Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
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Capítulo 9: Lo que decido no tomar
(POV del delta)
Lo sentí incluso antes de cruzar el umbral del salón.
No fue una llamada clara ni un tirón violento del instinto. Fue algo más sutil y, por eso mismo, más peligroso: una alteración mínima en el aire, una variación en la forma en que el espacio parecía acomodarse alrededor de una presencia concreta.
Un omega.
Me detuve apenas un segundo, lo suficiente para permitir que el instinto hablara sin tomar el control. Había aprendido a escuchar sin obedecer de inmediato. Era una habilidad que se construía con años de contención… y con pérdidas.
Avancé con pasos medidos.
El salón estaba lleno, pero no ruidoso. Conversaciones en voz baja, risas contenidas, el roce de telas finas. Un ambiente cuidadosamente equilibrado para que nada pareciera fuera de lugar. Y aun así, algo desentonaba.
No lo vi al principio.
Mi atención fue atraída por el modo en que otros cuerpos reaccionaban sin saberlo: una distancia que se abría, miradas que se desviaban con respeto, voces que bajaban un tono cuando pasaban cerca de un punto específico del salón.
Ahí.
Lo encontré.
No por su belleza —aunque la tenía—, sino por su quietud. No se movía como alguien que buscara desaparecer. Tampoco como alguien que quisiera destacar. Estaba… atento. Presente. Como si escuchara demasiadas cosas al mismo tiempo y eligiera cuidadosamente a cuál responder.
Eso me detuvo por dentro.
Mi instinto reaccionó con una presión firme, profunda, asentándose en el pecho como una verdad largamente postergada. No fue hambre. No fue deseo inmediato. Fue reconocimiento.
Así que eres tú.
No avancé.
Sentí el impulso, claro. Acercarme. Ocupar el espacio a su lado. Hacerme notar. Era una reacción antigua, casi automática en los deltas cuando el vínculo se manifestaba con claridad.
Pero yo no era un joven sin control.
Había decidido algo mucho antes de entrar a ese salón.
No lo tomaría.
No sin su elección.
No sin su mirada.
Me quedé donde estaba, observando sin invadir. Noté cómo su cuerpo reaccionaba sin que él pareciera entender del todo por qué: un leve tensarse de hombros, una pausa mínima en la respiración, la mano cerrándose apenas sobre la tela de su túnica.
Me reconocía sin verme.
Ese detalle me recorrió la espalda con un estremecimiento lento y controlado. No era orgullo. Era respeto. Su cuerpo sabía… y aun así no se entregaba al pánico ni a la urgencia.
No huyas, pensé, sin moverme.
No te miraré si no lo deseas.
No creía realmente que pudiera escucharme. Y, sin embargo, algo en su postura cambió. No retrocedió. No buscó escapar. Se sostuvo en su lugar, respirando despacio, como si hubiera entendido que no sería empujado.
El vínculo respondió.
No con una llamada insistente, sino con algo que no había sentido en mucho tiempo: equilibrio.
Durante años había aprendido a contener el instinto porque era necesario. Porque el poder sin contención se volvía violencia. Porque reclamar sin consentimiento era una forma de perderse.
Pero aquello era distinto.
No estaba conteniéndome por obligación.
Lo estaba haciendo por elección.
Observé cómo alguien se acercaba a él —un delta, probablemente un familiar— y cómo el omega respondía con una atención cuidadosa. No se encogía. No se escondía. Simplemente… era.
Despiertas, pensé.
Y lo haces sin romperte.
Eso despertó algo más peligroso que el deseo: admiración.
Sentí el impulso de protegerlo, sí. Pero no como un escudo que lo encerrara, sino como un borde firme que no lo redujera. Era una línea difícil de sostener. Requería paciencia. Requería renuncia.
Requería no tocar.
Cuando sus dedos se cerraron un poco más sobre la tela, cuando su respiración se desacomodó apenas, di un paso atrás. No porque me rechazara, sino porque entendí que era suficiente por hoy.
Todavía no, me dije.
Déjalo sentir sin presión.
Me retiré del salón sin prisa. Nadie lo notó. No había hecho nada que llamara la atención. Y aun así, al cruzar el pasillo, sentí el vínculo mantenerse firme, como si una cuerda invisible se hubiera tensado sin romperse.
No me seguía.
No me llamaba.
Simplemente estaba.
Apoyé una mano contra la pared fría y cerré los ojos un instante. El instinto seguía ahí, claro, poderoso, pero bajo control. No por miedo a lo que podría hacer… sino por respeto a lo que él estaba aprendiendo a ser.
No estás perdido, pensé.
Solo estás llegando.
Respiré hondo y retomé el camino.
Cuando llegara el momento —y sabía que llegaría— no bastaría con desearlo ni con reclamar por derecho o fuerza. No sería suficiente con que el vínculo existiera.
Tendría que merecer ser elegido.
Y esa certeza, lejos de debilitarme, me sostuvo.
Porque por primera vez, el instinto no me pedía tomar.
Me pedía esperar.