NovelToon NovelToon
QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LO QUE EL AGUA ESCONDE

Cinco y cuarenta y dos de la mañana.

El reloj no sonó. Vibró contra mi muñeca: pulsaciones cortas y secas que me arrancaron de un sueño superficial.

La habitación estaba fría.

No incómoda.

Deliberadamente helada.

Me quedé inmóvil un segundo, mirando el techo. El aire se sentía denso, como si hubiera permanecido estancado demasiado tiempo. Del otro lado de la pared, nada.

Margarita estaba en silencio.

No dormida.

Solo… callada.

Me senté en la cama.

Sin dudar.

Sin encender la luz.

No la necesitaba.

Todo estaba en el lugar exacto donde lo había dejado.

Las mallas. El cortavientos. Los tenis alineados debajo de la silla. Me vestí con movimientos mecánicos. La tela quedaba más ajustada de lo normal, restrictiva, como si estuviera diseñada para recordarte la forma de tu cuerpo.

O tus límites.

Me recogí el cabello hacia atrás.

Con fuerza.

Lo suficiente para sentir el tirón en el cuero cabelludo.

Deslicé la mano debajo de la almohada.

El cuaderno de Ivy seguía ahí.

No lo abrí.

No hacía falta.

Sabía de memoria lo que decía la nota: 5:45 AM. Sendero del lago.

No iba a vigilarlo.

Iba a existir en el mismo espacio que él.

Salí al pasillo.

Oscuro.

Inmóvil.

El tipo de silencio que se siente intencionado.

Mis pasos eran suaves sobre el suelo. Evité la escalera principal y tomé la salida lateral, esa que siempre olía a piedra húmeda y producto de limpieza.

La puerta de madera crujió al abrirse.

Me detuve.

Esperé.

Nada se movió.

La niebla del exterior se tragó el sonido antes de que pudiera propagarse.

Era densa.

Pesada.

Ese tipo de bruma que borra los contornos. Los edificios se disolvían en un gris uniforme y los árboles se convertían en siluetas sin forma.

Cualquiera podía desaparecer ahí dentro.

Fácilmente.

Empecé a trotar.

Despacio al principio.

Con ritmo controlado.

Mi respiración cortaba el aire frío en ráfagas cortas. El camino serpenteaba detrás del gimnasio, con la gravilla crujiendo bajo mis pies.

Izquierda. Derecha. Respirar. Sin prisa.

El sendero del lago apareció ante mí. O lo que se alcanzaba a ver de él entre la bruma.

Consulté el reloj.

5:51 AM.

Estaba a tiempo.

No lo vi.

Aún no.

Y entonces…

el sonido.

Un golpe.

Otro golpe.

Un ritmo acelerado.

Demasiado rápido para una carrera casual. Era alguien llevándose al límite.

Exigiéndose.

Surgió de la niebla como si la misma bruma lo hubiera escupido.

Malcom Price.

Sin uniforme.

Sin la fachada pulcra del colegio.

Una sudadera negra con capucha, las mangas recogidas hasta los codos.

Sudor en el nacimiento del cabello.

La mandíbula apretada.

La mirada clavada en el frente.

No estaba entrenando distancia.

Estaba corriendo para escapar de algo. O para atravesarlo.

No me vio.

Mejor.

Me incorporé al sendero justo delante de él. No de forma directa en su trayectoria, solo lo suficiente para hacer notar mi presencia.

Dejé que mi respiración se volviera más audible.

Ajusté la zancada.

Normal.

Olvidable.

Sus pasos acortaron la distancia a toda velocidad. Sentí la vibración en la tierra antes de escucharlo a mi lado.

Me rebasó.

Sin mirar.

Sin aminorar la marcha.

Aceleré para emparejar su ritmo.

No del todo.

Solo lo necesario.

Un par de segundos.

Lo suficiente para que me registrara.

—Llegas tarde —dije.

La voz me salió más fina de lo que habría deseado.

Él no se detuvo, pero algo en su postura cambió bruscamente.

—¿Qué?

Sonó áspero.

Distraído.

—El sol —añadí, señalando hacia el horizonte cubierto—. Te estás retrasando.

Eso bastó.

Redujo la velocidad.

No por cansancio.

Por recalcular la situación.

Un trote suave.

Luego caminó.

Lo seguí.

Llegamos al muelle de madera.

El lago se extendía frente a nosotros: oscuro, plano, sin oleaje ni reflejos.

Mal.

—Eres la chica nueva —dijo.

No era una pregunta.

—Rose.

—Lo sé.

Lo miré de reojo.

—¿De verdad?

Me apoyé de espaldas contra la barandilla. La madera estaba húmeda y fría al tacto contra mi piel.

Mi pulso aún no se estabilizaba.

Malcom se quedó a un par de metros, sin tocar nada, observando la superficie del agua. No como quien admira el paisaje, sino como quien comprueba un estado.

—Los de primer año no tienen permitido estar aquí.

—Soy una estudiante de transferencia —respondí—. No suelo seguir reglas que no entiendo.

Giró la cabeza.

Lento.

—Las reglas no son para entenderse —dijo—. Son para gente como tú.

—¿Gente como yo?

Dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Se acercó lo suficiente para que el aire frío que nos separaba desapareciera.

—Tienes cara de problema —murmuró en voz baja—. Un problema que pensé que ya estaba resuelto.

Sostuve la posición.

—Los problemas no se resuelven —dije—. Solo cambian de forma.

Volví la vista hacia el agua.

—Se ve profundo.

Silencio.

Él no contestó.

