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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 23
La sala de visitas era la misma de antes. Paredes grises. Mesa de metal. Luces blancas que zumbaban.
Nox entró esposada. La pierna le dolía menos ahora. El dedo anular seguía vendado. El cuello aún conservaba las marcas de Killa.
Pero nada de eso le importaba.
Porque Ko estaba ahí.
Sentado al otro lado de la mesa. Con su uniforme impecable. Su gorra bajo el brazo. Su sonrisa de político. Como si nada hubiera pasado.
La sonrisa se borró en cuanto la vio.
—Nox —dijo, levantándose.
—Siéntate —respondió ella, con una voz que no reconoció como propia.
Ko obedeció. Alarmado.
Nox se sentó frente a él. Las esposas chocaron contra la mesa. No le importó.
—¿Dónde está Sofía? —preguntó Ko, mirando a su alrededor.
Nox sintió que el odio le quemaba el pecho.
—¿Tú preguntas por ella? —dijo, despacio. Cada palabra era un cuchillo—. ¿Tú te atreves a preguntar por ella?
Ko abrió la boca. La cerró.
—Yo solo quería…
—¿Qué? —lo interrumpió Nox—. ¿Querías qué? ¿Protegernos? ¿Cuidarnos? ¿Ser mi dueño como siempre dijiste?
Su voz se quebró. Pero no de tristeza. De rabia.
—La tiraste a la calle, Ko. A una niña de nueve años. La tiraste como a un perro.
Ko bajó la mirada.
—Fue mi padre quien…
—¡NO ME IMPORTA QUIÉN FUE! —gritó Nox.
Los guardias fuera de la sala se movieron. Pero no entraron.
—Ella te veía como su familia, Ko. Dormía tranquila porque creía que tú la protegías. Y tú la echaste. Como si fuera basura.
Las lágrimas comenzaron a brotar. Pero no eran lágrimas de debilidad. Eran lágrimas de furia.
—¿Sabes dónde apareció? —continuó Nox, con la voz rota—. En el cuartel. Sola. Sucia. Llorando. Porque el maldito Killa la recogió de la calle.
Ko levantó la cabeza. Sus ojos se abrieron.
—¿Killa?
—Sí, Ko. Killa. El monstruo. El asesino. El perro de la dictadura. Él le dio un techo. Él le dio comida. Él la protegió mientras tú la abandonabas.
El silencio fue más filoso que cualquier espada.
—Yo… yo no sabía… —balbuceó Ko.
—No sabías nada —lo cortó Nox—. Nunca supiste nada. Crees que el mundo gira a tu alrededor. Crees que puedes pegarme, poseerme, usarme, y luego deshacerte de mi hermana porque te estorbaba.
Se inclinó sobre la mesa. Las esposas apenas la dejaban.
—Te odio —dijo—. Te odio más que a Killa. Más que a la dictadura. Más que a todo.
Ko la miró con los ojos vidriosos.
—Nox, yo te amo…
—NO ME AMAS —gritó ella—. No sabes lo que es amar. Si me amaras, no le habrías hecho eso a Sofía. Si me amaras, no me habrías pegado. Si me amaras, no me habrías tratado como un objeto.
Las lágrimas caían sin control. Pero su voz era firme.
—Killa es un monstruo —dijo, más baja—. Pero al menos él es honesto con lo que es. Tú te disfrazas de héroe mientras juegas a ser villano.
Ko se quedó en silencio.
No podía decir nada. No había nada que decir.
La verdad pesaba más que cualquier mentira.
—Ya no quiero verte nunca más —dijo Nox, apartando la mirada—. Si vuelves a acercarte a Sofía, te juro por Dios que te mato con mis propias manos.
Llamó a los guardías.
—Terminó la visita.
Los guardías entraron. La levantaron de la silla. Ko intentó decir algo, pero ella ya no lo escuchaba.
Caminó hacia la puerta sin mirar atrás.
Ko se quedó solo en la sala.
Con las manos vacías.
Con el pecho ardiendo.
Con la certeza de que la había perdido para siempre.
Nox – En el pasillo
Caminó esposada por el pasillo. Las lágrimas no paraban.
Pero no lloraba por Ko.
Lloraba por Sofía.
Por los días que su hermana pasó sola en la calle.
Por el miedo que debió sentir.
Por la suciedad. El hambre. La soledad.
—Te juro —susurró mientras caminaba— que nadie vuelve a hacerte daño.
Llegó a su celda. La nueva celda. La de Killa.
La abrieron. Entró.
La puerta se cerró.
Nox se dejó caer en la cama. Acarició la almohada donde él había dormido. La sábana que aún olía a él.
Cerró los ojos.
Ko ya no existía para ella.
Solo existía Sofía.
Solo existía la promesa de protegerla.
Y, aunque le doliera admitirlo… solo existía Killa.
El monstruo que la tenía atrapada.
El monstruo que la había marcado.
El monstruo que le había dicho "te amo" besando su espalda.
Y al que, quizás por primera vez, empezaba a no odiar del todo.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...