Después de una noche entera terminando el arreglo de un traje de exhibición, Julia se fue a la cama por la madrugada. Su cabeza apenas había tocado la almohada cuando su alarma sonó, y se dió cuenta de que no estaba en su habitación, ¡y alguien se había llevado el traje que tanto se había esforzado en reparar!
Un momento... ¿Quién, en nombre de su santo internet, era esa persona en el espejo?
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12.
Como persona que siempre se había valido por sí misma, era bastante difícil pedirle algo a alguien. En especial si era dinero, y más aún si eran a desconocidos.
No es que su padre fuera un desconocido, pero tanto a la Julia original como a ella, no la conocía desde hace mucho tiempo. Y ya había revisado casi en su totalidad las cosas que estaban en su habitación, y su billetera solo traía su identificación, dinero en efectivo que parecía haber sido ahorrado desde antes y una tarjeta que tenía un historial de depósitos espaciado y poco frecuente. El dinero que tenía a la mano no le alcanzaba para nada de lo que quería comprar.
Supuso que era una suerte que su padre se hubiera encargado de sus consumibles y de los gastos de su educación, sin que tuviera que pedirlo.
Tenía una lista de las cosas que quería comprar. Empezando con cosas como una máquina de coser y siguiendo con artefactos periféricos que le vendrían bien para la calidad de las fotos que planeaba tomar.
Había estado publicando contenido durante años, y el dinero monetizado por esa actividad solía usarse para comprar cosas que sirvieran para su estudio de fotografía. Hasta ahora, que no tenía nada, se daba cuenta de lo mucho que invirtió en su antiguo estudio.
Pero eso no le quitó la incomodidad de pedir dinero. Y la verdad comenzaba a arrepentirse de la idea, pensando en recoger comisiones para juntar el capital para comprar las cosas básicas; las viejas costumbres eran difíciles de olvidar. Justo cuando iba a darse la vuelta sin tocar la puerta, su padre salió de su oficina y se encontró frente a frente con ella. Detrás del hombre mayor venía Javier y se burló apenas la vio con su cara sorprendida.
—¿Julia, querida? ¿Buscabas a tu viejo padre? —el tono era suave, como quien le habla a un animalito arisco que desea acercarse. Ella alternaba su mirada entre los dos hombres, como un ciervo paralizado frente a los faros de luz.
—Sí... Yo- Lo siento, no era nada. Tengo cosas que hacer —si antes no podía pedir nada, frente a su hermano tenía menos posibilidades. No quería mostrar debilidad frente a ese tipo molesto.
Julia se dio la vuelta, pero su padre le agarró del hombro antes de que se echara a correr. Miró a su hijo mayor y le pidió que saliera. Después volvió adentro de su estudio, tirando suavemente de Julia, pero sin limitarla a que se fuera por su propia cuenta.
—Dime, hija. ¿Necesitas algo?
Julia no sabía que la imagen que daba ahora mismo era de un animal cauteloso que miraba a su alrededor buscando vías de escape. Era algo angustiante para el hombre, ver que la pequeña que había buscado con tanto esfuerzo no pudiera sentirse tranquila en su casa.
Julia se mordió ligeramente los labios, pensando en cómo decirlo. No podía simplemente pedir dinero y salir a hacer lo que quisiera. No tenía ni siquiera una lista de precios o un monto especulativo con el que podría medir el límite de su padre.
—Yo quería comprar una cosa —hizo una pausa, dudando cuál palabra usar. —Me preguntaba si podrías... —antes de que pudiera usar la palabra prestar, su padre se le adelantó.
—Por supuesto, querida. Pensé que no volverías a preguntar. —Sacó un par de tarjetas de su escritorio y se las tendió. —Sé que me dijiste que no necesitabas nada, pero deposité en esta todos los meses un poco de mesada para ti. Y en caso de que no sea suficiente, aquí tienes una extensión de mi tarjeta de crédito.
Bien, no pensó que por una petición prácticamente le hubieran tirado dinero a las manos. Después que ella agradeció, el hombre sonrió feliz y le agarró una de sus manos, palmeando despacio.
—¿Qué tienes pensado comprar? ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que el chófer te lleve al centro comercial o prefieres pedirlo en línea? Si es algo difícil de conseguir, cuéntale a tu padre. Intentaré todo lo posible para ayudarte.
Bueno, no pudo evitar sentirse apreciada. Julia no había tenido un padre, así que su mayor incomodidad venía de hacer crecido sin una figura paterna como sostén familiar. Recibir la atención de alguien que la quiere como hija se siente bastante cálido.
—No, padre, no se preocupe. Lo que quiero comprar es una máquina de coser y algunas telas para fabricar ropa.
—¿Coser? ¿Quieres fabricar ropa? —quizás su padre no se esperaba una respuesta como esa. No todos los jóvenes con padres ricos piden cosas como esas. —Mi niña, ¿piensas aprender a diseñar ropa? —El hombre analizó sus palabras a toda velocidad, algo inquieto. —¿Quieres cambiar tu carrera a Diseño? No tiene que forzarte a estudiar una carrera que no te gusta, hija. Sé que elegimos tu carrera a toda prisa y sin pensarlo mucho por la fecha límite, pero no tienes que obligarte a algo que no quieres.
Julia sonrió un poco y le apretó las manos, deteniendo su tren de pensamientos.
—No, papá, descuida. Coser es solo un pasatiempo. Estoy muy bien con la carrera que he elegido. No te preocupes.
Atrajo al hombre a un abrazo rápido y se separó.
—No te preocupes, si tengo que salir le pediré al chófer que me lleve. Si te interesa, te mostraré más tarde, cuando haya terminado.
Su padre le acarició la cabeza, aceptando la idea.
Durante la tarde, cargó los datos de su tarjeta para ver el saldo y quedó deslumbrada. No es que nunca hubiera visto tanto dinero, pero el que había visto antes siempre se dividía en cuenta de servicios, comestibles, y muchas otras cosas que pagar por mes. Su padre le había depositado un poco más de lo que ganaba al mes en otra vida como dinero de bolsillo. Y con la suma de varios meses, tenía una cantidad sustancial para gastar solo en sus caprichos.
Pensando en su lista, decidió pedir algunas cosas por internet. Para conseguir las otras, decidió ir al centro comercial ella misma.
Cuando pensaba qué ponerse, un mensaje vibró en su teléfono. Era un número desconocido y preguntaba cómo estaba. El ícono tenía unos cuernos de alce en blanco y negro, y por lo demás no había nada que diera una pista sobre su identidad. Le mandó una respuesta preguntando quién era y después volvió a escoger ropa.
"Soy Andrew, ¿estás libre esta noche?"
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Julia: la alegría de tener un papá con plata. ¿Debería demandarlo por la manutención infantil también?
Señor Meyer: ¿Ni siquiera te acuerdas de tu esposo? Yo tengo más dinero. Todo mi dinero es tuyo ahora.