Kendra Barreto es la joya de la familia Barreto, para satisfacer la ambición de su madre, traicionó a su hermana menor Keila y aceptó un matrimonio vacío, sin embargo, el destino le impuso a un guardián que no puede ser comprado: Axel García, un exmilitar con un pasado oscuro y que no puede doblegarlo a su antojo.
Lo que comenzó como una noche de debilidad entre la heredera y el guardaespaldas se convirtió en su ruina y, a la vez, en su salvación, con el nacimiento de su hijo Bennet, se descubre el fraude: el niño no es hijo del esposo de Kendra sino de Axel.
Repudiada por todos y perseguida por una madre dispuesta a todo para ocultar el escándalo, abandonará su mundo y huirá, y en su carrera desesperada por la supervivencia, descubrirá que el hombre que la mira con desconfianza es el único capaz de salvarla, y que, para proteger a su hijo, tendrá que aprender a luchar con uñas y dientes, lejos de los lujos que una vez la definieron.
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Capítulo VIII: El fruto de la obediencia
René no era el único afectado por el distanciamiento, Keila también lo sintió porque Ángel un prometido que siempre fue devoto y atento, comenzó a ser un hombre irritable e hiriente.
Keila con su bondad característica se lo atribuyó a los nervios previos a la boda, pues estaban a dos meses de celebrar el evento, a esto se le sumaba la presión de lidiar con los ataques constantes de Ifigenia y de Angela la madre de su prometido la cual nunca la consideró "suficiente" para su hijo.
—Keila recuerda que debes hacerte un chequeo médico completo—insistió Angela con impaciencia.
Kendra observaba todo como un simple espectador convenciéndose de que no estaba haciendo nada malo, estaba actuando de forma inmoral, pero en su mente se decía una y otra vez para convencerse que si Ángel fuera un hombre leal nunca prestaría atención a sus coqueteos y en cuanto a René estaba convencida de que él no la amaba y que simplemente estaba pasando el rato con ella.
Esa noche ella estaba irritada porque Axel no respondía a sus mensajes y fue hasta el área de servicio a los dormitorios de los empleados porque necesitaba darle unas instrucciones y lo que encontró la hizo sonrojar.
Axel estaba en medio de su rutina de ejercicio, vistiendo solo un pantalón deportivo, su cuerpo, esculpido por los años de dedicación al ejercicio, estaba cubierto de tatuajes que narraban una historia de supervivencia, Kendra cerró los ojos un segundo, pero la imagen que vio se le quedó grabada: era una tentación demasiado cruda para su autocontrol.
—La próxima vez toque la puerta, señorita Barreto, estoy en mi tiempo de descanso —dijo él, con voz grave.
Kendra lo observó incorporarse, Axel tomó una botella de agua, bebió un sorbo de agua, y se secó el sudor con el dorso de la mano, ella se quedó sin palabras, preguntándose cómo un hombre de su edad podía emanar tanto magnetismo.
—Disculpa … intentaba comunicarme contigo—balbuceó Kendra perdiendo su habitual arrogancia.
Axel se detuvo frente a ella, aún jadeante debido al esfuerzo, y notó que ella no podía apartar la vista de su torso, y una sonrisa de satisfacción se asomó en su rostro.
—Recuerde que incluso un empleado tan "humilde" como yo necesita tiempo libre —dijo, subrayando con ironía la palabra que ella solía usar para marcar distancia entre ambos.
—No volverá a pasar—logró decir ella.
—Gracias, y la próxima vez solo llame por teléfono.
Kendra intentando recuperar el control soltó un último comentario sarcástico antes de irse:
—Y tú... deberías cerrar la puerta. ¿O es que quieres que todo el mundo te vea sin camisa?
Axel soltó una carcajada sexy y magnética, y Kendra no esperó una respuesta, sino que salió huyendo de ese lugar con el pulso acelerado porque tenía muchos pensamientos lascivos en su cabeza.
—Solo es un chofer “viejo y pobre”—murmuró para sí misma intentando convencerse.
Kendra mantuvo en vilo a Ángel durante semanas, alimentando una tensión que culminó en una noche oscura en la cual Ángel y ella terminaron durmiendo juntos, cruzando toda barrera en lo que sería su acto más vil de su vida, porque no solo era una traición absoluta a su hermana sino a su propia integridad.
Lo más doloroso para Kendra no fue ver los intentos de René por recomponer su relación o de Keila por integrarla a los planes de su boda sino porque durante ese encuentro cerró los ojos e imaginó desesperadamente que el hombre que la poseía con tanto descuido era Axel.
Se entregó a Ángel por obediencia a su madre, pero en su mente le pertenecía a un hombre por el cual supuestamente no sentía nada, y el arrepentimiento la golpeó a la mañana siguiente porque se sentía más sucia por usar el recuerdo de Axel en esa cama que por la traición misma.
—¿Te gustó? —preguntó Ángel con una arrogancia que a Kendra le resultó patética.
