En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 8
Narrado por: Caelum
Dejé a Aura en sus aposentos. Estaba exhausta, envuelta en las gruesas pieles de oso polar, con las manos vendadas descansando sobre su pecho. El fuego del solsticio le había exigido un precio físico brutal, pero su respiración era constante.
Me giré hacia la Sombra Sirviente que aguardaba junto a la puerta.
—Si la temperatura de esta habitación desciende un solo grado, te dissipate en la Nada —ordené, mi voz cortando el aire estancado—. Si ella despierta y pide agua, le darás agua fundida de los glaciares del este, no hielo. Y si el palacio intenta acercarse a su mente mientras duerme, interponte.
La Sombra inclinó su figura brumosa en señal de obediencia.
Salí al pasillo y cerré la pesada puerta de roble y escarcha. No me detuve a descansar. La vibración de la batalla en las Catacumbas aún resonaba en mis brazos, pero había algo más en el aire. Un cambio en la presión barométrica.
Caminé a grandes zancadas por los pasillos vacíos, dirigiéndome hacia la escalera de caracol que ascendía a la Aguja del Cénit, la torre más alta de la Fortaleza. A medida que subía, el cristal de las paredes se volvía más delgado, casi transparente, revelando el caos del Velo de la Niebla Blanca en el exterior.
El viento aullaba, azotando la torre con una furia descontrolada, pero hoy, el aullido traía un rastro extraño. Abrí las puertas dobles del balcón superior de una patada.
El frío absoluto del exterior me golpeó, pero para mí no era más que una brisa reconfortante. Me acerqué a la barandilla de obsidiana y escudriñé el horizonte negro. Las nubes giraban en un vórtice perpetuo, pero en el cuadrante sur, un destello antinatural cortaba la oscuridad.
No era azul. No era blanco. Era de un verde intenso y enfermizo.
Extendí mi mano derecha. El aire a mi alrededor crujió y se condensó, formando un látigo de granizo y viento cortante de seis metros de largo.
—Muéstrate —dije, mi voz amplificada por la tormenta, resonando a lo largo y ancho del Velo.
El destello verde se detuvo. De entre las nubes tormentosas, emergió una criatura que no pertenecía a mi reino. Era un halcón del tamaño de un águila imperial, pero no tenía plumas ni carne. Estaba compuesto por lianas espinosas entrelazadas, hojas negras y una savia verde brillante que goteaba de su pico, siseando al tocar la nieve que caía.
El ave batió sus alas de enredadera, intentando ganar altura para escapar de mi vista.
Hice restallar el látigo de hielo.
La punta congelada atrapó el ala izquierda del halcón mágico en el aire. Tiré con todas mis fuerzas. La criatura emitió un chillido que sonó como madera astillándose y cayó en picado, estrellándose contra el suelo del balcón con un estruendo húmedo.
Caminé hacia la bestia caída. Las lianas se retorcían, intentando reensamblarse, pero el frío extremo de mi balcón ya estaba cristalizando la savia verde.
Clavé la bota sobre el pecho de la criatura.
—Un Constructo de la Primavera —dije, presionando el talón hasta escuchar cómo se partían las ramas—. Elian se ha vuelto audaz para enviar a uno de sus perros tan al norte.
Las ramas del halcón se convulsionaron. La cabeza del ave se partió a la mitad, y de su garganta de madera brotó una voz que no era la suya. Era una voz joven, arrogante, aterciopelada y cargada de un calor sofocante.
—Señor del Invierno —dijo la voz de Elian a través del constructo, riendo suavemente—. Esperaba que tus defensas automáticas mataran a mi explorador. Que bajes tú mismo a recibirlo es todo un honor.
—¿Qué hace una alimaña de la Primavera en mi Velo, Elian? —exigí, apretando más la bota. La luz verde de la criatura parpadeó.
