pero al encontrarlo él ya estaba vestido nuevamente. Me miraba fijamente, como si quisiera matarme.
—Vístete— Ordenó.
Lo miré anonadada, pero no dije nada e inmediatamente me vestí. Claramente no iba a poner objeción alguna, no quería que me tocara.
Cuando terminé de cambiarme él me agarró del brazo con mucha fuerza y me arrastró fuera de la habitación.
Bajamos las escaleras y luego de unos minutos llegamos al cuarto al que él me había asignado y me empujó hacia adentro.
—A partir de ahora estarás encerrada en esta habitación y ninguna de las mucamas tiene permitido traerte ningún tipo de alimento hasta que yo así lo ordene— Inmediatamente dijo esto se giró para irse, pero lo tomé del brazo con desesperación.
—Por favor no, no me hagas esto, lo lamento mucho, no volverá a suceder— Supliqué con lágrimas en mis ojos.
Él tiró de su brazo con mucha brusquedad, haciéndome soltar un quejido por tal acción.
—No vuelvas a ponerme un dedo encima sin mi autorización pequeña zorra— Me miró directamente a los ojos y luego me fulminó para posteriormente irse sin mirar atrás.
Estando sola empecé a llorar con más intensidad. Tenía miedo, no me gustaba estar sola por tanto tiempo, me daba ansiedad.
{**Tres días después**}
Han pasado tres días. Lo sé porque conté los amaneceres.
El primer día fue el peor. Al principio grité, golpeé la puerta, incluso rogué. Pero nadie respondió. Solo el eco de mi voz volviendo hacia mí como un cruel recordatorio de que estaba sola. Quise convencerme de que era un error, que en cualquier momento alguien vendría, abriría la puerta, me ofrecería un vaso de agua, una explicación, algo.
Pero no vino nadie.
El silencio estaba tan espeso que podía escuchar mi propio pulso, y cada latido me recordaba que seguía viva... aunque empezaba a preguntarme cuánto más lo estaría si esto continuaba.
El segundo día la sed se volvió insoportable. La boca seca, los labios partidos. Mi garganta dolía cada vez que intentaba tragar saliva, que ya ni tenía.
Soñé con agua. Con frutas jugosas. Con hielo derritiéndose en mi lengua. Soñé incluso con la voz de él —Bruno— aunque no sé si fue un recuerdo o un delirio. Me pregunté si estaría observándome desde algún lugar, disfrutando del castigo, si esta era su manera de vengarse por lo que le hice a su hermana.
El tercer día simplemente... dejé de luchar.
Ya no tengo fuerzas. Ni para gritar, ni para odiarlo, ni para levantarme. Me duele el cuerpo entero y la cabeza me late con una presión sorda y constante. Me siento pequeña, insignificante. Como si me estuviera deshaciendo poco a poco, como si estuviera desapareciendo.
El hambre ya no es lo peor. Es la sed. Y la certeza de que no le importo lo suficiente ni siquiera para matarme rápido.
No he visto a nadie. No he escuchado pasos, ni llaves, ni voces detrás de la puerta. Es como si el mundo se hubiera olvidado de que existo.
Y quizás él también.
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\*\*\*
**Pov. Bruno**
La llave giró con un clic seco y la puerta cedió con un leve chirrido.
El hedor a encierro, sudor y desesperación salió a recibirme como una bienvenida silenciosa. Di un paso dentro, sin prisa. No necesitaba correr. Ella no iba a ninguna parte.
La encontré tirada en el suelo. Su cuerpo estaba encogido, tembloroso, como si intentara hacerse invisible. Sus labios estaban agrietados, su rostro hundido, y su piel tenía ese tono enfermizo que solo aparece cuando el cuerpo empieza a rendirse. Apenas respiraba. Si no la hubiese visto moverse débilmente, habría pensado que ya estaba muerta.
Así está mejor. No se puede morir, todavía no es su hora.
Me acerqué, cruzando la habitación sin emitir un solo sonido. Me quedé de pie frente a ella, observándola. Estaba completamente rota. Exactamente como la quería.
Tres días. Sin agua. Sin comida. Sin contacto.
Eso era apenas el comienzo. Esto era lo que quería. Que sufriera. Que sintiera el mismo vacío, el mismo dolor con el que yo cargaba desde que vi a mi hermana conectada a máquinas, sin respuesta, sin alma. Ella —la mujer frente a mí— fue la causa. El detonante. La destrucción hecha carne. Esto no era crueldad. Esto era justicia. Fría. Precisa. Merecida.
Se movió apenas. Un gemido débil escapó de su garganta, como si intentara hablar, o tal vez implorar. No me importó.
Me agaché junto a ella. No con ternura. No con preocupación. Solo para verla mejor. Sus ojos estaban entreabiertos, no me enfocaban. Estaba al borde de perder el conocimiento.
—Te ves hecha mierda —dije, sin emoción.
Ella no respondió. Qué irónico. Una lengua tan rápida cuando quería defenderse… y ahora, silencio absoluto.
