Sin spoiled
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Capitulo 17.
El cielo sobre la ciudad, que hasta hace un momento era de un azul crepuscular y tranquilo, fue desgarrado por el rugido de algo que no pertenecía a la aviación comercial ni a la fuerza aérea local. No eran aviones; eran estelas de plata pura, vectores cinéticos que descendían desde la estratosfera con una precisión matemática.
—Sesenta segundos —susurró Araxie, mirando el techo de la mansión como si sus ojos pudieran atravesar las capas de hormigón y plomo—. Julian, el Consorcio no negocia. Ellos podan. Si una rama crece fuera del diseño, la cortan para que el árbol siga su forma.
—¡A la mierda con sus árboles! —grité, agarrando a Araxie del brazo—. ¡Si quieren mi acceso de administrador, tendrán que venir a buscarlo entre los escombros!
En ese instante, el primer impacto sacudió La Atalaya. No fue una explosión de fuego, sino un pulso electromagnético focalizado. Las luces de la mansión, que bajo mi mando eran de un azul sereno, estallaron en mil pedazos. El zumbido constante de La Médula se transformó en un alarido electrónico y luego, el silencio absoluto. La oscuridad nos envolvió, una oscuridad que se sentía pesada, física, como si el vacío del espacio hubiera entrado en el salón.
—Han activado el borrado remoto —dijo Araxie. Su voz no venía de su boca, sino que parecía vibrar en el aire, cargada de una estática residual—. Estás perdiendo el control, Julian. Los nodos de la ciudad se están desconectando uno a uno.
—Todavía tengo el protocolo físico de respaldo —dije, sacando una linterna táctica y alumbrando el pasillo—. Tenemos que llegar al hangar subterráneo. Si logramos salir del perímetro de interferencia, puedo usar el satélite de Maximilian para lanzar un virus de saturación.
—No lo entiendes —Araxie se detuvo, su piel brillando con una fosforescencia pálida—. El Consorcio no es una empresa. Es un colectivo de mentes integradas. Maximilian era solo su jardinero en este sector. Ahora que el jardinero ha muerto y el perro se ha sentado en su silla, han decidido pavimentar el jardín.
Un segundo impacto, esta vez físico, hizo que el suelo se inclinara. Un dron de asalto "Víbora", del tamaño de un coche pequeño y con la forma de un hexágono negro, atravesó el ventanal del salón principal. Sus sensores rojos barrieron la habitación, buscando mi firma biométrica.
—¡Abajo! —empujé a Araxie tras una columna de mármol.
El dron abrió fuego. No eran balas, sino proyectiles de energía que vaporizaban el mármol al contacto. Saqué mi pistola y disparé tres veces al sensor central del dron. El cristal blindado se agrietó, pero la máquina ni siquiera retrocedió. Era tecnología del Consorcio; mi arma de Julian Vane era un juguete en comparación.
De repente, una ráfaga de fuego de ametralladora pesada despedazó al dron desde la entrada del salón. El estruendo fue ensordecedor. El "Víbora" explotó en una lluvia de chispas y metal negro.
Entre el humo y la penumbra, apareció una figura que no esperaba volver a ver tan pronto. Don Manuel, con el brazo en cabestrillo y la cara llena de quemaduras, sostenía una ametralladora de asalto con la mano que le quedaba libre. Tras él, una docena de hombres armados con equipo táctico robado de la policía se desplegaban con la brutalidad de los perros de presa.
—¿Manuel? —balbuceé, sin bajar mi arma—. ¿Cómo has salido de la celda?
—El "Nuevo Orden" tiene grietas, Elías —gruñó Manuel, escupiendo un rastro de sangre—. Tus guardias se volvieron locos cuando la red cayó. Algunos corrieron, otros... bueno, otros recordaron quién les pagaba antes de que tú te pusieras ese traje ridículo.
—Han venido a matarnos, Manuel —dije, señalando el techo donde el zumbido de más drones se hacía presente—. A todos. No les importa quién eres.
