Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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El show de los Vélez
...CAPÍTULO 7...
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...LUCIANA SALAZAR...
Tengo los papeles del divorcio guardados en el fondo de mi maletín, justo debajo de unos planos que no he tenido el valor de revisar. Cinco días. Han pasado cinco días y no he sido capaz de acercarme a la notaría. Cada vez que paso por delante de una, acelero el paso o busco una distracción en mi teléfono, como si el simple hecho de mirar el edificio fuera a sellar un destino que, en el fondo de mi alma, me aterra.
No me quiero divorciar.
Esa es la verdad que me quema la garganta cada vez que lo veo. Lo amo tanto que me duele, pero estoy agotada. Me arrepiento de haber gritado esas cosas en el balcón, de haberle dicho que era un "desperdicio". Nunca había actuado de forma tan impulsiva, tan... infantil. Siempre he sido la adulta, la cuerda, la que mantiene la estructura en pie, y verme desmoronada de esa forma me hace desconocerme. Pero mi orgullo es una muralla china. No puedo simplemente decirle: "Oye, mentira, vuelve a casa". No hasta que él me demuestre que este matrimonio no es solo un accesorio en su vida de comedia, sino su prioridad.
Estamos en el auto, rumbo a la casa de sus padres. El silencio es tan denso que parece que estuviéramos viajando en una cápsula sin oxígeno. Sebastián conduce con la vista clavada en la carretera, las manos apretadas al volante y esa mandíbula tan tensa que nunca le había visto.
—Sebastián —rompí el silencio, bajando un poco el volumen de la radio—. Tenemos que dejar claras algunas cosas antes de llegar.
Él no se giró. Solo asintió levemente, esperando que continuara.
—Mis suegros no pueden sospechar nada, Sebastián —dije, tratando de que mi voz sonara firme pese al nudo que tenía en la garganta.
Él mantuvo la vista en la carretera, pero noté cómo apretaba el volante.
—Si empezamos con actitudes extrañas, nos van a acorralar en la cocina antes del brindis —continué, sintiendo un escalofrío—. Y no voy a permitir que hablemos de abogados o del divorcio en medio del cumpleaños de tu madre. Ella no se merece que le arruinemos el día con nuestros escombros. Así que, por este fin de semana, somos el matrimonio perfecto. Y, por favor, trata de ser tú mismo. ¿Entendido?
Él soltó una risa seca, sin rastro de alegría.
—¿Ser yo mismo? Pensé que "ser yo mismo" era el problema, Luciana.
Suspiré, cerrando los ojos un momento. Me dolía verlo así.
—Me refiero a que cambies esa actitud pedante y robótica. Tu madre te conoce mejor que nadie; si entras a esa casa pareciendo un témpano de hielo, va a saber que algo pasó en menos de cinco minutos. Incluso yo... incluso yo me he sentido rara hablando contigo así estos días. Me asusta este Sebastián que no tiene nada que decir.
Él apretó más el volante.
—Estoy siendo sincero conmigo mismo en este momento, Luciana. No estoy fingiendo nada —respondió, y su voz sonó tan profunda y vacía que me dio escalofríos—. Solo no estoy de humor para fingir que mi vida sigue siendo un "carnaval" cuando sé perfectamente que todo se está yendo al carajo. Además… ¿no es eso lo que querías? ¿Un hombre serio? Bueno, aquí lo tienes.
—Quería que maduraras, no que te murieras por dentro —le respondí, y mi voz flaqueó por un segundo—. Solo... haz un esfuerzo. Por ellos. Por este fin de semana. No peleemos, no nos reclamemos nada. Seamos la pareja que ellos creen que somos.
Sebastián guardó silencio por un par de kilómetros. Luego, soltó un suspiro largo y relajó un poco los hombros.
—Está bien —murmuró—. Seré el Sebastián de siempre. Haré los chistes, sonreiré en las fotos y fingiré que mi vida no está en el asiento de atrás metida en una maleta. ¿Algo más, arquitecta?
—Nada más —respondí, mirando por la ventana para que no viera cómo se me llenaban los ojos de lágrimas—. Con eso basta.
