Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 5: Diagnóstico clínico
A las siete y cincuenta y cinco de la mañana, el túnel de viento del complejo tecnológico de Castelli Automotive zumbaba con la frecuencia sorda de una turbina aeronáutica a media potencia.
Matteo Castelli entró a la sala de control con un vaso térmico de café solo en la mano y la paciencia reducida a cenizas. Había dormido cuatro horas miserables: cada vez que cerraba los ojos, el aullido agudo de la Ducati cruzando la periferia a catorce mil vueltas volvía a taladrarle la cabeza. Llevaba una chaqueta técnica negra de la escudería sobre una camisa oscura y vaqueros rígidos, con el pelo ligeramente revuelto y una sombra de barba de dos días que acentuaba la dureza de sus pómulos.
Esperaba encontrar la sala vacía o a sus ingenieros arrastrando los pies.
En cambio, se topó con Gabriela Novak.
Estaba sentada frente a la consola principal de adquisición de datos aerodinámicos. Vestía un jersey de punto trenzado en color mostaza apagado —una prenda tan holgada y carente de forma que habría podido abrigar a dos personas— sobre una falda marrón de tablas que rozaba sus botas planas. Las gafas de carey reposaban sobre su nariz mientras sus dedos danzaban por los controles táctiles, ajustando los ángulos de inclinación del flujo de humo trazador sobre la maqueta a escala real de Horizonte.
Matteo se detuvo tras ella, cruzándose de brazos.
—Llegó temprano, Novak. ¿Acaso no tiene un gato al que alimentar o una novela victoriana que terminar en su casa?
Gabriela no apartó la vista de la pantalla, donde las líneas de flujo laminar se proyectaban en verde fluorescente.
—Llegué a las siete y veinte, señor Castelli. Tiempo suficiente para calibrar los sensores piezoeléctricos que su equipo olvidó tarar anoche. Si hubiéramos encendido el túnel con esa desviación, los datos de sustentación negativa habrían tenido un error del cuatro por ciento. De nada.
Matteo apretó los dientes, sintiendo esa punzada familiar de irritación pura. Dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de la chica hasta que su hombro rozó la lana mostaza. El contraste era absurdo: el director ejecutivo con presencia de atleta olímpico desprendiendo un calor denso y autoritario frente a una asistente que parecía sacada de un archivo municipal de 1984.
Se inclinó sobre la consola, apoyando una mano a cada lado del teclado para acorralarla entre sus brazos, una maniobra que solía provocar desmayos o temblores en cualquier mortal femenina.
—Dígame, Novak... —susurró él, bajando el tono a ese registro rasposo y grave que reservaba para intimidar en distancias cortas—. ¿Siempre fue así de insoportable o tomó un curso intensivo antes de subir al avión en Chicago?
Gabriela ni se inmutó. Giró la cabeza apenas unos centímetros, sosteniéndole la mirada a través de los cristales gruesos. Sus pupilas avellana estaban tan dilatadas, tan frías y despejadas, que Matteo sintió que estaba mirando el fondo de un pozo congelado.
—Viene de serie, señor Castelli —respondió ella con una serenidad sepulcral—. Y si va a respirar sobre mi coronilla, le agradecería que diera un paso atrás. Su café huele a tostado quemado y necesito procesar el vórtice del alerón trasero antes de que los ingenieros entren a las ocho.
Matteo se congeló.
Nadie. Jamás. En toda su existencia. Le había dicho que se apartara porque su aliento a café le molestaba.
Se enderezó de golpe, con las orejas ardiendo bajo el cabello oscuro, alisándose la chaqueta técnica con un tirón seco:
—El alerón no tiene ningún vórtice, Novak. El diseño fue aprobado por el departamento de aerodinámica de Turín.
