Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 8: Sofía
...Sofía...
Todavia no puedo procesar la audacia de ese tipo. Ni siquiera sé su nombre y se atrevió a invadir mi espacio personal de la forma más primitiva posible: un beso. Lo más inquietante no es su osadía, sino la probabilidad estadística de encontrarlo aquí. ¿Cómo es posible que después de Boston aparezca en este rincón olvidado? Mi mente científica intenta buscar una explicación lógica, pero mi cuerpo me traiciona con una cascada de dopamina y oxitocina. Sentí una descarga eléctrica recorriendo mi sistema desde el tórax hasta la pelvis; una respuesta galvánica de la piel que no pude ignorar. Era puro instinto de apareamiento, una función biológica que, por ahora, no tiene lugar en mis planes. No busco procrear, por lo tanto, no hay necesidad de estas distracciones.
Gracias a mi entrenamiento en el autocontrol, logré mantener la fachada de frialdad que siempre priorizo para pasar desapercibida. Pero basta de distracciones. Tengo un proposito.
—Rances —dije al entrar al laboratorio improvisado.
—Hola, Dra. Videla.
—Solo Sofía, Rances. Ya lo sabes. Cuéntame, ¿cuál es el cuadrante de hoy?
Rances es el pilar de mi equipo. Tiene 34 años, pero su pragmatismo y seriedad le dan el aura de un hombre de 60. Es directo, eficiente y respeta mis límites, lo que me permite confiar en él plenamente.
—Según los mapas geológicos, hay una zona con un potencial enorme —explicó señalando las coordenadas—. Hay un yacimiento de litio, una línea de río y cuevas subterráneas que probablemente contienen isótopos. Es terreno virgen; su familia aún no ha explorado esta zona.
—Perfecto. Prepara el equipo. Tengo un desayuno familiar obligatorio y luego salimos. ¿Quieres acompañarme a la mesa?
—No es necesario, vaya usted —respondió con su parquedad habitual.
Caminé hacia la casa principal. En la hacienda de mis padres, Ricardo y Valentina, el desayuno no es una opción, es un ritual. La ausencia solo se perdona con una justificación de vida o muerte. Al llegar, la mesa ya estaba servida.
—Cuéntenme, ¿cómo les fue anoche? —preguntó mi padre, Ricardo, con esa voz profunda que siempre impone respeto.
—Bien, papá —respondí mientras servía café—. Pero preferí retirarme temprano. Dejé a los primos celebrando; yo estaba en pie a las tres de la mañana para adelantar trabajo.
Esmeralda intervino para salvar el ambiente, mencionando encuentros con excompañeros, pero mi madre, Valentina, tenía la vista puesta en otra persona.
—Mi Gabriela preciosa, ¿por qué tan callada? ¿No te divertiste? —Gabriela reaccionó como quien sale de un trance, soltando una mentira piadosa sobre lo bien que la pasó. Esteban estaba a punto de delatar algo cuando una voz interrumpió desde la entrada.
—¡Hijo! —exclamó mi madre saltando de su asiento.
Julián entró en el comedor, radiante, repartiendo abrazos y besos. Yo sonreí, dispuesta a darle la bienvenida a mi hermano, hasta que levanté la mirada y el aire se me atascó en los pulmones. Detrás de él, con una sonrisa de suficiencia que gritaba victoria, estaba el "sinvergüenza". Me observaba con una mirada cargada de dominancia, como si estuviera leyendo mis pensamientos más oscuros.
Me ahogué con el agua. Empecé a toser violentamente mientras él dibujaba una mueca burlona en su rostro. ¿Qué hace este idiota con Julián?
—Familia —anunció Julián con orgullo—, traje conmigo a un invitado. Rodrigo es un gran amigo y mi socio económico. Espero que lo traten como a uno de la casa.
—¿Socio económico? —preguntó mi padre, enarcando una ceja.
—Sí, papá. Luego de desayunar hablamos en el despacho.
El desayuno se convirtió en un campo de minas para mí. Sentía la mirada de Rodrigo pesando sobre mis hombros. Mi madre, siempre anfitriona, intentó integrarlo.
—Dime, Rodrigo, si Julián te respalda, eres importante para nosotros. ¿Qué te parece el lugar?
—Un placer conocerlos —respondió él, y su voz me produjo un escalofrío—. He escuchado mucho de ustedes, aunque no lo suficiente para decir que los conozco a fondo... pero todo lo que he visto hasta ahora me ha impresionado.
Mi estadía es incierta, pero quiero conocer cada rincón de este lugar.
Dijo esto último clavando sus ojos en los míos. El mensaje era claro: yo era uno de esos "rincones" que planeaba explorar. No iba a caer en su juego. Terminé mi comida en silencio, me despedí con una brevedad casi ruda y fui a cambiarme. Botas de montaña, jeans resistentes y una blusa blanca. Era hora de desaparecer en la inmensidad de la tierra.
