Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 7.
El motor del Skyline rugía como una bestia herida mientras devorábamos la carretera secundaria. El silencio dentro del coche era tan espeso que me costaba tragar saliva. Miré de reojo las manos de Aidan sobre el volante; sus nudillos todavía estaban algo rojos por el vendaje del gimnasio, y ver cómo dominaba esa máquina con tanta facilidad me revolvía las tripas de una forma que no quería admitir.
—¿A dónde me llevas, Aidan? —solté, intentando que mi voz no temblara—. Si crees que por subirme a este trasto voy a olvidar que eres un imbécil, estás muy equivocado.
Él no respondió de inmediato. Simplemente hundió el pie en el acelerador, pegándome al asiento de cuero, y tomó una curva que me hizo soltar un grito ahogado. De repente, frenó en seco en un mirador oscuro que daba a toda la ciudad. Las luces de los edificios parecían diamantes tirados en el suelo, pero yo solo podía ver el perfil de su cara, iluminado por la luz tenue del tablero.
Apagó el motor. El silencio que siguió fue casi doloroso.
—Bájate, Colman —dijo él, con esa voz ronca que me hacía querer pegarle y besarlo al mismo tiempo.
Me bajé, sintiendo el aire frío de la noche golpeándome la cara. Me apoyé en el capó caliente del coche y él se puso frente a mí, atrapándome entre sus brazos sin siquiera tocarme. El olor a gasolina, sudor y ese perfume suyo me estaba nublando el juicio.
—¿Qué quieres de mí? —susurré, sintiendo que el corazón se me iba a salir del pecho—. Un día me llamas gorda y al otro me mandas lencería... ¿Qué juego es este?
Aidan dio un paso más, invadiendo mi espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Su mirada bajó a mis labios y sentí que mis piernas se volvían de gelatina.
—El juego se acabó, Iris —murmuró, y su mano subió hasta mi nuca, enterrando los dedos en mi pelo con una fuerza que me hizo jadear—. Ya no somos niños. Y si crees que te miro y veo a esa niña de las trenzas, eres más tonta de lo que pensaba. Te miro y solo pienso en cómo quitarte ese orgullo a mordiscos.
Se inclinó, rozando mi boca con la suya. Estaba a punto de entregarme, de tirar toda mi dignidad por la borda y perderme en él, cuando un par de luces largas nos cegaron por completo. El chirrido de unos frenos y el sonido de una bocina estridente rompieron la magia de golpe.
—¡¡NO PUEDE SER!! ¡¡LOS CACHÉ!! —gritó una voz femenina, chillona y cargada de una alegría que me hizo querer tragarme la tierra.
Me separé de Aidan de un empujón, tropezando con mis propios pies. Aidan soltó una maldición entre dientes que haría sonrojar a un marinero y se pasó la mano por el pelo, furioso.
Era Sofía. La hermana de Aidan y mi mejor amiga desde que teníamos pañales.
Bajó de su coche rosa chillón como un torbellino, con el teléfono en la mano y una sonrisa que iba de oreja a oreja.
—¡Sabía que este olor a testosterona y perfume barato me llevaría a algún lado! —exclamó Sofía, acercándose a nosotros mientras nos señalaba con el dedo—. ¡Iris Colman! ¡Te tengo! ¡Y tú, hermanito, eres un perro traicionero! ¡Me dijiste que ibas a "hacer negocios"!
—Sofía, lárgate —gruñó Aidan, con los ojos echando chispas—. No es el momento.
—¡Oh, claro que es el momento! —ella se puso en medio de los dos, agarrándome del brazo—. Iris, ¿qué haces con este animal? ¿No me dijiste la semana pasada que preferirías besar a un sapo antes que a mi hermano? ¡Mírate la cara! Estás más roja que tu vestido del sábado.
—Yo... solo... estábamos hablando, Sofi —mentí, sintiendo que la cara me ardía—. Me trajo porque... porque mi coche se quedó sin gasolina.
Sofía soltó una carcajada que resonó en todo el mirador.
—¡Sí, claro! Y yo soy la Reina de Inglaterra. Iris, te conozco. Tienes esa mirada de "necesito que alguien me quite la ropa" que pones cuando ves fotos de modelos italianos. ¡Y tú, Aidan! ¡Te dije que no tocaras a mi mejor amiga! Si le rompes el corazón, te juro que le digo a mamá lo de tus carreras clandestinas y te quedas sin coche un año.
Aidan se acercó a su hermana, pareciendo una torre de puro odio contenido.
—Vete a casa, Sofía. Ahora mismo.
—¡Oblígame! —lo desafió ella, sacándole la lengua antes de volverse hacia mí—.
Vámonos, Iris. Mi hermano es un peligro público y tú tienes mucho que explicarme. Tenemos una noche de chicas pendiente y esta vez vas a soltarlo TODO. ¡Cada detalle!
Me agarró de la mano y me arrastró hacia su coche. Miré hacia atrás por encima del hombro. Aidan estaba apoyado en su Skyline, con los brazos cruzados y una mirada que prometía venganza. No dijo nada, pero movió los labios formando una palabra que solo yo pude leer: "Mañana".
Me subí al coche de Sofía con el corazón todavía a mil por hora. Ella arrancó quemando llanta y empezó a hablar por los codos sobre cómo pensaba chantajear a su hermano, pero yo no escuchaba nada. Solo sentía el vacío en mis labios y la rabia de haber sido interrumpida en el momento en que, por fin, iba a descubrir si Aidan era el hombre que me volvía loca... o el que me iba a destruir la vida.
—¿Y bien? —dijo Sofía, dándome un codazo mientras manejaba—. ¿Cómo besa el ogro de mi hermano? ¿Es tan salvaje como parece?
Cerré los ojos y me hundí en el asiento.
—Es peor, Sofi. Es mucho peor de lo que imaginas.