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Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance
Popularitas:555
Nilai: 5
nombre de autor: Kye Soma

El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.

¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?

NovelToon tiene autorización de Kye Soma para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: Todo es mi culpa

—Oye, suéltalo.

—No, esto es mío.

Daniel e Isabella se estaban peleando por un libro en medio de la biblioteca. Otra vez. El libro en cuestión era un tomo viejo de tapas verdes, probablemente algún manual de magia básica que ambos querían por razones distintas: Daniel, para estudiar; Isabella, para molestarlo.

—¿Qué hacen aquí? —pregunté, clavando una mirada severa en los hermanos Moretti.

Mi voz resonó en la biblioteca como un latigazo. No era la voz de un niño de siete años. Era la voz de un profesor de treinta y ocho que había soportado demasiadas interrupciones en demasiadas aulas.

—Tch.

Dejé caer el libro que tenía en las manos sobre la mesa de metal. El golpe seco retumbó en toda la sala, haciendo que incluso las velas parpadearan. Los dos hermanos se callaron de inmediato. Abrieron los ojos de par en par, mirando hacia mi dirección como si acabaran de ver un fantasma.

Rechiné los dientes. *No tengo tiempo para estas estupideces infantiles. Tengo treinta y ocho años. No voy a hacer de niñera de dos mocosos que deberían saber comportarse. *

Me levanté del escritorio, recogiendo mis cosas con movimientos bruscos, y me dirigí hacia la puerta.

—Espera, hermano...

Mi mirada se clavó en Daniel como un puñal. Él, por primera vez en mucho tiempo, no dijo nada. Sus ojos verdes, tan parecidos a los de Ed, se encontraron con mis ojos completamente negros. Y lo que vio allí no le gustó. Retrocedió un paso, con la mandíbula tensa y las manos apretadas en puños a los costados.

Seguí caminando, ignorándolo por completo.

Después de salir, cerré la puerta bruscamente. El sonido del portazo retumbó en el pasillo.

—Te dije que no molestaras a Joshua, Daniel —escuché la voz de Isabella a través de la puerta, amortiguada pero clara.

Solté la manilla y dejé escapar un suspiro tan pesado que sentí que me vaciaba los pulmones.

*Esta familia es un circo. Y yo soy el payaso principal, actuando para una audiencia que ni siquiera quiere verme. *

Volteé mi cuerpo y me dirigí hacia el jardín. Necesitaba aire fresco. Necesitaba silencio. Necesitaba estar solo, aunque fuera por un rato.

*Punto de vista de Isabella*

Dejé que Daniel se quedara con el libro. Al fin y al cabo, yo no lo quería. Solo quería fastidiarlo. Un hábito infantil, lo sé. Pero es que molestarlo es la única diversión que tengo en esta mansión.

Salí de la biblioteca con pasos lentos, dejando que mis zapatos resbalaran sobre el suelo de mármol pulido. Los pasos rechinaban, rompiendo el silencio del pasillo. Miré hacia el techo, buscando algo. No sé qué. ¿Una respuesta? ¿Una señal? ¿Un dios al que rezarle?

Solté un suspiro.

*Todo es mi culpa. *

Tengo doce años. Soy la hermana mayor. Se supone que debo proteger a mis hermanos menores. Pero cuando miro a Joshua, no veo a un hermano al que proteger. Veo un fantasma. Un niño que me devuelve la mirada con unos ojos negros que no expresan nada. Y lo peor es que sé que fui yo quien apagó esos ojos.

Desde que Joshua tenía un año, fui yo quien estuvo a cargo de él. Mi madre, Viviane, siempre andaba ocupada con sus cosas. Y Ed... bueno, Ed siempre estuvo más pendiente de sus guerras que de sus hijos. Así que me tocó a mí. Leí libros, pregunté a las sirvientas, aprendí a cambiar pañales y a preparar biberones. Yo, una niña de cinco años, cuidando a un bebé. ¿No es ridículo?

Pero lo hice. Y lo hice con gusto. Porque Joshua era mi hermanito. Porque cuando me miraba con esos ojos negros tan grandes y me sonreía, el mundo se volvía un lugar menos solitario.