—Turín calculó el flujo asumiendo un fondo plano continuo —dijo ella, pulsando dos teclas que activaron una simulación de presión estática en color rojo brillante sobre el difusor—. No consideraron la turbulencia que genera la salida de los escapes laterales a trescientos kilómetros por hora. Cuando usted entra en aceleración plena al salir de la curva parabólica, el aire se desprende del plano inferior y el tren trasero pierde cuarenta kilos de carga aerodinámica en medio segundo. Por eso el coche le colea en Monza.
Matteo bajó los ojos hacia la gráfica.
El silencio en la sala de control se volvió denso como plomo.
Los cálculos eran impecables. Era exactamente la sensación que él había experimentado el fin de semana pasado: esa flotabilidad traicionera en la parte trasera al abrir gas a fondo, una microinestabilidad que sus ingenieros habían atribuido a la temperatura de los neumáticos.
Matteo tragó saliva despacio. Levantó la vista hacia Gabriela, recorriendo el jersey mostaza informe, el moño barnizado y las gafas ridículas. Una chispa de desconcierto visceral amenazó con quebrar su armadura de autosuficiencia.
—¿Dónde aprendió aerodinámica de fluidos una secretaria administrativa? —preguntó él, y por primera vez no había burla en su voz, solo una sospecha afilada.
Gabriela sostuvo su libreta de notas contra el pecho con ambas manos, adoptando esa postura rígida y modesta que borraba cualquier rastro de la piloto de carreras que devoraba curvas de madrugada.
—Mi padre era mecánico de tractores en Illinois, señor Castelli —mintió ella con una fluidez pasmosa—. Y cuando una pasa cinco años transcribiendo informes técnicos para ingenieros en una firma de consultoría, o aprende cómo se mueve el aire o se muere de aburrimiento. Ahora, si me disculpa, son las ocho en punto y el equipo acaba de entrar.
Las puertas del túnel de viento se abrieron, dando paso a cuatro ingenieros con batas blancas que saludaron a Matteo con timidez. Gabriela recogió su termo de agua, les entregó a cada uno una copia impresa de los nuevos parámetros de flujo y se retiró hacia la esquina de la sala sin hacer el menor ruido, convirtiéndose otra vez en parte del mobiliario.
Matteo se quedó inmóvil junto a la consola, mirándola de reojo mientras una pregunta absurda, ridícula y desesperante comenzaba a martillearle las sienes:
¿Cómo demonios una mujer tan rematadamente fea podía ser tan malditamente brillante sin tener el menor interés en agradarle?
A la una y media de la tarde, de regreso en la torre de cristal de Milán, Matteo no tenía apetito.
Había pasado la mañana revisando los contratos de provisión de fibra de carbono, pero su mente se negaba a abandonar la anomalía Novak. Cada vez que salía a la antecámara con alguna excusa —un documento que firmar, una queja sobre el aire acondicionado, una instrucción innecesaria—, la encontraba en la misma postura: tecleando sin descanso, respondiendo llamadas en tres idiomas con una frialdad monacal y mirándolo como si fuera un bache en el asfalto.
Decidió bajar al archivo del piso treinta y nueve para buscar personalmente los planos originales del chasis de Horizonte, negándose a pedirle ayuda a su asistente.
El piso treinta y nueve albergaba los servidores secundarios, las salas de digitalización y una pequeña zona de descanso para el personal de soporte técnico. Era un área poco transitada a esa hora, iluminada por luces tenues entre hileras de armarios metálicos.
Matteo caminaba por el pasillo enmoquetado con sus zapatos ingleses sin hacer ruido.
Al doblar la esquina que daba al cuarto de descanso de telecomunicaciones, el sonido de unas risas contenidas amortiguadas por una puerta entreabierta lo hizo detenerse en seco.
—...te juro que casi se le caen los ojos sobre el teclado, Chloe —decía una voz inconfundible.
Era Gabriela. Pero ya no usaba ese tono monótono y burocrático de la oficina: su voz sonaba limpia, modulada, rica en matices y cargada de una ironía mordaz que le erizó el vello de los brazos a Matteo.