—Inspeccionando mi futura propiedad, por supuesto. Mis historiadores me aseguran que tu palacio tiene una arquitectura envidiable, aunque un poco pálida. Planeo redecorarlo con enredaderas rojas cuando lo tome.
—No tienes el poder para cruzar las Montañas Muertas, muchacho. Tu magia se congela a quinientos kilómetros de mi puerta.
La risa de Elian volvió a sonar, esta vez más aguda, más cruel.
—Eso era cierto hace un siglo, Caelum. Pero las cosas han cambiado. Tengo un nuevo juguete. Una reliquia de familia. La Espada Verde.
No mostré sorpresa, aunque las palabras de Aura en la biblioteca acababan de ser confirmadas por el mismísimo enemigo.
—Una espada no derrite un glaciar —respondí, inexpresivo.
—Esta sí. He probado su filo contra los primeros picos de tu cordillera. La nieve se rinde, Caelum. Se rinde y se vuelve agua, y del agua nacen mis soldados. He marchado con cincuenta mil hombres y bestias de la foresta. Estamos al pie del Paso de Cristal.
Retiré la bota del constructo y me agaché, agarrando al halcón de madera por el cuello. Lo levanté a la altura de mi rostro.
—El Paso de Cristal está a siete días de marcha de esta fortaleza —le dije directamente a los ojos vacíos del ave—. Te tomará meses cruzarlo.
—Marcharemos el primer día del Equinoccio —replicó Elian, el tono de burla desapareciendo, reemplazado por una amenaza fría—. En diez días, Caelum, estaré frente a tus puertas. Te ofrezco un trato, Dios del Invierno. Ríndete. Entrégame a la humana de Aethelgard. Su sangre me pertenece por derecho. Dámela, devuélveme el Ámbar y te permitiré retirarte al extremo norte a vivir el resto de tu eternidad como un simple ventisquero.
Apreté el agarre. La madera crujió bajo mis guantes.
—La humana es mi prisionera por el Pacto —dije despacio—. El Ámbar es la condena de mi existencia. Y tú, Príncipe, eres un niño jugando con fuego robado. Si te atreves a poner un pie en la Niebla Blanca, te arrancaré el corazón y lo usaré como peso para mis mapas.
—La chica morirá de todos modos, Caelum. El palacio la devorará antes de que yo llegue. A menos... a menos que ya te hayas encariñado con tu pequeña batería mortal. La provocación era evidente.
—Mi única lealtad es con el hielo que piso —mentí, sintiendo el leve recuerdo del calor de las manos de Aura en mis palmas—. Dile a tu ejército que traiga ropa de abrigo, Elian. La necesitarán en el infierno.
Apreté el puño por completo. El constructo estalló en una lluvia de astillas congeladas y savia petrificada. La conexión mágica se cortó con un zumbido agudo, y el viento del norte volvió a ser el único sonido en el balcón.
Me quedé allí, mirando los restos verdes sobre la nieve negra.
Cincuenta mil hombres. Y la Espada Verde.
Elian no mentía sobre la espada; el calor residual del constructo era una prueba innegable de que la Primavera había desatado el poder del Ámbar. Mi palacio no resistiría un asalto directo de esa magnitud. Mis Sombras Sirvientes eran sirvientes, no soldados. Los muros aguantarían el fuego común, pero no el fuego alquímico del Verano canalizado a través de la hoja de los Primeros Reyes.
Había una sola forma de defender la Fortaleza. Una táctica que había jurado no volver a usar desde la Primera Era.
Me di media vuelta y abandoné el balcón.
No bajé a las habitaciones. Descendí aún más, pasando por alto el salón principal, adentrándome en las galerías subterráneas hasta llegar de nuevo a la Biblioteca de Hielo.
El Custodio estaba donde lo había dejado, flotando cerca del frasco roto de Maeve.
—Señor —dijo el Custodio, inclinándose—. Pensé que había terminado de destruir mis archivos por hoy.
—Abre las Bóvedas de la Vanguardia —ordené sin detener el paso, caminando directamente hacia el fondo de la inmensa caverna.
