Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*
Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.
Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.
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CAPÍTULO 7: La novia más dolida es la que armó el velorio.
El duque llegó al mediodía, y por primera vez desde que Cassidy despertó en ese cuerpo, el castillo entero se enderezó.
Ya no era el hombre polvoriento y cansado que había pasado antes de vuelta al frente. Venía descansado, afeitado, con la capa buena, y detrás de él dos criados cargaban cofres. Cassidy bajó a recibirlo al patio, y el hombre, en cuanto la vio, se detuvo en seco.
—Por todos los cielos —dijo—. ¿Esta es mi hija?
—¿Quién más, padre? —Cassidy sonrió, e hizo una media vuelta, dejando que la viera.
El duque la tomó por los hombros, la apartó un poco para mirarla mejor, y a ese hombre de cara dura, que había visto arder ciudades sin mover una ceja, se le humedecieron los ojos.
—Te dejé pálida y encorvada, y me vuelvo y te encuentro… —buscó la palabra— hecha una mujer. Hermosa. Igual que tu madre. —La abrazó fuerte, torpe, como abrazaba él—. El aire de la muerte no te sentó nada mal, parece. Mírate.
Si supieras que a la que dejaste ya no está, viejo. Pero el cariño es real, y eso a veces no se finge. Disfrútalo. Los dos lo necesitamos.
—Te traje cosas —dijo el duque, soltándola, de pronto casi tímido, y ordenó abrir los cofres ahí mismo, en el patio, sin esperar.
Y empezó a sacar. Sedas del sur que habría cambiado por poco en algún campamento. Un peine de nácar. Unos pendientes de piedra verde que hicieron suspirar a Ismenia. Un par de guantes finos. Y al fondo, envuelto en tela, un puñal pequeño, de empuñadura labrada.
—Este no se lo enseñes a tu madrastra —dijo, bajando la voz, poniéndoselo en la mano—. Una mujer que sale a montar sola y termina secuestrada por forajidos, aprende a cargar algo. No confío en nadie más para cuidarte cuando yo no estoy. Cuídate tú.
Cassidy cerró los dedos alrededor del mango, y por un segundo el gesto no fue de Aurora ni fue teatro. Fue de ella. De la mujer que en dos vidas había aprendido que un padre que te regala un cuchillo te quiere más que cien que te regalan flores.
—Gracias, padre —dijo, y esa vez la emoción en la voz no la fingió—. De verdad.
Y qué oportuno. El día que necesito que rompas mi compromiso, me regalas un cuchillo y me dices que me cuide sola. Casi me da culpa usarte. Casi.
Esa noche hubo cena grande. La primera desde la fiesta del desastre, y esta vez el motivo era honesto: celebrar el regreso del duque y la cercanía del baile del rey. La mesa larga, iluminada, con Ágata en un extremo haciendo de esposa perfecta, Leonor a su lado hecha un primor, el príncipe invitado como futuro yerno, y el duque presidiendo, contento, con su hija recuperada y hermosa a la derecha.
Cassidy jugó su papel de princesa dichosa. Se rió de los chistes de su padre. Dejó que la elogiaran. Y trabajó, como trabaja el que sabe que la partida se gana antes de que el otro se dé cuenta de que empezó.
Empezó por las copas.
No hizo falta magia. Con Ismenia sirviendo de su lado y una criada ganada a moneda limpia, solo tuvo que asegurarse de dónde se sentaban ciertas jarras y hacia quién iban. La del príncipe. La de Leonor. Nadie más. Un descuido de servicio, imposible de rastrear, en medio de veinte copas iguales.
Y después, la aguja.
—Hermanita —dijo Cassidy, en una pausa de la conversación, con su vocecita más dulce—, ¿verdad que el baile del rey va a ser precioso? Padre va a anunciar mi compromiso delante de todo el imperio. —Suspiró, mirando de reojo al príncipe—. Voy a ser princesa consorte. Qué cosas tiene la vida. Yo, la que nadie miraba.
Vio a Leonor tragar. Vio cómo, debajo del rubor que ya empezaba a subirle por el cuello —el rubor que no era vergüenza, que era otra cosa calentándole la sangre—, se le tensaba la mandíbula.
—Y tú, hermanita —siguió Cassidy, clavando despacio—, que eres tan bonita, ya verás que pronto también te consiguen a alguien. Alguien libre. Aunque sea de menor rango, claro. Una no puede aspirar siempre a lo mejor.
Fue perfecto. Vio a Leonor apretar la copa. Vio los ojos de la hermanastra saltar hacia el príncipe con un reclamo mudo y furioso, y vio al príncipe, ya con la sangre revuelta por lo mismo que ella, devolverle la mirada un instante de más.
Ahí. Míralos. Ya no piensan. Ya no calculan. El fuego les está subiendo por dentro y los celos los están volviendo idiotas al mismo tiempo. Es cosa de minutos.
Fueron menos.
Leonor se levantó antes de los postres, con una excusa de dolor de cabeza y las mejillas encendidas. El duque, distraído contándole al príncipe una batalla, apenas lo notó. Y un rato después, cuando la conversación se puso larga y aburrida, el príncipe se disculpó también, con voz que quería sonar tranquila y no lo lograba del todo.
Los dos, hacia el mismo pasillo.
Cassidy cortó el último bocado de su plato con toda la calma del mundo, y contó por dentro.
Uno: ya se buscaron. Dos: ya cerraron la puerta de la salita creyéndose a salvo. Tres: ya el fuego les ganó a la cabeza. Y ahora, el toque final. El único que importa.
