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DOMANDO A LA BESTIA

DOMANDO A LA BESTIA

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?

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capitulo 10

Narrado por: Isabella

El amanecer en la mansión Thorne tiene un color plateado, casi irreal, que se cuela por las rendijas de las cortinas de seda. Me desperté con el peso de un brazo sólido y pesado cruzando mi cintura, y por un segundo, el pánico me oprimió el pecho hasta que el olor a madera de cedro, metal y ese persistente rastro de alcohol de limpieza me trajo de vuelta a la realidad.

Alexander.

Giré la cabeza con lentitud, tratando de no perturbar su sueño. Estábamos en el gran sillón de su dormitorio, una pieza de terciopelo que anoche pareció un bote salvavidas en medio de una tormenta de sangre. Él seguía profundamente dormido, con el rostro inusualmente relajado. Sin la tensión de la mandíbula y el brillo gélido de sus ojos grises, la cicatriz que le cruzaba la mejilla no parecía una marca de guerra, sino una grieta en una estatua hermosa que alguien había intentado destruir sin éxito.

Tenía el torso desnudo, envuelto en el vendaje blanco que yo misma le había colocado tras horas de angustia. El contraste de la gasa limpia contra su piel bronceada y los músculos marcados de su pecho me hizo tragar saliva. Recordé la sensación de sus manos sobre mis caderas, la desesperación de sus besos y la forma en que su cuerpo, incluso herido, reclamaba el mío con una ferocidad que me hacía temblar.

Me incorporé un poco, apoyando el peso en mis codos. Mi vestido terracota estaba arrugado y manchado, pero no me importaba. Verlo así, vulnerable, era el mayor triunfo de mi estancia en este lugar. La Bestia no era invencible. La Bestia sangraba. Y lo que era más peligroso: la Bestia buscaba consuelo en la luz.

—Me estás mirando otra vez —su voz, una vibración ronca y baja, rompió el silencio del amanecer.

No había abierto los ojos, pero sentí cómo su brazo se tensaba alrededor de mi cuerpo, pegándome más a él. El calor de su piel contra la mía era una invitación al desastre.

—Alguien tiene que vigilar que no te mueras por testarudo —respondí, tratando de mantener un tono ligero, aunque mi corazón galopaba contra mis costillas.

Alexander abrió los ojos. Eran dos tormentas grises que me analizaron con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada. No había rastro de la debilidad de anoche; la máscara de hierro estaba empezando a soldarse de nuevo en su sitio, pero el roce de su mano subiendo por mi espalda descubierta contaba una historia diferente. Sus dedos trazaron el camino de mi columna con una lentitud tortuosa, provocándome un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío matutino.

—Deberías haber vuelto a tu habitación —dijo, aunque su mano se enredó en mi cabello, obligándome a inclinarme hacia él—. Te dije que esto no volvería a pasar. Te dije que te mantuvieras alejada.

—Dices muchas cosas, Alexander. Pero anoche me pediste que no te dejara —le recordé, mi rostro a centímetros del suyo—. Me pediste que te mirara.

Sus ojos bajaron a mis labios, y por un momento, la tensión sexual en la habitación fue tan espesa que casi podía saborearla. Era un hambre física, una necesidad de piel contra piel que el peligro de la noche anterior solo había exacerbado. Alexander soltó un gruñido bajo, un sonido animal que vibró en mi pecho, y me atrajo hacia él para un beso que no tuvo nada de paciente.

Fue una colisión de deseo y posesión. Sus labios reclamaron los míos con una autoridad que me hizo jadear, mientras su mano libre se deslizaba por mi muslo, levantando la seda del vestido hasta encontrar la piel desnuda. Sus dedos, callosos y fuertes, apretaron mi carne con una urgencia que me hizo arquear la espalda. El dolor de su herida parecía haber pasado a un segundo plano ante la necesidad de reclamarme.

—Eres mi perdición, Isabella —susurró contra mi boca, su aliento cálido quemándome la piel—. He pasado quince años construyendo muros para que nadie pudiera tocarme, y tú llegas con tus flores y tus risas y los derribas todos en una semana.

—Tal vez esos muros necesitaban caer —respondí, mis manos recorriendo los músculos de sus hombros, bajando por su espalda, sintiendo la tensión de su cuerpo.

Me subí sobre él, horcajadas sobre sus muslos, sintiendo la dureza de su erección presionando contra el satén de mi vestido. Alexander apretó mis caderas, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello, inhalando mi aroma como si fuera su único oxígeno. Sus labios buscaron la piel sensible detrás de mi oreja, mordisqueando suavemente, provocándome gemidos que llenaban la estancia.

La sensualidad del momento era cruda, real. En este rincón de la mansión, rodeados de sombras y del olor metálico de la sangre seca, estábamos más vivos que nunca. Alexander me miró desde abajo, con la cicatriz de su rostro encendida por la luz del sol naciente, y por primera vez vi una chispa de miedo en él. No miedo a los hombres que lo perseguían, sino miedo a lo que yo le hacía sentir.

—Si nos quedamos aquí... si sigo permitiendo que me toques así... no habrá vuelta atrás —advirtió, sus manos bajando hacia el cierre de mi vestido—. Ya no serás solo la hija de Marcus. Serás la mujer de la Bestia. Y eso conlleva un precio que no sé si estás dispuesta a pagar.

