Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 7 La locura del amor
Pasaron dos semanas.
Dos semanas desde el beso en la noria. Dos semanas de miradas cómplices, de manos que se buscaban, de sonrisas que ya no escondían nada.
Cyran era perfecto.
Demasiado perfecto.
Y yo, por primera vez en dos vidas, era feliz.
—¿En qué piensas? —preguntó él, acariciando mi mano mientras cruzábamos el parque.
—En que nunca imaginé que esto sería posible.
—¿El qué?
—Esto. Nosotros. Tú.
Se detuvo. Me miró con esos ojos que ya no me daban miedo.
—Yo sí —dijo—. Yo siempre lo supe.
—¿Siempre?
—Desde que te vi.
Sonreí. Pero algo en mi pecho se contrajo.
Desde que me vio. En esta vida. ¿O en la otra?
Aparté el pensamiento. No quería estropear el momento.
—Vamos —dije, tirando de su mano—. Me prometiste que me enseñarías a hacer algo llamado "selfie".
Él rió.
—Te va a salir horrible.
—¡Cyran!
—Pero igual te voy a amar.
Y yo, idiota, me derretí.
La invitación
Esa tarde, mientras caminábamos de vuelta a casa, Cyran parecía nervioso.
—Oye —dijo, sin mirarme—. Mis padres quieren que vayas a cenar mañana.
—¿A cenar? ¿Por qué?
—Porque eres mi novia.
—Ah.
—Pero no es solo eso —añadió—. También quieren presentarme a... a unos familiares que acaban de mudarse.
—¿Familiares?
—Mi tía y su hijo. Se mudaron a la casa de al lado. No los conozco. Mi madre perdió contacto con ellos hace años. Pero ahora han vuelto y... bueno, quiere que hagamos una cena familiar.
Asentí.
—Claro. Iré.
Cyran sonrió, aliviado.
La cena
La casa de Cyran era grande. Bonita. Con un jardín que daba a la calle y una puerta de madera oscura que crujió al abrirse.
Su madre me recibió con un abrazo caluroso. Su padre, con una sonrisa amable.
Y entonces, desde el fondo del pasillo, escuché una voz.
—¡Mamá, date prisa! ¡Tengo hambre!
Una voz.
Una voz que...
Se me heló la sangre.
Cyran, a mi lado, no notó nada. Me tomó de la mano y me guió hacia el comedor.
—Ven, te presento a mi primo.
Primo.
Entramos.
Y ahí estaba.
Sentado a la mesa, con una servilleta en el regazo y una sonrisa fácil.

Adriel.
Mi Adriel.El de ojos miel
El mundo se detuvo.
—Ah, aquí están —dijo la tía de Cyran, una mujer amable de pelo canoso—. Cyran, te presento a mi hijo, Adriel. Adriel, él es Cyran, tu primo.
Adriel se levantó y extendió la mano.
—¡Por fin nos conocemos! Mi madre me ha hablado mucho de ti.
Cyran no se movió.
No estrechó su mano.
No dijo nada.
Se quedó paralizado. Mirando a Adriel como si acabara de ver un fantasma.
Porque lo había visto.
—¿Cyran? —preguntó su madre, preocupada—. ¿Te sientes bien? Estás blanco.
Cyran tragó saliva. Literalmente tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para articular palabra.
—Sí —dijo, pero su voz sonó rara, forzada—. Sí, estoy... estoy bien.
Estrechó la mano de Adriel.
Rápidamente. Como si quemara.
—Mucho gusto —dijo, y soltó.
Adriel lo miró extrañado.
—¿Seguro que estás bien? Parece que hubieras visto un muerto.
Si supieras.
Cyran rió. Una risa nerviosa. Falsa.
—Es que no me lo esperaba. No sabía que... que teníamos familia tan cerca.
—Bueno, ya nos conocéis ahora —dijo la tía, ajena al drama—. Adriel, siéntate. Cyran, tú también. Y esta debe ser tu novia, ¿verdad?
—Sí —Cyran me pasó un brazo por encima, pero su mano temblaba—. Ella es Seraphina.
Adriel me miró. Sonrió.
—Encantado, Seraphina. Mi primo tiene buen gusto.
—Encantada —logré articular.
Y nos sentamos.
La cena (el desastre)
Los primeros minutos fueron incómodos, pero normales.
Yo no podía creer que Adriel estuviera aquí. Mi Adriel. El amor de mi vida.
Estaba tan nerviosa y confundida que no podía ni respirar bien.
Las palabras escaparon de mi boca antes de que pudiera detenerlas:
—¿Adriel? ¿No te acuerdas de mí?
El silencio cayó sobre la mesa como un cuchillo.
Adriel me miró de arriba abajo. Por un instante, mi corazón tuvo esperanza. ¿Y si...? ¿Y si algo en él...?
Pero su expresión era de confusión total.
—No... lo siento —dijo, encogiendo un hombro—. ¿Nos conocemos?
El golpe fue tan fuerte que tuve que aferrarme al borde de la mesa para no caerme.
No recuerda. Realmente no recuerda.
—Lo siento —la voz de Cyran cortó el aire como un látigo.
Se levantó de golpe.
—Ven un momento —dijo, mirándome con una intensidad que helaba la sangre.