Luego, Viviane se fue. Sin avisar. Sin despedirse. Un día estaba, y al día siguiente ya no. Y la única figura cercana que le quedaba a Joshua... era yo.

Cuando Joshua cumplió cinco años, empezamos a ir juntos a la academia de magia para niños. Era un lugar lujoso, blanco, con torres que parecían sacadas de un cuento. A Joshua le gustaba. Le gustaba aprender. Le gustaba leer. Era bueno en todo. Demasiado bueno. Los profesores lo alababan. Los niños lo admiraban.

Y las niñas... las niñas lo acosaban.

Incluso las de doce años se le acercaban, con sus risitas y sus miraditas. Le pedían que les enseñara runas. Le pedían que las acompañara al jardín. Le pedían que las llamara "hermana".

Y yo... yo estaba celosa.

No es algo de lo que me enorgullezca. Pero así fue. Joshua era mi hermano. Mío. Yo lo había criado, yo lo había cuidado, yo le había enseñado a leer. ¿Por qué tenía que compartirlo con unas niñas estúpidas que solo querían jugar con él como si fuera un juguete?

Un día, una niña le pidió que también la llamara "hermana". Y él, que siempre fue un niño dulce e inocente, aceptó. Dijo "hermana" con esa vocecita suya, tan suave, y la niña soltó una risita triunfante.

Algo se rompió dentro de mí. No sé qué fue. Pero se rompió.

Cuando salimos al carruaje ese mismo día, yo estaba furiosa. No podía pensar con claridad. Solo sentía. Sentía rabia, celos, miedo. Miedo de que Joshua me reemplazara. Miedo de que encontrara a otra "hermana" mejor que yo. Miedo de quedarme sola.

Y entonces, sin pensarlo, lo empujé fuera del carruaje.

—Yo no soy tu hermana. Y nunca me hables.

Cerré la puerta de golpe y le di la orden al cochero de que arrancara. Vi a Joshua alejarse por la ventanilla trasera. Su figura pequeña, de pie en medio del camino, mirando el carruaje con esos ojos negros llenos de lágrimas.

Ese día, mi hermano llegó a casa cinco horas después. Lo trajo un guardia. Tenía una herida enorme en la cabeza, la ropa cubierta de polvo y hojas secas, los labios tan resecos que sangraban al hablar.

No dijo nada. No me acusó. No le dijo a Ed lo que yo había hecho. Simplemente fue a su habitación y se encerró.

Desde ese día, Joshua dejó de llamarme "hermana".

Intenté disculparme. Muchas veces. La primera vez, él me sonrió —esa sonrisa suya que tanto echaba de menos— y dijo: «Te perdono, hermana».

Y yo fui feliz. Por un momento, fui feliz.

Pero con el tiempo, la sonrisa fue desapareciendo. Joshua se encerraba en su habitación durante días. Le llevaba la comida y apenas la tocaba. Le invitaba a jugar al jardín y él simplemente me evitaba. De la forma más obvia. Me veía en el pasillo y se cambiaba de acera. Me hablaba y él miraba hacia otro lado.

*Lo rompí. Rompí a mi propio hermano. Y ahora no sé cómo arreglarlo. *

Pero esta vez va a ser diferente. Esta vez no dejaré que nadie, absolutamente nadie, vuelva a lastimar a Joshua. Aunque eso signifique protegerlo de él mismo. Aunque eso signifique que me odie.

Él es mío. Mi hermano. Y pienso recuperarlo, cueste lo que cueste.

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Punto de vista de Joshua

Un escalofrío me recorrió la espalda de repente. De esos escalofríos que te avisan de que alguien está hablando mal de ti en algún sitio. O peor aún: de que alguien está pensando en ti de una forma que no te va a gustar.

*Seguro que es Daniel, maldiciéndome por lo del libro. *

Estaba sentado en el jardín de la mansión, bajo la sombra de un roble enorme que según los sirvientes tenía más de trescientos años. El olor a tierra mojada llenaba el aire —alguien debía de haber regado las plantas hacía poco— y el cielo estaba completamente despejado, de un azul tan intenso que casi parecía falso.