Me dolía el corazón. Estábamos a punto de entrar en una obra de teatro donde los dos sabíamos el guion, pero ninguno quería que llegara el acto final.
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Si existiera un premio de la Academia para el mejor actor en una situación de crisis, Sebastián se lo llevaría por unanimidad. En cuanto cruzamos el umbral de la casa familiar, el hombre sombrío, robótico y pedante que me había acompañado en el auto desapareció como por arte de magia. Fue casi aterrador ver con qué velocidad se puso la máscara de siempre.
—¡Pero miren a esta mujer! ¡Si cada año cumple menos! —exclamó Sebastián, lanzándose a los brazos de su madre con una efusividad que me dejó parpadeando—. Mamá, ¿qué te estás echando en la cara? ¿Formol? ¿Pétalos de rosa? Estás radiante.
Agustina, una mujer dulce que siempre ha tenido debilidad por su hijo menor, se deshizo en risas mientras lo abrazaba con fuerza.
—¡Ay, Sebas! Tan exagerado como siempre —dijo ella, separándose para mirarlo con amor. Luego, sus ojos se posaron en su esposo, que observaba la escena desde el sofá con la severidad de un monumento de piedra—. Mira, Eduardo, ya llegaron.
—Ya veo —respondió Eduardo Vélez con una voz profunda, apenas levantando la vista de su periódico—. Veo que el ruido ya entró a la casa.
Sebastián no perdió el ritmo. Se acercó a su padre y le dio un golpe juguetón en el hombro, algo que yo jamás me atrevería a hacer.
—¡Señor padre! No ponga esa cara de "me están invadiendo la propiedad", que le va a salir otra arruga y ya no nos quedan filtros de Instagram para arreglarlo en las fotos —soltó Sebas con una sonrisa chispeante.
Yo me quedé estática un segundo. Me sorprendió su nivel de fingimiento; hace diez minutos parecía que quería saltar del auto en movimiento y ahora estaba ahí, brillando bajo los reflectores de su propio carisma.
—Y bueno —continuó él, estirando un brazo para rodearme la cintura y atraerme hacia su costado con una familiaridad que me quemó la piel—, traje a mi querida y flamante esposa, porque claramente estos cumpleaños tienen que ser en familia. ¿Verdad, Lu?
Sentí su mano firme en mi cintura. Era un contacto que no habíamos tenido en días y mi cuerpo reaccionó con una traición inmediata: un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la calle.
—Hola, señora Agustina. Feliz cumpleaños —logré decir, forzando mi mejor sonrisa mientras saludaba a mi suegra—. Hola, señor Vélez. Qué bueno verlos.
—¡Uy, ya llegó el payaso de la familia! —una voz burlona retumbó desde el pasillo.
Beatriz, la hermana mayor de Sebastián, apareció con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia. Beatriz siempre ha sido la única capaz de bajar a Sebas de su nube con un solo comentario.
—Hola, Betty —respondió Sebas, sin soltarme—Veo que sigues tan encantadora como un lunes por la mañana. ¿Qué pasa? ¿Extrañabas que alguien trajera alegría a esta cueva?
—Extrañaba ver cómo Luciana todavía te aguanta —replicó ella, acercándose para darme un beso en la mejilla y un abrazo—. ¿Cómo estás, Lu? Te ves... un poco pálida. ¿Este tipo no te deja dormir con sus chistes malos?
Me tensé. Sebastián apretó ligeramente su agarre en mi cintura, un gesto que para cualquier otro habría parecido cariñoso, pero que yo sentí como una señal de auxilio.
—Es el trabajo, Betty —mentí, sintiendo el peso de la farsa sobre mis hombros—. Hemos tenido una semana... bastante intensa en la oficina.
—Demasiado intensa —añadió Sebastián, mirándome con una chispa en los ojos que me hizo dudar por un segundo si todo esto era solo una actuación—. Pero ya estamos aquí. Y es fin de semana, el mundo exterior no existe. ¿Verdad, mi vida?