—¿Otra vez intentó arrinconarte contra la pantalla? —respondió la voz cantarina y aguda de la pelirroja de sistemas.
Matteo se pegó a la pared, conteniendo la respiración con la mandíbula apretada.
—Se me tiró encima como un oso con perfume caro —continuó Gabriela, y se escuchó el crujido de una manzana siendo mordida—. Se apoyó en la consola del túnel de viento a diez centímetros de mi cara, con la camisa abierta y esa mirada de telenovela barata que debe ensayar frente al espejo todas las mañanas. El pobre hombre tiene un caso severo de desequilibrio sexual compensatorio.
Matteo abrió los ojos de par en par en la penumbra del pasillo.
¿Desequilibrio sexual compensatorio?
—Por favor, dime que no le dijiste eso a la cara —se rió Chloe desde adentro.
—No, pero le dije que su café apestaba y casi le da un infarto de miocardio —se burló Gabriela con una risa cristalina que golpeó el pecho de Matteo con una fuerza inexplicable—. Es de manual, Chloe. Tiene delirios de grandeza para inflarse el ego porque en el fondo le aterra que alguien mida su cerebro y lo encuentre promedio. Como en la pista necesita un coche con ochocientos caballos para sentirse poderoso, en la oficina necesita que una pobre secretaria le suspire al oído para confirmar que sigue siendo un semidiós. Si pasara una semana sin que una mujer le diga que es irresistible, se desintegra en el aire como un terrón de azúcar.
—¿Y el cuerpo? —preguntó Chloe en tono conspirador—. Admite que debajo del ego de mierda el italiano tiene buen chasis.
Matteo aguantó la respiración, esperando inconscientemente la rendición inevitable.
Gabriela soltó un bufido despectivo:
—Tiene hombros de nadador y un traje bien cortado, nada que no se compre con dinero y dos horas diarias de gimnasio. Pero el cerebro lo tiene atrofiado por falta de uso emocional. Tratar con él es como domesticar a un doberman mal educado: si le muestras miedo, te muerde; si lo ignoras, se vuelve loco persiguiéndose la cola.
Una carcajada limpia de ambas mujeres resonó en la habitación.
—Tienes que aguantar un año, Gaby —dijo Chloe—. Solo trescientos sesenta días más.
—Voy a aguantar el año entero, Chloe. Y cuando termine mi contrato, voy a disfrutar cada segundo viendo la cara de idiota que se le va a quedar cuando se dé cuenta de que fue la única persona en esta torre a la que jamás le concedí ni medio pestañeo.
Afuera, en el pasillo, Matteo Castelli sentía que la sangre le hervía a una temperatura capaz de fundir el bloque del motor de su coche.
Los nudillos se le pusieron blancos de apretar los puños en los bolsillos del pantalón. La furia, la indignación y una humillación salvaje le nublaron la vista: ¿un doberman mal educado? ¿Cerebro promedio? ¿Delirios para inflarse el ego?
Quiso tirar la puerta de una patada, despedir a ambas en el acto y mandar a llamar a la seguridad del edificio.
Pero se detuvo en seco.
Si entraba allí, admitiría que había estado escuchando a escondidas como un chiquillo herido. Admitiría que las palabras de la secretaria vestida de gris habían calado hondo en su coraza blindada.
Matteo dio media vuelta con pasos silenciosos y letales, regresando hacia el ascensor con el corazón golpeándole las costillas a doscientas pulsaciones por minuto.
Al entrar en su despacho del piso cuarenta y dos, se plantó frente al ventanal que dominaba Milán, respirando hondo mientras una sonrisa oscura, peligrosa y absolutamente obsesiva se dibujaba en su rostro.
—¿Desequilibrio sexual, señorita Novak? —susurró Matteo para sí mismo, con los ojos avellana encendidos en una promesa de guerra total—. ¿Un año sin pestañear?
Apoyó la mano contra el cristal templado, sintiendo el frío de la ciudad allá abajo.
