Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 8
El silencio que siguió a la revelación fue más ensordecedor que la música de la orquesta que se filtraba desde el salón. Davina sentía que el collar de esmeraldas le apretaba la garganta como una soga. Miró a Danilo, esperando una risa, una negación, cualquier cosa menos la expresión gélida y profesional que él acababa de adoptar.
—¿Es verdad? —preguntó Davina, con la voz temblorosa pero cargada de una fuerza peligrosa.
Danilo suspiró, metiendo las manos en los bolsillos de su esmoquin.
—El Proyecto G-4 requiere una ubicación estratégica, Davina. Estácio es el punto de conexión perfecto para el nuevo complejo comercial y residencial. Pero no tienes de qué preocuparte. Ya tenía planeado trasladar a tu madre a un apartamento en Ipanema antes de que las excavadoras lleguen.
Davina dio un paso atrás, asqueada.
—¿Y el resto? ¿Y la señora Rosa, que vende pasteles en la esquina desde hace cuarenta años? ¿Y los niños que juegan en la plaza? ¿A dónde irán ellos mientras tú levantas tus torres de cristal?
—Eso es progreso, Davina. La zona es insegura, está descuidada...
—¡Es mi hogar! —le gritó ella, atrayendo las miradas de algunos invitados que se asomaban a la terraza—. No soy un "activo" que puedes reubicar, Danilo. Y mi gente no es basura que se limpia para que tus inversores tengan una mejor vista.
Sin pensarlo dos veces, Davina llevó sus manos a su cuello. Con un movimiento brusco, desabrochó el collar de esmeraldas y lo dejó caer sobre una mesa de mármol. Luego, se quitó los pendientes.
—Quédate con tus piedras verdes. No quiero nada que haya sido pagado con la destrucción de mi barrio.
Davina se dio la vuelta y corrió. Corrió por los pasillos del hotel, esquivando a la élite de Río que la miraba con curiosidad. No esperó al chófer de Danilo. Salió a la calle y paró el primer taxi que vio.
—A Estácio —dijo, con lágrimas quemando sus mejillas—. Y rápido.
***
Una hora después, el taxi la dejó en la entrada del callejón. El contraste era brutal. Sus tacones caros se hundían en el asfalto irregular y el dobladillo de su vestido de seda esmeralda se manchaba con el agua estancada de la lluvia reciente. Los vecinos la miraban pasar como si fuera un fantasma de otro mundo.
Davina llegó a su casa, se quitó los zapatos y abrazó a su madre, que dormía plácidamente en el sillón nuevo que Danilo le había enviado. El odio y la tristeza luchaban en su pecho.
De repente, el rugido de un motor potente rompió la calma de la noche. Un deportivo negro, fuera de lugar entre las casas humildes, se detuvo frente a su puerta. Danilo bajó del coche. Seguía con el esmoquin, pero se había quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de la camisa. Se veía furioso.
—¡Davina, sal ahora mismo! —rugió él desde la calle.
Ella salió, plantándose frente a él bajo la luz mortecina de un poste eléctrico.
—No tienes nada que hacer aquí, Danilo. Vuelve a tu ático.
—He venido a decirte que no puedes renunciar así —dijo él, acercándose hasta que sus sombras se mezclaron en el suelo—. Tienes un contrato. Pero más que eso... tienes una responsabilidad conmigo. Te di una oportunidad que nadie más te daría.
—Me diste una jaula de oro para que no me diera cuenta de que estabas demoliendo mi mundo debajo de mis pies —respondió ella, apuntándole con el dedo—. Si quieres ese terreno, vas a tener que pasar por encima de mí. Porque a partir de mañana, ya no soy tu asistente. Soy la persona que va a organizar a cada vecino de Estácio para detenerte.
Danilo la tomó del brazo, no con violencia, sino con una intensidad desesperada.
—No entiendes cómo funciona el mundo, Davina. Si no soy yo, será otro. Pero yo puedo protegerte. Puedo darte una vida que ni siquiera has soñado.
—Yo sueño con dignidad, Danilo. Algo que tú no puedes comprar porque no sabes lo que es.
Él la soltó, su rostro transformándose en una máscara de piedra. El hombre vulnerable que la había besado en la terraza había desaparecido.
—Si cruzas esa puerta y te unes a ellos, seremos enemigos, Davina. Y yo no pierdo. Nunca.
—Entonces prepárate —sentenció ella—, porque esta es la primera vez que vas a morder el polvo.
Davina entró en su casa y cerró la puerta con llave. Danilo se quedó solo en medio de la favela, mirando la madera gastada de la puerta, sintiendo por primera vez en su vida que todo su dinero no servía para nada…