—¿Cyran? —preguntó su madre—. ¿Qué pasa ahora?
Pero él ya me había agarrado del brazo y me llevaba hacia el jardín.
Fuera, en el jardín
La noche estaba fría. Las estrellas brillaban ajenas al drama humano.
Cyran me soltó el brazo pero no se alejó. Sus manos temblaban. Todo él temblaba.
—¿Qué es lo que haces? —preguntó, y su voz era un susurro roto—. ¿De verdad, Seraphina? ¿Él aparece y te quieres ir corriendo con él?
Yo estaba temblando también. Pero por otra razón.
—¿Entonces lo recuerdas? —pregunté, y las lágrimas ya empezaban a quemar mis ojos—. ¿Todo este tiempo... lo recordabas?
Cyran se quedó quieto.
Demasiado quieto.
—Cyran —insistí—. Respóndeme.
Abrió la boca. La cerró.
Y en sus ojos vi algo que nunca había visto: miedo.
Miedo a perderme.
—Sí —susurró al fin—. Lo recuerdo todo.
El mundo se detuvo.
—¿Todo? —mi voz apenas era un hilo.
—Todo. La otra vida. El palacio. Tú... tú huyendo con él. La cabaña. La daga. Tu sangre en mis manos. Tu último aliento. Tu beso. Tu maldito beso mientras te morías.
Di un paso atrás.
—¿Y estas semanas? ¿Todo fue mentira?
—¡No! —dio un paso hacia mí—. ¡No fue mentira! Sí, al principio planeé acercarme a ti. Sí, fingí que no recordaba. Pero lo que siento... lo que siento por ti es REAL.
—¡Me mataste! —grité, y las lágrimas cayeron al fin—. ¡Me clavaste una espada! ¡Y ahora dices que me amas?
—¡TE AMO! —gritó él también—. ¡Te amo tanto que crucé mundos por ti! ¡Te amo tanto que prefería matarte antes que verte con él! ¡Te amo tanto que...!
—¡Eso no es amor! —lo interrumpí—. ¡Eso es obsesión! ¡Eso es locura!
—¡LO SÉ! —su voz se rompió—. ¡Lo sé, Seraphina! ¡Sé que estoy loco! ¡Sé que lo que hice es imperdonable! ¡Pero es que no sé amarte de otra manera!
El silencio cayó entre nosotros.
Los dos llorando. Los dos rotos.
—Yo... —comencé.
—No —me interrumpió—. No digas nada. No quiero oír que me odias.
—Bien entonces —me sequé las lágrimas con furia—. Me iré y no vuelvas a acercarte a mí, Cyran.
Me di la vuelta.
—¡Seraphina!
Pero no me detuve.
Caminé hacia la puerta del jardín, hacia la calle, hacia cualquier lugar que no estuviera él.
—¡SERAPHINA!
Su grito desgarró la noche.
No miré atrás.
En el jardín, solo
Cyran se arrojó al suelo.
Literalmente cayó de rodillas, luego se desplomó sobre el césped, mirando al cielo con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento —susurró—. Lo siento, lo siento, lo siento...
Pero las palabras no alcanzaban. Nunca alcanzaban.
Golpeó el suelo con el puño.
—Maldita seas, Adriel —escupió—. No entiendo. Él no tenía que renacer. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo?
Recordó aquella noche. La cabaña. La daga. La sangre.
—Estaba muerto. Lo vi. Lo sostuve. No respiraba. No... no...
Golpeó el suelo otra vez.
—Esto no estaba en los planes —murmuró—. Ella ya era mía. La tenía. La besó. Me sonrió. Me dijo... me dijo que le gustaba mi locura.
Una pausa.
—¿Por qué tenías que aparecer? ¿POR QUÉ?
Se incorporó sobre las rodillas. Miró al cielo con una expresión que daba miedo.
—Lo odio —dijo, y su voz era un susurro venenoso—. Lo odio tanto.
Golpeó el suelo una y otra vez, hasta que los nudillos le sangraron.
—No me importa —susurró entonces—. Ya lo dije. Si no me amas, te mataré y te llevaré a otro mundo. Serás mía tarde o temprano. Aunque tenga que cruzar el umbral de la muerte una y otra vez. Aunque tenga que matarte mil veces. Aunque tenga que esperar mil años.
Se puso de pie.
Su ropa manchada de césped. Sus manos sangrando. Sus ojos... sus ojos eran los de un hombre que había perdido todo.
Incluso la cordura.
—Serás mía, Seraphina —dijo en voz baja—. En esta vida. En la siguiente. En todas. Porque yo no sé amar de otra manera. Porque yo sin ti no soy nada. Porque tú eres mi única razón de existir.
Una risa escapó de su garganta.
Risa de loco.
Risa de amante.
Risa de asesino.
—Y si tengo que destruir este mundo y construir otro para ti... lo haré. Lo haré, Seraphina. Porque te amo. Porque te odio. Porque te necesito.
Se llevó las manos manchadas de sangre al pecho.
—Eres mía. Siempre lo has sido. Siempre lo serás.
Y en la oscuridad de la noche, Cyran, el príncipe sin reino, el asesino sin redención, el loco que amaba demasiado, se quedó solo.