—Vamos a ver cuánto dura su blindaje cuando decida quitarme los guantes. Le juro por mi vida que la voy a hacer doblar la rodilla antes de que termine el mes.
Capítulo 6: Fricción estática
A las veintiuna horas y cuarenta minutos, la torre Castelli en Porta Nuova era un esqueleto de acero y cristal suspendido sobre la lluvia torrencial de Milán.
En la planta cuarenta y dos, casi todas las luces automáticas se habían apagado, reduciendo el piso a una penumbra azulada donde únicamente el despacho principal brillaba como un acuario bajo los focos halógenos. El aire acondicionado, ajustado a unos gélidos dieciocho grados, zumbaba con un murmullo sordo que se mezclaba con el repiqueteo incesante del agua contra los ventanales de suelo a techo.
Gabriela Hayes —todavía parapetada bajo la identidad de la analista de riesgos enviada por la firma fiduciaria— no había despegado los ojos de la pantalla secundaria en tres horas.
Llevaba la camisa de popelín marfil abrochada con rigor burocrático hasta el último botón, una falda de lana gris marengo de corte recto que le cubría las rodillas y el cabello azabache recogido en un moño bajo tan tirante que no permitía que un solo mechón escapara a la arquitectura del rostro. Tras las gruesas gafas de montura de carey, sus ojos verde esmeralda devoraban balances de recambios, facturas de túnel de viento y gráficos de telemetría de la suspensión de Imola con la velocidad de un ordenador cuántico.
La puerta de nogal macizo se abrió de par en par con un chasquido violento.
Matteo Castelli entró en la sala sin anunciarse, con la ferocidad física de quien no está acostumbrado a compartir el oxígeno en su propio territorio.
Se había quitado la americana del traje sastre italiano; la camisa blanca, con las mangas enrolladas de forma caótica hasta los codos y el cuello abierto de par en par, dejaba a la vista el pecho moreno y los tendones tensos del cuello. Olía a lluvia, a café espresso cargado y a esa electricidad agresiva de un hombre acostumbrado a someter voluntades por puro desgaste. Detrás de él, un camarero de librea del Savini empujaba un carrito de servicio con campanas de plata relucientes, dos copas de cristal de tallo largo y una botella descorchada de Sassicaia cosecha 2018.
—Déjalo sobre la mesa baja y lárgate —ordenó Matteo al empleado sin mirarlo, arrojando su teléfono satelital sobre el cuero del sofá con un golpe seco.
El camarero hizo una reverencia apresurada y desapareció en el pasillo, cerrando la puerta con un murmullo apresurado.
Matteo se giró hacia el escritorio de Gabriela con las manos metidas en los bolsillos del pantalón oscuro. Sus ojos avellana, inyectados en una mezcla de fatiga y rabia mal contenida, barrieron a la mujer con una lentitud deliberadamente insolente:
—Son casi las diez de la noche, señorita Novak —soltó él, arrastrando las palabras con ese acento milanés cargado de desdén aristocrático—. La mayoría de los contables a sueldo de los bancos suizos ya estarían en sus hoteles contando las horas para volver a Fráncfort o a Zúrich. Pero usted lleva catorce horas sentada en esa silla sin pestañear.
Gabriela ni siquiera levantó la vista del documento contable. Con la mano derecha deslizó una línea en su tableta; con la izquierda, firmó una casilla al margen con un trazo limpio y firme de su pluma:
—El contrato de auditoría preliminar firmado por su padre, señor Castelli, establece una cláusula de disponibilidad prioritaria hasta que se determine la solvencia técnica del chasis. Si no le complace mi presencia en la sede central, siempre puede firmar la rendición fiduciaria y volver a su ático.
