Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 8
Ella dio un paso atrás. No lo quería tan cerca.
-No sé a qué te refieres.
-En Jezaen, la mujer casada que vive con otro hombre que no sea su marido ha de pagar un duro castigo -siguió avanzando hacia ella.
-¿Estás diciendo que Ethan y yo nos acostamos juntos? -lo miró con ojos muy abiertos.
-¿Lo dices tú?
La pregunta fue como una bofetada en la cara.
-¡No!
-Demuéstralo.
-Sabes que Ethan y yo no tenemos ese tipo de relación.
-Te lo repito -insistió él-; demuéstralo.
Geisa empezó a crisparse cuando vio que hablaba en serio.
-No puedo -reconoció-. Pero sabes que no me acostaría con él, Hassan. Lo sabes -enfatizó con vehemencia. ¡Cuánto lo odiaba por eso! Cuánto lo odiaba y amaba al mismo tiempo... Con una fuerza mayor a la de cualquier tortura.
-Entonces, haz el favor de explicarme, si vives bajo el mismo techo que él, ¿cómo puedo convencer a mi pueblo de tu fidelidad?
-Ethan y yo no hemos pasado ni una noche juntos a solas -protestó ella-. Mi padre siempre ha estado con nosotros en la mansión hasta hoy, que ha tenido que quedarse en Londres.
-Es suficiente -dijo él asintiendo-. Ahora comprenderás por qué te hemos salvado a tiempo de cometer el que para mi pueblo es el peor de los pecados -hizo un gesto de rechazo con la mano-. Allí yo soy tu salvador, y es mi deber protegerte.
Sin decir más, se quitó el gutrah y se alejó de ella, dejándola sin argumentos para rebatir.
-No pienso volver contigo -fue lo único que se le ocurrió decir, y se dio la vuelta fingiendo interés por la habitación.
Estaban encerrados en lo que parecía una cabina privada, lujosamente amueblada con madera de palisandro. Un gran diván demostraba cuál era la función del compartimento.
Pero no fue la cama lo que llamó su atención, sino los dos sillones y la mesita junto a unas cortinas aterciopeladas color crema. El corazón se le encogió al re- conocer el conjunto, y se llevó una mano a los ojos. ¿Por qué tenía que hacerle eso?
Hassan supo que había visto los sillones, pues parecía que estaba contemplando una escultura de oro. Tomó un pequeño sorbo de la copa de vino blanco que le había servido. La concentración de alcohol podría ser muy pequeña, pero aun así el líquido prohibido le abrasó el estómago.
-Has perdido peso -dijo cuando ella se dio la vuelta.
-He estado enferma...con gripe.
-Eso fue hace semanas -el hecho de que no se mostrara sorprendida por esa certeza le dijo que ya habría supuesto que la vigilaba-. Y el peso se recupera con facilidad.
-Y tú conoces muy bien los efectos de una enfermedad, claro -replicó ella, burlándose de la salud de hierro de Hassan.
-Te conozco a ti, y sé que cuando estás triste...
-He estado enferma, no triste.
-Me echabas de menos. Y yo a ti. ¿Por qué hay que negarlo?
-¿Puedo tomar una? -preguntó, señalando la copa que Hassan mantenía en la mano. Era un modo de decirle que iba a ignorar esos comentarios…