Dejó pasar los minutos justos. Ni uno menos, para que estuvieran bien enredados; ni uno más, para que no terminaran y se vistieran. Entonces se llevó la servilleta a los labios, y se volvió hacia su padre con la cara más frágil de su repertorio.
—Padre —dijo, bajito, solo para él—. ¿Me acompañas a mis aposentos? Es que… —bajó los ojos, dejó que la voz le temblara justo lo necesario— desde lo del bosque me da miedo el pasillo de noche. Sé que es una tontería. Solo hasta la puerta. Contigo no tengo miedo.
El duque, que a esa hija no le negaba nada, y menos después de haberla llorado por muerta, dejó la copa al instante.
—Faltaba más. —Se levantó, le ofreció el brazo—. Ningún hombre debería dejar a su hija cruzar sola una casa. Vamos.
Y echaron a andar. Del brazo. Por el corredor.
Hacia la salita.
Cassidy caminaba despacio, apoyada en su padre, con la carita gacha de niña asustada, sintiendo cómo se acercaban al lugar exacto. Y entonces, cuando ya faltaban pocos pasos, empezaron a oírse.
Primero un murmullo. Después algo más. Sonidos que no dejaban lugar a dudas, que traspasaban la puerta mal cerrada de la salita, sin ningún cuidado, sin ninguna prudencia, porque la prudencia se les había quemado hacía rato en la copa.
Cassidy sintió el brazo de su padre ponerse rígido bajo su mano. Sintió cómo el hombre se frenaba. Cómo la respiración se le cortaba mientras la cabeza de guerrero reconocía, muy a su pesar, qué clase de ruido era ese.
—¿Padre? —dijo ella, levantando la cara, los ojos enormes, la inocencia hecha carne—. ¿Qué es ese ruido? ¿Hay alguien lastimado?
Y esa pregunta —esa duda de niña que no entiende— fue la que le arrancó al duque lo último que le quedaba de prudencia.
Le soltó el brazo. Cruzó los últimos pasos en dos zancadas. Y de una patada abrió la puerta de la salita de par en par.
La luz del pasillo entró de golpe.
Y ahí, sobre el diván, desnudos, enredados, en pleno acto, sin un segundo para fingir, para taparse, para inventar nada, estaban la hija de Ágata y el prometido de Aurora, congelados bajo la mirada del segundo hombre más poderoso del reino.
Por un instante nadie respiró. Ni ellos, ni el duque, ni el mundo.
Después el duque rugió.
—¡MALNACIDO!
Fue tan rápido que hasta a Cassidy la sorprendió. El puñal que él mismo llevaba al cinto salió de la vaina, y el ministro de guerra, el hombre que había arrasado ciudades, se lanzó sobre el príncipe desnudo con la cara transformada en algo que no tenía nada de cortesano.
—¡Te voy a cortar la cabeza, perro! ¡En MI casa! ¡Con MI hija durmiendo bajo este techo! ¡Prometido de mi Aurora y revolcándote con esta…!
El príncipe gritó, resbaló del diván, cayó al suelo desnudo tratando de arrastrarse hacia atrás, blanco de terror. Leonor chillaba, agarrando la ropa contra el pecho. El acero brilló. Dos criados que acudían al escándalo tuvieron que echarse encima del duque para sujetarlo, y ni entre los dos podían, porque un padre furioso pesa el doble.
—¡Suéltenme! ¡Es hijo del rey y no me importa! ¡Un rey no compra el derecho de humillar a mi sangre!
Y en medio de todo aquello —los gritos, el acero, los cuerpos desnudos, Ágata que ya llegaba corriendo por el pasillo con la cara descompuesta—, en el umbral, iluminada por detrás, estaba Cassidy.
Se había llevado las dos manos a la boca. Los ojos se le habían llenado de lágrimas, gordas, perfectas, temblando en el borde sin caer. Todo el cuerpo le temblaba como el de una novia a la que acaban de romperle el corazón delante de media casa.
—¿Cómo… cómo pudieron? —susurró, con la voz quebrada, mirando al príncipe, mirando a su hermanastra, dejando caer por fin una lágrima larga por la mejilla—. Yo… yo iba a casarme contigo. Y tú… con ella… con mi hermana…
Se llevó una mano al pecho, se tambaleó, y Ismenia tuvo que sostenerla para que no cayera.
Fue una actuación digna de que le levantaran una estatua.
Porque por dentro, muy por dentro, detrás de esas lágrimas impecables, Cassidy Boone estaba sentada cómodamente, con los pies en alto, viendo arder exactamente el fuego que ella misma había prendido.
Lloren, tórtolos. Lloren. Miren el desastre que armaron con sus propias manos calientes. Yo solo abrí la puerta correcta en el momento correcto y puse la lágrima donde tenía que ir. Ahora, papá, haz lo que un padre digno tiene que hacer. Rompe. Este. Compromiso.
—Aurora, hija —jadeó el duque, todavía sujeto por los criados, buscándola con los ojos por encima del hombro—. No mires esto. No lo mereces.
—Padre… —Cassidy alargó una mano temblorosa hacia él, entre sollozos—. Por favor… no quiero volver a verlo nunca. Nunca.
Y el duque, con el pecho subiéndole de furia, con la voz ronca de rabia contenida, dijo delante de todos —delante de Ágata, delante de Leonor desnuda, delante del príncipe en el suelo, delante de la servidumbre entera— las palabras exactas que Cassidy había orquestado cada paso para oír:
—No lo verás. Te doy mi palabra. Este compromiso se acabó esta noche. Ningún hijo de perra, sea del rey o del mismísimo diablo, se casa con mi hija.
Cassidy hundió la cara en el hombro de Ismenia, para que nadie viera que la novia destrozada, en el fondo de todo, estaba sonriendo.