Matteo soltó una risa seca, áspera y peligrosa. Se acercó al carrito de servicio, retiró una de las campanas con un ademán brusco y sirvió una copa de vino tinto hasta la mitad. El aroma a ternera lechal con trufa negra y reducción de oporto inundó de golpe el despacho aséptico:
—No pretendo que se muera de inanición sobre mis balances, analista. Considere esto una cortesía de la casa antes de que empiece la verdadera tortura: medallones de ternera, alcachofas a la romana y un tinto que cuesta más que su sueldo mensual de auditora júnior.
Tomó la copa y el plato de porcelana fina, cruzó el espacio con zancadas anchas y los plantó sobre los papeles de trabajo de Gabriela, invadiendo el borde de su mesa con una arrogancia calculada:
—Coma algo, bébase el vino y apague esa pantalla. Mañana a primera hora quiero el informe de la suspensión terminado.
Gabriela detuvo la pluma en el aire.
Muy despacio, con una calma que pareció descender la temperatura del despacho otros cinco grados, cerró el expediente que estaba revisando. Levantó la vista. A través de los cristales de carey, sus ojos verdes se clavaron en las pupilas avellana de Matteo con una neutralidad tan fría que el italiano sintió un pinchazo de irritación en la nuca.
Sin apresurarse, Gabriela estiró dos dedos de su mano izquierda, tocó la base de la copa de cristal y la deslizó con precisión milimétrica hacia el extremo contrario de la mesa, apartándola de sus documentos sin derramar una sola gota:
—No bebo alcohol en horas de servicio, señor Castelli. Y en cuanto a la ternera... sigo un régimen estricto de hidratos complejos y proteínas limpias programado por horarios. Una ingesta de grasa saturada a las diez de la noche ralentiza la sinapsis neuronal un veintidós por ciento durante la fase de análisis crítico.
Abrió el cajón lateral de su escritorio, extrajo una botella térmica de acero cepillado con té verde sin azúcar y una barra de cereales sin aditivos, colocándolos sobre el cuero negro del secante:
—Le agradezco el gesto teatral, pero mi capacidad de trabajo no está en venta por un plato caliente ni por una botella de la Toscana.
La mandíbula de Matteo se apretó con tanta fuerza que los músculos de sus sienes saltaron.
Nadie en Milán —ni las modelos que frecuentaban su garaje, ni los banqueros que le temían, ni los pilotos a los que doblaba en pista— le había hablado jamás con semejante falta absoluta de reverencia. Para Matteo, que utilizaba su presencia imponente y su belleza salvaje como un arma de choque habitual, la armadura glacial de la chica era una bofetada intolerable.
Dio un paso hacia adelante.
Apoyó ambas manos sobre el escritorio de cristal negro, a ambos lados del portátil de Gabriela, inclinándose hacia abajo hasta que su rostro quedó a escasos veinte centímetros del de ella.
El calor que emanaba del cuerpo del piloto envolvió el espacio personal de la supuesta secretaria: el aroma a cedro, cuero, piel caliente y el alcohol del vino llenaron los sentidos de Gabriela como una marea física. Matteo clavó su mirada en los labios cerrados de la mujer, bajando la voz a un registro gutural, oscuro y amenazante que habría hecho temblar a cualquier ejecutivo de la firma:
—¿De qué manicomio la sacaron, señorita Novak? —susurró él, con el aire caliente golpeando la piel blanca del cuello de Gabriela—. ¿Cree que me impresiona con esa vocecita de monja y sus barritas de avena? He visto pasar a cincuenta auditores como usted por este taller. Todos llegan con el pecho inflado creyendo que pueden controlar a un Castelli con una hoja de cálculo... y todos terminan llorando en el aparcamiento antes del tercer gran premio.
Gabriela no retrocedió ni un solo milímetro contra el respaldo de su asiento.
Sostuvo la respiración de Matteo a quemarropa. Sintió la intimidación física, la masa imponente de los hombros anchos del piloto cerrándole el campo de visión y la intensidad desquiciada de esos ojos que habían desafiado a la muerte en cada curva del campeonato. Pero en su pulso no hubo una sola alteración.