Frente a mí, el jardín se extendía como un tapiz de colores. Había flores azules, amarillas, moradas y blancas. Las blancas eran mis favoritas. Me recordaban a mi vida pasada. A mi uniforme de profesor, siempre impecable, siempre blanco. A mi apartamento solitario, con las paredes blancas. A la bata de la enfermera Miyabi. Al techo del hospital.

*El blanco siempre ha sido mi color. Pero también es el color de la nada. El color de la soledad. *

Las horas pasaban volando. Después de acostumbrarme a una vida adulta llena de horarios, reuniones y clases, ser un niño otra vez era... aburrido. Terriblemente aburrido. No tenía exámenes que corregir, ni alumnos que regañar, ni facturas que pagar. Solo tiempo. Tiempo vacío que no sabía cómo llenar.

*Debería pensar en algo para matar el aburrimiento. Porque si me paso otros siete años así, me voy a volver loco. *

Me dirigí a mi habitación con pasos lentos. Aún no me acostumbraba a este lugar. Era demasiado grande. Demasiado lujoso. Mi apartamento en Tokio habría cabido tres veces en mi dormitorio actual, y eso que el apartamento no era pequeño.

Abrí las ventanas de par en par, dejando que los rayos de sol inundaran la habitación. Una brisa suave me revolvió el cabello, apartando el mechón blanco de mi frente. Cerré los ojos un momento, disfrutando del calor en mi piel.

Cuando los abrí, vi a mi padre en el jardín.

Estaba a unos metros de la mansión, en un claro que usaba como campo de entrenamiento. Su espada, una hoja de acero reluciente que medía casi tanto como yo, cortaba el aire con movimientos precisos. Cada tajo era una obra de arte. Cada estocada, un poema de muerte. Ed se movía con una gracia que no correspondía a un hombre de su tamaño. Parecía una danza. Una danza mortal, pero danza al fin y al cabo.

Mi padre me observó de reojo. Nuestras miradas se cruzaron por un instante.

*Se dio cuenta de que lo estaba mirando. ¿Qué tan agudos son sus sentidos? ¿O es que siempre está alerta, incluso en su propia casa? *

Una duda llevaba días rondándome la cabeza. O mejor dicho, una certeza que no me atrevía a admitir. Mi padre era fuerte. Muy fuerte. El Hombre de Hierro, lo llamaban. Y yo... yo era un niño de siete años que apenas podía sostener una espada de madera.

*Necesito volverme más fuerte. No solo en magia. También en cuerpo. Porque si algún día tengo que proteger a esta familia de verdad, no quiero que me tiemblen las piernas. *

Bajé las escaleras corriendo. Las suelas de mis zapatos resbalaban sobre el mármol, y por un momento me sentí como un niño de verdad. Un niño que corre hacia su padre para pedirle algo. Algo simple. Algo que los niños normales piden.

Tropecé con mis propios pies antes de llegar al jardín. Mi cara cayó directamente sobre la grama, con un golpe seco que me dejó la boca llena de tierra.

—Pfff... JAJAJAJA.

Mi padre se estaba riendo. Reía con ganas, apoyado en su espada, con lágrimas en los ojos. El gran Ed Moretti, el guerrero más temido del reino, riéndose de su hijo caído como un campesino cualquiera.

Me levanté con el ceño fruncido, escupiendo briznas de hierba.

*Mierda. ¿Por qué hice eso? Los instintos de Joshua reaccionaron antes que mi conciencia. Este cuerpo y yo todavía no estamos sincronizados. *

Mi padre se acercó y puso una mano sobre mi cabeza, desordenándome el pelo.

—¿Qué sucede, Joshua?

Alcé mis brazos en ambas direcciones, pidiéndole en silencio que me sacudiera la tierra. Él obedeció, dándome unas palmadas en la ropa que levantaron una nube de polvo.

—Padre. Yo quiero aprender a usar la espada.

Mi voz resonó en el jardín. Varios segundos de silencio. El viento movió las hojas del roble. Un pájaro cantó a lo lejos.

