Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Prólogo
Nanami, 25 años. Modelo profesional. Hija menor del CEO Joong.
La música aún resonaba en mis oídos como un eco burlón.
Los pétalos de rosas blancas que debían recibirme como esposa estaban pisoteados en el pasillo. Los invitados cuchicheaban entre sí con esa mezcla cruel de curiosidad y satisfacción que solo provoca la desgracia ajena. Y yo, todavía con mi vestido de novia puesto —ese que había elegido soñando con caminar hacia mi futuro—, sostenía un ramo que empezaba a marchitarse entre mis manos temblorosas.
Tres horas.
Tres horas completas esperando.
Tres horas viendo cómo las sonrisas forzadas de los asistentes se transformaban primero en incomodidad, luego en lástima y finalmente en ese silencio pesado que aplasta el pecho.
Takumi no apareció.
Mi prometido. El hombre al que amé durante cinco años. El mismo que una semana antes me había jurado frente al espejo que yo era el amor de su vida. Simplemente... se esfumó.
—Hija, ya tenemos que irnos —susurró mi padre, apoyando su mano en mi hombro con la delicadeza de quien sostiene algo que sabe que puede romperse.
A nuestro alrededor, los invitados ya no disimulaban los murmullos. Podía escuchar fragmentos: "pobre mujer", "qué vergüenza", "dicen que se fue con otra", "nunca le convino ese hombre".
—Los paparazzis están afuera, debemos irnos por la parte de atrás —informó un empleado a mi padre, con ese tono urgente de quien maneja una crisis.
Pero yo no podía moverme. Mis pies estaban clavados al suelo como si el mármol de la iglesia me hubiera absorbido.
—No puedo irme, papá —exclamé, y fue entonces cuando las lágrimas que había contenido durante horas comenzaron a desbordarse, quemándome las mejillas.
Había revisado mi teléfono hasta quedarme sin batería. Cientos de mensajes. Decenas de llamadas. Nada. Silencio absoluto.Takumi se había ido, y con él, todos los planes que construí durante media vida.
TRES MESES DESPUÉS
La depresión me engulló como un pozo sin fondo.
Dejé de comer. Dejé de salir. Dejé de trabajar. ¿Para qué? Ser "la modelo que dejaron plantada en el altar" se convirtió en mi nueva identidad. Los titulares de los periódicos y las noticias de televisión repetían una y otra vez las mismas imágenes: yo esperando, yo llorando, yo destrozada. El país entero había presenciado mi humillación.
Mi habitación se transformó en mi cárcel voluntaria. Las cortinas permanecían cerradas día y noche. Los platos de comida que Maya dejaba en la puerta volvían intactos. Mi reflejo en el espejo dejó de serme familiar.
—¿Cómo se encuentra? —escuché preguntar a mi padre en el pasillo.
—Aún no quiere comer, señor —respondió Maya, su voz teñida de preocupación—. Y se niega a salir de la habitación.
Mi padre suspiró. Yo conocía ese suspiro. Significaba que algo tramaba.
Horas después, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso. Mi padre entró con determinación, ignorando el desorden que me rodeaba. Ropa tirada, platos fríos, facturas sin abrir. Yo era un verdadero despojo humano, y él lo vio todo sin inmutarse.
Se sentó en el borde de mi cama y me miró fijamente. Por un momento pensé que me regañaría, que me diría lo decepcionado que estaba. Pero no.
—Escúchame —dijo con firmeza—. Voy a llevarte con mi mejor maestro de artes marciales. Vas a participar en un torneo.
Parpadeé, confundida. ¿Karate? ¿Yo?
—Si ganas, aceptaré lo que quieras. Te daré lo que más desees, te compraré lo que sea.
Lo pensé por un momento, pero la verdad era que ya no había nada que realmente quisiera. Nada material, al menos.
—Lo único que quiero no puedes dármelo —murmuré, dándole la espalda y tapándome hasta la cabeza con las sábanas.
Mi padre suspiró de nuevo, pero esta vez con un dejo de determinación.
—Aun así, vas a tomar clases de karate. Quieras o no.
