"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 13: EL PRECIO DE LA PAZ
Una semana después, Cresta Negra seguía en pie.
Luna lo comprobó cada mañana desde la ventana ovalada del dormitorio, como si temiera que el valle entero hubiera sido un sueño. Pero los abetos negros seguían ahí. El río seguía corriendo. Y la niebla —la niebla gris, la de siempre— se arrastraba perezosamente sobre la hierba, sin la urgencia antigua que había tenido antes.
Ahora era solo niebla.
O eso le gustaba pensar.
Margaret ocupaba la cama de abajo. La habían instalado en el sofá de cuero descosido durante los primeros días, pero Luna se negó a dejar que su abuela durmiera en un mueble roto. Así que bajó el colchón de arriba, lo arrastró por la escalera de caracol con la ayuda de Alec, y montó un dormitorio improvisado junto a la chimenea.
—Eres más testaruda que yo —dijo Margaret el primer día, mientras Luna le ajustaba las mantas.
—Lo aprendí de ti.
—Mientes. Lo aprendiste de tu madre.
Luna no respondió. Nunca sabía qué decir cuando Margaret mencionaba a su madre. Había muerto cuando ella era pequeña. Un accidente de coche, le dijeron. Ahora, después de todo lo que había visto, ya no estaba tan segura.
Pero no preguntó. No todavía.
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Los tres reyes venían a la cabaña cada día.
No todos juntos. Cada uno a su hora. Como si hubieran firmado un pacto tácito para no saturar a Luna, para darle espacio, para no convertir su vida en una extensión de la guerra que habían heredado.
Viktor llegaba al atardecer.
Traía libros. Pergaminos antiguos, manuscritos en lenguas muertas, mapas del valle que mostraban caminos que no aparecían en ningún GPS. Los dejaba en la mesa de pino y se iba sin decir nada. A veces se quedaba un rato, mirando el fuego, con sus ojos de bourbon perdidos en algún recuerdo del siglo XIX.
—¿Por qué me traes todo esto? —le preguntó Luna una tarde.
Viktor tardó en responder.
—Porque la Bruja Original se fue, pero el conocimiento que acumuló durante siglos sigue aquí. En estos pergaminos. En estas piedras. En este valle. Alguien tiene que custodiarlo. —La miró—. Y tú eres la única que puede entenderlo.
—¿Por qué yo?
—Porque la Niebla te eligió. Porque tus ojos son violetas. Porque eres la Heredera. Y porque —hizo una pausa, y por un instante su máscara de elegancia se resquebrajó— porque confío en ti.
Luna no supo qué responder. Viktor asintió, como si hubiera dicho todo lo que necesitaba decir, y se fue.
Al día siguiente, trajo más libros.
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Alec llegaba al amanecer.
No llamaba a la puerta. Se sentaba en los escalones del porche, descalzo, con una manzana en la mano, y esperaba a que Luna saliera a tomar el aire. A veces hablaban. A veces no.
—¿Por qué vienes tan temprano? —le preguntó ella el tercer día.
—Porque es cuando el bosque está más tranquilo. Y porque tú también lo estás.
Luna se sentó a su lado. El sol aún no había salido del todo, y el cielo era una mezcla de violetas y naranjas pálidos.
—¿Crees que esto durará? —preguntó—. La paz, digo.
Alec mordió la manzana. Masticó lentamente.
—No —respondió al fin—. Los vampiros siguen siendo vampiros. Los Moretti siguen siendo Moretti. Y yo... yo sigo siendo un lobo. Pero mientras tú estés aquí, mientras tu abuela esté viva, mientras haya alguien que nos recuerde que podemos ser algo más que monstruos... quizás dure un poco más de lo que duraría sin ti.
—¿Cuánto es «un poco más»?
Alec se encogió de hombros.
—Un año. Tal vez dos. Tal vez el resto de nuestra vida. Eso no depende de nosotros. Depende de si aprendemos la lección.
—¿Qué lección?
Alec la miró. Sus ojos dorados brillaron en la luz del amanecer.
—Que el poder no se hereda. Se construye.
Se levantó. Le dejó la manzana a medio comer en el escalón.
—Nos vemos mañana —dijo.
Y se fue.
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Dante llegaba al mediodía.
Siempre con algo. Comida, la mayoría de las veces. Embutidos de la charcutería del pueblo, pan recién horneado, vino tinto de una bodega que llevaba tres generaciones en su familia.
—No tienes que traer nada —le dijo Luna el quinto día.
