El amor entra por el estómago y los ojos
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2
—Jazmín, voy a cerrar este local. Me mudo a uno más grande en el centro.
La frase de Mirna cayó como un yunque en mitad de la cafetería. El trozo de sándwich que acababa de morder, ese que sabía a gloria y salvación, se convirtió de pronto en una masa seca y hostil que se quedó atorada justo a mitad de mi garganta. El aire dejó de entrar. El mundo, con sus facturas amarillas y sus moldes de pastel caros, empezó a dar vueltas hasta que los colores se fundieron en un negro absoluto.
Se acabó, pensé. Si Mirna se iba, mi vitrina de ventas desaparecía. Si ella se mudaba a un lugar más caro, yo no tendría dónde caer muerta. El pánico me cerró los pulmones por completo hasta que un golpe seco, violento y preciso aterrizó entre mis omóplatos.
—¡Cof! ¡Agh! —el pedazo de pan salió volando mientras mis pulmones se reiniciaban a la fuerza.
—Oye… ¡eso me dolió, bruta! —logré jadear, con los ojos llorosos y el pecho ardiendo por el manotazo.
Mirna ni siquiera se inmutó. Se apoyó en la barra con los brazos cruzados, mirándome con esa mezcla de cariño y exasperación que solo ella sabía ejecutar.
—Pues te estoy hablando y tú te quedas ahí, como mensa, poniéndote azul —soltó sin un ápice de arrepentimiento—. Además, come bien. No quiero que te mueras por uno de mis sándwiches y todavía tenga que cargar con tu cadáver a la calle. Daría muy malas reseñas de mi local, "La dueña mata a los clientes de hambre", ¿te imaginas el escándalo en redes sociales?
Me llevé una mano al cuello, intentando recuperar la dignidad. Mirna siempre era así: te salvaba la vida y te insultaba en la misma frase para que no te pusieras sentimental.
—¿Te vas? —pregunté con un hilo de voz—. Pero… ¿y yo? Mirna, no puedo pagar ni la luz. Si cierras esto, mis galletas…
—Ay, Jazmín, por eso mismo te quedas como mensa —me interrumpió, dándole un trapo al mostrador con energía—. No dije que te iba a dejar tirada. El nuevo local tiene una cocina tres veces más grande y un espacio de exhibición que parece de revista. ¿Crees que voy a dejar que alguien más hornee esas cosas raras que haces?
Me quedé helada, esta vez no por el susto, sino por la sorpresa.
—Necesito una repostera de planta —continuó ella, fingiendo que no le importaba el hecho de que me estaba lanzando un salvavidas de platino—. El lugar es elegante. Ese molde estúpido que compraste, el de las flores… tráelo mañana. Vamos a ver si de verdad ese aluminio fundido hace magia o si solo sirve para adornar tu cocina sin gas.
El nudo en mi estómago se deshizo, dejando paso a una calidez que no tenía nada que ver con el café. Mirna no solo se mudaba; me estaba llevando con ella. La manzana solitaria en mi casa ya no parecía una condena, sino el último recordatorio de una etapa que estaba por morir.
—¿Entonces? —insistió ella con una ceja levantada—. ¿Vas a seguir ahí parada con cara de susto o vas a terminarte el sándwich? Tengo una mudanza que planear y necesito que tu cerebro tenga azúcar para ayudarme.