Tomé su barbilla con fuerza y la obligué a mirarme. Sus párpados temblaron. Podía ver el miedo, el dolor… y lo mejor: la sumisión comenzando a brotar, como una semilla que pronto crecería.
—Esto solo es el comienzo. Quiero que te quiebres lentamente. Que cada trago que tomes y cada bocado que comas te recuerde que estás viva porque yo lo permito— murmuré.
Solté su cara como si me ensuciara. Me puse de pie, di media vuelta y caminé hacia la puerta. No la cerré. Dejé que pasara una de las sirvientas, que estaba esperando afuera con un plato de comida desde que puse un pie aqui adentro.
—Que se coma todo— Miré de reojo hacia atrás y posteriormente seguí mi camino.
No la voy a dejar morir de hambre, esa sería una muerte muy benevolente y no estoy dispuesto a hacer ese tipo de persona con ella.
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\*\*\*
**Pov. Xenia**
Estando tendida en el piso, pude percibir como de pronto una presencia se había acercado a mi, inmediante supe que era Bruno, su perfume tan particular lo delató.
Sentí un fuerte agarre en mi barbilla y ahí fue donde lo vi. Tan dominante, tan cruel, tan implacable. Esa mirada que sin duda me heló la sangre. No podía no admitir que tenia miedo.
Él me susurro algo al oído, algo que no logré comprender bien. Mi mente no estaba en su mejor punto de comprensión, solo podía pensar en la falta de comida y de agua por la cual estaba atravesando mi cuerpo.
De repente él me soltó como si solo tocarme fuera algo que lo quemara. Mi cabeza chocó con el piso, pero en este punto, ni eso me dolió.
Mis ojos no podían más, sentía que ya no daba para más, poco a poco mis parpados empezaron a cerrarse... En medio de esta desesperación quería dormir.
Sentí leves toques en mi mejilla que pronto me traían por completo a la realidad, pero antes de siquiera poder abrir los ojos me inundó un olor. Un olor a comida, comida caliente... ¿o lo estaba imaginando?
No. No lo era.
Con pesar abrí mis ojos y pude vislumbrar a una chica. Ella no dijo nada. Vestía de uniforme, cabello recogido, sin expresión o al menos eso creí.
—De verdad no puedo ser tan vil contigo, no puedo ser esa clase de persona— Expresó, mirándome con tristeza. Parecía como realmente le afectaba verme en esta situación.
En el siguiente instante ella vino hacia mí, me tomó y me ayudó a ponerme de pie, llevándome a la cama en el proceso.
Ella se giró y cuando voltió puso la bandeja de comida frente a mi.
—Volveré en un rato con un poco de agua, come bien, lo necesitas— Puso su mano en mi hombre en forma de consuelo y luego se marchó.
Al mirar la bandeja de comida supe que esto no era un acto de compasión. Lo supe de inmediato. Esto no era piedad. Esto era estrategia. Alguien —él— había decidido que era hora de mantenerme viva. No mejor, no cómoda… solo viva.
El plato humeaba. El olor era tan fuerte que me hizo llorar. No de emoción. De rabia. Porque él lo sabía. Sabía que rompería el último hilo de dignidad que me quedaba en el momento exacto en que metiera los dedos en esa sopa como una salvaje, sin cubiertos, sin fuerza, sin orgullo.
Y lo hice.
Porque el hambre y el miedo no discuten. Porque ya no tenía opción.
Comí con las manos, como una criatura. Me temblaba todo el cuerpo, pero tragué cada bocado como si fuera el último. La sopa me quemó la garganta, pero no me importó.
Cuando terminé, lloré.
No por la comida. Por mí. Porque ya no era la misma. Porque algo dentro de mí se había quebrado, y él lo sabía. Y eso le encantaba.
Despues de varios minutos escuché el sonido de la manilla girar y supuse que era la chica del servicio y en efecto, era ella, además traía consigo un vaso de agua.
—Toma— Con una sonrisa amigable, me pasó el vaso y con gusto lo tomé.
—Gracias— Apenas pude articular.
—No es nada —Sonrió y posteriormente su mirada se fijó en la bandeja que me había traído pocos minutos atrás, viéndola ahora completamente vacía— Que bueno que comiste todo, yo seguiré viniendo a traerte cosas, pero no me puedo quedar por mucho tiempo porque me puede ir mal, lo siento.
—No te preocupes —Expresé en casi un susurro— ¿Cómo te llamas?
Por un momento la vi dudar entre decirme su nombre o no decirlo, hasta que al final habló.
—Betty, me llamo Betty— Sonrió y luego se dio la vuelta, dispuesta a marcharse.
—Espera —Ella se paró en seco y volvió a girar— Eres la chica que encontré en la cocina, la que me permitió llevarme comida, ¿cierto? —Ella asintió— Gracias Betty.
La chica solo me sonrío y después se dio la vuelta y esta vez se marchó. Otra vez me volví a quedar sola.
Esto está increíble !!