—Lo sé. —Dante dejó la cesta en la mesa—. Pero me gusta.
—¿Por qué?
Dante se sentó frente a ella. Por primera vez desde que lo conocía, no llevaba traje. Solo unos vaqueros negros, una camiseta blanca y una chaqueta de cuero. Parecía más joven. Más humano.
—Porque durante mucho tiempo, mi familia ha tomado de este valle sin dar nada a cambio. Quiero empezar a devolver.
—¿Devuelves comida?
—Devuelvo lo que puedo. —Sus ojos negros se encontraron con los de Luna—. Tú me enseñaste que el perdón es posible. Que incluso alguien como la Bruja Original merecía una oportunidad. Yo quiero merecer esa misma oportunidad.
Luna lo miró largamente.
—Ya la tienes —dijo.
Dante sonrió. No era su sonrisa de cortesía, la que usaba con sus lugartenientes o con sus enemigos. Era una sonrisa pequeña, casi tímida.
—Gracias —susurró.
Y se fue.
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El séptimo día, Margaret la llamó a su lado.
—Siéntate, niña —dijo, señalando el borde del colchón—. Necesito contarte algo.
Luna se sentó. El fuego crepitaba en la chimenea. Afuera, la niebla gris empezaba a caer.
—¿Qué pasa, abuela?
Margaret cogió las manos de Luna entre las suyas. Estaban arrugadas y frías, pero aún fuertes.
—Los Primeros me hablaron anoche.
Luna sintió cómo el nudo violeta en su pecho se tensaba.
—¿Los Primeros? ¿Qué dijeron?
—Dijeron que la paz tiene un precio. Que la Bruja Original se fue, pero el vacío que custodiaba no ha desaparecido. Alguien tiene que vigilarlo. Alguien tiene que asegurarse de que nadie intente abrir otra puerta.
—¿Ese alguien soy yo? —preguntó Luna.
Margaret negó con la cabeza.
—No. Ese alguien somos todos. Tú. Yo. Los tres reyes. El valle entero. Los Primeros no quieren una guardiana. Quieren una comunidad. Quieren que aprendamos a protegernos unos a otros sin necesidad de pactos de sangre ni sacrificios humanos.
Luna soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Y podemos?
Margaret sonrió. Era una sonrisa cansada, pero luminosa.
—Podemos intentarlo. Y mientras lo intentemos, los Primeros estarán de nuestro lado.
—¿Y si fallamos?
—Entonces —Margaret apretó las manos de Luna—, volveremos a estar solos. Y la próxima vez que alguien intente abrir una puerta, no habrá ninguna Heredera para cerrarla.
El silencio se hizo denso.
Luna miró el fuego. Las llamas danzaban, indiferentes, hermosas.
—No vamos a fallar —dijo.
—¿Tan segura estás?
—No. Pero voy a fingir que lo estoy. Eso también lo aprendí de ti.
Margaret se rió. Una risa vieja, cascada, pero genuina.
—Eres más lista que yo, Luna. Y más valiente.
—No soy más valiente. Solo estoy más rodeada.
—¿Por los tres reyes?
—Por todos. Por ti. Por este valle. Por la niebla. —Luna se levantó—. Nunca había tenido un lugar al que pertenecer. Ahora lo tengo. Y no voy a dejarlo caer.
Margaret asintió. Cerró los ojos.
—Entonces descansa, niña. Mañana empieza el resto de tu vida.
Luna subió las escaleras. Se sentó en el borde de la cama de hierro forjado, frente al cuadro de Margaret joven.
—¿Lo oyes, abuela? —susurró—. El resto de mi vida.
El cuadro no respondió. Pero la niebla violeta —su niebla— se arremolinó a su alrededor, cálida, protectora.
Y por primera vez en veintinueve años, Luna sonrió.
No una sonrisa de cortesía. No una sonrisa de miedo.
Una sonrisa de casa.
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Afuera, en el bosque, algo se movía entre los árboles.
No era un lobo. No era un vampiro. No era un Moretti.
Era otra cosa. Algo que había estado durmiendo bajo la tierra durante mil años y que acababa de despertar con la muerte de la Bruja Original.
Algo que no había firmado ningún pacto. Algo que no reconocía a los tres reyes. Algo que olía la sangre de Luna y sonreía con demasiados dientes.
—Pronto —susurró una voz en la oscuridad—. Pronto.
Pero Luna no lo oyó.
Estaba en su cabaña, con su abuela, con su niebla, con su nuevo mundo.
Y por ahora, eso era suficiente.