Dentro de nosotros hay una batalla entre dos fuerzas. Unos le llaman el bien contra el mal. Otros en cambio le llaman destino. Pero para Saulo Di Ángelo de Abner esa eterna contienda estaba en las páginas gastadas de un antiguo libro. De pronto sentía el peso de todos sus ancestros a sus espaldas. Pedían sin voz que escuchará y estuviera quieto porque era el resultado del amor de miles antes que él.
¿Podrá cambiar lo que está escrito? ¿Quién triunfará en su alma? El bien, el mal... Acompañame en esta nueva obra y descubrirás si el destino puede torcerse.
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La esmeralda
Camila Flamme Del Alba se había perdido en los laberínticos salones y pasillos del Castillo de Invierno en Abner. Tenía ocho años. Era un niña seria para su edad. A menudo sentía que no encajaba en esa sociedad tan rígida y protocolar. Veía como otras niñas encontraban puntos en común y enseguida entablaban amistad después de un par de segundos. Este era el motivo por el que decidió salir de la fiesta. Había quedado excluida y nadie parecía notar su presencia. Era el cumpleaños de su primo Saulo por eso estaban en este inmenso y frío castillo. Añoraba volver a su mansión. En Sugey las personas eran cálidas y amables. En el pueblo los aldeanos la adoraban. Allí siempre sabía qué hacer y qué decir. Pertenecía a Castela, a su padre y a su madre.
Dobló esperanzada por otro corredor. Quedó impactada ante la belleza. Este no era el típico pasillo con interminables galerías de puertas cerradas extendiéndose a ambos lados. No. Aquí el suelo brillaba tanto que parecía que estaba mojado y reflejaba los puntos luminosos del techo. Eran millones de chispas doradas de diferentes tamaños que refractaban la luz de la luna que se filtraba al final de la galería a través de los magníficos arcos. Parecía algo mágico como los cuentos que su madre le leía. Era como si un hada traviesa hubiese volado por allí caprichosamente. Dejando una estela de polvo como mudo testigo.
Se había escurrido de la fiesta hacía horas. Vagó sin rumbo fijo tan distraída que ahora no podía orientarse correctamente. La tarde tocaba a su fin, cediendo pasó a la noche. Nunca había visto esta parte del Castillo. Así que concluyó que estaba en los aposentos reales. Este era un lugar prohibido incluso para ella. Era bonito, pero no quería que le cortaran el cuello por ello. Iba a retroceder por donde había venido, pero oyó una música preciosa. No era una canción. Solo era música. No era un piano, conocía su sonido.
Aquello sonaba a plenitud, a algo vivo. Por momentos era elocuente y sobrenatural. Luego se volvía sensual, brillante, metálico, chispeante para casi apagarse en acordes tranquilos, finos y puros. Se amortiguaba solemne, austero, oscuro para elevarse nuevamente abierto, áspero, flotante y suave. Ella jamás había escuchado algo así. Hechizada por esa maravillosa melodía avanzó hasta localizar el origen. Se encontró frente a una puerta. La empujó y esta se abrió suavemente como si la invitara a pasar.
No titubeó con pasos decididos penetró al encuentro de lo que producía esa música celestial. Sus ojos se adaptaron a la semipenumbra. Allí no había nadie y sin embargo, la melodía parecía provenir de todas partes. Desconcertada logró ubicar encima de una mesa una caja musical. Supo lo que era, pues su madre le había regalado una en su cumpleaños pasado, pero esta era diferente. Tenía un hada bailando. Era bellísima. Repentinamente la música cesó. Esto la asustó un poco, pero la curiosidad era más grande. Buscó el mecanismo que activara nuevamente el precioso objeto, pero en su lugar al presionar un botón salió una gaveta oculta. Dentro había una nota. Debajo del Árbol del Sol está la esmeralda milenaria. Al lado del corazón.
Camila vio con horror como el papel se desintegraba de sus manos, convirtiéndose en fino polvo. Nerviosa sacudió sus manos para deshacerse de la evidencia de su culpabilidad. Cerró la gavetita y salió de la habitación lo más rápido que sus pies le permitieron. En ningún momento vio al chico que observaba lo sucedido detrás de una cortina. Corrió tanto con el corazón latiéndole hasta doler y sin mirar por dónde hasta que chocó con una doncella.