—¿Por qué? —preguntó Ed. Sus ojos verdes se clavaron en los míos. No había burla en ellos ahora. Había algo más. ¿Miedo? ¿Preocupación? No sabía identificarlo.

Respiré hondo.

—Padre, sé que aún soy un niño. Pero ya debería irme acostumbrando. Sé que llegarán momentos difíciles. Peligrosos. Y también llegará el día en que tenga que protegerme a mí mismo. Y a mis queridos hermanos.

Las palabras salieron de mi boca con una fluidez que me sorprendió. Quizás porque, en el fondo, eran verdad. No toda la verdad, pero sí una parte importante. Quería protegerlos. A Isabella, a pesar de todo. A Daniel, aunque me cayera mal. A Ed, que me había dado una segunda oportunidad sin saberlo.

*Y a mí mismo. Porque si muero otra vez, no creo que haya un tercer intento. *

---

Punto de vista de Ed

Mis manos temblaron. No mucho. Lo justo para que nadie, excepto yo, lo notara.

Las palabras de Joshua resonaban en mis oídos como campanadas. «Protegerme a mí mismo y a mis queridos hermanos». Un niño de siete años. Siete años y ya estaba preocupado por el futuro. Por su seguridad. Por la seguridad de su familia.

*¿Qué clase de vida le he dado a mi hijo? *

Un niño de siete años debería estar jugando. Ensayando hechizos inofensivos. Persiguiendo mariposas en el jardín. No debería estar pidiéndole a su padre que le enseñara a matar.

Pero ahí estaba. De pie, con la espalda recta y la mirada firme. Sus ojos negros, los ojos de Viviane, me miraban con una determinación que no esperaba. Mi hijo había madurado demasiado rápido. Y yo no había estado allí para verlo.

*Soy un desastre de padre. Pero si esto es lo que quiere, se lo daré. *

Me arrodillé frente a él, poniendo mis manos sobre sus pequeños hombros.

—Lo siento —dije, y mi voz se quebró ligeramente—. Quizás no he sido un buen padre. Pero te enseñaré a usar la espada.

Las lágrimas brotaron de mis ojos sin mi permiso. Maldije en silencio. El Hombre de Hierro, llorando frente a su hijo de siete años. Vaya espectáculo.

—Padre, deja de llorar.

Joshua extendió sus pequeñas manos y me limpió las lágrimas con los dedos. Luego, me dio un abrazo. Un abrazo torpe, porque sus brazos no alcanzaban a rodearme por completo. Pero fue el mejor abrazo que había recibido en años.

Desde que Viviane se fue, nadie me había abrazado así. Ni Isabella, que me rehuía. Ni Daniel, que me temía. Solo Joshua. Solo mi hijo menor, el que más había sufrido mi ausencia, tenía el valor de abrazarme.

Sostuve su pequeño cuerpo contra el mío y dejé que las lágrimas siguieran cayendo.

*Te convertiré en un guerrero, Joshua. Te enseñaré todo lo que sé. Y rezaré a todos los dioses para que nunca tengas que usarlo. *

---

Pasaron dos días. Luego cuatro. Luego una semana.

El entrenamiento comenzó al amanecer del día siguiente a nuestra conversación. Ed me entregó una espada de madera de medio metro y me enseñó la postura básica. Pies separados, rodillas flexionadas, espalda recta, mirada al frente.

—Diez flexiones —ordenó.

Hice diez. Me dolieron los brazos.

—Ahora cien.

Me caí al suelo antes de llegar a veinte.

Así fueron los primeros días. Dolor. Caídas. Frustración. Mi cuerpo de siete años no estaba preparado para el rigor de un entrenamiento militar. Pero yo no pensaba rendirme. Había sido un cobarde en mi vida anterior. Un hombre que nunca arriesgó nada por nadie. Que dejó que la mujer que amaba se fuera sin luchar.

Esta vez sería diferente.

—Toma —la presencia de mi padre aparecía siempre con un sigilo absurdo. No lo escuchaba llegar. Simplemente estaba ahí, a mi lado, con una espada de madera nueva o una cantimplora de agua.

