Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
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Capítulo 18
Cris se despertó más temprano de lo normal.
No fue el despertador.
Fue la emoción.
Esa que no te deja dormir bien porque sabes que algo importante va a pasar.
Se sentó en la cama unos segundos, respirando profundo.
—Hoy es el día… —susurró con una pequeña sonrisa.
Se levantó rápido.
Entró al baño.
El agua cayendo sobre su cuerpo terminó de despertarla por completo.
Pero su mente ya estaba activa desde antes.
Pensando.
Imaginando.
Sintiendo.
Se puso la ropa que más le gustaba para patinar.
Cómoda.
Ligera.
Perfecta para moverse.
Se miró al espejo.
Y por primera vez en días…
Se sintió completamente segura.
Bajó las escaleras casi corriendo.
El olor del desayuno la recibió.
Y ahí estaban.
Sus papás.
Pero algo le llamó la atención.
También estaban listos.
Cambiados.
Como si ya supieran lo que iba a pedir.
—Papá… —dijo, tratando de no sonar demasiado emocionada— en cuanto termines de desayunar… ¿me puedes llevar a inscribirme al concurso?
Su papá la miró.
Y sonrió.
Una sonrisa de esas que dicen “ya lo sabía”.
—¿Qué te dije, amor? —comentó mirando a su esposa— ya me lo imaginaba.
Cris soltó una pequeña risa nerviosa.
—Claro que sí, princesa —añadió él— vamos en cuanto terminemos.
Su corazón se llenó de emoción.
Terminaron de desayunar más rápido de lo normal.
Como si todos compartieran la misma emoción.
El mismo nervio.
Camino al parque…
Cris no dejaba de mirar por la ventana.
Sus manos estaban inquietas.
Jugando entre sí.
—Tranquila… —se dijo a sí misma— tú puedes.
Pero su corazón…
No dejaba de latir rápido.
Al llegar…
Ya había gente.
Participantes.
Organizadores.
Personas con tablas, bicicletas… y patinetas.
El ambiente era diferente.
Más serio.
Más competitivo.
Se acercaron al área de inscripción.
Un hombre con una libreta levantó la mirada.
—¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ¿Qué estudias? ¿Y a qué edad empezaste a patinar?
Cris tragó saliva.
Pero respondió con firmeza.
—Tengo 14 años… estudio primero de secundaria… y empecé a patinar a los 7…
Hizo una pequeña pausa.
Sonrió un poco.
—A escondidas de mis papás… pero me descubrieron cuando tenía 10.
El hombre levantó una ceja, ligeramente sorprendido.
—¿Tus papás te dieron permiso para participar?
Cris volteó a ver a su papá.
Él dio un paso al frente.
—Sí, señor… la voy a dejar participar.
El hombre asintió.
—Bien.
Anotó algo.
—El concurso será en dos semanas… prepárate bien. No es fácil… solo los mejores ganan.
Esas palabras…
Le dieron emoción.
Pero también un pequeño reto.
Cris no lo pensó dos veces.
Se fue directo a practicar.
Se subió a su patineta…
Y empezó.
Primer truco.
Segundo.
Tercero.
Cada vez más fluida.
Más segura.
Más intensa.
No se dio cuenta…
Pero ya la estaban observando.
Los del concurso.
En silencio.
Sin interrumpir.
Pero con expresiones claras.
Sorpresa.
Interés.
Expectativa.
Uno de ellos cruzó los brazos.
—Tiene talento… —murmuró.
Cris seguía.
Concentrada.
Entregada.
Como si ese momento definiera algo más grande.
Y en el fondo…
Algo dentro de ella lo sabía.
Las dos semanas pasaron más rápido de lo que Cris esperaba.
Entre la escuela…
Las tareas…
Y cada tarde de práctica…
Su vida se volvió una rutina de esfuerzo, disciplina y emoción.
Había días en los que terminaba agotada.
Con las piernas temblando.
Con las manos adoloridas.
Pero aun así…
No se rendía.
—Una vez más… —se repetía— solo una vez más.
Y ese “una vez más”…
La fue haciendo mejor.
Más fuerte.
Más segura.
Hasta que llegó el día.
El día del concurso.
El parque estaba lleno.
Más gente que antes.
Más ruido.
Más presión.
Participantes calentando.
Familias observando.
Jueces preparando todo.
Cris miró a su alrededor.
Respiró hondo.
—Tranquila… tú puedes.
Pero esta vez…
Los nervios eran reales.
—Estoy orgulloso de ti, princesa —dijo su papá, colocando una mano en su hombro.
Cris lo miró.
Y sonrió.
—Gracias, papá.
Su mamá no decía mucho…
Pero su mirada lo decía todo.
Preocupación.
Orgullo.
Amor.
Todo mezclado.
