Florence es una chica común de 25 años estudiante de ultimo año de literatura.
Alfred Van-Hansen un viudo de 30 años, él primer ministro más joven de la historia, padre de dos niños pequeños que intenta por todos los medios ser un padre presente y ayudar a gobernar su país.
Un escándalo hace que la vida de ellos se encuentre y nos les queda más remedio que unir sus vidas por el bien de ambos. Pero hay dos condiciones que tambalean en la mente del Primer Ministro que reconsidera donde está puesto.
El amor llega donde menos te lo esperas.
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Capitulo 6
Florence se había despejado se su vestido y ahora ella y su ahora esposo se encontraban camino a la casa grande.
Después de las últimas palabras del presidente que los había casado, su boda se había convertido en una presentación sin fin de alcaldes y ministros que ayudaban a Albert a lo que realmente era.
Y es que el hombre se mostraba orgulloso cuando presentó su gabinete de forma presencial, muchos la elogiaba pero al final terminaban hablando de temas políticos al final de la noche y aunque ella quería seguirles el ritmo se perdía.
Y aún reconsiderara el hecho que el primer ministro la haya elegido a ella en vez de una mujer culta que lo ayudara en aquellos momentos.
Mientras Florence se sumia en sus pensamientos del otro lado del coche, él nerviosismo de Albert crecía aún más y es que no era para más, sabía lo que se avecinaba al llegar a la casa.
Sexo.
Hacia cuatro años que Abert había tocado una mujer y ahora temía lo peor. Sus miedos resurgieron de su interior y las palmas de las manos sudaron cuando el auto se detuvo frente a la puerta de su casa.
Tan tranquila, Florence se bajó y observo su ahora, nuevo hogar. Era blanca, miles de ventanas se asomaban hacia el pequeño jardín donde se encontraba, la puerta negra le daba la bienvenida y las hermosas flores llenaron sus fosas nasales.
—Tienes una casa, muy bonita.
El carraspeo para despedir al personal que hasta ahora los habían acompañado y espero a que salieran de su vista para hablar.
—Debemos entrar, necesitamos hablar.
Pero Florence era lo menos que quería hablar, pero acepto con un asentimiento de cabeza. Su piel se eriza cuando entro al lugar, la luz del sol se reflejaba en el piso de madera, una escalera de caracol se encontraba conectada hacia el segundo piso, la entrada se encontraba vacía pero el florero con gardenias blancas le dio la bienvenida. Miles de cuadros adornaban la pared lejana y aunque intento mirar de que se trataban la mirada de Albert le advirtió que no era el momento.
—Las reglas están así. Debes recordar que eres la señora de esta casa pero eso no te da el privilegio de elegir sobre cualquier cosa. —Albert camino hacia la mesa escondida en la pared y se sirvió dos dedos de coñac con hielos, continuo—Los niños están bajo tu cuidado sin excepción. Necesito paz y tu estás aquí para ayudar.
La incredulidad de Florence era notoria sin embargo el primer ministro no notó la ira que crecía dentro de ella.
—Siempre, pero siempre debes de recordar que eres una mujer casada y esposa del primer ministro. Ningún escándalo.
Y con eso dejo la habitación dejando una pasmada Florence.
Dos pequeños niños la miraron mientras conocía el lugar. Eran rubios, delgados y con ojos negros llenos de vida, el porte de ambos mostraba seguridad pero también miedo de ella.
Era la primera vez que los veía y supo inmediatamente porque Albert quería que los tuviera bajo su tutela, lo pícaro de ambos se notaba a kilómetros y la chica rogó al cielo que ambos no le sacara canas verdes.
—Hola, soy Florence.— Saludo sin saber que más decir.
Dejando a una Florence apacible, Albert se dirigió a su despacho, había dedicado a dos días enteros a su boda y los papeles para firmar no podían esperar más.
Sabia que había sido duro con Florence pero su nerviosismo sólo sacó al patán dentro de él y es que el no se sentía en el mejor momento para darle lo que ella pedía. Y es que el había conocido el amor, entonces miro la foto en su mesa, con la mejor sonrisa del mundo, su ahora ex-esposa Margarita, lo miraba con adoración, aquel día ella había sonreído brillantemente cuando el había disparado la cámara hacia ella, habían prometido que cada uno portará una foto del otro para recordarlo en cualquier momento de su vida y ahora, que ya no se encontraba en ese mundo el seguía prometiendo lo que juró en el altar.
Ahora la traición llenaba el corazón de Albert, había jurado y prometido vivir el resto de la vida con una desconocida y aunque pudiera prometerlo frente a millones de amigos y conocidos, ahí durante la presencia de su esposa Margarita sabia que su corazón siempre iba a permanecer a ella.