Agarré la espada. Levanté la mano para blandirla. Mis dedos resbalaron del mango. Era demasiado grande para mis manos pequeñas.

—Con el tiempo te irás acostumbrando —dijo mi padre, sonriendo.

Y vaya si me acostumbré.

Los días pasaron. Las flexiones se volvieron menos dolorosas. La espada dejó de ser un objeto extraño y se convirtió en una extensión de mi brazo. Ed me enseñó los fundamentos: ataque, defensa, esquiva, contraataque. Todo lo básico que un guerrero necesita para no morir en su primera batalla.

Un mes después, ya podía sostener la espada sin que me temblaran los brazos. Dos meses después, ya podía hacer cien flexiones sin desmayarme. Tres meses después, Ed me dijo que era el alumno más rápido que había tenido.

—No es un cumplido —añadió, con el ceño fruncido—. La mayoría de mis alumnos eran soldados adultos. Que un niño los supere es preocupante.

Lo dijo en broma. O eso quiero creerNavidad llegó y pasó. No hubo grandes celebraciones en la mansión. Ed no era muy de fiestas, y mis hermanos y yo no insistimos. Pero el día de Navidad, Ed me regaló una espada nueva. De acero de verdad, no de madera. Era pequeña, ligera, perfecta para mis manos. La había encargado especialmente a un herrero del Reino Kazran.

—Para cuando estés listo —dijo, con esa sonrisa cansada que tanto le caracterizaba.

La guardé debajo de mi cama. Todavía no estaba listo. Pero lo estaría.

Los meses siguieron pasando. El jardín se convirtió en mi segundo hogar. Blandir la espada cien veces al día. Doscientas. Quinientas. Mi padre me miraba desde la ventana, a veces con orgullo, a veces con preocupación. Pero nunca me detuvo.

Un año. Un año entero de entrenamiento. Mi cuerpo había cambiado. Ya no era el niño débil que tropezaba con sus propios pies. Mis músculos, aunque todavía pequeños, se habían endurecido. Mi postura era más firme. Mi mirada, más aguda.

*Joshua Moretti, edad: ocho años. Antiguo profesor de lenguas. Actual espadachín en entrenamiento y prodigio de la magia, según las palabras borracho de mi padre. *

No estaba mal. Para ser un muerto viviente.

—Hermanito.

La voz de Isabella me sacó de mis pensamientos como un jarro de agua fría. Me giré justo a tiempo para que ella me envolviera en un abrazo y estampara mi cara contra sus pechos.

—Oye, ¿qué te pasa?

Me aparté de sus garras con la misma urgencia con la que un gato huye del agua. Isabella se había vuelto... pegajosa. Demasiado pegajosa. Desde el incidente en el castillo, no se separaba de mí. Me seguía a todas partes. Me traía la comida. Me ayudaba con los libros. Incluso intentó cepillarme el pelo una vez.

*Yo también soy un hombre. Bueno, un niño. Pero un hombre al fin y al cabo. Y tú todavía no eres mi hermana.

—Aléjate de mí —dije, poniendo los ojos en blanco y girando la cabeza.

—Juhh —hizo un puchero, inflando las mejillas como una niña pequeña.

*Isabella tiene ahora trece años. Es más alta que yo. Más fuerte que yo. Y mucho, mucho más molesta. *

Nuestra relación había mejorado un poco desde el incidente del carruaje. O al menos, eso creía yo. Ella se esforzaba por ser amable. Yo me esforzaba por no recordarle que me había abandonado en medio del bosque. Era una convivencia tensa, pero funcional.

El verano pasado, fuimos a un lago. Al principio pensé que era una playa, porque el agua se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Pero el agua era dulce, no salada. Un lago gigantesco, con pequeñas olas y botes de madera con paletas.

Daniel se metió conmigo ese día. No recuerdo qué dijo exactamente —algo sobre mis ojos, probablemente—, pero Isabella lo lanzó del bote.

Literalmente. Lo agarró por el cuello de la camisa y lo arrojó al agua.