—Ya estoy pagando el precio, Alexander —le dije, tomando su rostro entre mis manos—. He perdido mi libertad, mi padre y mi vida tal como la conocía. Lo único que me queda es esto. Lo que siento cuando me miras así.

Él se quedó en silencio durante un largo instante. El roce de sus pulgares contra mis caderas era lo único que se escuchaba. De repente, su expresión cambió. La suavidad desapareció, reemplazada por esa frialdad profesional que tanto odiaba. Se separó de mí bruscamente, obligándome a bajar de su regazo.

Se puso de pie con dificultad, llevándose la mano a la herida del costado. El vendaje tenía una pequeña mancha roja, un recordatorio de que seguía siendo humano.

—Vístete —dijo, dándome la espalda—. Miller te escoltará a tu habitación. A partir de hoy, las reglas cambian. No más cenas románticas, no más incursiones en el jardín. Los hombres de Varga saben que estás aquí. Lo de anoche fue una advertencia.

—¡No puedes hacer eso! —grité, poniéndome de pie, ajustándome el vestido con manos temblorosas—. No puedes besarme así y luego volver a tratarme como a un objeto que hay que guardar bajo llave.

Alexander se giró, y su mirada era puro acero. La Bestia había vuelto a su jaula, y esta vez la puerta estaba cerrada con doble candado.

—Puedo y lo haré. Mi promesa a tu padre fue mantenerte con vida, no hacerte feliz. Anoche cometí un error táctico al dejarte entrar en mi habitación. No volverá a suceder.

—¿Un error táctico? —mi risa fue amarga, cargada de lágrimas que me negaba a soltar—. ¿Así es como llamas a lo que pasó entre nosotros? Eres un cobarde, Alexander Thorne. Tienes tanto miedo de sentir algo que prefieres vivir en un búnker de soledad.

Caminé hacia él, invadiendo su espacio personal por última vez. Él no retrocedió, pero su mandíbula se tensó hasta que las venas de su cuello resaltaron.

—Mírame a los ojos y dime que lo de anoche no significó nada —le desafié—. Dime que cuando me tocabas solo estabas pensando en "táctica".

Él sostuvo mi mirada. Durante unos segundos que parecieron eternos, vi la lucha interna en el fondo de sus pupilas grises. El hombre que me había besado con desesperación seguía ahí, gritando tras los muros. Pero Alexander era un maestro de la represión.

—No significó nada —dijo, su voz desprovista de toda emoción—. Fue la adrenalina y la pérdida de sangre. Vuelve a tu habitación, Isabella. Ahora.

Sentí como si me hubiera abofeteado. Me di la vuelta, recogí mis zapatos del suelo y caminé hacia la puerta con la cabeza alta, aunque sentía que el alma se me caía a pedazos. Al llegar al umbral, me detuve y lo miré una última vez. Él estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia el bosque, solo, rodeado de su riqueza y su oscuridad.

—Puedes ponerme todas las reglas que quieras, Alexander —le dije en un susurro que llegó a todos los rincones del cuarto—. Puedes cerrarme la puerta y prohibirme el jardín. Pero nunca podrás borrar el hecho de que anoche me dejaste ver quién eres realmente. Y esa imagen es la que voy a usar para destruirte.

Salí de la habitación y cerré la puerta tras de mí. Miller me esperaba en el pasillo, con la mirada baja. Caminé hacia el ala este sintiendo el frío de la mansión calarme los huesos.

El primer acto de esta obra había terminado. Las reglas habían sido dictadas, los bandos estaban claros y la primera sangre había sido derramada. Alexander creía que me estaba encerrando para protegerme de sus enemigos, pero lo que no entendía es que la verdadera guerra no estaba fuera de los muros.

La guerra estaba en su cama, en su despacho y en cada respiración que compartíamos.

Me encerré en mi habitación y me miré al espejo. Mis labios estaban hinchados, mi piel todavía olía a él. Pero mis ojos... mis ojos ya no eran los de la chica asustada que llegó hace diez días. Eran los ojos de una cazadora.

Él me llamaba la alegría, como si fuera una debilidad. Pronto aprendería que la alegría, cuando se convierte en determinación, es el arma más letal de todas.

Alexander Thorne cree que es la Bestia. Yo voy a demostrarle que incluso las bestias más feroces terminan lamiendo la mano que las alimenta. El deshielo había comenzado, y aunque él intentara congelarlo todo de nuevo, el agua ya estaba corriendo por las grietas de su castillo.

Mañana empezaríamos otro nuevo día Y yo no pensaba seguir ninguna de sus malditas reglas.

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Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Te da miedo enamorarte y no lograr protegerla de ti mismo 🤣, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay bestia, tu serás el domado por Isabella, estas muy seguro de que ganarás 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tanto miedo le tienes a Isabella que no quieres ni que te mire, eres un blanducho no mas 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tu derribaras las barreras de ese corazón de hielo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Comenzó muy buena, pero triste para Isabella, ciando se entere 👏👏👏
Edith Hernandez
muy bonita la novela
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Susy
Excelente historia me encantó♥️♥️♥️
Susy
Que capítulo 😈
Susy
Triste 😔
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