Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?
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capítulo 17: El Altar de Caoba
El silencio que siguió a la tormenta fue más ensordecedor que los gritos. Ricardo seguía sobre mí, con su peso hundiéndome contra la madera fría del escritorio, su respiración recuperando poco a poco un ritmo humano. El aroma a sexo, sudor y whisky se mezclaba con el olor a polvo de los libros viejos. Lentamente, se retiró de mi cuerpo, y el vacío que dejó fue un frío repentino que me hizo temblar.
Me incorporé con torpeza, tratando de sostener los jirones de mi bata sobre mis hombros. Mis manos rozaron los cristales rotos de los retratos que habían caído al suelo. Allí, entre los fragmentos, la mirada de la "otra" parecía juzgarnos desde el suelo.
Ricardo se quedó de pie, de espaldas a mí, abrochándose la camisa con dedos que todavía vibraban por la adrenalina. Su figura, antes imponente y aterradora, ahora se veía extrañamente encorvada, como si el peso de lo que acababa de hacer le aplastara los hombros.
—No deberías haber venido aquí —dijo finalmente. Su voz no tenía el odio de antes; era un susurro seco, vacío de toda fuerza.
—Tú no deberías vivir en un cementerio, Ricardo —respondí, bajándome del escritorio. Mis piernas flaquearon, pero me mantuve firme—. Lo que pasó anoche, y lo que acaba de pasar ahora... no puedes borrarlo. Ella no está aquí. Yo sí.
Él se giró lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, rodeados de ojeras profundas. Se acercó a mí, no para golpearme ni para poseerme, sino para tomar mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una ternura que me asustó más que su violencia.
—Ese es el problema, Anaís —susurró, pegando su frente a la mía—. Que estás aquí. Y que cada vez que intento odiarte, termino necesitando el calor de tu piel para no congelarme.
Por primera vez, vi una lágrima rodar por su mejilla, perdiéndose en la barba de varios días. Ricardo, el hombre que controlaba negocios y vidas, estaba colapsando frente a mí sobre las ruinas de su pasado. Sin pensarlo, rodeé su cintura con mis brazos, escondiendo mi rostro en su pecho. Él se tensó un segundo, pero luego me rodeó con una fuerza desesperada, hundiéndose en mi cuello.
Nos quedamos así, abrazados en medio del despacho destruido, mientras la primera luz del alba empezaba a iluminar los cristales rotos en el suelo.
—Sácame de aquí —me pidió él, su voz era apenas un ruego—. Llévame a la habitación. No quiero estar rodeado de ella.
Lo tomé de la mano y lo guie por el pasillo en sombras. Por primera vez, yo era quien llevaba el control, guiando al lobo herido hacia la luz. Al entrar en mi cuarto, nos dejamos caer en la cama sin decir una palabra. No hubo sexo esta vez, solo una necesidad mutua de no estar solos. Ricardo se acurrucó detrás de mí, pegando su cuerpo al mío y entrelazando nuestras manos sobre mi vientre.
Esa mañana, mientras el resto de la casa despertaba, nosotros nos hundimos en un sueño sin sueños, una tregua firmada con el sudor y las lágrimas de una noche que lo cambió todo. El contrato seguía allí, las deudas seguían allí, pero en la penumbra de la habitación, las sombras de la mujer muerta finalmente parecieron retroceder un paso.
Un grito agudo y desgarrador perforó el silencio de la habitación. No era un grito de placer, ni de rabia. Era el grito de una niña.
—¡Papá! ¡Anaís! —la voz de Bianca, quebrada por el pánico, resonó desde el piso de abajo.
Ricardo se incorporó de un salto, sus instintos de protección activándose antes que su consciencia. No me miró; simplemente se lanzó fuera de la cama, vistiéndose a medio camino mientras corría hacia el pasillo. Yo me envolví en una manta y lo seguí, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Al llegar al final de la escalera, nos detuvimos en seco. La escena era surrealista y aterradora.
Bianca estaba de pie en medio del salón, con el rostro pálido y las manos cubiertas de algo oscuro. Frente a ella, Elvira, la empleada, yacía en el suelo con un corte profundo en el brazo, tratando de presionar la herida con un trapo de cocina ya empapado. Pero eso no era lo peor.
En la puerta principal, abierta de par en par, había tres hombres que nunca había visto. No eran matones comunes; vestían trajes oscuros y tenían la frialdad de quienes están acostumbrados a cobrar deudas con sangre. El que parecía el líder sostenía una carpeta de cuero y una fotografía que me hizo sentir náuseas: era una foto mía, del día de mi boda con Ricardo, pero mi rostro estaba tachado con una cruz roja.
—Ricardo, siempre tan difícil de encontrar cuando no estás en el club —dijo el hombre con una sonrisa gélida—. Venimos a recordarte que el contrato de Anaís no solo se firmó con sus padres. También se firmó con nuestra garantía.
Ricardo se puso delante de mí y de Bianca, protegiéndonos con su cuerpo. Su postura era la de un animal herido pero letal.
—Salgan de mi casa —masculló Ricardo, y su voz tenía un tono que nunca le había escuchado; no era furia, era una promesa de muerte—. La deuda está pagada.
—La deuda de dinero, quizás —respondió el hombre, dando un paso hacia adelante y señalándome—. Pero ella... ella no es solo una esposa. Es el pago de una traición que tu difunta mujer dejó pendiente. ¿De verdad creíste que podrías quedarte con lo que ella nos robó simplemente casándote con una cara parecida?
El mundo pareció detenerse. Miré a Ricardo y vi cómo su mandíbula se tensaba hasta casi romperse. Él sabía de qué hablaban. Sabía que mi presencia en esa casa no era solo por el capricho de un hombre rico, sino que yo era el cebo de algo mucho más oscuro que involucraba a la mujer muerta.
De repente, Bianca soltó un sollozo y corrió hacia mí, abrazándose a mis piernas. En ese momento, uno de los hombres sacó un arma y la apuntó directamente hacia nosotros.
—Danos lo que ella escondió, Ricardo, o esta vez no habrá cama de seda para Anaís —amenazó el hombre—. Habrá un ataúd de madera, igual que el de tu esposa.
Ricardo no retrocedió. Lentamente, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una llave pequeña y antigua que yo nunca le había visto. Me miró por encima del hombro, y por un segundo, vi en sus ojos una súplica desesperada.
—Corre, Anaís. Lleva a Bianca al despacho. Ciérrense por dentro —ordenó en un susurro—. No salgan hasta que el silencio sea absoluto.
El caos estalló. Un disparo impactó en el jarrón de la entrada, y mientras Ricardo se lanzaba contra el líder de los invasores, yo agarré a Bianca en brazos y corrí escaleras arriba, sintiendo que el altar de caoba donde habíamos pecado horas antes era ahora nuestro único refugio contra una verdad que acababa de estallar en mil pedazos.