Isabella Mondragón es una joven que, en su primera vida, crece sin el cariño suficiente de su padre y se enamora de un duque joven y atento. Por descuido y traiciones en la corte, su vida termina trágicamente; su padre, desesperado, usa un hechizo prohibido para retroceder en el tiempo y tratar de salvarla, pagando un precio alto por ese poder. Gracias a ese retroceso, Isabella vuelve nueve años atrás: recupera una edad distinta y la oportunidad de rehacer su destino sin que todos sepan lo ocurrido en su anterior vida.....
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Capítulo 05
Se forman alianzas entre los nobles del imperio del Trébol.
El Gran Salón del Consejo del Imperio del Trébol estaba sumido en un murmullo incesante. Los estandartes de las casas más influyentes colgaban de las vigas de roble, pero el ambiente no era de unidad, sino de sospecha. Isabella Mondragón permanecía de pie junto al asiento que solía ocupar su padre. A sus diecisiete años, su presencia era imponente; vestía una túnica de seda reforzada con escamas de dragón plateadas, y su cabello oscuro caía en una trenza perfecta. A su lado, su hermano menor, Vladislav, de apenas ocho años, observaba todo con ojos curiosos y un poco de miedo, aferrándose discretamente a la túnica de su hermana.
—Recuerda lo que dijo papá, Vlad —susurró Isabella, inclinándose hacia el pequeño—. En esta sala, las palabras son tan afiladas como las espadas. No dejes que vean que tienes frío.
—No tengo frío, hermana —respondió Vladislav con valentía, aunque sus manos temblaban un poco—. Solo... hay mucha gente mirándonos.
Isabella levantó la vista y se encontró con los ojos de Mathias Melgarejo. En esta vida, él todavía era el joven duque encantador que todos admiraban, pero para Isabella, verlo era como mirar a un cadáver andante. Sentía náuseas al recordar el frío de la guillotina que él había ayudado a preparar en su vida pasada. A su lado, la Princesa Paula Cylrus le sonreía a Mathias con una mezcla de posesión y astucia.
—¡Silencio! —rugió el Emperador Mario Cylrus, golpeando la mesa con su cetro—. La guerra no espera a que terminemos nuestros brindis. Los ejércitos del Norte han tomado el paso de las Sombras. Si no formamos una coalición ahora, el Imperio del Trébol arderá antes del solsticio.
Mateo BlackRaven, que representaba a la vanguardia militar, dio un paso adelante. Su armadura negra brillaba bajo la luz de las antorchas, y su mirada se cruzó con la de Isabella por un breve instante. Había un respeto mutuo, una chispa de algo más profundo que se había cocinado a fuego lento durante los últimos años de entrenamiento.
—Mi casa, los BlackRaven, ya ha movilizado a tres mil jinetes —declaró Mateo, su voz profunda calmando el caos—. Pero no podemos avanzar sin el apoyo de los magos de la casa Mondragón. Isabella, ¿cuál es la posición de tu familia?
Isabella sintió todas las miradas clavadas en ella. Santiago y Daniel, nobles de casas menores, murmuraron sobre si una "niña" debería estar tomando decisiones tan vitales. Ella ignoró los comentarios y dio un paso firme al frente.
—Mi padre, Viktor, me ha delegado la autoridad total —dijo Isabella, y un ligero rastro de escarcha cubrió el suelo bajo sus pies, silenciando a los escépticos—. La casa Mondragón no solo aportará suministros. Yo misma lideraré el cuerpo de magos. Mis cuatro dones están al servicio del imperio, pero exijo que el mando sea conjunto. No enviaré a mis magos a morir bajo las órdenes de alguien que no sepa distinguir un hechizo de una flecha.
—¿Y quién propone para ese mando conjunto, Lady Isabella? —preguntó Mathias con una sonrisa melosa que le revolvió el estómago a la joven.
—El General Mateo BlackRaven y yo —respondió ella sin dudar—. Él conoce el terreno; yo conozco la fuerza.
La alianza fue sellada tras horas de tensas negociaciones. Los nobles, incluidos Gerardo y Hugo, firmaron el pacto de defensa. Parecía que, por primera vez, el imperio estaba unido. Sin embargo, Isabella no podía quitarse la sensación de que algo estaba mal. Sus instintos, afilados por el trauma de su muerte anterior, gritaban "peligro".
Al caer la noche, mientras los criados como María y Ximena preparaban los aposentos para los invitados, Isabella decidió caminar por los pasillos exteriores del palacio. Necesitaba el aire frío para pensar. Fue entonces cuando vio una sombra moviéndose cerca de la habitación de los mapas.
Se ocultó tras una columna, ralentizando su pulso con magia de hielo para no ser detectada. Vio a Gerardo, uno de los barones que más fervientemente había apoyado la alianza horas antes, entregando un pequeño frasco y un pergamino a un mensajero vestido con los colores de la casa real, pero con un detalle que no encajaba: un anillo con el sello de las tierras enemigas.
—Asegúrate de que el veneno llegue a la ración del General BlackRaven mañana antes de la partida —susurró Gerardo, su rostro antes noble ahora transformado por la codicia—. Con Mateo fuera de juego, la niña Mondragón será fácil de manipular, y el Norte me dará las tierras que Mario me negó.
Isabella sintió que la sangre le hervía. El fuego supremo empezó a calentar sus manos, pero se obligó a contenerse. Si atacaba ahora, Gerardo podría negar todo. Necesitaba pruebas más sólidas, pero el tiempo se agotaba.
—Un traidor entre nosotros —susurró Isabella para sí misma, sus ojos brillando con un rayo contenido—. No esta vez, Gerardo. En esta vida, yo soy el verdugo, no la víctima.
Un traidor entre las filas pone en peligro los planes.