Daniel salió escupiendo agua y maldiciones, con el pelo pegado a la cara. Isabella se limitó a sonreír y a pasarme un remo.

—Vamos, Joshua. Tú y yo solos.

No supe si sentirme halagado o aterrorizado.

Algo extraño de este mundo es que no existen barcos. No como los de mi mundo, al menos. Solo hay botes con paletas para moverse en distancias cortas. Según los libros, las personas que han intentado ir más lejos en el mar han terminado muertas o desaparecidas. Nadie sabe por qué.

*Quizás haya algo en el océano. Algo grande. Algo que no quiere que los humanos exploren demasiado. *

Mi apariencia había cambiado en estos dos años. Mi cuerpo, aunque seguía siendo pequeño, se había tonificado. Mis músculos, sin ser voluminosos, se marcaban ligeramente bajo la piel. Las niñas de mi edad —y algunas mayores— se la pasaban espiándome desde detrás de los árboles, cuchicheando entre ellas. Isabella las espantaba como si fueran moscas, con una mirada asesina y un aura densa que solo ella podía desplegar.

En estos dos años también ayudé a reparar las casas de los plebeyos cercanos a nuestra mansión. No fue por bondad. Fue por aburrimiento. Y porque, en el fondo, sé lo que se siente al no tener nada.

Les enseñé a cultivar. Compré semillas de varios tipos —escondido de mi padre, que ya tenía suficientes preocupaciones— y las llevé al pueblo. Les mostré cómo plantar, cómo regar, cómo cosechar. Los plebeyos me miraban con desconfianza al principio. Un niño noble, ayudándolos. Sonaba a trampa. Pero con el tiempo, se acostumbraron.

Mi padre me felicitó cuando se enteró. O cuando no pudo seguir ignorando las cartas de agradecimiento que llegaban a diario.

*Bueno, yo sé lo que se siente ser pobre. También sé que no puedo acabar con el hambre ni con la infelicidad dedel mundo. * Me llevé la mano al pecho, justo donde el corazón de Joshua latía con fuerza. *Pero al menos, no quiero que las personas cercanas a mí sufran tanto. Bastante tengo con mi propio sufrimiento. *

Había una chica en el pueblo. Cabello azul, ojos azules. Tendría unos doce años, quizás trece. Era madura para su edad, y me trataba con una familiaridad que me resultó incómoda al principio. Se parecía a alguien que conocí en mi vida pasada. Una amiga de la universidad. Alguien que me trató bien cuando nadie más lo hacía.

Cuando la chica se dio cuenta de que yo no era un niño normal —por mi forma de hablar, supongo, o por cómo resolvía los problemas—, empezó a acercarse más a mí. No de forma romántica. Era demasiado joven para eso, y yo también. Pero sí con una curiosidad genuina. Como si quisiera entenderme.

*Lo cual es jodidamente raro. Nadie quiere entender a un niño de ojos negros y mechón blanco. Ni siquiera yo quiero entenderme a mí mismo. *

Suspiré.

*¿Estoy pensando demasiado en esto? Probablemente. Pero en mi defensa, morir y renacer en otro mundo te da derecho a ser un poco paranoico. *

---

El tiempo siguió avanzando. Imparable. Indiferente.

A los diez años, ya había superado todas las expectativas de mi padre. Podía blandir la espada cien veces sin cansarme. Podía hacer cien flexiones sin caer al suelo. Podía dibujar runas de luz y agua con los ojos cerrados. Incluso empecé a experimentar con fuego, aunque con resultados... explosivos.

Una cicatriz en mi ceja izquierda daba fe de ello.

*Joshua Moretti, diez años. Espadachín en entrenamiento. Mago de nivel morado. Y según los rumores del pueblo, una especie de santo o demonio, dependiendo de a quién le preguntes. *

No estaba mal. Para un profesor muerto que ni siquiera quería esta vida.

Pero mientras miraba las nubes pasar desde el jardín, con la espada de madera apoyada en mi hombro y el sabor del sudor en mis labios, una certeza se instaló en mi pecho.

*Esta vez no voy a rendirme.

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