A lo lejos…
Entre la gente…
Había alguien observando.
En silencio.
Sin acercarse.
Sin llamar la atención.
Robert.
Sus manos estaban en los bolsillos.
Su mirada fija.
Siguiendo cada movimiento de Cris.
Sin que ella lo supiera.
Sin que nadie lo notara.
—Es increíble… —murmuró para sí mismo.
Pero no se movió.
No podía.
No debía.
No con sus papás ahí.
El concurso comenzó.
Uno por uno…
Los participantes salían.
Hacían sus trucos.
Algunos buenos.
Otros… no tanto.
Pero cuando dijeron su nombre…
El mundo se detuvo un segundo.
—¡Cris!
Caminó al centro.
Su patineta en mano.
Su corazón latiendo fuerte.
Pero su mirada…
Segura.
Se subió.
Y todo el ruido desapareció.
Primer truco.
Perfecto.
Aplausos.
Segundo.
Más alto.
Más limpio.
Más seguro.
Tercero.
Arriesgado.
Pero controlado.
La gente empezó a reaccionar.
A sorprenderse.
A comentar.
—¿Cuántos años tiene?
—No puede ser…
—Es muy buena…
Cris no escuchaba nada.
Estaba concentrada.
En su ritmo.
En su equilibrio.
En ella.
A lo lejos…
Robert no apartaba la mirada.
Cada truco…
Cada movimiento…
Le hacía sentir algo distinto.
Algo que no entendía del todo.
—¿Desde cuándo…? —pensó, confundido.
Pero no terminó la idea.
Cris tomó aire.
Sabía que quedaba uno.
El más importante.
El más peligroso.
Miró el suelo.
Luego al frente.
Y sonrió.
—Es ahora…
Se impulsó.
Velocidad.
Precisión.
Fuerza.
El salto.
El giro.
El riesgo.
Un segundo.
Dos.
Y lo logró.
El truco más peligroso.
Perfecto.
Limpio.
Impecable.
El silencio duró solo un instante.
Porque después…
Todo explotó.
Aplausos.
Gritos.
Personas de pie.
Sus amigas brincando de emoción.
—¡Cris! ¡Cris! ¡Cris!
Su papá…
Con una sonrisa enorme.
Orgulloso.
Más que nunca.
Su mamá…
Con la mano en el pecho.
Aún asustada.
Pero feliz.
Muy feliz.
Y a lo lejos…
Robert.
Sonriendo.
Sin poder evitarlo.
—Es… increíble…
Pero en su mirada…
Ya no había solo interés.
Había algo más.
Algo que empezaba a cambiar.
El ruido no se detenía.
Los aplausos seguían.
Las miradas estaban sobre ella.
Cris bajó de la patineta con la respiración agitada.
Su corazón latía con fuerza.
Pero ahora…
Era emoción pura.
Sus amigas corrieron hacia ella.
—¡Estuviste increíble!
—¡Ese último truco… nadie lo hace!
—¡Vas a ganar, Cris!
Cris sonrió, aún sin poder procesarlo todo.
—No sé… había muchos buenos…
Pero en el fondo…
Lo sabía.
Los jueces comenzaron a reunirse.
Hablaban entre ellos.
Serios.
Analizando.
Comparando.
El tiempo…
Se sintió eterno.
Cris miraba al suelo.
Luego al frente.
Luego a sus papás.
Su papá le levantó el pulgar.
Confiado.
Seguro.
Su mamá…
Aún estaba nerviosa.
Pero no dejaba de verla con orgullo.
A lo lejos…
Robert seguía ahí.
Sin acercarse.
Sin decir nada.
Solo observando.
—Vamos a anunciar a los ganadores —dijo uno de los jueces.
El silencio cayó de golpe.
—En la categoría varonil…
Todos contuvieron la respiración.
—El ganador es…
Hizo una pausa.
—¡Robert!
Hubo aplausos.
Gritos.
Celebración.
Cris levantó la mirada, sorprendida.
—¿Robert…?
Su corazón dio un pequeño salto.
Pero no entendía por qué.
A lo lejos…
Robert caminó hacia el frente.
Recibió el reconocimiento.
Pero su mirada…
No estaba en el público.
Estaba en ella.
Y por un momento…
Sus ojos se encontraron.
Cris apartó la mirada rápidamente.
Confundida.
—Y ahora… —continuó el juez— la ganadora en la categoría femenil…
El silencio volvió.
Más intenso.
—La mejor patinadora…
La más valiente…
La que realizó el truco más peligroso…
Cris sintió que su corazón se detenía.
—Con tan solo 14 años…
Hizo una pausa.
Sonrió.
—¡Cris!
El mundo explotó.
Sus amigas gritaron.
Saltaron.
La abrazaron.
—¡GANASTE!
—¡Sabía que eras tú!
