Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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Combate
El sonido del gong fue una invitación a la masacre. Alberto Ruiz, un muro de músculo con cara de pocos amigos, avanzó con arrogancia, una sonrisa burlona en los labios. Yo, pequeña y tensa como un resorte, esperé. El primer derechazo de Alberto Ruiz fue un trueno que yo desvié con un movimiento mínimo de mi cadera, sintiendo apenas la brisa del golpe perdido. El público se rió.
Pero la risa murió en sus gargantas. Yo me deslicé por debajo de su guardia, convirtiéndome en una sombra. Mi rodilla encontró el estómago del bruto con la precisión de un relojero. Alberto Ruiz se dobló, soltando un "¡Ghh!" ahogado. Antes de que pudiera recomponerse, un golpe seco en la muñeca, justo donde los tendones se unen, quebró su mano con un crujido audible. El grito fue gutural.
—«¡Levántate, saco de boxeo! No se supone que me ibas a enseñar a hacer una mujer; pensé que ibas a darme la talla, pero solo eres un pedazo de excremento. El título de peleador te queda pequeño.»—Dije con mi voz firme; mi voz resonó en el silencio atónito. Lo empujé, no con fuerza, sino con una rabia contenida que lo hizo tambalearse. Lo acorrale contra las cuerdas, y mientras él intentaba defenderse con el brazo bueno, yo bailé a su alrededor. Un giro, una patada baja que le dobló la pierna, y Alberto cayó de rodillas, suplicándome con la mirada.
Yo no me detuve. Lo tomé del pelo, levanté su rostro desfigurado y le planté un codazo giratorio justo en la mandíbula. El sonido fue como el de una rama seca rompiéndose. Cayó de espaldas, un montón inerte de carne derrotada, respirando con dificultad, los ojos fijos de Alberto Ruiz en el techo, la humillación grabada en cada poro.
—«Gané, tal y como prometí, quiero tu brazo. Te enseñaré que, si no pudiste con mis demonios, vas a conocer el infierno.»
Yo me agaché, el sudor cegándome, y encontré el brazo de Alberto. No una llave, sino un movimiento primario, una palanca brutal. Agarré su muñeca con furia, el codo como pivote. El crujido resonó, un sonido que heló la sangre incluso en la multitud. Alberto gritó, no un grito de ira, sino de puro horror mientras su extremidad se doblaba hacia atrás, en un ángulo imposible. Cayó de rodillas, la mano floja, los dedos temblando. Los ojos del público, antes sedientos de sangre, ahora me miraban con una mezcla de miedo y asombro.
—«Ella ganó, esta mujer parece otra persona; antes era una mujer frágil, pero en realidad es una mujer feroz. Cada día descubro algo diferente de Ofelia», —susurró Bruno Díaz sorprendido.
—«La cuñada es genial; la obedeceré en todo, jamás la voy a hacer enojar», —exclamó Theo asustado.
—«Ella peleó por mí, me defendió», —dijo Aurora con una sonrisa. Era la primera vez que ella se sentía protegida.
Las gradas, repletas de estudiantes, estallaron en un rugido ensordecedor. ¡Gritos, aplausos, silbidos! "¡Mírala!", "¡Es increíble!", "¡La campeona!" resonaba por todas partes, mientras yo me mantenía erguida, la respiración entrecortada, sintiendo el calor de muchos ojos sobre mí, no con burla, sino con pura adoración y asombro. Mi victoria, una declaración sobre el cuadrilátero y más allá.
El brazo de Alberto quedó destrozado; fue sacado en una camilla. El ring escolar es solo para los estudiantes mayores de 13 años. Salí del ring y tomé a Celia Ruiz, hija de Alberto Ruiz, de la mano y mostré el audio donde su padre aceptaba que la disciplinara. Con una fuerza nacida del odio, arrastré a Celia por la lona.
—«¡No! ¡Por favor, no! No volveré a molestar a Aurora.»— gritaba Celia, pero su voz era un chillido ahogado. Yo la lancé contra la esquina. El primer golpe la hizo jadear, un sonido húmedo.
—«¡Esto es por... Acosar a Aurora!» (¡ZAS!) Otro puñetazo, directo a la boca. La sangre brotó. Celia se deslizó. Yo la levanté del pelo y la estrellé contra las cuerdas. Un golpe bajo. Otro más. La lona se llenó de un reguero rojo. La respiración de Celia era un silbido roto, sus ojos vacíos. Yo sonreí, una sonrisa salvaje.
—«Tú te lo buscaste. Si te vuelves a meter con Aurora, te voy a destrozar las piernas,» —susurré antes de darle el último golpe, dejándola rendida en la lona, un montón de carne rota y derrota.
Nadie se atreve a decir nada; el poder de Bruno Díaz es inmenso y puede hacer desaparecer a cualquier compañía. Bruno me observó con una sonrisa. Todos estaban temblando y entendieron que meterse con los Díaz trae consecuencias. Me acerqué a Aurora y le di un abrazo. Elza y Theo estaban callados; sabían que provocarme no es buena idea.
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