Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 14
Su frente sigue apoyada contra la mía. Mi respiración todavía está desordenada, pero ya no es por el pánico, es por él. Por cómo me mira, como si estuviera tratando de sostener algo frágil entre las manos… y no romperlo.
Debería apartarlo e irme, recordar lo que se espera de mí. Pero mi cuerpo sigue sin recibir el discurso.
Mis dedos se aferran otra vez a su camisa. No con desesperación… con decisión.
—Olivia…— Advierte, pero su voz ya está cargada de esa tensión baja que me recorre como electricidad.
No respondo, solo vuelvo a besarlo.
Esta vez no es un choque. Es un deslizamiento lento, profundo. Como si ambos estuviéramos cruzando una línea en silencio. Su boca se mueve sobre la mía con hambre contenida, con cuidado… y esa mezcla me abruma más que cualquier arrebato.
Sus manos no se precipitan. Suben por mi espalda, firmes, calientes, sosteniéndome en este abismo en el que yo misma me he puesto.
Un suspiro se me escapa contra su boca cuando su pulgar traza una línea lenta por mi cintura, por mi costado, como si estuviera aprendiendo mi forma de memoria. Siento cada roce como si mi piel estuviera hecha de nervios expuestos.
Mis manos se deslizan por su pecho, su cuello, su mandíbula. Necesito tocarlo para no perderme en esta sensación que me arrastra.
—Mírame— Murmura contra mis labios y lo hago.
En sus ojos no hay burla. No hay juego. Solo un deseo ardiente que va a terminar por consumirnos a los dos.
Mi espalda choca suavemente contra la pared otra vez, pero ahora no me siento atrapada. Sus besos bajan a mi mejilla, mi mandíbula, mi cuello, lentos, ardientes, haciendo que mi cabeza caiga hacia atrás sin que pueda evitarlo.
Cierro los ojos. La música de la fiesta es un murmullo lejano. Las voces, los invitados, el apellido, la boda… todo se vuelve irrelevante frente a este instante donde por segunda vez no estoy actuando para nadie.
Solo estoy sintiendo y eso es lo más prohibido de todo.
Lo miro como si el aire se hubiera vuelto más denso entre nosotros. Mi pulso late en la garganta, fuerte, desordenado. No sé en qué momento dejamos de hablar, pero el silencio ahora pesa, cargado de algo que arde.
Mis dedos se mueven antes de que mi cabeza termine de pensarlo. Deslizo la mano entre nosotros, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela. Encuentro la pretina de su pantalón y desabrocho el botón con un pequeño clic que suena exageradamente alto en mis oídos. Él no me detiene. Al contrario, su respiración se vuelve más profunda, más lenta, como si estuviera tratando de controlarse.
Bajo el cierre con cuidado, sin apartar la vista de su rostro. Sus ojos están clavados en los míos, oscuros, intensos, como si pudiera leer cada pensamiento que se me cruza. Mi estómago se aprieta por la tensión que me quema por dentro.
—Olivia…— Dice mi nombre, pero no se mueve.
Entonces es él quien toma el control. Sus manos se deslizan por mis muslos, firmes, seguras, y suben la tela de mi vestido con lentitud, erizando mi piel a su paso. El aire frío choca con el calor que ya me recorre por dentro, y un escalofrío me atraviesa.
Me toma de una pierna y la levanta, obligándome a inclinarme hacia él. Instintivamente, la enredo en su cintura, buscando equilibrio y lo siento tensarse.. Mi cuerpo encaja contra el suyo, y la calidez de su miembro deslizandose en mi interior me roba el aliento.
Su mano se aferra a mi nuca, sosteniéndome y la otra la apoya en la pared. Mi otra mano se aferra a su hombro, y mi frente casi roza la suya.
Sus movimientos me llevan contra la pared una y otra vez, pero su mano protege mi cabeza del muro. Roza mi cuello con su aliento y no hago más que jadear mientras me deshago en sus brazos.
Esto no debía pasar, no vine a esta fiesta para esto.
Me besa sin detenerse, mordiendo mis labios cada vez que puede. El sonido gutural en su garganta manda señales de placer a mi centro, mi espalda se arquea y creo que me volveré loca. Sus dientes tocan despacio mi cuerpo, deslizandose hasta mis pechos. Desliza su lengua por encima de la tela y trato de recordar donde estoy para no hacer más ruido.
—Vas a ser mía todas las veces que quiera— Me dice volviendo a mis labios, a mi rostro y golpeando mi centro con más brío.
—Voy a casarme— Le afirmo.
—Veamos que tan lejos llegará la gran boda con el muñequito de feria que te consiguieron tus padres.
El impetu en sus movimientos acrecienta imposibilitando alguna contestación a su comentario. La mano que tenía contra la pared se desliza por mi rostro, ahuecando mis mejillas para obligarme a mirarlo mientras se libera dentro de mi. Entreabre los labios y me da una vista perfecta y libidinosa de su rostro que manda las ultimas pulsaciones nerviosas a mi cuerpo y me liberan con él.
—Ya que mencionas tu boda...— Intenta decir luciendo tal alterado como yo, pero el sonido de unas voces aproximandose me hacen darle un empujon que lo hace retroceder.
Me arreglo el vestido y trato de poner mi peinado y mi rostro en orden.
—Esto no se terminó— Dice, y me toma la cara estampandome un beso con furia, para luego desaparecer por el otro extremo del pasillo.
—¡Oliv!— La voz de Sofia, me saca del trance espacial en la que me dejo el orgasmo que acabo de tener. —¿Dónde estabas? Llevo rato buscandote.
Respiro profundo y avanzó a su encuentro.
—¿Dónde estabas tú? También te estuve buscando— Miro hacia atrás algo nerviosa, pero me alivia ver que Alex no está por ningun lado.
—No vas a creerlo. Tengo algo increíble que contarte— Me dice, enredando su brazo con el mio mientras empezamos a caminar hacia la fiesta.