Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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CAPÍTULO 16: La cenicienta gorda y el baile de los tiburones.
Vincent leyó la nota tres veces más antes de guardarla debajo del colchón, junto al diario de Emilia, porque las cosas peligrosas se guardan cerca y las cosas que te pueden matar se guardan más cerca todavía.
Harold Whitmore está vivo. El viejo al que le partí la cabeza con una lámpara de bronce en su propia cama, en su propia noche de bodas, con su propio camisón de satén barato, está vivo.
Se sentó en la cama y repasó las posibilidades con la frialdad de un hombre que ha resuelto problemas peores, aunque en este momento no se le ocurría cuáles.
A ver, piensa. Le reventé una lámpara en la sien. Cayó al piso. No se movió. La sangre... había sangre. Mucha sangre. Estaba muerto. Estaba MUERTO. Los Mendoza pagaron para que lo certificaran como infarto. La madrastra me lo dijo con esa sonrisa de víbora: "negocio redondo", dijo. "Todo el dinero para nosotros", dijo.
Entonces o los Mendoza mintieron, o el médico mintió, o este viejo tiene la cabeza más dura que el mármol del baño donde lo dejé tirado.
Y luego, porque el cerebro de Vincent Moretti era incapaz de no encontrar el ángulo absurdo de cualquier situación, pensó:
¿Y si el viejo simplemente no estaba en la casa cuando lo "encontraron"? ¿Y si estaba de parranda? ¿Si el golpe lo dejó inconsciente, se despertó horas después con un dolor de cabeza del demonio y se fue a un bar a curárselo con whisky mientras su familia pagaba su funeral?
Era ridículo. Era absurdo. Era exactamente el tipo de cosa que pasaba en un mundo donde la gente pagaba para no investigar y los muertos no se quedaban muertos porque nadie se molestaba en verificar.
Llevo dos vidas y los muertos siguen sin cooperar.
La pregunta era qué hacer con esa información. Decírselo a Antonov significaba confesar que mató —o intentó matar— a su primer marido, y eso era una carta que no podía jugar sin saber primero si su segundo marido era aliado o enemigo. Hasta ahora Antonov había sido funcional: le daba techo, dinero y protección a cambio de una firma y una fachada. Pero funcional no es lo mismo que leal, y Vincent llevaba demasiado tiempo en el negocio del crimen para confundir las dos cosas.
La última vez que confié en alguien terminé con seis balazos en el pecho. No voy a cometer el mismo error dos veces.
Guardó la nota, se puso la pijama —esta noche la de dálmata, porque la de vaca estaba en la lavandería después de tres noches consecutivas y empezaba a tener un aroma que ningún animal real querría reclamar— y se metió en la cama.
Antonov llegó a la habitación media hora después, se detuvo en la puerta al ver el dálmata acostado en su cama y soltó el suspiro que ya se estaba convirtiendo en el sonido oficial de sus noches.
—Mañana hay un evento —dijo, quitándose la corbata—. Una cena de gala con baile. El abuelo quiere que asistamos juntos.
—¿Y?
—Y tienes que ponerte un vestido.
Vincent giró la cabeza desde la almohada y lo miró con los ojos del dálmata y la expresión de alguien al que le acaban de pedir que se tire de un puente.
—No.
—No es negociable, Emilia. Es de etiqueta. Los hombres van de traje y las mujeres van de vestido. Es la regla.
—¿De quién?
—De la sociedad. De la gente. De los últimos trescientos años de civilización occidental.
—No me pongo vestidos.
—Te pusiste uno en la boda.
—En la boda no tuve opción.
—Tampoco la tienes ahora. El abuelo quiere vernos ahí. Juntos. Presentables. Si no vamos, le damos excusas a Dimitri y a Natasha para seguir presionando al viejo contra mí. ¿Eso quieres?
Vincent se quedó en silencio porque el argumento era bueno y odiaba cuando los argumentos eran buenos y no venían de su propia cabeza.
—Un vestido —dijo finalmente—. Uno. Por una noche. Y si alguien me dice algo sobre mi peso, el vestido o cualquier cosa que tenga que ver con mi apariencia, no respondo por las consecuencias.
—Trato hecho.
—Y necesito zapatos que pueda caminar sin romperme el cuello.
—Llama a Sofía.
—Ya la iba a llamar.