La niebla del Custodio parpadeó, una clara señal de alarma.
—Señor Caelum... La Vanguardia Durmiente no ha sido despertada en novecientos años. Esos gólems de hielo negro no tienen discernimiento. Destrozarán cualquier cosa que tenga pulso.
—Elian de la Primavera está en el Paso de Cristal con cincuenta mil hombres y la Espada Verde —me detuve frente a una enorme pared de hielo sólido en el fondo de la biblioteca, sin marcas ni cerraduras—. Llegará en diez días. Si no activo a la Vanguardia, el palacio caerá y el mundo arderá.
El Custodio flotó rápidamente hacia mí, interponiéndose entre la pared y yo.
—¡No puede hacerlo! —la voz metálica del espíritu raspó el silencio—. Para despertar a la Vanguardia, necesita alimentar sus núcleos. Requieren energía vital masiva. No le queda suficiente poder en las reservas del palacio para levantar a mil gólems.
—Lo sé —dije, levantando la mirada hacia los estantes llenos de esferas brillantes. Los recuerdos de las Sacrificadas. Los peajes cobrados durante siglos.
—¿Va a usar los ecos? —el Custodio miró las esferas, horrorizado—. Señor, esos recuerdos son la única prueba de que esas mujeres existieron. Es la poca dignidad que les dejó. Si las usa para encender a la Vanguardia, se consumirán permanentemente. Desaparecerán para siempre.
—Es el precio de la guerra.
—¡Pero no será suficiente! —insistió el Custodio—. Los ecos de treinta Sacrificadas despertarán a un centenar de gólems, a lo sumo. Para levantar al ejército completo, el palacio le exigirá un tributo fresco.
—¿Qué estás insinuando?
—Que si abre esa bóveda, el palacio devorará la mente de la humana Aura de una sola vez para compensar la falta de energía. La vaciará esta misma noche.
El silencio se apoderó de la caverna.
Miré mis manos, recordando cómo Aura había forzado su propio fuego para salvarme en las Catacumbas, arriesgando su vida.
—El palacio no la tocará —dije, apretando la mandíbula—. Yo seré el conducto.
—¿Usted? —el Custodio retrocedió—. Señor, si usa su propia esencia divina para rellenar el vacío... la escarcha que mantiene su corazón detenido podría ceder. Si siente, si su corazón vuelve a latir de verdad, la maldición colapsará. Usted morirá.
—Abre la bóveda, Custodio. Es una orden.
El espíritu guardó un largo silencio y, finalmente, asintió. Se acercó a la pared lisa y pronunció un conjuro en la lengua antigua. El hielo se resquebrajó, revelando un abismo oscuro del que emanaba un frío tan absoluto que incluso a mí me dolió respirarlo.
Me acerqué a los estantes. Tomé la esfera azul profundo que pertenecía a Elara. Tomé la dorada de Lys. Fui recogiendo los frascos uno por uno, colocando los recuerdos de mis víctimas en un saco de lino oscuro. Cada esfera tintineaba, un coro de fantasmas que me acusaban.
Caminé hacia el borde del abismo de la Vanguardia.
Vacié el saco. Las esferas cayeron en la oscuridad. Segundos después, un crujido monumental sacudió la biblioteca, seguido del sonido de mil pasos pesados rompiendo la piedra helada en las profundidades. Ojos rojos comenzaron a encenderse en la negrura.
Un dolor punzante, agudo e insoportable, me atravesó el pecho. El palacio, al no tener suficientes ecos, estaba tirando de mi propia reserva de vida, succionando la magia directamente de mi núcleo. Caí de rodillas al borde del abismo, agarrándome el pecho mientras tosí escarcha teñida de negro.
—Ya están despiertos, Señor —susurró el Custodio detrás de mí—. Que los Primeros Reyes nos perdonen a todos.
Me puse de pie lentamente, ignorando la punzada en mi pecho.
