Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23
Dante
La madre de Vera me tenía sentado frente a ella como si estuviera rindiendo declaración en un tribunal familiar.
Y, siendo honestos, prefería mil veces un interrogatorio corporativo que aquello.
Aurora Hyatt no levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. Su tono era firme, medido.
—No sé exactamente qué ocurrió entre usted y su hermano, Tobías —dijo—, pero sé lo que le hizo a mi hija por idiota y por no valorarla.
Yo escuchaba.
Sin interrumpir.
Sin defender a nadie.
Porque entendía algo muy simple: una madre no habla desde la lógica. Habla desde el instinto de protección.
—Vera es fuerte —continuó—, pero eso no significa que no sienta. Y no voy a permitir que vuelva a pasar por algo así.
Asentí con respeto.
Desde la puerta que daba al jardín, Vera se asomaba intentando leer mis expresiones. Me dio gracia verla nerviosa. La mujer que enfrenta contratos, pueblos enteros y rumores… estaba preocupada por mi reacción ante un discurso maternal.
Cuando Aurora terminó de regañarme, advertirme, aconsejarme y, finalmente, decir que era bienvenido en su familia —bajo supervisión implícita—, le di las gracias.
—Le prometo que cuidaré a Vera.
Y lo dije en serio.
No era una frase para quedar bien.
Era una decisión.
Más tarde, en la habitación, Vera se soltó el cabello frente al espejo.
—Me quité un peso de encima —dijo sonriendo.
Yo me tumbé en la cama y me quité el collar. Sostuve el anillo frente a mí.
La luz de la lámpara reflejaba el diamante central con una precisión casi incómoda.
—Es un anillo hermoso —dijo ella acercándose.
—Gracias. Era de mi madre.
Frunció el ceño levemente.
—No parece ser del estilo de Sonia.
Cerré los ojos. Respiré.
—Sonia no es mi madre biológica.
Se giró hacia mí, sorprendida.
—Este anillo muy pocas personas lo han visto —añadí.
—Eso ayuda mucho en realidad… —murmuró con ironía suave—. ¿Tu mamá vive en Suiza?
Negué.
—No sé si está viva. La última vez que la vi tenía cinco años.
El silencio se volvió más denso.
—Lo siento —dijo ella.
—No te preocupes.
Dejé el collar sobre la mesa de noche.
—Vamos a dormir. Mañana tenemos que ir a ver la parte más lejana de la finca.
Pero Vera no se movió.
—¿Puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—¿Por qué dices que no sabes si está viva?
Miré el techo.
—Porque simplemente no volvió. Y estuve una semana solo en la casa. Mi papá nunca pudo dar con ella.
Vera parpadeó.
—¿Dónde estaba tu papá?
—Aquí. Con Sonia.
El silencio cambió de tono.
—¿Estuviste siete días solo en una casa?
—Sí. Y no me mires con pesar. No me gusta.
Se acercó y me tomó la mano.
—Jamás haría eso contigo. Solo… entiendo más por qué eres así.
No pregunté a qué se refería.
No hacía falta.
Hablamos de cosas triviales después. Del terreno, del clima, de Claudia opinando demasiado. Vera se quedó dormida apoyada en mi pecho.
Pero yo no pude dormir.
Tres nombres giraban en mi cabeza.
Sonia.
Tobías.
Eloise, mi madre.
¿Quién tenía algo que ganar con esto?
¿Quién sabía del anillo?
A la mañana siguiente salimos temprano a recorrer la parte más lejana de la finca. Vera, Claudia y Aurora iban conversando mientras avanzábamos a caballo. El aire estaba húmedo, la tierra pesada por las lluvias recientes.
Las escuchaba hablar de cultivos, de proyecciones, de expansión.
Yo observaba el terreno.
Siempre observo.
Fue entonces cuando las patas de mi caballo pasaron sobre una superficie que sonó diferente.
Seca.
Metálica.
Frené.
Giré el caballo y volví a pasar por el mismo punto.
El sonido volvió.
Extraño.
Me bajé.
Golpeé el suelo con la bota.
Vera se acercó.
—Suena metálico.
Caminé hasta el caballo y tomé el machete que llevaba para el pasto alto. Corté la vegetación sobre la zona.
El pasto cedió.
Y debajo apareció una superficie lisa.
Metálica.
No pequeña.
Grande.
Demasiado grande.
Limpié mejor los bordes.
Era una puerta.
Una puerta metálica perfectamente instalada bajo tierra.
Claudia dejó de hablar.
Aurora se acercó con el ceño fruncido.
—¿Eso estaba en los planos? —preguntó.
Negué.
No estaba.
Y yo conozco cada centímetro de esta finca.
Me arrodillé y palpé el borde. Tenía bisagras reforzadas. No era tan antigua pero tampoco era resiente. Estaba ligeramente oxidada.
Vera me miró.
—¿Qué es?
La pregunta correcta era otra.
¿Quién la puso?
Me puse de pie lentamente.
El viento sopló más fuerte en ese instante, moviendo el pasto alrededor como si la tierra respirara.
Miré a Vera.
Y por primera vez desde que comenzó todo…
Sentí que el juego no solo nos estaba observando.
Nos estaba esperando.
Porque si alguien había enterrado una puerta en nuestra propiedad sin que lo supiéramos…
No era una advertencia.
Era una invitación.