—Como si algo se quedara guardado ahí abajo —agregué.

Una pausa.

Casi imperceptible.

Pero real.

—Es solo agua —dijo.

Su voz bajó un tono.

Más tensa.

—¿Seguro? —incliné la cabeza apenas un milímetro—. No parece que llegue a congelarse nunca.

El golpe fue certero.

Limpio.

—¿Quién te dijo eso?

Sonó cortante.

—Adivina.

Un segundo de tensión suspendida.

—Tú no adivinas esas cosas.

Su mano golpeó la barandilla justo a mi lado.

Fuerte.

Sin ruido excesivo, pero con un control que perdió por una fracción de segundo.

—No sabes nada sobre este lugar —dijo apretando los dientes.

Miré su mano sobre la madera.

La tensión en sus nudillos.

La presión.

—¿Por eso no fuiste al funeral? —pregunté—. ¿O este es el sitio al que vienes en su lugar?

Soltó una risa corta.

Seca.

—¿A qué iría? —se acercó más—. ¿A ver cómo cierran la tapa?

—Eso suena frío —dije—. Era tu novia.

Eso rompió lo último que le quedaba de compostura.

Se movió rápido.

Demasiado rápido.

La barandilla se me clavó en la espalda antes de que pudiera reaccionar.

Sus brazos quedaron bloqueados a ambos lados de mi cuerpo, acorralándome.

Cerca.

Demasiado cerca.

—¿Novia? —dijo.

No alzó la voz.

Fue peor.

—Tú no tienes ni idea de qué era esto.

Su respiración era irregular.

Intentaba controlarse, pero se le estaba escapando.

—Sé que tú no lo elegiste —dije en un susurro.

Eso caló más profundo.

—Y ella ya no está… —hice una pausa—. Pero tú sigues aquí.

Sus ojos buscaron los míos.

No buscaba miedo.

Buscaba confirmación.

—¿Quién eres tú? —preguntó.

Bajo.

Cuidadoso.

—Ya te lo dije.

No rompí el contacto visual.

—Busco la verdad.

Estuvo a punto de sonreír.

Casi.

—¿La verdad? —negó levemente con la cabeza—. En Markhan, la verdad no se encuentra.

Hizo una pausa.

—Se asigna.

El silencio se estiró entre nosotros como una cuerda a punto de romperse.

Fui yo quien se movió primero.

Despacio.

Deliberada.

Estiré la mano y le toqué la manga de la sudadera.

Fría.

Húmeda.

Real.

—No pareces alguien a quien le hayan asignado nada —dije—.

Su mandíbula se apretó.

—Pareces alguien que está esperando.

Otra pausa.

—Esperando a que algo regrese.

Su mano subió en un movimiento brusco.

Sus dedos se cerraron con firmeza alrededor de mi barbilla.

Fríos.

—Escúchame bien —dijo en un murmullo preciso—. Esto no es algo en lo que metes un pie y luego te vas caminando tan tranquila.

—No vine aquí para irme.

Un destello cruzó sus ojos.

—Ella tampoco —dijo.

Esa frase se quedó flotando entre los dos.

Un segundo de más.

Entonces me soltó.

Dio un paso atrás.

La distancia física volvió a establecerse.

La niebla ocupó el espacio entre nosotros como si nada hubiera pasado.

—Vuelve al dormitorio —dijo—. Mantente alejada del lago.

Una pausa.

—Y mantente alejada de mí.

Me enderecé.

—No se me da muy bien obedecer.

Me miró.

Me miró de verdad.

Algo en su expresión cambió.

Sutil.

Ilegible.

—Entonces no vas a durar mucho —sentenció.

Plano.

Definitivo.

Se giró y echó a correr.

Desapareció en la niebla tan rápido como había llegado.

Me quedé inmóvil en el muelle.

Mis manos estaban heladas.

No por el viento.

Miré la superficie oscura del agua.

Viene aquí todas las mañanas. No a entrenar. A comprobar.

Me metí la mano en el bolsillo del cortavientos.

El papel doblado se presionó contra mis dedos.

El mapa.

La marca.

Justo debajo del muelle.

Miré hacia abajo, luego volví a la superficie.

Él cree que todavía hay algo ahí abajo. Eso significa que importa.

Me di la vuelta para regresar al pabellón de habitaciones.

La luz de la mañana había cambiado.

No era más cálida.

Era más afilada.

Exposición pura.

La puerta lateral del edificio apareció entre la bruma.

Y ella estaba allí.

Margarita.

De pie, completamente inmóvil.

Con el batín ajustado al cuerpo.

Una taza entre las manos.

El vapor subiendo en espiral.

Sus ojos fijos en mí.

Sin sorpresa.

Sin curiosidad.

Solo… ahí.

Observando.

Sin sonrisa.

Sin saludo.

Sin preguntas.

Solo un silencio pesado.

Como si llevara rato esperando a que yo regresara de un lugar al que no debía haber ido.

No me detuve.

No di explicaciones.

Pasé a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que salía de la taza.

Ella no se movió.

No se giró.

No dijo una sola palabra.

Pero pude sentirlo.

El cambio.

Pequeño.

Preciso.

Suficiente.

Seguí caminando por el pasillo.

Porque ahora había algo que estaba completamente claro.

Ya no estaba fuera del juego.

Había entrado de lleno.

Y lo que sea que estuviera atrapado bajo esa agua helada no era lo único que estaba siendo vigilado.

Si Malcom Price ya había sobrevivido una vez a lo que pasó con Ivy, no iba a dudar en actuar de nuevo.

No si algo empezaba a moverse donde no debía.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play