Antonov se acostó en el sofá —que ya tenía una almohada y una cobija permanentes porque aparentemente el exilio del matrimonio se había vuelto la norma— y apagó la luz.
Desde la cama, el dálmata empezó a roncar.
Sofía llegó a las ocho de la mañana con refuerzos.
No vino sola sino con un ejército: una maquilladora, una peluquera, una manicurista, una mujer que se presentó como "terapeuta corporal" y que resultó ser masajista, otra que traía una máquina de vapor para la cara, otra con maletas de zapatos y tres más que cargaban bolsas de ropa cubiertas con fundas negras que colgaron en el armario como cadáveres elegantes.
Vincent las miró entrar desde la cama donde todavía estaba acostada con la pijama de dálmata y una taza de café en la mano, y pensó que si en los años veinte le hubieran dicho que algún día iba a necesitar diez mujeres para vestirse, le habría pegado un tiro al mensajero por faltarle el respeto.
—Señora Antonov —dijo Sofía con la eficiencia de un general organizando una invasión—, tenemos hasta las seis de la tarde. Es justo, pero es suficiente.
—¿Suficiente para qué?
—Para todo.
Lo primero fue el masaje. La terapeuta la llevó al baño, que era lo suficientemente grande para montar una clínica, le puso una bata y la acostó en una camilla que apareció de la nada. Y durante la siguiente hora, unas manos profesionales le trabajaron cada músculo del cuerpo de Emilia con una presión que al principio fue incómoda y después fue lo más cercano al cielo que Vincent había experimentado desde que murió.
Esto. Esto es lo que me faltaba. En mis tiempos el único masaje que conocía era el que te daba un matón en las costillas cuando no pagabas a tiempo.
Los nudos del cuello se le deshicieron como hielo al sol. La tensión de la espalda, esa tensión que Emilia cargaba desde la infancia y que era como una armadura hecha de miedo, se fue aflojando capa por capa hasta que Vincent se descubrió respirando más profundo de lo que este cuerpo había respirado jamás.
Ser mujer no es tan malo cuando te tratan como un ser humano y no como mercancía.
Después vino la cara: vapor, cremas, mascarilla, cosas que le pusieron encima y que le quitaron después y que dejaron la piel de Emilia suave y luminosa de una manera que no sabía que fuera posible. Luego las manos: le limaron las uñas, le quitaron cutículas, le pintaron las uñas de un rojo oscuro que a Vincent le recordó la sangre en la nieve y que por alguna razón le gustó.
Mientras la manicurista le trabajaba la mano izquierda, la puerta de la habitación se abrió sin que nadie tocara —porque en esta maldita mansión nadie tocaba las puertas— y Natasha entró como quien entra en territorio enemigo: la espalda recta, la barbilla arriba y un arañazo en la mejilla que el maquillaje no terminaba de cubrir.
Se detuvo en el centro de la habitación, miró el despliegue de mujeres y productos y maletas y bolsas, y soltó una risa corta que sonaba ensayada.
—Ay, Emilia, qué ternura. ¿Todo este circo es para la cena de esta noche? Porque te advierto que ni diez estilistas van a hacer milagros con... —gesticuló vagamente en dirección al cuerpo de Vincent— ...eso. ¿O vas a ir con una bolsa de basura? Te quedaría perfecta, la verdad. Negra, amplia, talla única.
Vincent la miró desde la camilla de masajes con la cara llena de mascarilla verde y la mano izquierda a medio pintar y decidió que no valía la pena arruinar la manicura por esta mujer.
—Natasha, cariño, ¿cómo está tu pelo? ¿Ya te crecieron los mechones que te arranqué o todavía tienes calvas?
Natasha apretó la mandíbula. Sofía, que hasta ese momento había estado organizando las bolsas de ropa con la concentración de un cirujano preparando instrumentos, se interpuso entre las dos con la naturalidad de alguien que ha navegado guerras entre mujeres poderosas toda su carrera.
—Señora Natasha, la señora Antonov está en medio de una sesión privada. Si necesita algo, con gusto la atendemos después.
Lo dijo con una sonrisa profesional que era básicamente una puerta cerrada con guante de seda. Natasha miró a Sofía, miró a Vincent, calculó que otra pelea no le convenía con el arañazo todavía fresco, y se fue con un taconeo furioso que se escuchó hasta el final del pasillo.