Con una lentitud exasperante, Gabriela alzó la mano, se quitó las gafas de carey con dos dedos y las depositó sobre la mesa con un chasquido suave.
Por primera vez, sus ojos verde esmeralda quedaron completamente al descubierto bajo la luz blanca: limpios, letales y rebosantes de una inteligencia superior que devoró la furia del italiano en una milésima de segundo.
—Los cincuenta auditores a los que usted asustó, señor Castelli, eran aficionados que miraban los números desde un despacho en Fráncfort —dijo ella, y su voz no tembló lo más mínimo; sonó clara, afilada y demoledora como un bisturí—. No sabían que en la vuelta catorce de los entrenamientos libres de Imola, usted destrozó el buje delantero derecho no porque la pieza tuviera un defecto de forja, sino porque atacó el piano interior de la curva de Tamburello en cuarta marcha con el diferencial bloqueado al ochenta por ciento, cuando la telemetría le exigía desenganchar al sesenta y cinco para evitar la fatiga por torsión.
Matteo contuvo el aliento de golpe, con las pupilas dilatándose en un sobresalto invisible.
Gabriela se inclinó apenas dos centímetros hacia adelante, acortando la distancia entre sus rostros hasta que el aroma a almendras de su piel eclipsó el perfume del italiano:
—Usted rompe los coches por pura soberbia, Matteo. Y luego pretende que el departamento financiero justifique el sobrecoste como un fallo de materiales para salvar su orgullo de piloto estrella frente a su padre.
Gabriela volvió a colocarse las gafas de carey con un movimiento impecable, bajó la mirada a la pantalla y abrió un nuevo gráfico de presiones hidráulicas:
—Si quiere que me vaya a mi hotel, admita ante la junta que no sabe cómo configurar el trapecio de suspensión sin reventar el monocasco. Si no tiene el valor de hacerlo... retírese a su despacho, cómase su ternera y déjeme trabajar en paz. Porque a diferencia de usted... yo no necesito romper nada para demostrar quién tiene el control en esta habitación.
El silencio que cayó sobre la planta cuarenta y dos fue absoluto, aplastante y espeso como el plomo.
Matteo se quedó congelado sobre la mesa, con las manos aferradas al cristal negro y el pecho subiendo y bajando en respiraciones cortas y pesadas. Tenía la garganta seca, la sangre ardiéndole en las orejas por la humillación técnica y un torbellino oscuro y violento agitándose en el fondo de su estómago: una mezcla atroz de rabia homicida, desconcierto absoluto y una fascinación salvaje y corrosiva que amenazaba con dinamitar su juicio.
Nadie le había hablado así jamás. Nadie conocía la telemetría de su coche con ese nivel de precisión quirúrgica salvo los tres ingenieros jefes que llevaban veinte años en el equipo.
Despacio, muy despacio, Matteo retiró las manos del escritorio y enderezó su metro ochenta y cinco de estatura.
Se pasó una mano por el cabello oscuro y revuelto, clavando una última mirada avellana, cargada de una pólvora nueva y peligrosa, sobre la figura inmóvil de la mujer que ya volvía a teclear con fría indiferencia.
—Trabaje hasta la hora que quiera, señorita Novak —gruñó él en un susurro áspero que sonó como una declaración de guerra abierta—. Pero no se confíe demasiado. En esta fábrica... las cosas que no se doblan terminan partiéndose en dos.
Matteo dio media vuelta, tomó la botella de Sassicaia por el cuello sin molestarse en recoger la copa y abandonó el despacho a zancadas pesadas, cerrando la puerta tras de sí con un golpe sordo que hizo vibrar las vidrieras.
Sola en la penumbra del despacho, Gabriela detuvo sus dedos sobre el teclado.
Miró la puerta cerrada durante tres segundos interminables. Una sonrisa diminuta, casi imperceptible y letalmente hermosa curvó por primera vez la comisura de sus labios carmesí antes de volver a sumergirse en los números que habrían de poner al heredero de Lombardía de rodillas.