✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
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Florecer bajo el sol de primavera
El viaje hacia la casa de la familia de Ronen fue diferente a cualquier otro que Ian hubiera hecho. No había silencio tenso ni el olor a cuero caro de los autos de la agencia. En la camioneta del guardaespaldas, el aire olía a eucalipto y a una seguridad que empezaba a volverse adictiva. Ian miraba por la ventana cómo el paisaje urbano se transformaba en calles arboladas y casas con jardines llenos de vida.
-Mi madre omega, Delfina, probablemente te abrace nada más cruzar la puerta.- Advirtió con una sonrisa divertida mientras estacionaba -Y mi madre alfa, Irina, intentará analizarte para ver si eres "digno" de su cachorro. No te asustes, es puro teatro.-
Ian tragó saliva. Sus manos, pequeñas y pálidas, jugueteaban con el borde de su sudadera. Su aroma a lavanda soltó una nota de timidez, una fragancia suave que Ronen captó de inmediato. El alfa estiró su mano y, por un segundo, apretó suavemente la nuca de Ian, un gesto de calma que hizo que el omega soltara un suspiro largo.
-Confía en mí.- Susurró -Aquí nadie te va a pedir nada que no quieras dar.-
Cuando bajaron, la puerta de la casa se abrió antes de que siquiera tocaran el timbre. El aroma que salió de la vivienda golpeó a Ian como una ola de calor en pleno invierno. Era una mezcla caótica pero deliciosa: pan horneándose, vainilla, madera de pino y un toque de flores silvestres. Era el olor de una manada sana.
-¡Ya llegaron!- Gritó una mujer de unos cincuenta años, de ojos brillantes y cabello castaño. Era Delfina, la madre omega.
Antes de que Ian pudiera reaccionar, la omega lo rodeó con sus brazos. No fue un abrazo formal, fue un abrazo de "madre", de esos que te envuelven hasta que sientes que tus problemas son un poco más pequeños. El aroma a vainilla y leche tibia de la omega era tan maternal que Ian sintió un nudo instantáneo en la garganta. Hacía años que nadie lo tocaba con tanto desinterés.
-Estás muy delgado, cielo.- Dijo Delfina, separándose un poco para acariciarle las mejillas -Pero no te preocupes, hoy vas a comer como un rey. Pasa, pasa, que el frío no es bueno para los pulmones de un cantante.-
Ian entró casi en trance. La casa era un caos de fotos familiares, mantas tejidas y muebles de madera que parecían tener mil historias. En el salón, una mujer de hombros anchos y mirada penetrante leía el periódico: Irina, la madre alfa. Al verlos, se levantó con una agilidad sorprendente para su edad. Su aroma a humo de leña y roble era potente, pero no agresivo. Era una fuerza protectora.
-Así que tú eres el joven del que Ronen no deja de hablar.- Dijo extendiendo una mano firme -Bienvenida a esta casa, Ian. Aquí el que entra es familia, y a la familia se le defiende a muerte.-
Ian estrechó su mano, sintiéndose abrumado. Miró a Ronen, quien le guiñó un ojo desde la cocina. Por primera vez, Ian no sintió que tenía que actuar o esconder su aroma amargo.
La cena fue una experiencia que Ian nunca olvidaría. El sabor de la sopa casera, el ruido de las risas de los hermanos menores de Ronen que llegaron poco después, y la forma en que todos se trataban con una naturalidad que él no conocía. No había jerarquías crueles. El alfa dominante ayudaba a recoger los platos, y la madre alfa servía el vino con una ternura infinita hacia su pareja omega.
-Ian- Dijo Delfina, sentándose a su lado y ofreciéndole una segunda porción de pastel de miel -Ronen, nos contó que has pasado por un tiempo oscuro. Quiero que sepas algo: el sol siempre vuelve a salir, pero a veces necesita que alguien le quite las nubes de delante. Si necesitas un lugar para estar en paz, esta puerta no tiene llave para ti.-
Ian bajó la mirada hacia su plato. Una lágrima solitaria cayó sobre la mesa de madera. El aroma a miel de su cuello empezó a brotar, pero esta vez no era una miel triste. Era una miel dulce, floral, que buscaba la aceptación.
-Gracias- Logró decir con la voz quebrada -En mi mundo... nadie hace nada sin esperar algo a cambio.-
-Pues bienvenido al mundo real, pequeño.- Intervino Ronen, sentándose al otro lado de Ian. Su aroma a sol de primavera se mezcló con la vainilla de su madre y la lavanda de Ian, creando una atmósfera de paz absoluta.
Al final de la noche, Ronen llevó a Ian al jardín para que viera las estrellas lejos de las luces de la ciudad. El frío de la noche hizo que Ian se estremeciera, y el alfa, sin decir una palabra, se quitó su chaqueta de cuero y se la puso sobre los hombros. La prenda estaba impregnada con el aroma puro de Ronen: eucalipto intenso y calor.
Ian se hundió en la chaqueta, cerrando los ojos. Se sentía protegido, no por un contrato de seguridad, sino por algo mucho más antiguo y poderoso.
-¿Te sientes mejor?- Peguntó Ronen, apoyándose en la valla junto a él.
-Siento que... por primera vez en años, puedo respirar sin que me duela el pecho.- Confesó Ian, mirando hacia arriba -Tu familia es increíble. Gracias por compartir esto conmigo.-
El alfa se giró hacia él, quedando muy cerca. En la oscuridad del jardín, sus aromas se entrelazaron de una forma casi íntima. El instinto de Ronen le pedía acercarse más, marcar a ese omega con su olor para que el mundo supiera que estaba bajo su cuidado, pero se contuvo. Ian necesitaba tiempo.
-No tienes que agradecerlo, Ian. Solo tienes que acostumbrarte. Porque no pienso dejar que vuelvas a esa soledad.-
Ian sonrió, una sonrisa real que iluminó sus ojos de 24 años. El eclipse estaba cediendo terreno, y por primera vez, la lavanda y la miel se sentían como un jardín que empezaba a florecer bajo el sol de primavera de un alfa.