—Lo sé —Manuel miró a Araxie con una mezcla de odio y codicia—. La muñeca me lo dijo. Antes de que me encerraras, ella dejó un mensaje encriptado en mi red de los muelles. Sabía que esto pasaría. Sabía que tú no podrías sostener el trono solo.
Miré a Araxie. Ella me devolvió una mirada impasible. Había estado jugando a dos bandas incluso antes de la boda.
—Si queremos sobrevivir, tenemos que bajar —dijo Araxie, ignorando la tensión—. El Consorcio está rastreando las señales digitales. Los barrios bajos, los túneles del Sector 7... están protegidos por décadas de chatarra, plomo y desorden. Es el único lugar donde su red no tiene ojos.
—Mi territorio —dijo Manuel con una sonrisa cruel—. Volvemos al barro, Elías. Julian Vane ha muerto en la primera noche de su reinado. ¿Puedes volver a ser el tipo que se manchaba las manos, o te has vuelto demasiado blando para el olor a alcantarilla?
—Abre el camino, Manuel —respondí, ajustándome el arma—. Y si intentas algo, te aseguro que seré el último rostro que veas antes de que el Consorcio nos vaporice a todos.
El descenso fue una huida desesperada a través de las entrañas de La Atalaya. Los drones del Consorcio patrullaban los niveles superiores, convirtiendo la mansión en un matadero de lujo. Escuchábamos los gritos de los sirvientes y los guardias que no tuvieron tiempo de huir. La infraestructura que yo creía que me pertenecía se estaba volviendo en mi contra: los sistemas de ventilación soltaban gas, los ascensores se convertían en trampas mortales.
Llegamos a la conexión con los túneles pluviales. El aire se volvió frío y cargado de humedad. Atrás quedaba el mármol; frente a nosotros, el laberinto de hormigón y sombras.
Mientras corríamos por el túnel, sentí una vibración en mi muñeca. Mi terminal, aunque sin conexión a la red externa, mostraba un último mensaje local de La Médula, una especie de eco del sistema agonizante:
"ADVERTENCIA: INTEGRIDAD BIOLÓGICA DEL ADMINISTRADOR EN RIESGO. PROTOCOLO DE EXTRACCIÓN ACTIVO POR TERCEROS."
—No están aquí para destruir La Médula —dije, deteniéndome en seco—. Están aquí para recuperarla. Araxie, tú eres el procesador. Yo soy el administrador. Nos necesitan vivos, pero "reseteados".
—Entonces que vengan a buscarnos al Sector 7 —dijo Manuel, dándole un golpe a una válvula de vapor para cubrir nuestro rastro—. Allí no hay satélites, solo gente con hambre y muchas ganas de disparar a cualquier cosa que brille.
Salimos por un registro de alcantarilla en el corazón del distrito portuario. La lluvia caía con una fuerza torrencial, mezclándose con el aceite de los charcos. Miré hacia la colina. La Atalaya estaba iluminada por focos de color carmesí. Las naves del Consorcio sobrevolaban la mansión como cuervos sobre una tumba abierta.
Había perdido mi imperio en menos de una hora. Estaba de vuelta en el lugar donde empecé, con una mujer que era un virus humano y un mafioso que quería mi cabeza. Pero mientras sentía el frío del acero en mi mano y el olor a óxido en el aire, una parte de mí —la parte de Elías Solo— sonrió.
El Nuevo Orden había sido una mentira elegante. La Respuesta del Consorcio era la realidad bruta. Y en la realidad bruta, yo siempre había sido el rey de la supervivencia.
—Manuel —dije, mirando las sombras del puerto—. Reúne a todos. Dile a los Kovac, a los estibadores, a los que aún tienen una deuda conmigo. El Consorcio cree que esto es una limpieza técnica. Vamos a enseñarles que el barro no se borra tan fácilmente.
Araxie se acercó a mí, el agua de la lluvia resbalando por su rostro translúcido. —Vas a empezar una revolución contra dioses, Elías.
—No —respondí, mirando hacia la colina—. Voy a cobrar la deuda más grande de la historia.