Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 21
Alex
El sonido de la puerta corrediza anuncia que volvió. No levanto la vista de inmediato, estoy concentrado en que la salsa no se arruine en el último segundo. No tengo muchas especialidades culinarias, pero cuando hago algo, lo hago bien.
Escucho sus pasos descalzos sobre el piso y luego el silencio. Ese silencio denso que viene antes de sentir que alguien te está mirando.
—¿Vas a quedarte ahí parado fingiendo que no sabes que estoy empapada?— Dice Olivia.
Levanto la vista confundido por su pregunta y error. Grave error.
Tiene el cabello húmedo, ahora más oscuro por el agua, cayendo desordenado sobre sus hombros. Lleva una camisa blanca ligera encima del traje de baño. El sol la atraviesa y dibuja sombras que mi cerebro registra con demasiada claridad.
Trago saliva.
—Estoy cocinando— Respondo con calma, ignorando la punzada que despierta el fierro que llevo entre las piernas. —No es momento de distracciones.
Ella arquea una ceja.
—¿Distracciones?
Se acerca a la isla de la cocina, apoyando los codos. El agua todavía resbala por su clavícula.
Mi concentración se va al infierno.
—No deberías estar en la cocina mojada— Digo, señalando el suelo. —Puedes resbalar.
—Que considerado.
Lo dice con una sonrisa que no es inocente. Apago el fuego y dejo la cuchara a un lado.
—Si te enfermas, no voy a cargar contigo hasta el hospital.
—Claro que lo harías.
La miro fijo.
—No pongas esa cara, pelirroja mimada.
—¿Qué cara?
—Esa de “sé exactamente lo que harías por mí”.
Ella se endereza un poco, divertida.
—¿Y qué harías?
Me apoyo en la encimera, apoyando los brazos en los que se remarcan mis venas.
—Te dejaría con tus germenes ahí mismo.
—Mentiroso.
—Totalmente— Una risa pequeña escapa de su boca.
—Huele bien— Dice, intentando recuperar la compostura.
—Porque lo está.
Sirvo la comida en dos platos y los llevo a la mesa. Pasta, camarones, salsa de limón y mantequilla. Simple, pero sabroso.
Ella se sienta frente a mí, todavía con esa camisa húmeda pegándose a su piel y lo sabe. Sabe perfectamente lo mucho que me está afectando.
—¿Siempre cocinas cuando invades propiedades privadas?— Pregunta mientras toma el tenedor.
—Solo cuando quiero quedarme.
Levanta la vista y sin dejar de mirarme, prueba el primer bocado.
Sus ojos cambian y eso… eso me da más satisfacción que cualquier otra cosa.
—Está…— Hace una pausa, como si no quisiera darme el gusto. —Aceptable.
—¿Aceptable?
—Sorprendentemente aceptable.
Sonrío.
—Di que está delicioso.
—No.
—Di que soy talentoso.
—No abuses.
Se lleva otro bocado a la boca y cierra los ojos saboreando.
—Está bien— Dice resignada. —Está muy rico.
Me inclino hacia atrás, satisfecho.
—Gracias.
La observo mientras come. Ya no está tan rígida. Sus hombros están más sueltos y sus movimientos menos medidos.
Y eso me gusta. No la versión pulida, sino esta. La que mastica sin preocuparse por la imagen, la que tiene sal en el cabello y la que no está posando para nadie.
—¿Qué? —pregunta de pronto, notando que la miro.
—Nada.
—Estás mirándome raro.
—Estoy evaluando si debería abrir un restaurante.
—Si lo haces, asegúrate de que no tenga cerraduras fáciles de forzar.
Sonrío.
—Sigo pensando que tu seguridad necesita mejoras.
Ella suspira.
—No empieces. No necesito que nadie más quiera blindar mi vida más de lo que ya está.
—No empiezo. Solo digo que si yo entré, alguien más podría.
—Pero tú no viniste a hacerme daño.
—Otra persona quizás si.
La frase sale sin que lo piense y se queda flotando entre nosotros.
No vine a hacerle daño. Vine porque no soportaba la idea de que estuviera aquí sola. Porque quería verla, volver a sentir su aroma, tocarla y encantarme con esos hermosos ojos.
Ella baja la mirada al plato. Hay algo ahí. Algo que siento que quiere decirme, pero no es capaz.
Y justo cuando quiero decir algo para derribar esa barrera, decide cambiar el juego.
Se pone de pie lentamente, rodea la mesa y se detiene a mi lado.
—Gracias por cocinar— Dice demasiado cerca.
La camisa ya no está tan húmeda, pero sigue marcando lo suficiente mientras apoya una mano en el respaldo de mi silla.
—No sabía que además de invadir casas… eras tan útil.
Inclino la cabeza hacia atrás para mirarla.
—Soy muy útil.
Sus labios se curvan.
—¿Ah, sí?
—Suelo destacarme en una que otra área.
Ella se inclina un poco más. Lo suficiente para que su cabello roce mi hombro. Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda fingir indiferencia.
Maldita sea. Lo sabe. Lo ve en mis ojos.
—Tienes un problema, Alex— Susurra tan seductoramente que podría tenerme babeando a sus pies.
—¿Cuál?
—Te distraes fácil.
Sube la mano a mi hombro. La desliza apenas. Es un toque leve, pero suficiente para ponerme a volar los pensamientos lascivos hacia ella.
—No juegues— Murmuro.
—¿Quién está jugando?
Se inclina más, como si fuera a decir algo en mi oído y se detiene a un centímetro.
Mi pulso se dispara al sentir su respiración en mi cuello.
—¿Te molesta que te distraiga?— Susurra.
—No tienes idea de lo que estás provocando.
—¿No?
Su mano baja apenas por mi pecho. Explorando y no de una forma inocente.
—Olivia…
Mi voz sale más grave de lo que pretendía. Ella sonríe satisfecha bajando la mano por mi torso hasta el bulto que se remarca en mi pantalon.
Y entonces… Se aparta de golpe dando un paso atrás.
—Gracias por el almuerzo— Dice con un tono ligero. —Voy a tomar una ducha.
Se aleja caminando hacia el pasillo como si nada. Como si no acabara de prenderme fuego y luego lanzarme una cubeta de agua helada.
Me quedo sentado e inmóvil. Mirando el espacio vacío donde estaba hace un segundo.
Resoplo.
—Mocosa mimada…
Pero estoy sonriendo, porque si cree que me voy a quedar de brazos cruzados es porque aún no me conoce en lo absoluto.