- ¿Señorita Camila Flamme dónde ha estado? Medio palacio la está buscando. Sus padres están desesperados.
- Yo me quedé dormida.
- Se habrá visto. Venga la llevo a sus aposentos ya es tarde y todavía no se ha bañado, ni cenado.
Esa noche Camila recibió una severa reprimenda de sus padres, pero mantuvo su versión de que se había quedado dormida y por eso se retrasó. Nunca dijo nada de pasillos mágicos, cajas de música misteriosas y mucho menos comentó del papel que desapareció convertido en polvo. Ese era su secreto. Durmió perfectamente esa noche y a la mañana siguiente fue preparada por las doncellas para participar en la merienda del jardín junto a las otras chicas y chicos de su edad. No le apetecía lo más mínimo, pero no podía negarse. Colocó su sonrisa más falsa en el rostro y bajó haciendo gala de unos modales perfectos.
A media mañana ya no le cabía ni una sola gota de té, ni un pastelito más. Sentía ganas de vomitar y su vejiga amenazaba con vaciarse sin su permiso allí mismo. Lo cual sería muy vergonzoso la verdad, pero hasta que el anfitrión no se parara, las normas de la etiqueta dictaban que ella no podía hacerlo. Creyó seriamente no poder aguantar más. Por fin su primo propuso pasear por los jardines. Al principio siguió al grupo fingiendo un interés que no tenía. Toda su concentración estaba en dominar su impulso fisiológico. Intencionalmente fue quedándose rezagada, hasta que viéndose lejos de los demás corrió desesperada hasta que los perdió de vista se internó entre los árboles y con alivio por fin pudo hacer sus necesidades.
Lo primero fue hacer pipi. Alzó las múltiples capas de tela para no mojarlas. Separó bien sus pies para no estropear las zapatillas. Luego se alejó del lugar componiendo el desorden de tanto vuelo como pudo. Ese acto la salvó de ser seguida. Pues cierto niño esa mañana no le había perdido pie, ni pisada. Era el mismo chico que la noche anterior la vio sacar algo de la caja de música. Él también observó como el papel se desintegró, pero sentía curiosidad por saber qué decía. Fue también el que activó sin querer la melodía de la caja y se escondió asustado por lo que había hecho. Ninguno debió estar allí. Casi no durmió esperando la mañana. Quería entablar conversación con ella, pero esta era tan distante con todos que nadie se atrevía a acercarse.
Le había parecido sospechoso que se separara del grupo y por ese motivo la siguió. Nunca quiso verla en una situación tan vulnerable y delicada. Si alguien se enteraba de esto su reputación podría quedar destrozada y seriamente comprometida. La cara del chico estaba tan roja que rivalizaba con una manzana. Avergonzado se fue de allí. Ya tendría otra ocasión más adecuada para abordarla. Camila ajena a todo este dilema se sintió tan bien después de resolver su problema que hasta las náuseas se le pasaron. Respiró feliz. Bueno su primo dijo que pasearan por el jardín y esto técnicamente lo era. Así que estaba cumpliendo con la sugerencia. Nadie dijo que no se podía disfrutar de una caminata en solitario.
Encontró un sendero y lo siguió. Este conducía a una especie de glorieta. El lugar era hermoso. Se veía en él, ese aire de antigüedad que inspira respeto. Se sentó en un banco de madera y contempló extasiada el paisaje. Era tan agradable aquí. Su mirada fue atraída por un árbol muy grueso. Se acercó con curiosidad.
- ¿Guao, que tan viejo eres? - subió su vista por el troco tratando de ver su copa. Era tan alta como una torre. Los rayos solares se deslizaban entre las ramas separándose en gruesos haces de luz. Era un espectáculo etéreo. De pronto a su cabeza acudieron las palabras del papel de la noche anterior. "Debajo del Árbol del Sol está la esmeralda milenaria. Al lado del corazón." ¿Sería este el árbol del Sol? Se puso a investigar el grueso tronco. Allí estaba un corazón tallado desde hacía décadas quizás. Bueno el corazón listo ¿Y la esmeralda? La frase decía al lado, pero cuál. El derecho o el izquierdo. Si era debajo esto significaba que habría que cavar.
