COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18 – Lo que nunca estuvo
El día avanzó sin que nadie pudiera decir con certeza en qué momento había comenzado realmente. En la casa de los Oquendo, el silencio se había vuelto algo constante, no incómodo, sino pesado, como si cualquier palabra pudiera romper algo que apenas se sostenía. Andrés permanecía sentado, mirando un punto fijo sin verlo, mientras Lili se movía de un lado a otro intentando hacer cosas simples que nunca terminaba. Santiago estaba aparte, pero no lejos, como si necesitara estar cerca y al mismo tiempo no soportara estarlo.
No había dormido.
No podía.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía.
El bebé.
Pero ya no era como antes.
Ya no era solo tristeza.
Ya no era solo miedo.
Ahora era… menos.
Como si algo estuviera desapareciendo poco a poco.
—
Esa tarde, Santiago no aguantó más.
No fue un momento preparado.
No fue algo pensado.
Simplemente… pasó.
—¡Ya no puedo! —su voz rompió el silencio de golpe.
Andrés levantó la mirada.
Lili se quedó quieta.
—No puedo seguir así… —continuó, respirando agitado—. No puedo seguir viendo eso y fingir que no pasa nada.
Nadie respondió de inmediato.
Porque sabían.
Sabían que no era solo estrés.
—¿Ver qué? —preguntó Andrés, aunque ya temía la respuesta.
Santiago apretó los puños.
—El bebé.
El silencio que siguió fue más frío que cualquier palabra.
—No es un sueño… —añadió, con la voz quebrándose apenas—. No está bien… no está… completo.
Lili dio un paso hacia él.
—¿Qué quieres decir?
Santiago negó con la cabeza, desesperado.
—Está desapareciendo… poco a poco… cada vez que lo veo es menos… como si algo se lo estuviera llevando… como si…
Se detuvo.
Pero no hacía falta terminar la frase.
—No lo puedo ayudar —dijo finalmente, más bajo—. No hay nada que hacer… nunca hubo nada que hacer.
El peso de esas palabras cayó en la habitación sin que nadie pudiera detenerlo.
—Entonces tenemos que irnos —continuó, levantando la mirada con una urgencia que no había mostrado antes—. No podemos quedarnos aquí… nos va a pasar lo mismo… hay que salir… hay que irnos ahora.
Andrés dudó.
No porque no quisiera.
Sino porque algo dentro de él ya sabía que no sería tan simple.
Pero esta vez no dijo nada.
Esta vez… asintió.
—
El movimiento dentro de la casa fue rápido, torpe, desesperado. No tomaron muchas cosas, no pensaron demasiado, solo lo necesario para salir, para moverse, para no quedarse quietos. El aire parecía más denso mientras caminaban hacia el garaje, como si cada paso costara más de lo normal, como si algo intentara retrasarlos sin tocar directamente.
Santiago fue el primero en llegar.
Abrió la puerta.
—
Y se detuvo.
—
Andrés casi chocó contra él.
—¿Qué pasa?
Santiago no respondió.
No podía.
—
El garaje estaba vacío.
—
No desordenado.
No diferente.
—
Vacío.
—
—No… —murmuró.
Andrés miró.
Y sintió cómo algo se rompía por dentro.
—
No había carro.
—
No había rastro.
—
Ni marcas en el suelo.
Ni espacio ocupado.
—
Nada.
—
Como si nunca hubiera estado ahí.
—
Lili dio un paso atrás.
—Eso no es posible…
Pero lo era.
Porque lo estaban viendo.
—
—Nosotros… vinimos en ese carro… —dijo Santiago, más para sí mismo que para los demás.
Pero la duda ya estaba ahí.
Pequeña.
Peligrosa.
—
¿Y si no?
—
Andrés apretó la mandíbula.
—Sí estaba.
Pero su voz no fue firme.
—
Porque algo en el ambiente… no ayudaba.
—
Como si la realidad misma no estuviera de su lado.
—
Como si ese recuerdo no tuviera suficiente peso para sostenerse.
—
Santiago retrocedió lentamente.
—No nos vamos a poder ir…
La frase no fue una suposición.
Fue una certeza.
—
El silencio volvió.
—
Pero esta vez…
no fue solo miedo.
—
Fue comprensión.
—
No era que no quisieran que salieran.
—
Era que…
—
nunca hubo salida.
—
—
Esa noche, Santiago no intentó dormir.
No tenía sentido.
Se sentó en su cama, mirando la oscuridad, esperando, porque ahora sabía que no podía evitarlo, que tarde o temprano volvería.
Y volvió.
—
El bebé apareció.
—
Pero esta vez…
—
era distinto.
—
Más pequeño.
—
Más débil.
—
Más… lejano.
—
Santiago lo miró sin acercarse.
Sin intentar hablar.
—
Porque ya lo entendía.
—
No era alguien a quien salvar.
—
Era algo que ya estaba terminando.
—
La oscuridad detrás de él se movió lentamente.
—
No de forma agresiva.
—
Sino… paciente.
—
Como algo que no tenía prisa.
—
Porque sabía…
—
que iba a ganar.
—
Santiago cerró los ojos.
—
No por miedo.
—
Sino porque ya no podía seguir mirando.
—
Y en ese instante…
—
la figura del bebé tembló.
—
Como si se apagara.
—
Como si lo último que quedaba de él…
—
dejara de estar.
—
—
Santiago abrió los ojos de golpe.
Respirando rápido.
—
Y por primera vez…
—
el bebé no volvió.
—
—
El silencio fue absoluto.
—
Más profundo que antes.
—
Más vacío.
—
Y eso fue lo peor.
—
Porque significaba…
—
que ya no quedaba nada.
—
—
En algún lugar…
—
una presencia se movió.
—
Satisfecha.
—
Porque una parte más…
—
había sido tomada.
—
—
Y el tablero…
—
seguía avanzando.
—
Sin que ellos pudieran detenerlo.