—Gracias —le dijo Vincent a Sofía.
—Para eso estoy. Ahora, vamos con el pelo.
Las horas pasaron entre manos que la peinaban, brochas que le pintaban la cara y conversaciones en voz baja entre las mujeres del equipo que debatían tonos y texturas como si estuvieran planificando una operación militar. Vincent se dejó hacer, no porque le gustara sino porque mientras diez mujeres le transformaban el exterior, su interior estaba trabajando a toda velocidad.
Harold está vivo. Sabe dónde estoy. Tiene mi nombre de casada, lo que significa que sabe que me casé con Antonov, lo que significa que tiene información, contactos o ambas cosas.
Opciones. ¿Cuáles son mis opciones?
Una: huir. Sacar dinero de las tarjetas que ya aprendí a usar, comprar un boleto de autobús y desaparecer. Problema: la última vez que huí terminé en una celda y de vuelta en la mansión Mendoza. Ahora tengo más recursos pero también tengo más enemigos. Harold me busca, los Mendoza me quieren de vuelta, y si desaparezco Antonov va a mandar a sus hombres a buscarme porque no le conviene que su esposa fantasma ande suelta con acceso a sus cuentas bancarias.
Dos: quedarme y enfrentar lo que venga. Usar a Antonov como escudo contra Harold y contra los Mendoza. Ganarme al abuelo. Construir una posición desde la cual nadie pueda tocarme.
Problema de la opción dos: requiere confianza. Y la confianza es lo que me mató la primera vez.
—Señora Antonov, necesito que cierre los ojos para el delineador.
Vincent cerró los ojos y dejó que la maquilladora trabajara mientras su cerebro seguía dando vueltas.
Problema de la opción uno: no tengo a dónde ir. No tengo identidad propia, no tengo habilidades que funcionen en este siglo, y este cuerpo no puede sobrevivir en la calle. La última vez casi termino prostituyéndome y le rompí la entrepierna a un borracho en un callejón. No es un plan sostenible.
Así que me quedo. No porque quiera, sino porque es la opción menos estúpida. Y en mi experiencia, la opción menos estúpida es casi siempre la correcta.
—Puede abrir los ojos.
Vincent abrió los ojos y lo primero que vio fue a Sofía sosteniendo la funda negra de la última bolsa con una expresión que era mitad orgullo profesional y mitad anticipación.
—El vestido —dijo Sofía, y lo descubrió como quien devela una obra de arte.
Era rojo. Rojo profundo, del color del vino que servían en los speakeasies del Lower East Side cuando querían impresionar a alguien importante. Corte princesa, con un escote de corazón que enmarcaba el pecho sin vulgaridad, una cintura definida que trabajaba con las curvas en lugar de pelear contra ellas, y una falda amplia que caía hasta el piso con la elegancia pesada de la tela cara, la que no se arruga, la que se mueve cuando tú te mueves y se queda quieta cuando tú te quedas quieta.
—Es de tu talla —dijo Sofía—. Diseñado para tu cuerpo. No para esconderlo ni para disimularlo. Para lucirlo.
Se lo pusieron entre tres. Cremallera, ajustes, un par de alfileres que Sofía colocó con la precisión de un relojero. Las joyas vinieron después: el collar de diamantes que le regaló el abuelo, unos aretes que hacían juego y que aparecieron de una caja que Vincent no había visto antes, y una pulsera delgada de oro que le cerró en la muñeca con un clic suave.
El peinado era un recogido alto, elegante, con dos mechones sueltos que le enmarcaban la cara y que le daban un aire que no era de niña obediente ni de mujer sumisa sino de alguien que sabe exactamente dónde está y no piensa irse.
Y los zapatos. Sofía sacó unos tacones de plataforma, altos pero anchos en la base, con una estabilidad que los tacones normales no tenían. Se los puso y Vincent dio tres pasos experimentales: no se tambaleó, no se torció, no sintió que iba a morir.
—El vestido los cubre —explicó Sofía—. Nadie va a ver que son de plataforma. Solo van a ver que estás tres pulgadas más alta y que caminas con seguridad. Confía en mí.
Vincent caminó hasta el espejo de cuerpo entero.
Y se detuvo.