"Mi vida". Hacía días que esa palabra no sonaba tan real y tan falsa al mismo tiempo. Miré a la familia Vélez: Agustina sonriendo, Eduardo suspirando y Beatriz analizando cada uno de nuestros movimientos.
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
Las mujeres se retiraron al jardín. El estruendo de risas de Beatriz y la calidez de mi madre se desvanecieron por el pasillo, dejándome a solas con el "Patriarca". El silencio cayó sobre la sala como una losa de concreto. Eduardo Vélez seguía con su periódico, ignorándome con esa maestría que solo él posee, como si mi presencia fuera apenas un error en el diseño de su sala.
Siempre es así. Podríamos estar horas sentados aquí y él no soltaría ni un "hola" genuino. Odio estas fechas. No por mi mamá, ella se merece el mundo entero, sino porque odio ver cómo mi papá la manipula con guante de seda. Él no organiza fiestas para ella; organiza eventos para lucirse él, rodeado de su corte de hermanos.
Me imaginé el panorama: mañana la casa estaría llena de mis tíos paternos. Esos personajes que nadie en esta familia aprecia, pero que Eduardo impone porque "la familia es lo primero". Ya me los veía venir, con sus chistes pesados y su arrogancia, mientras mi madre corría de un lado a otro asegurándose de que el señor Eduardo tuviera su copa llena.
Para entender a mi padre, hay que conocer su historia. Él no siempre fue este bloque de hielo. Antes de que Mario, mi hermano del medio, muriera en aquel accidente de coche, Eduardo era un hombre dulce. Veneraba a mi madre y fue un padre ejemplar; nunca nos faltó nada. Pero la pérdida lo rompió, y en ese vacío entraron mis tíos.
Mis tíos paternos siempre lo tildaron de "flojo" o "poco hombre" por no ser un machista autoritario que dominara a su mujer. Ahora, con la vejez encima y tras el susto de que uno de ellos casi muere, mi padre se aferró a sus hermanos, dejando que esa mentalidad tóxica lo contaminara. Por eso, cuando ellos están cerca, se transforma: quiere demostrar una autoridad que no le nace, tratando a mi madre con una frialdad que ella no merece.
Traté de romper el hielo, aunque sabía que el hielo era de tres metros de espesor.
—Y entonces... —solté, recostándome en el sofá con una falsa calma—, ¿qué tienen planeado para mañana? ¿Cuál es el gran itinerario para celebrar a la jefa?
Mi padre bajó el periódico lo justo para que sus ojos severos se encontraran con los míos.
—Iremos a la playa, como siempre —respondió con esa voz monótona que no admite réplicas—A Isla Bonita. Ya reservé el transporte para mis hermanos y sus familias.
Puse los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me veo el cerebro. Todos los putos años. Es una tradición sagrada para él y una tortura para el resto.
—¿Isla Bonita? ¿Otra vez? —dije, sin poder evitar el tono de fastidio—. Papá, es el cumpleaños de mamá, no el congreso anual de los Vélez. En Isla Bonita ella se pasa el día entero atendiéndote a ti y a tus hermanos. Que si el bloqueador, que si el almuerzo, que si la bebida... tu —señalé al aire, refiriéndome a él— solo te sientas a ver el mar, a tomar y a esperar que te sirvan. Eso no es un regalo para ella, es un día de campo para ti.
Eduardo dobló el periódico con una lentitud exasperante.
—Yo soy el que paga, Sebastián. Siempre lo hemos hecho así y tu madre jamás se ha quejado. Ella es feliz con su familia unida. Además —añadió mirándome de reojo—, Luciana ya me confirmó que le encanta el mar. Ella sí es una muchacha ejemplar; no sé cómo hiciste para ganar su corazón, pero es como una hija para nosotros. Deberías aprender de su prudencia.
—¿Y al menos le preguntaste a mi mamá qué quería ella? —le solté directamente.
Mi padre se quedó callado. Sus labios se apretaron y por un segundo vi un destello del hombre que solía ser, dudando de su propia imposición. Pero luego, sacudió la cabeza y recuperó su máscara de terquedad.
