En un mundo donde los dragones eligen a sus jinetes y los reinos se sostienen sobre alianzas forzadas. El amor es un lujo que nadie puede permitirse en tiempos de guerra. Elian Kovács siempre supo que su destino no le pertenecía al nacer enfermizo. Principe Omega del reino nórdico, y pieza clave en la guerra que se aproxima, su vida queda sellada cuando es prometido en matrimonio al heredero del poderoso Dominium Sárkányvér, un alfa al que jamás ha visto… y al que está destinado a obedecer como su futura esposa. Pelear en contra del clan del desierto. Pero ambos antes de rendirse al deber cometen un error. Lo que debía ser un escape sin consecuencias… Se convierte en un secreto imposible de ocultar. Porque semanas después, Elian descubre que lleva dentro algo más que culpa. Lleva un hijo concebido fuera del pacto. Una verdad que, de salir a la luz, podría significar la caída de su clan o su exterminio. Porque en un mundo donde el deber lo es todo. El amor puede ser la guerra más letal.
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El Omega del dragón de hielo.
Elian era el jinete de Nieve. Y si el matrimonio se completaba… el vínculo entre el príncipe húngaro y el dragón blanco sería aceptado oficialmente.
Nadie más había podido acercarse realmente a esa bestia.
Solo Elian.
Dávid frunció el ceño lentamente.
—¿Dónde está ese dragón ahora?
Harald soltó una risa seca.
—Donde quiere. Y más vale que no te le acerques antes de la boda.
Astrid sonrió apenas.
—Nieve no obedece órdenes. Es nuestro as bajo la manga.
—Entonces, ¿cómo evitamos que Anubis obtenga lo que busca? —preguntó la madre de Dàvid.
La reina nórdica intercambió una mirada con Leif. Y fue ella quien habló esta vez.
—Porque Nieve ya eligió a su jinete. A mí único hijo Elian hace años.
Los ojos de Dávid se afilaron.
—Elian.
Leif asintió lentamente.
—Nieve solo reconoce a un jinete verdadero.
Benedek acomodó sus lentes intrigado.
—Creí que los dragones de hielo se extinguieron hace siglos.
—Casi todos —respondió Ingrid Skadi—. La madre de Nieve fue la última hembra conocida en nuestra región hace años, desde nuestros tatarabuelos.
Astrid apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Vivió más de dos mil años, tenemos entendido según los libros antiguos.
András soltó un silbido bajo.
—Eso es más viejo que varios reinos juntos.
—Murió al poner el huevo de Nieve —continuó Ingrid—. Desde entonces, todos intentaron controlar al cachorro de dragón. Pero nadie pudo sacarlo de su cueva.
Harald soltó una carcajada.
—Y casi todos terminaron congelados.
Varias personas rieron. Excepto Soren. Porque sabía perfectamente hacia dónde iba esa conversación.
Leif volvió a hablar.
—Cuando nació… Nieve era salvaje. Violento. No permitía que nadie se acercara.
La reina nórdica sonrió apenas al recordar.
—Destruyó media montaña antes de aprender a volar bien. Luego de eso nuestros padres nos casaron y tuvimos a nuestro hijo.
—Mientras el dragón crecía incluso mató entrenadores —agregó Harald orgulloso—. Era una pequeña bestia.
Dávid escuchaba en absoluto silencio. Interesado. Demasiado interesado.
Entonces Ilona preguntó:
—¿Y cómo terminó unido a Elian?
La reina nórdica soltó un largo suspiro.
—Porque mi hijo desapareció.
El salón quedó atento inmediatamente.
—¿Desapareció? —preguntó Réka Szabó curiosa.
Leif asintió lentamente.
—Tenía seis años.
Soren bajó la mirada recordándolo. Era su escudero, y guardian desde niño. Días antes Elian le decía que algo en la montaña lo llamaba pero no le hizo caso.
—Era invierno —continuó el rey—. Había una tormenta horrible. Todo el castillo lo buscó durante horas.
Astrid soltó una pequeña risa.
—Pensamos que un lobo se lo había comido.
—¡Astrid! —gruñó la reina.
—¿Qué? Todos lo pensamos.
Harald volvió a reír.
—El niño siempre estaba metiéndose en problemas junto a su guardián.
Soren habló por primera vez. Más bajo.
—Lo encontré subiendo hacia la montaña prohibida.
Todos voltearon hacia él.
—Intenté seguirlo… pero había demasiada nieve. Lo busque por horas y no lo encontré.
Su mandíbula se tensó.
—Luego apareció el rugido.
El salón entero guardó silencio.
—Pensamos que Nieve lo había matado —dijo Ingrid.
Leif observó el fuego unos segundos. Y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Pero entonces lo vimos bajar de la montaña.
Dávid sintió algo extraño en el pecho. La reina nórdica sonrió con nostalgia.
—Sobre el lomo del dragón blanco.
El silencio se rompió completamente.
András abrió los ojos sorprendido.
—¿A los seis años?
—El niño apenas podía sostenerse sentado —dijo Harald riendo—. Pero el dragón caminaba despacio para no tirarlo.
Astrid negó con la cabeza todavía impresionada incluso años después.
—Fue la primera vez que vimos a Nieve dejar que alguien lo tocara.
Leif apoyó lentamente una mano sobre la mesa.
—Desde entonces quedaron unidos. No sabemos cómo hicieron el vínculo. El niño no supo explicar nada.
Benedek frunció el ceño.
—¿Por qué un dragón antiguo aceptaría a un niño?
Soren respondió esta vez. Y su voz salió extrañamente suave.
—Porque Elian nunca le tuvo miedo. Y tampoco quiso acercarse para hacerle daño. Solo decía que el dragón lo llamaba, que lloraba porque extrañaba a su mamá. Los restos de los huesos siguen allí congelados.
El silencio cayó unos segundos. La reina nórdica sonrió débilmente.
—Mientras todos huían de Nieve… Elian lo abrazó.
Miklós soltó una pequeña risa incrédula.
—Eso suena ridículamente peligroso. Ni yo hasta el día de hoy he podido acercarme.
—Es la realidad para todos. Nadie toca a ese dragón —gruñó Harald.
Ilona observó pensativa a Dávid. Y notó algo de inmediato. El brillo en sus ojos dorados. Interés real. Demasiado real para alguien en un matrimonio político.
La reina sonrió apenas para sí misma.
Mientras tanto…
Soren sintió un escalofrío horrible. Porque si Dávid lograba acercarse a Elian… eventualmente descubriría la verdad. Y cuando eso ocurriera…
todo cambiaría.