Se levantó y salió antes de que pudiera protestar.
A la mañana siguiente, los golpes en mi puerta me arrancaron de un sueño intranquilo.
—Señorita, hoy es su primer día de karate. Por favor, levántese —la voz de Maya resonó con esa insistencia que solo las empleadas leales pueden tener.
Mi primer impulso fue enterrarme más en las almohadas. ¿Karate? ¿En serio? Yo no era una chica de deportes, era modelo. Mi cuerpo estaba hecho para pasarelas, no para golpes.
Pero entonces me levanté, arrastrándome hasta el espejo, y lo que vi me horrorizó.
Mi cabello, antes brillante y sedoso, parecía un nido de ratas. Mis ojos tenían ojeras tan profundas que parecían cuencas vacías. Mi piel, mi sustento como modelo, lucía pálida y cetrina. Las clavículas me sobresalían demasiado.
No podía seguir así. Aunque nada me motivara, aunque el dolor siguiera ahí, agazapado en mi pecho como una bestia dormida... tenía que seguir adelante. Por orgullo, si no por otra cosa.
—Por favor, señorita —insistió Maya.
—¡Ya voy! —gruñí, y comencé a vestirme de mala gana.
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El dojo estaba ubicado en un edificio tradicional, con paredes de madera y un jardín zen en la entrada que contrastaba absurdamente con mi humor asesino. Olía a incienso y a sudor. Odio el olor a sudor.
—Bienvenida —una voz masculina me saludó.
Levanté la vista y me encontré con un hombre de unos treinta años, vestido con el uniforme blanco típico del karate. Era alto, de hombros anchos, y tenía una expresión seria que bordeaba lo antipático. Su pelo negro estaba ligeramente despeinado y sus ojos oscuros me evaluaron con una rapidez que me hizo sentir como si ya me hubiera puesto una nota.
Kai, así se llamaba. Profesor de karate. Mi nuevo "instructor".
Hice una mueca de desaprobación en lugar de saludar. No me importaba ser grosera. Él no me importaba. Nada me importaba.
Kai arqueó una ceja, pero no dijo nada. Directo al grano: comenzó a hacerme hacer ejercicios.
Flexiones. Sentadillas. Estiramientos. Saltos. Mi cuerpo, acostumbrado solo a caminar en tacones por una pasarela, gritaba venganza.
—Estoy cansada —jadeé a los veinte minutos, y sin ningún pudor, me dejé caer al suelo como una estrella de mar.
La sombra de Kai se proyectó sobre mí.
—Levántate —ordenó. Su paciencia ya se había agotado, y apenas llevábamos media hora.
—No quiero. Estoy cansada. Esto es horrible. Me voy.
Me incorporé con dificultad y caminé hacia la salida decidida a largarme de allí. Pero al llegar a la puerta principal, dos hombres trajeados que reconocí como guardias de mi padre me bloquearon el paso.
—Lo siento, señorita. No tiene permiso de irse hasta que termine la clase.
—¡¿Qué?! —giré furiosa—. ¡Pero esto es muy injusto!
Sin otra opción, me senté en un banco del jardín, crucé los brazos y me dispuse a esperar. No entrenaría. No cooperaría. Que hicieran lo que quisieran.
Desde el dojo, sentí una mirada. Kai me observaba a través de la ventana, y para mi sorpresa, esbozó una sonrisa. Una sonrisa que decía claramente: "Qué niña mimada".
Me hirvió la sangre.
Minutos después, salió y caminó hacia mí. Extendió su mano derecha.
—Vamos, aún no terminamos.
Lo miré con desprecio. Su mano seguía ahí, paciente. Maldita sea.
—Solo para que sepas —dije, tomando su mano y sintiendo el calor de su piel contra la mía—, me caes muy mal.
Kai me sostuvo la mirada sin pestañear. Por un instante, vi algo en sus ojos que no supe descifrar. ¿Curiosidad? ¿Diversión?
—Tú también me caes mal —respondió, y tiró de mí para levantarme.
En ese momento, no lo sabía, pero todo estaba a punto de cambiar.