—Ay, no, hijo... no quiero estar discutiendo por bobadas —dijo, volviendo a su lectura—. Solo atente al plan y disfruta con tu madre, que ya te extrañaba demasiado. No le amargues el rato con tus cuestionamientos.
Sentí una punzada de impotencia. Mi padre estaba atrapado tratando de impresionar a unos hermanos que no lo querían, sacrificando la comodidad de la mujer que sí lo amaba. Y lo peor era que Luciana, en su papel de "nuera perfecta", jamás le diría que no.
Mañana en Isla Bonita, bajo el sol y frente a mis tíos, íbamos a tener que sostener una farsa doble: la de mi padre siendo el "macho alfa" y la mía teniendo un matrimonio funcional.
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El sol de la costa pegaba con una fuerza implacable apenas bajamos de la lancha. Isla Bonita era exactamente como la recordaba: un paraíso visual, pero un infierno logístico familiar. Mientras caminábamos por la arena, sentí las manos de Luciana sobre mi pecho, acomodándome la camisa que se me había desajustado con el viento del mar.
—Quédate quieto, pareces un niño —murmuró ella con esa suavidad que me desarma.
Ese roce me recordó la tortura que fue la noche anterior. Dormir en la misma cama después de tantos días sin ella, sentir su aroma a vainilla y el calor de su cuerpo a centímetros del mío, fue la prueba de fuego más difícil de mi vida. Tenía unas ganas desesperadas de abrazarla, de pegarla a mí y... bueno, digamos que otras cosas que no son aptas para el horario familiar. Solo diré que esta mañana me dolía la cabeza, y no precisamente la que tiene neuronas.
Luciana, en cambio, se veía extrañamente tranquila, caminando con esa elegancia natural que ni el calor del trópico lograba arruinar. Mientras nos dirigíamos a la cabaña principal que alquiló mi padre —donde ya se escuchaba la risa escandalosa de mis tíos y el destapar de las primeras cervezas—, ella se acercó a mi oído.
—Tu madre me confesó anoche que tiene muchísimas ganas de ir a bailar —me susurró—. Dice que hace rato no lo hace y que extraña sentirse libre. Me da mucha pena que tenga que aguantarse este plan de ver a los hermanos de tu papá beber todo el día.
La miré sorprendido. Mi mamá nunca pedía nada, siempre se conformaba con lo que Eduardo decidiera.
—Con Betty planeamos escaparnos esta noche —continuó ella con una sonrisita cómplice que no le veía desde antes de la pelea—. Vamos a llevarla a la discoteca del hotel que queda al otro lado de la playa. ¿Nos acompañas?
Se me dibujó una sonrisa genuina en la cara. La idea de sabotear el plan autoritario de mi padre para ver a mi mamá feliz era el mejor proyecto que me habían presentado en años.
—Cualquier cosa por ver a mi madre sonreír —respondí, aunque luego arrugué la nariz—. ¿Pero tiene que ir Betty? ¿Esa vieja malhumorada? Va a estar todo el tiempo criticando cómo bailo o cómo respiro.
Luciana soltó una carcajada limpia, de esas que me hacen recordar por qué moví cielo y tierra para que se casara conmigo.
—No hables así de tu hermana, Sebastián —dijo dándome un golpecito en el brazo—. Ella fue la que planeó todo. Es la única que tiene el carácter para distraer a tu papá mientras nos fugamos.
—Está bien, acepto el equipo de rescate —dije, sintiendo que la máscara de "pareja feliz" no pesaba tanto—. Pero si Betty empieza a molestar, la tiro al mar.
Llegamos a la cabaña y ahí estaba el panorama: mis tíos ya instalados, mi padre con el pecho inflado dándoles órdenes a los meseros y mi madre, con su sonrisa dulce pero cansada, repartiendo cervezas.
El almuerzo en la cabaña era una oda al ego de los Vélez. Mi padre estaba en su salsa, presidiendo la mesa larga mientras el olor a pescado frito y coco inundaba el ambiente. Yo estaba sentado al lado de Luciana.
Mi padre, con su copa de vino en alto, empezó su discurso habitual de presunción. Pero esta vez, el trofeo no era su empresa, sino Luciana.