Kendra observó con indiferencia su cuerpo delgado y pálido sin aquella aura de peligro y sensualidad, pero como siempre fingió y asintió pensando que incluso el dulce René era más apasionado y cuidadoso con sus necesidades a la hora de hacer el amor.
—Estuviste genial, cariño—dijo Kendra con fingida emoción.
Kendra se vistió ignorando la mirada de ansiosa de Ángel, ella no estaba para alimentar su ego porque era un amante egoísta cuyo único interés era satisfacer sus propias necesidades.
—Ángel …—empezó ella.
—Lo sé … aquí no ha pasado nada…—la interrumpió él, intentando convencerse a sí mismo.
Ambos sabían que era mentira y que algo muy grave acababa de pasar y que no podrían volver a ser los mismos nunca más.
Luego de ese acto de traición la personalidad de Kendra cambió por completo y se volvió más sombría, aunque fingía estar bien se sentía culpable, aunque se convencía que solo actuaba por su bien y para complacer a su madre, sin embargo, no podía ver a su hermana, ni a René porque a pesar de que se hiciera gimnasias mentales la verdad es que era una mentirosa … y lo peor es que esa no fue la última vez que compartió la cama con Ángel.
Cuando llegaron los resultados de los exámenes que le realizaron a Keila, ella estaba devastada porque descubrieron que debido a un problema de salud durante su infancia tenía serios problemas de fertilidad.
—No te preocupes, Keila, podemos usar fertilización in vitro cuando llegue el momento —dijo Ángel, con una convicción tan bien ensayada que parecía real.
—¿En serio no te importa? —preguntó Keila, con los ojos llenos de lágrimas.
—No cariño, yo te quiero tal y como eres.
Para Ángel cancelar la boda no era una opción, si bien Keila no era la favorita si gozaba de mucho prestigio y renombre, en realidad si la quería, solo que no lo suficiente, el problema fue que Ifigenia le hizo llegar el diagnóstico a Angela y esta obviamente comenzó a presionar a Ángel para que cancelara la boda.
—Me niego a que te cases con una gallina que no pone huevos —sentenció Ángela en la intimidad de su estudio.
—Mamá, hoy en día existen muchos tratamientos —intentó defenderse Ángel, aunque su voz carecía de fuerza.
—Mis nietos deben nacer de forma natural, y en eso no hay punto de discusión.
Ifigenia sonreía con malicia porque finalmente halló la excusa perfecta para justificar lo que estaban haciendo, Keila era estéril, una mujer defectuosa y la conservadora familia de Ángel comenzaba a rechazar la boda.
—¿Puedes dejar de interferir en la boda solo porque no soportas a Keila? —le reprochó Andrés.
—No es tu hija, así que no opines —escupió Ifigenia, usando su arma favorita.
—Es mi hija para pagar sus gastos, pero no para opinar sobre su vida... ¿Ifigenia, no te parece que eres demasiado cínica?
Algo en el interior de Andrés se estremecía y por primera vez desde que recibió esos resultados estaba a favor de Keila, porque no podía olvidar la imagen de esa niña de cinco años que se trepaba a sus hombros para jugar al caballito, antes de que el veneno de Ifigenia lo convenciera de que ella era fruto de un engaño.
El cambio de actitud de Andrés hacia Keila no pasó desapercibido para Kendra, y de pronto sintió miedo porque se preguntaba cómo reaccionaría su padre cuando descubriera la aventura entre ella y Ángel.
—Kendra eres una mujer inteligente —le advirtió Andrés con una mirada cargada de ternura—Por tu propio bien espero que no escuches las estupideces que dice tu madre.
Kendra observó a su padre fingiendo que todo estaba bien a pesar de que no era así, ella realmente lo admiraba y fue la primera vez que se dio cuenta de que podía perderlo para siempre.
—Tu madre vive en un mundo de sombras … pero tú aún puedes elegir el camino correcto.
Kendra sintió que su padre le expresaba una ternura que no creía merecer, y tragó en seco.
—No tienes que preocuparte por nada, papá —le aseguró Kendra con un hilo de voz.
Durante unos días Kendra se aferró a la idea de que aún estaba tiempo de echarse atrás después de todo pocos conocían la verdad acerca de la aventura, y en su mente se decía que podía terminar todo de inmediato, que nadie se enteraría y finalmente estaba decidida a recuperar su brújula moral esa que nunca debió perder.
Sin embargo, un mes antes de la boda de Keila y Ángel, mientras revisaba unos informes en la oficina, su visión se volvió oscura y un mareo repentino la obligó a sostenerse del escritorio, sintió un calambre en su bajo vientre que le recordó que su visita mensual aún no había llegado.
Se llevó las manos al abdomen, no con la ternura de una futura madre, sino con el miedo de quien sabe que tiene un gran problema entre sus manos.
—Espero que no se trate de lo que creo … —susurró para sí misma, sintiendo cómo sus lágrimas, comenzaban a desbordarse.
Una sensación de pánico la invadió porque ya no era solo una cuestión de voluntad de terminar esta locura, sino que el plan de Ifigenia había dado frutos, y ahora Kendra llevaba en su vientre la prueba de su acto más vil.