Rances y yo salimos en la 4x4 hacia el punto marcado. El terreno era abrupto y majestuoso.
—Dra. Videla, los mapas no son claros —dijo Rances al bajar del vehículo—. Lo mejor es separarnos para cubrir más terreno. Tome este comunicador con GPS; si encuentra el punto, intercambiamos ubicación.
Acepté el plan. Me gustaba la soledad del monte. Caminé unos diez minutos, sintiendo que la inmensidad de la hacienda me tragaba. De repente, una sensación de vigilancia me erizó los vellos de la nuca. Pensé que sería algún animal silvestre, hasta que una mano firme cubrió mi boca y me arrinconó contra el tronco rugoso de un árbol.
—Hola, escurridiza. No pude evitar seguirte.
Rodrigo me tenía atrapada. Su cuerpo, sólido como una roca, presionaba el mío contra la madera. Sus ojos penetraban los míos con una intensidad aterradora.
—Así que eres la hermana de Julián... —susurró, apartándome un mechón de cabello con una delicadeza que contrastaba con su fuerza—. Te voy a soltar, pero no intentes escapar.
En cuanto liberó mi boca, mi indignación estalló.
—¿Qué pretendes, pervertido? ¿Por qué me retienes así? ¿No te quedó claro lo de anoche? ..
Honestamente tenía la fuerza y actitudes necesarias para liberarme de su agarre, simplemente no lo quise hacer. Tenía un deseo profundo de experimentarmentar lo mismo de anoche si realmente fueron mis hormonas o la unión de ellas con el alcohol que el cuerpo me traicionó.
—La verdad es que no —rio él, acortando la distancia—. Creo en el destino, y este es nuestro cuarto encuentro fortuito. Por algo será, ¿no crees?
Y sin más el hombre descarado osado pervertido me beso, aparente resistirme unos segundos pero esa explosión de hormonas que estaba experimentando me daba una sed de querer más hasta ver qué punto quedaría saciada, su lengua que recorría la mía, una de sus mano soltó mi agarre y buscó meter su mano por debajo de mi blusa y a través de mi piel desnuda recorrió desde la cintura hasta los senos y empezó a estimularlo, besaba mi cuello, mi boca mientras yo gemia sin control, Dioos que interesante emoción ya entiendo porque las personas agarran malos hábitos esto se siente como una explosión interna mi mente decía que me detuviera ya, pero quería seguir probando que más continuaba a través de estos tactos, así que mientras su mano izquierda seguía en mi pezon la derecha desabotonó los primeros botones de la blusa y lo siguiente es que su boca succionaba mi otro seno y su mano derecha bajo y empezó a flotarme sobre el pantalón yo solo gemia sin parar que placer tan absoluto y derrepente el dijo
-Rodrigo: quiero hacértelo ahora mismo.
Estaba envuelta en una sed que no sabía que existía pero cuando dijo esas palabras sabía lo que seguiría y fue cuando decidí cortar el momento… Dios no quiero aparearme todavía!! ya fue suficiente de tantas hormonas! Y dije:
-Por los momentos yo no…
El seguía ya estaba empezando a desabrochar un botón del Jean su boca me besaba la boca cuello y nunca abandonaba mis senos chupando como el mayor placer del mundo
-Rodrigo lo que digas…. Pero no veo que me detengas.
Y así metió su mano en la entrada de mi Jean y tocó mi intimidad hizo algunos movimientos circulares definitivamente quería más estaba notando la traición de mi cuerpo, cuando sentí que el teléfono sonó
-Sofía : supongo que salvada por la campana. Suéltame chico de la ciudad, lo disfruté gracias pero no quiero continuar.
Sus manos instantáneamente dejaron mi piel, como si el freno que acababa decir fue la tecla que no podía extralimitar y dijo
-Por ahora, escurridiza. Ya me acostumbré a tu juego de huida —se acercó a mi oído, dejando que su aliento caliente me rozara—. Tú eres un gatito, pero yo seré tu lobo feroz. Esto no acaba aquí.
En ese momento agarro mi mano y la llevo a su masculinidad que parecía una roca tratando de salir del pantalón
-Mira lo que hiciste, siente lo que provocas… eres mi blanco Sofía y pienso disparar más pronto que tarde, graba en tu mente que esta dureza pronto estará toda en tu interior.
Me dio un último beso salvaje, cargado de promesa y posesión, y me soltó.
—Lo que digas —respondí, y sin más me ajusté la blusa, me aseguré de que mi rostro no revelara el caos interno y caminé hacia el punto de encuentro con Rances.