Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 2
El salón principal de la mansión Morana resplandecía bajo la luz de los candelabros, pero para Renata, el brillo resultaba asfixiante. El vestido de novia, una pieza de encaje exquisito que le apretaba el corsé hasta quitarle el aliento, se sentía como una piel ajena. Ella, que pasaba sus días fundiéndose con las sombras de los pasillos, ahora era el centro de todas las miradas.
—Baja la cabeza, pero no demasiado —le susurró Ester Morana al oído mientras la escoltaba hacia la gran mesa de comedor—. Tienes que parecer sumisa, pero elegante. Recuerda que no estás aquí para ser feliz, sino para ser útil.
Renata no respondió. Sus dedos buscaban instintivamente la llave oculta bajo la tela del vestido, su único ancla con la realidad. Al final de la escalera, los hombres esperaban.
Eduardo Morana lucía una sonrisa triunfal, la sonrisa de un hombre que acaba de encontrar una salida de emergencia en un edificio en llamas. A su lado, David evitaba su mirada, concentrado en ajustar los puños de su camisa. Y luego estaba él: Marcus.
Marcus no vestía un traje de gala, sino un conjunto oscuro que exhalaba una autoridad pesada y rancia. Sus ojos recorrieron a Renata de arriba abajo, no como un hombre admira a una mujer, sino como un coleccionista evalúa una pieza de arte que está a punto de comprar a precio de saldo.
—Impresionante, Eduardo —la voz de Marcus era rasposa, como el deslizamiento de una serpiente sobre piedras—. Las fotos no le hacían justicia. Tienes una "joya" muy bien guardada en esta casa.
—Renata es especial —intervino David, dando finalmente un paso al frente. Se acercó a ella y le tomó la mano. Sus dedos estaban fríos—. Marcus, te presento a mi... a Renata. Ella ha aceptado ser el vínculo que una nuestras empresas.
Renata sintió un escalofrío al escuchar la palabra "vínculo". David ni siquiera pudo decir "mi prometida" o "la mujer que amo". Para él, en ese momento, ella era una transacción. Sin embargo, cuando David le apretó la mano con suavidad, esa vieja chispa de esperanza volvió a encenderse en el pecho de Renata. Él lo está pasando mal, se mintió a sí misma. Sufre tanto como yo por entregarme a este hombre.
Pasaron al comedor. La cena fue un desfile de hipocresía. Mientras Ester y Sofía presumían de sus viajes y sus joyas, Marcus no apartaba la vista de Renata.
—Dime, Renata —dijo Marcus, interrumpiendo un monólogo de Sofía sobre la moda en París—. ¿Qué piensa una humilde empleada de convertirse, de la noche a la mañana, en la señora de una de las fortunas más grandes del país? ¿No te sientes como si hubieras ganado la lotería?
La mesa quedó en silencio. Fue una humillación directa. Marcus sabía perfectamente que ella era la sirvienta de los Morana, y disfrutaba recordándolo frente a todos.
Renata levantó la vista. Por un segundo, el velo de sumisión se agrietó y algo antiguo y poderoso brilló en sus ojos.
—El dinero es solo papel, señor Marcus —respondió ella con una calma que sorprendió a los presentes—. La verdadera fortuna es saber quién eres cuando te quitan todo lo que tienes.
Marcus arqueó una ceja, visiblemente intrigado. David, por el contrario, se removió incómodo en su silla.
—Vaya, además de hermosa, tiene lengua —rió Marcus—. Me gusta. Me va a divertir mucho enseñarte cuál es tu lugar una vez que estemos casados.
Durante el resto de la velada, Marcus se comportó como el dueño de la voluntad de Renata. En un momento, bajo la mesa, sintió la mano del hombre apretando su rodilla con una fuerza posesiva. Renata buscó con desesperación la mirada de David, pidiendo auxilio, pidiendo que detuviera esa falta de respeto.
David vio la mano de Marcus. Vio la incomodidad de Renata. Pero, en lugar de defenderla, bajó la vista hacia su plato y bebió un largo trago de vino.
Ese silencio dolió más que cualquier insulto de Ester.
Cuando la cena terminó, Eduardo y Marcus se retiraron al despacho para firmar los documentos que salvarían a los Morana. Renata fue enviada a la cocina para quitarse el vestido; para los Morana, el espectáculo había terminado y ella volvía a ser la gata de la casa.
Mientras forcejeaba con los botones de la espalda en el pasillo de servicio, una mano la ayudó. Era David.
—Lo hiciste muy bien, Renata —susurró él, acercándose a su cuello—. Marcus quedó encantado. El contrato está firmado. Estamos a salvo.
—Me trató como a un objeto, David —dijo ella, con la voz quebrada—. Me tocó... y tú no dijiste nada. Me prometiste que me sacarías de esto.
David la giró para que quedara frente a él. La tomó de los hombros y la miró con esa intensidad que siempre la desarmaba.
—Y lo haré, lo juro. Pero ahora tienes que ser fuerte. Marcus es un hombre difícil, pero si te ganas su confianza, podremos manejarlo. Hazlo por nosotros, Renata. Por nuestro futuro.
—¿Nuestro futuro? —preguntó ella, buscando una pizca de verdad en él—. ¿Todavía existe un "nosotros"?
—Siempre —mintió David, dándole un beso rápido y superficial antes de alejarse al oír los pasos de su padre—. Ahora cámbiate y limpia el comedor. Mi madre no quiere ver ni una miga mañana temprano.
Renata se quedó sola en la oscuridad del pasillo. El vestido de novia, que antes le parecía una armadura, ahora se sentía como una mortaja. David la había vuelto a manipular, usando sus sentimientos como moneda de cambio.
Entró en su pequeña habitación, un cuarto minúsculo cerca de la lavandería. Se quitó el vestido de encaje y se puso su viejo uniforme de algodón. Se sentó en la cama y sacó la llave de su cuello.
—"Hazlo por nosotros", dijiste —susurró Renata para la habitación vacía.
Se levantó y caminó hacia un rincón del suelo donde una madera estaba suelta. Debajo, escondido entre el polvo, había un pequeño sobre de cuero negro. Lo abrió. Dentro no había dinero, sino un documento con un sello que los Morana no reconocerían, pero que haría temblar a Marcus Sterling.
Renata acarició el papel.
—Ustedes creen que me han vendido a un monstruo para salvarse —dijo, y esta vez, no hubo lágrimas en su voz, sino un frío absoluto—. Pero no saben que yo ya conozco a los monstruos. Y el secreto que guardo es la soga con la que todos ustedes se van a colgar.
De repente, un ruido en la ventana la sobresaltó. Era un golpe rítmico, un código que ella no había escuchado en años. Renata se acercó con el corazón acelerado. En el cristal, alguien había dibujado con el vapor una sola letra:
"V".
Renata retrocedió, tapándose la boca con la mano. El pasado no estaba llamando a su puerta; estaba derribándola. El tiempo de jugar a la empleada sumisa se estaba agotando más rápido de lo que ella esperaba.
Vamos a ver qué pasa con el Presi