Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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Éxito...
...7...
El aroma a caucho quemado y aceite de motor impregnaba el aire, una fragancia áspera pero familiar para Luke. Había aceptado el trabajo en la vulcanizadora de Gregorio, un lugar ruidoso y bullicioso donde los autos llegaban y se iban en un flujo constante. Los jeans de mezclilla, desgastados y con el color desvanecido por incontables lavados, se ajustaban a sus piernas con la comodidad de una segunda piel. La camiseta de tirantes negra, ceñida a su torso, revelaba la firmeza de sus músculos, un recordatorio constante de su disciplina militar. Sus gafas de sol, un escudo contra el sol implacable de Los Ángeles, ocultaban sus ojos, pero no su concentración.
Gregorio, un hombre robusto con una sonrisa permanente y manos curtidas por años de trabajo, observaba a Luke con una mezcla de aprobación y asombro. El muchacho era rápido, eficiente, y tenía un don natural para la mecánica. Los clientes parecían notar la diferencia.
—¡Eh, Luke! —llamó Gregorio, su voz resonando sobre el ruido del taller—. ¡Esta chica de allá te quiere hacer una pregunta sobre su auto!
Luke levantó la vista, sus ojos escaneando a la mujer que esperaba pacientemente. Era joven, con el cabello teñido de un rubio llamativo y una mirada coqueta. Se acercó a ella, su expresión neutra, profesional.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó, su voz tranquila.
La chica sonrió, sus ojos recorriendo su figura con descaro.
—Pues… he notado que cada vez que vengo aquí, mi coche parece funcionar mejor. ¿Será que tienes algún… toque especial?
Luke apenas se inmutó. Había escuchado todo tipo de comentarios, de todo tipo de personas.
—Solo hago mi trabajo —respondió, su voz firme pero cortés—. Me aseguro de que todo esté en orden.
La chica rio, un sonido agudo y un poco forzado.
—Bueno, si alguna vez te cansas de arreglar coches… ya sabes dónde encontrarme.
Luke asintió levemente, sin comprometerse. Le dio un último vistazo a su coche, anotó un par de detalles en su libreta y regresó a su tarea.
Gregorio observaba la escena desde su escritorio, una sonrisa maliciosa jugando en sus labios. La llegada de Luke había revitalizado el taller, atrayendo no solo a clientes satisfechos, sino también a un público que, francamente, aumentaba las ventas. Las mujeres, atraídas por la figura atlética de Luke y su aire misterioso, venían con pretextos cada vez más rebuscados para charlar con él.
—Parece que has traído una nueva clientela, ¿eh, Luke? —le dijo Gregorio más tarde, mientras ambos compartían un descanso bajo la sombra de un viejo neumático—. Las chicas vienen con cualquier excusa para verte trabajar.
Luke se encogió de hombros, limpiándose las manos con un trapo grasiento.
—Solo hago mi trabajo, Gregorio.
—Lo sé, lo sé. Pero no te puedes negar que… —hizo un gesto vago con la mano—. Atraes miradas. Y las miradas a veces se convierten en dólares.
Luke sonrió levemente. Era cierto. Había notado el cambio. La gente parecía más relajada, más dispuesta a gastar, cuando él estaba cerca. Era algo que no entendía del todo, pero que tampoco cuestionaba.
—Solo quiero hacer un buen trabajo —dijo, su voz seria—. Y ayudar a la gente a volver a la carretera.
Gregorio asintió, una expresión de sincero aprecio en su rostro.
—Y lo haces, muchacho. Lo haces muy bien.
El día transcurrió entre motores rugientes, el olor a aceite y el parloteo constante de los clientes. Luke trabajaba con una eficiencia silenciosa, su cuerpo moviéndose con la precisión de un mecanismo bien aceitado. A pesar de las miradas coquetas y las conversaciones insinuantes, su mente permanecía enfocada, dedicada a su labor. Sabía que tenía un largo camino por recorrer, y no podía permitirse distracciones. El trabajo era su ancla, su primera victoria en la larga batalla por recuperar su vida. Y aunque el camino fuera arduo, y las tentaciones abundaran, Luke estaba decidido a seguir adelante, un paso a la vez, con la mirada fija en el horizonte.