Subí las escaleras de regreso al Ala Oeste. Caminé hacia la habitación de Aura. La Sombra Sirviente se hizo a un lado. Abrí la puerta de roble.
Aura no estaba durmiendo. Estaba sentada al borde de la cama de escarcha, con la capa echada sobre los hombros y las manos vendadas apoyadas en las rodillas. Me miró al entrar. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos oscuros ardían con esa voluntad inquebrantable que tanto me frustraba y fascinaba.
—Escuché ruidos —dijo ella, su voz ronca—. Un temblor bajo el suelo. ¿El Engendro de las catacumbas tenía amigos?
Cerré la puerta a mis espaldas y me apoyé contra ella.
—No. Era nuestro ejército.
Aura frunció el ceño. Se puso de pie con cautela.
—¿Qué ejército? Tú no tienes soldados, solo sombras.
—Acabo de despertar a la Vanguardia Durmiente. Mil gólems de hielo negro de la Primera Era.
—¿Por qué? —dio un paso hacia mí—. Caelum, ¿qué pasó mientras yo dormía?
No aparté la mirada.
—Elian envió un explorador. Lo intercepté en el Velo. El Príncipe de la Primavera marchará en diez días. Trae cincuenta mil hombres y tiene la Espada Verde.
Aura se quedó paralizada. El número la golpeó como un mazo invisible.
—Diez días... —susurró—. Cincuenta mil... Caelum, no podemos pelear contra cincuenta mil soldados y un artefacto alquímico con mil gólems y una chica que apenas sabe lanzar chispas.
—Es lo que tenemos.
Ella bajó la mirada hacia mis manos y luego hacia mi pecho. Se acercó rápidamente, olvidando el dolor de sus manos.
—Tu túnica —dijo, señalando mi pecho—. Está manchada de negro. ¿Estás sangrando? ¿El explorador te hirió?
—No fue el explorador —respondí con frialdad—. Para despertar a los gólems, necesité alimentarlos. Utilicé los ecos de la biblioteca. Los recuerdos de las Sacrificadas anteriores. Y como no fue suficiente, pagué el resto con mi propia esencia.
Aura me miró a los ojos. Había horror en su expresión, pero también comprensión.
—Destruiste lo último que quedaba de ellas.
—Y sacrifiqué una parte de mí para no tener que destruirte a ti. El Custodio sugirió que el palacio devorara tu mente entera para compensar la energía. Le dije que no.
Aura abrió la boca para hablar, pero las palabras parecieron atorarse en su garganta. Lentamente, levantó una de sus manos vendadas y, con una suavidad que desarmó todas mis defensas, la apoyó directamente sobre la mancha negra en mi pecho.
El contacto no produjo vapor esta vez. Solo un calor tenue y firme.
—No puedes seguir rompiéndote para mantener estos muros en pie, Caelum —dijo ella en voz baja—. Si mueres, la Vanguardia cae, yo muero y Elian gana.
—Estamos en guerra, humana —murmuré, mi voz perdiendo toda la autoridad divina, sonando peligrosamente cerca de la de un hombre cansado—. En la guerra, algo siempre tiene que romperse.
—Entonces rompamos la maldición —dijo ella, apretando su mano contra mi pecho—. Mañana. Me enseñarás a usar el fuego no como un arma, sino como una llave. Si Elian quiere asediar la fortaleza, le daremos algo que no espera.
—¿El qué?
Aura esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa afilada y letal.
—Le daremos la primavera antes de tiempo. Derretiremos nosotros mismos la Fortaleza de Escarcha y liberaremos la plaga contenida de la Primera Era directamente sobre su ejército.
Me quedé mirándola, atónito. La brillantez táctica y la locura absoluta de su plan me dejaron sin aliento. Era un suicidio. Era genial.
—Eres infinitamente peligrosa, Aura de Aethelgard.
—Aprendo del mejor, Señor del Invierno.
Imagen creada con ia del capitulo 8.