No podía ensuciarse con tierra o la castigarían hasta que fuera adulta. Buscó con qué levantar y mover la tierra. A modo de azada utilizó una piedra plana. Iba a comenzar a excavar por el lado derecho, pues era el más escondido desde la perspectiva del camino, cuando vio un agujero natural en las raíces mismas del árbol. A simple vista no llamaba la atención, pero cuando retiró las hojas caídas y extrajo un poco de tierra topó con una caja metálica. La sacó. Era pequeña y tenía un candado. Le dio dos trastazos con la piedra y este se abrió dejando ver un fuego verde intenso. El cristal de la esmeralda resplandecía con destellos casi deslumbrantes. Camila cerró la tapa sin sacar de adentro su precioso tesoro. Ató firmemente la misma a su falda interior. Era hora de regresar. No quería que pasara lo de ayer.
Afortunadamente para ella una de las niñas se había "caído accidentalmente" entre los rosales y las espinas tenían atrapado su voluminoso vestido. El jardinero y dos doncellas trabajaban para liberarla. Mientras todos los invitados de su primo observaban la inesperada diversión. Por Dios mira que podían llegar a ser crueles, pero eso no tenía nada que ver con ella. Gracias a eso nadie se percató de su ausencia y tampoco de su regreso. Sonrió satisfecha. Era como si nunca se hubiera ido. A unos tres pasos de ella el niño la miraba de vez en cuando y su cara se iba pasando del blanco al rosa y de ahí al rojo más intenso. Camila no reparaba en los presentes solo quería llegar a su habitación para explorar su trofeo.
No es que estuviera robando ni nada. La esmeralda no le pertenecía, pero era tan bonita que quería contemplarla por un día y después la devolvería probablemente. Al fin sacaron a la chillona niña del rosal y la diversión acabó. Su primo Saulo dijo que podían retirarse que por hoy ya se había celebrado bastante su cumpleaños y quería descansar el resto del día hasta la hora de la cena. Camila no podía estar más de acuerdo con esta decisión. Se fue derecha a su habitación, pero allí la esperaba su madre y su tío Gabriel. Querían oírle tocar la canción que cerraría la festividad del cumpleaños. Ella así lo hizo. Camila no se cansaba de ver a su tío Gabriel. Era tan bonito. Su primo Saulo también, pero como era un pesado ella lo ignoraba todo lo que podía.
Apenas si tuvo tiempo de esconder la caja con la esmeralda, cuando llegó su doncella para darle el baño y prepararla para la cena. Estaba frustrada. Era evidente que hasta que no fuera noche cerrada no podría ver esa preciosa gema. Nunca una cena le pareció tan larga. Lo único bueno es que había tomado una vela del candelabro sin que nadie lo notara. Su doncella siempre se llevaba la palmatoria cuando la acostaba. Lo hacía para prevenir un incendio y Camila la comprendía, pero esta noche necesitaba luz. Cuando la sirvienta se fue dejándola bien arropada se sacudió cuanta manta tenía encima. Corrió con la vela al pasillo. Arrastró una caja y estiró su cuerpo con la vela en alto hasta las llamas de la antorcha. Su bata de dormir transparente dejaba ver sus bragas. Su cabello estaba suelto y alborotado. Con una sonrisa deslumbrante bajó al lograr encender la vela y regresó precipitadamente a su habitación.
El niño agachado detrás de una armadura se tapaba con una mano su boca, mientras que con la otra tocaba el pecho donde su corazón parecía querer salir. No volvería a verla hasta pasados seis años, pero ese día se había enamorado sin remedio. Le parecía la chica más audaz y atrevida que había conocido. Camila en cambio solo pensaba en la esmeralda al fin podía verla. Era la cosa más bonita que había visto. Si ella hubiese sabido entonces lo que esa piedra desataría la hubiese arrojado al fondo del mar.
Nota de la autora:
Todas las imágenes que utilizaré en la novela son de Pinterest. Por favor apoyemos a los artistas originales por su talento.