—¡Lo lograste!
Cris no reaccionó de inmediato.
Como si no lo creyera.
—¿Yo…?
Pero cuando escuchó su nombre otra vez…
Todo la alcanzó.
Subió.
Recibió su premio.
Las luces.
Las miradas.
Los aplausos.
Y por primera vez…
Sintió algo enorme dentro de ella.
Orgullo.
Su papá…
No podía dejar de sonreír.
—Esa es mi hija…
Su mamá…
Con lágrimas en los ojos.
—Estoy tan orgullosa de ti…
Cris los miró.
Y sonrió.
De verdad.
A lo lejos…
Robert la observaba.
En silencio.
Pero algo dentro de él…
Ya no era igual.
Porque lo que empezó como un juego…
Estaba empezando a sentirse real.
Después de un año…
El tiempo pasó.
Rápido.
Silencioso.
Pero lleno de cambios.
Cris ya estaba en segundo de secundaria.
Más segura.
Más fuerte.
Más reconocida.
Robert pasó a tercero.
Y aunque nadie lo decía abiertamente…
Había cambiado.
—Estoy segura de que Robert ya es un chico bueno… —dijo Cris un día.
Su papá la miró.
—Princesa… mi empleado me dijo lo mismo… ya no se junta con los vagos de su cuadra.
Cris sonrió.
—Entonces sí cambió…
Pero en el fondo…
Algo aún no encajaba del todo.
Y lo que ella no sabía…
Era que todo…
Apenas comenzaba.
Un día como cualquier otro…
O al menos eso parecía.
Cris entró al salón con su mochila colgando de un hombro.
Riendo con sus amigas.
Tranquila.
Sin imaginar lo que iba a encontrar.
Al llegar a su lugar…
Se detuvo.
Había algo sobre su mesa.
Una carta.
Su corazón dio un pequeño salto.
—¿Qué es esto…? —murmuró, tomando el sobre con cuidado.
Sus amigas se acercaron de inmediato.
—Ábrela…
—¡Ya, Cris!
Cris respiró hondo.
Y la abrió.
Sus ojos comenzaron a recorrer cada palabra.
Y poco a poco…
Su expresión cambió.
“Gracias…
Gracias por rechazarme aquel día…
Porque eso fue lo que necesitaba para cambiar…”
Sus dedos apretaron ligeramente el papel.
“No soy el mismo de antes…
Y quiero demostrártelo…”
El silencio a su alrededor se hizo más pesado.
“Mañana… te espero en el centro comercial.
Hay algo importante que quiero decirte…”
Cris bajó lentamente la carta.
Su mente estaba llena de pensamientos.
Demasiados.
—¿Qué dice? —preguntaron sus amigas, impacientes.
Cris las miró.
—Que quiere hablar conmigo… mañana…
Hubo un momento de silencio.
Luego sonrisas.
—¡Eso es importante!
—¡Algo está pasando!
—¡Vamos contigo!
Cris dudó.
Pero al final…
Asintió.
—Sí… vamos.
Pero luego agregó, un poco más seria:
—Pero ustedes se van por su lado… mientras yo hablo con él.
Sus amigas se miraron entre sí.
Entendieron.
—Está bien.
Pero en el fondo…
Algo no les gustaba.
Sonó el timbre de recreo.
Y todo parecía normal.
Hasta que…
Cris se detuvo en seco.
Había personas en la escuela.
Personas que no eran alumnos.
Y entonces lo entendió.
—Son… los del concurso…
Sus amigas también los vieron.
—¿Qué hacen aquí?
Uno de ellos se acercó.
—Cris… —dijo con una sonrisa— hemos estado siguiéndote.
Cris abrió los ojos, sorprendida.
—Queremos proponerte algo…
El ambiente cambió.
—Queremos que seas maestra de patinaje.
Silencio.
Total.
Cris no reaccionó de inmediato.
—¿Yo…?
—Sí —continuó el hombre— has demostrado talento, disciplina y control… queremos que enseñes a otros.
Hizo una pausa.
—Solo fines de semana… sin afectar tus estudios.
Su corazón volvió a latir fuerte.
Pero esta vez…
De emoción.
—Yo… sí quiero… —respondió, casi sin pensarlo— pero tengo que hablar con mis papás.
El hombre asintió.
—Es lo correcto.
El resto del día pasó rápido.
Demasiado rápido.
Al salir…
Cris subió al carro de su papá.
—Hola, princesa… ¿cómo te fue?
—Bien, papá… pero pasó algo…
Y comenzó a contarle todo.
Cada detalle.
Cada emoción.
—Me dijeron que si podía ser maestra de patinaje…
Su papá levantó una ceja.
Interesado.
—Yo dije que sí… pero que tenía que hablar contigo y con mamá.