—Mírenla nada más —dijo mi padre, señalando a Lu con un gesto orgulloso—. Una mujer inteligente, arquitecta, con una clase que ya quisieran muchas. Es una mujer ejemplar, el pilar de este muchacho que a veces no sabe ni dónde tiene la cabeza. Luciana es la nuera que siempre quise tener.
Yo miré mi plato de ceviche, sintiendo una punzada de ironía. ¿Ejemplar? Si supieran que esa mujer "ejemplar" le encanta que la aten a la cabecera, que le cubran los ojos y que le den órdenes que harían sonrojar a un marinero...
—Si supiera que a su nuera ejemplar le gusta el sado... —solté por "accidente", en un susurro que, por desgracia, se escuchó perfectamente en medio del repentino silencio de la mesa.
Luciana reaccionó con la velocidad de un ninja. Antes de que la palabra "masoquismo" terminara de procesarse en el cerebro de mi padre, ella me clavó un tenedor con tres camarones gigantes en la boca, bloqueando cualquier otro sonido que pudiera salir de mis labios.
—No le presten atención —dijo Lu con una sonrisa angelical, aunque me estaba pisando el pie por debajo de la mesa con una fuerza que casi me fractura el metatarso—. Solo es Sebastián diciendo bobadas, el sol le está afectando las pocas neuronas que le quedan. ¿Verdad, amor?
Me tragué los camarones casi enteros mientras mi madre soltaba una carcajada sonora, de esas que le nacen del alma, contagiando a mis tíos que, aunque no entendieron del todo la broma, se rieron por inercia. Mi padre, por su parte, se quedó con la boca abierta, mirando al techo y parpadeando rápido, tratando de asimilar qué rayos era eso del "sado".
—¿Sado? —balbuceó Eduardo, rascándose la nuca con una cara de confusión digna de un meme—. ¿Eso es... algún tipo de dieta nueva de esas de la ciudad? ¿O es que te gusta el pescado salado, mija? Ay, no sé, estos muchachos y sus términos modernos. ¡En mis tiempos hablábamos español!
Se puso todo rojo, claramente avergonzado por no saber qué responder pero queriendo actuar como si tuviera el control. Para salir del paso, soltó una carcajada nerviosa y nos miró a ambos con una intensidad que me puso los pelos de punta.
Pero la calma duró poco. Mi tío cacho, que ya llevaba encima media botella de ron, se inclinó hacia adelante tambaleándose un poco.
—Muy bonita y muy inteligente la arquitecta, Eduardo —dijo arrastrando las palabras—, pero para cuándo los nietos, ¿ah? Mucha "mujer ejemplar", pero la casa sigue vacía. ¿Es que Sebastián salió defectuoso o es que a la niña le da miedo dañarse la figura?
El ambiente se tensó. Yo sentí que se me cerraba el estómago. Miré a Luciana de reojo y vi cómo su sonrisa se congelaba.
—¿Verdad, muchachos? ¿Cuándo piensan darme un nieto? Ya estoy viejo, quiero ver a alguien corriendo por el jardín antes de que se me olvide cómo me llamo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Luciana se quedó en shock, con la mirada perdida en su plato. Sé que en su cabeza estaban retumbando las palabras de nuestra pelea de la semana pasada. Ella lo desea con toda su alma, y yo... yo siempre he sido el que frena el tren.
Noté que el silencio se estaba haciendo demasiado largo, así que me enderecé en la silla y hablé con una seriedad que ni yo mismo me reconocí.
—Papá, eso ya es algo personal entre nosotros —dije, recuperando mi tono—. Por ahora no tenemos previsto eso. Tenemos muchos proyectos personales y estamos bien. Así que mejor disfrutemos del almuerzo, ¿sí?
Mi padre asintió, aunque se le notó la decepción en la mirada, y mi tío soltó un bufido antes de servirse más ron. Luciana no dijo nada. Soltó el cubierto, se puso de pie y me miró con una expresión que no supe descifrar.
—Voy un momento a la playa —dijo en voz baja—.Necesito aire.