La mujer que le devolvió la mirada no era la Emilia que lloraba en un sótano ni la gorda del vestido negro que parecía una salchicha ni la del blazer con cola de caballo torcida. Era alguien completamente diferente, alguien que Vincent no había visto nunca ni en este cuerpo ni en los recuerdos de Emilia, porque esta versión de Emilia nunca había existido.
El vestido rojo le daba una presencia que llenaba la habitación. Las curvas que toda su vida le dijeron que escondiera ahora eran parte del diseño, no un error sino una intención. La cara, trabajada por una maquilladora que sabía lo que hacía, era la misma cara redonda de siempre pero con los ojos enormes y definidos, los labios pintados de un tono que combinaba con el vestido, la piel luminosa. El pelo recogido le alargaba el cuello y los mechones sueltos le suavizaban la mandíbula.
Maldita sea.
No era delgada. No era lo que las revistas de esta época llamaban hermosa. Pero era algo que Vincent, con treinta y cuatro años de experiencia mirando mujeres, podía reconocer sin dudarlo: era imponente. Del tipo de mujer que entra en un salón y la gente gira la cabeza no porque sea flaca o porque enseñe piel, sino porque ocupa el espacio como si le perteneciera.
Emilia, si te hubieras visto así una sola vez en tu vida, todo habría sido diferente.
—¿Lista? —preguntó Sofía.
—Lista.
Antonov la esperaba al pie de las escaleras con un traje negro que le sentaba como una segunda piel y una expresión de impaciencia controlada que cambió en el momento exacto en que Vincent apareció en el descanso del segundo piso.
No fue un cambio dramático. Antonov no era de los hombres que abren la boca o dejan caer cosas o hacen escenas. Fue algo más sutil y por eso más revelador: las cejas se le levantaron un milímetro, los ojos se le abrieron medio grado y las manos que estaban ajustándose los gemelos se detuvieron a medio movimiento, suspendidas en el aire durante un segundo que fue más elocuente que cualquier piropo.
Vincent bajó las escaleras despacio —porque los tacones de plataforma eran estables pero no mágicos y las escaleras seguían siendo el enemigo natural de cualquier mujer con más de ochenta kilos— y llegó al recibidor donde su marido la esperaba con una cara que estaba haciendo un esfuerzo visible por volver a su estado neutral habitual.
—¿Nos vamos? —dijo Vincent como si bajara escaleras con vestido rojo y diamantes todos los días de su vida.
Antonov no contestó inmediatamente. La miró de arriba abajo una vez más, con esa evaluación que hacía de todo y de todos, pero esta vez había algo diferente en la mirada, algo que no era cálculo ni estrategia sino algo más básico, más antiguo, que no tenía nada que ver con negocios ni con fachadas.
—Te ves bien —dijo.
Y lo dijo diferente a la vez anterior. La primera vez, en el despacho, lo había dicho como quien constata que una pared está pintada del color correcto. Esta vez lo dijo con una pausa antes del "bien" que duró medio segundo más de lo necesario, como si la palabra que realmente quería usar fuera otra pero la hubiera cambiado a último momento.
—Gracias —dijo Vincent—. Tú también.
Caminaron hacia el auto que esperaba en la entrada. El chofer les abrió la puerta y Vincent se subió con el vestido rojo ocupando medio asiento trasero y la dignidad de alguien que ha sobrevivido a dos vidas, dos matrimonios, un asesinato fallido y una pelea con su cuñada por un café derramado.
Antonov se sentó a su lado, se acomodó la chaqueta y miró al frente. Pero en el reflejo de la ventanilla polarizada, Vincent lo vio mirarla de reojo una vez más antes de que el auto arrancara, con esa expresión que no era sorpresa pero que se le parecía y que decía, sin palabras, algo que Vincent archivó para analizarlo después:
Tal vez la gordita no es tan fea. Tal vez podría funcionar como algo más que un adorno.
El auto avanzó hacia la ciudad y Vincent miró por la ventanilla pensando que esta noche tenía un baile que sobrevivir, una familia de víboras que impresionar, un marido que empezaba a mirarla diferente, un viejo que debería estar muerto pero que le mandaba notas amenazantes, y un vestido rojo que le quedaba mejor de lo que cualquiera habría imaginado.
En mis tiempos, una noche así terminaba con alguien muerto en el piso. Esperemos que esta época sea más civilizada.
Aunque lo dudo.
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/