Hubo un pequeño silencio.
—Solo sería un año… —añadió Cris— y… podría ganar dinero…
Su voz tenía ilusión.
Pero también responsabilidad.
Su papá sonrió.
—No está nada mal, princesa…
Cris sonrió también.
Pero en el fondo…
Entre la emoción…
La carta seguía en su mente.
El centro comercial.
La conversación.
Robert.
Y una sensación…
Que no sabía explicar.
El tiempo pasó…
Más rápido de lo que Cris imaginaba.
Entre clases…
Amistades…
Y los fines de semana enseñando a otros a patinar…
Su vida comenzó a cambiar.
Ya no era solo la chica que amaba la patineta.
Ahora…
También enseñaba.
Guiaba.
Inspiraba.
Y cada vez que veía a alguien lograr un truco…
Sonreía.
Porque sabía lo que se sentía.
Pasó un año.
Cris ahora estaba en su último año de secundaria.
Más madura.
Más segura.
Más fuerte.
El dinero que había ganado como maestra…
Lo guardó.
Sin gastarlo.
Como si en el fondo…
Supiera que lo iba a necesitar.
Robert…
Ya estaba en la preparatoria.
Su vida también había cambiado.
Pero el destino…
Aún no terminaba de mover sus piezas.
Faltaban tres semanas.
Solo tres…
Para que Cris terminara esa etapa de su vida.
En casa…
El ambiente comenzó a sentirse distinto.
Más serio.
Más callado.
Hasta que un día…
—Hija… ven —dijeron sus papás— tenemos que hablar contigo.
Cris sintió algo extraño en el pecho.
Bajó lentamente.
—¿Qué pasa…? —preguntó, confundida.
Sus papás se miraron entre ellos.
Como si buscaran las palabras correctas.
—Nos vamos a México… la próxima semana.
Silencio.
—¿Qué…? —su voz salió casi en un susurro.
—Y no vas a estudiar la preparatoria aquí… en Los Ángeles.
El mundo de Cris…
Se detuvo.
—¿Por qué…? —su voz se quebró— ¿por qué me hacen esto?
No esperó respuesta.
Subió corriendo a su cuarto.
Cerró la puerta.
Y lloró.
Lloró como no lo había hecho en mucho tiempo.
Todo lo que había construido…
Sus amigas…
Su vida…
Todo…
Parecía romperse.
Sin darse cuenta…
El cansancio la venció.
Y se quedó dormida.
El tiempo pasó.
La tarde cayó.
Cris tenía planes.
Iba a ir al centro comercial.
Iba a hablar con sus amigas.
Iba a contarles todo.
Pero algo más pasó.
Un grito.
—¡Amor, despierta!
Cris abrió los ojos de golpe.
Su corazón se aceleró.
Bajó corriendo.
Y lo que vio…
La congeló.
Su mamá…
En el suelo.
—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz temblando.
—No lo sé… —dijo su papá, desesperado— me dijo que se sentía mareada… y luego…
No terminó la frase.
Cris se acercó.
Su corazón latiendo con fuerza.
—Ya está reaccionando… —dijo— papá, llévala a la cama.
Entre los dos la levantaron.
Con cuidado.
Con miedo.
La llevaron a la habitación.
Minutos después…
Su mamá abrió los ojos.
Débil.
Pero consciente.
—Tienes que ir al médico… —dijo Cris, con firmeza— antes de que nos vayamos.
Su mamá respiró profundo.
—Ya tengo cita… será unos días antes de irnos.
El ambiente…
Se llenó de tensión.
De preocupación.
De incertidumbre.
Narrador
Las semanas pasaron.
Lentas.
Pesadas.
Hasta que llegó el día de la cita.
—Doctor… ¿qué es lo que tengo? —preguntó, nerviosa.
El médico sonrió.
—Señora… felicidades.
Una pausa.
—Tiene tres semanas de embarazo.
El silencio…
Se transformó.
—¿Qué…? —susurró, sin poder creerlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero esta vez…
De felicidad.
Horas después…
—Amor… ya tengo los resultados… —dijo emocionada— abre esto.
Su esposo abrió el pequeño regalo.
Y cuando entendió…
Su rostro cambió por completo.
—Cielo… —susurró— vamos a ser papás otra vez…
—Sí… —respondió ella, sonriendo entre lágrimas.
Se abrazaron.
Fuerte.
Como hace tiempo no lo hacían.
—¿Cuándo se lo decimos a Cris? —preguntó él.
Ella pensó un momento.
—En México… —respondió— será una sorpresa… va a tener un hermanito.
Él sonrió.
—Le va a encantar.
Pero no sabían…
Que no todo sería tan sencillo.
Porque mientras ellos celebraban…
El pasado…
Regresaba.
Y alguien…
Estaba listo para cumplir un trato.