Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
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Capítulo 7 — Cadenas que son joyas
La tercera llevaba cadenas y sombras como si fueran joyas. Shapira Void caminaba por el Desfiladero de las Sombras, un lugar donde la gravedad parecía una sugerencia y el aire pesaba más que el plomo. A cada paso que daba, el tintineo de su metal negro no sonaba a prisión, sino a una extraña armonía. Para Shapira, las cadenas nunca habían sido solo una herramienta de tortura impuesta por los Inquisidores del Vacío; se habían convertido en una extensión de su sistema nervioso. Eran su forma de tocar un mundo que, de otro modo, la habría consumido por completo.
A pesar de su mudez, la presencia de Shapira era ruidosa. Sus cadenas se movían con una inteligencia propia, serpenteando por las rocas como cobras de obsidiana, buscando peligros que los ojos normales no podían detectar.
—El desfiladero se está estrechando —observó Lyraka, cuyas manos no se apartaban de sus dagas—. Y esas sombras... no se limitan a seguirnos. Están tratando de enredarse en nuestras piernas.
Xylia, cuya armadura de luz cenicienta emitía un fulgor constante pero suave, se acercó a Shapira.
—¿Puedes sentirlas, verdad? —preguntó con voz queda—. No son como las sombras del bosque. Estas tienen hambre de ser algo más.
Shapira se detuvo. Sus ojos, dos pozos de negrura infinita, se clavaron en Xylia. No podía responder con palabras, pero sus cadenas hicieron el trabajo por ella. Se elevaron y se entrelazaron en el aire, formando la figura de una red que se cerraba. Luego, una de las cadenas señaló hacia las paredes del desfiladero, donde el relieve de las rocas parecía estar compuesto por rostros que gritaban en un silencio eterno.
—Dice que somos la comida —tradujo Ravenna, abriendo el Tomo de los Equilibrios—. Este lugar es el Estómago del Olvido. Aquí es donde terminan las historias que nadie se atrevió a contar. Si no salimos pronto, nuestras propias memorias se convertirán en parte de la piedra.
De repente, el desfiladero rugió. No fue un sonido físico, sino una vibración mental que las hizo caer de rodillas. De las grietas de las paredes, las sombras comenzaron a fluir como petróleo, tomando formas grotescas de manos y bocas. Intentaban alcanzar a Ravenna y su libro, reconociendo en ella el conocimiento que querían devorar.
Shapira fue la primera en reaccionar. No mostró miedo, solo una resolución gélida. Sus cadenas se expandieron con un estruendo metálico que resonó en todo el cañón. Ya no eran simples eslabones; brillaban con una luz oscura, una paradoja visual que solo ella podía controlar. Las lanzó hacia las paredes, anclándolas en las almas de piedra del desfiladero.
La elfa muda se convirtió en un ancla viviente. Mientras las sombras intentaban arrastrar a sus compañeras hacia las grietas, las cadenas de Shapira las envolvían, protegiéndolas, creando una jaula de seguridad. Pero el esfuerzo era inmenso. El rostro de Shapira se contrajo por el dolor; finos hilos de sangre negra comenzaron a brotar de sus ojos y oídos.
—¡Shapira, detente! —gritó Lyraka, intentando cortar las sombras con sus dagas—. ¡Te vas a romper!
Shapira negó con la cabeza con una violencia desesperada. Sus ojos se clavaron en Lyraka, y en ellos, la guerrera de cuernos vio algo que nunca esperó encontrar: una gratitud absoluta. Shapira prefería romperse a sí misma antes que permitir que sus nuevas hermanas fueran olvidadas. Para ella, esas cadenas eran sus joyas porque eran lo único que le permitía salvar a otros.
Xylia, viendo el sacrificio, puso sus manos sobre los hombros de Shapira.
—No lo hagas sola. Mi luz es tu luz ahora.
La armadura de Xylia brilló con una intensidad renovada, pero en lugar de repeler las sombras, canalizó su energía a través de Shapira. La combinación fue devastadora. El poder de la luz de Xylia, filtrado por las cadenas de vacío de Shapira, creó un pulso que desintegró las garras de sombra que las rodeaban.
El desfiladero se calmó por un momento, la piedra dejó de vibrar y las caras en las paredes parecieron sumirse en un sueño profundo. Shapira cayó exhausta, pero sus cadenas seguían envolviendo suavemente a las otras tres, como un abrazo de hierro.
Ravenna se acercó a ella y puso una mano sobre su frente.
—Has salvado nuestra historia, Shapira. Sin ti, el mundo habría olvidado que alguna vez estuvimos aquí.
Shapira cerró los ojos, exhausta pero en paz. El silencio que la rodeaba ya no era una prisión, era un templo. Entendió que su mudez era el precio de una verdad que solo ella podía sostener. Sus cadenas, ahora tranquilas, brillaban con un matiz púrpura, reflejando la conexión que ahora compartía con las demás.
Lyraka ayudó a Shapira a levantarse, y por primera vez, no hubo sarcasmo en su rostro, solo una admiración profunda. Xylia limpió la sangre de las mejillas de la elfa muda, mientras que Ravenna marcaba una nueva ruta en su mapa.
—Estamos cerca del centro —dijo Ravenna, mirando hacia donde el desfiladero se abría hacia una planicie blanca—. El lugar donde el equilibrio ya no es una teoría, sino una presencia física.
Caminaron juntas, formando una línea inquebrantable. Shapira iba en medio, sus cadenas tintineando con un ritmo que ahora recordaba a una canción de cuna de un mundo que se negaba a morir. Estaban listas para enfrentar la última prueba, la que decidiría si el mundo se hundiría en el caos o si renacería en una nueva forma.
Y la cuarta era la promesa de un equilibrio rotundo.