Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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Juegos de azar y advertencias
Llegué a la mansión con la adrenalina todavía fluyendo por mis venas. Evité a los guardias con un saludo rápido y me dirigí directamente al despacho de mi padre. Sabía que estaría allí, rodeado de informes y mapas, manteniendo el orden en un mundo que siempre amenazaba con estallar.
Entré sin llamar, como siempre, y me dejé caer en el pesado sillón de cuero frente a su escritorio. Saqué el guante de Keile y empecé a juguetear con él, dándole vueltas en el dedo con una sonrisa que no podía borrar de mi cara.
—Veo que la cacería fue entretenida —dijo mi padre sin levantar la vista de sus papeles. Su voz era profunda, el tipo de voz que hacía temblar a ejércitos, pero que para mí siempre era un puerto seguro.
—El Soldadito está aprendiendo trucos nuevos, papá —solté con una risita burlona—. Hoy se atrevió a saltar a la arena y hasta intentó darme órdenes. Creo que pasar tanto tiempo bajo el sol le está afectando el juicio.
Mi padre dejó la pluma y se quitó las gafas, fijando sus ojos oscuros en mí. No había frialdad en ellos, solo esa mirada amorosa que reservaba para nosotros, sus hijos, pero su expresión se volvió inusualmente seria.
—Ten cuidado, Brayan —murmuró, y el tono de advertencia me hizo detener el guante en el aire—. Estás jugando con fuego. Esos juegos de provocación son peligrosos, pero el amor... el amor es mucho más letal que cualquier bala. Un hombre que no tiene nada que perder es un problema, pero un hombre que empieza a sentir que tiene algo que proteger es una bomba de relojería.
Me encogí de hombros, restándole importancia con un gesto elegante.
—Tranquilo, viejo. Solo me estoy divirtiendo un poco —le aseguré, lanzando el guante sobre la mesa—. De todos modos, no estoy enamorado. No siento absolutamente nada por Keile más allá de las ganas de ver cuánto tarda en perder los estribos. Es solo un juego.
Y lo decía en serio. En mi mente, el beso del muelle no había sido más que un movimiento en el tablero. A diferencia de lo que dictaban las leyendas sobre los Enigmas, mi lobo interior no había aullado, no había reclamado nada, ni me había exigido marcar a ese Alfa como mío. Estaba en silencio. Para mí, aquello era la prueba de que tenía el control total.
—Eso espero —respondió mi padre, aunque su mirada seguía cargada de una extraña intuición—. Vamos, tu madre y Mia nos esperan para cenar. Dante también está ahí.
La Cena Familiar
Salimos del despacho y el ambiente cambió de inmediato. El aroma a comida casera y el sonido de las risas de Mia llenaban el comedor. Era nuestra burbuja de armonía, el lugar donde las redes de mafia y las guerras territoriales no tenían permiso para entrar.
Mi madre nos recibió con una sonrisa cálida, aunque sus ojos siempre analizaban si habíamos comido bien o si dormíamos lo suficiente. Mia, con su energía inagotable, ya estaba sentada a la mesa, moviendo los pies con impaciencia, mientras Dante miraba su teléfono con una expresión de leve fastidio, probablemente esperando alguna noticia de nuestro hermano mayor, que estaba fuera resolviendo asuntos de la organización.
—¡Al fin llegan! —exclamó Mia, señalando el asiento a mi lado—. Brayan, ¿es verdad que le robaste otra vez algo al militar? Dante dice que un día te van a meter a la cárcel de verdad.
—Dante es un exagerado, pequeña —le dije, revolviéndole el cabello mientras me sentaba—. El "Alfa" es demasiado educado para arrestarme. Además, ¿quién cuidaría de ustedes si yo no estoy aquí para molestarlos?
Dante levantó la vista y me dedicó una sonrisa de medio lado, esa que compartíamos cuando sabíamos que el peligro estaba cerca pero nos sentíamos invencibles.
—Solo asegúrate de que tus "juegos" no traigan el cuartel a nuestra puerta antes de que el mayor regrese —comentó Dante, aunque su tono era relajado.
Cenamos entre bromas y anécdotas, sumergidos en esa paz que Keile, desde algún lugar de la ciudad, recordaba como el tesoro que él mismo ayudó a destruir. Yo miraba a mi familia y sentía que nada podía tocarnos. Estábamos juntos, estábamos seguros, y mi corazón no sentía ninguna atadura.
O eso era lo que yo quería creer, sin saber que el silencio de mi lobo no era ausencia de amor, sino la calma antes de la tormenta que Keile estaba tratando desesperadamente de detener