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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: Líneas que no tiemblan

Caminar por los pasillos de la facultad era como intentar avanzar a través de un campo minado invisible. Durante los primeros días, me tomó tiempo entender que los roces accidentales de los hombros en la cafetería o el murmullo de las risas en los jardines no eran amenazas reales, sino el ritmo normal de una vida a la que yo ya no pertenecía. Notaba cómo los grupos de estudiantes se abrían paso cuando me veían venir; no era por respeto, sino por esa incomodidad que genera alguien que camina como si estuviera listo para un asalto. Mi uniforme de camisa almidonada y mirada gélida me aislaba más que mis antiguos harapos.

Seguía moviéndome con la guardia alta, midiendo las distancias y buscando los puntos ciegos de cada salón antes de sentarme.

La presencia de Hazel en el mismo edificio había alterado la gravedad de mi mundo. Saber que ella estaba a solo unos metros, compartiendo el mismo aire y las mismas clases, hacía que mi estructura de 'hijo perfecto' se sintiera peligrosamente frágil. Ella conocía una versión de mí que no llevaba camisas de marca ni hablaba con propiedad; conocía al chico del puente, y eso la convertía en la única persona capaz de derribar mis muros con una sola mirada.

Mi respuesta ante ese miedo fue el refugio de siempre: la precisión.

La universidad tenía un sonido propio. No era silencio, tampoco ruido: era un murmullo constante hecho de pasos apurados, hojas que se pasaban, tubos de planos chocando entre sí y voces cansadas discutiendo sobre fechas de entrega. El aire olía a café recalentado, a pegamento fuerte y a cartón recién cortado.

Me senté al fondo del aula, cerca de la puerta. Siempre cerca de una salida.

Saqué mis instrumentos de dibujo con cuidado, alineándolos uno a uno sobre la mesa. El rápido, la regla, el compás. Vi a un par de compañeros de la fila de al lado intercambiar miradas y señalar mis herramientas. "Es un obsesivo", susurró uno. No me importó. Prefería ser el obsesivo que el blanco de sus burlas.

Cuando el estilógrafo rozó el papel vegetal, el mundo se redujo a un solo sonido. El trazo era limpio, preciso. Las líneas no dudaban. No temblaban. A diferencia de mí, sabían exactamente a dónde iban.

—¿Cómo haces eso? —murmuró Alex desde el asiento de al lado.

No levanté la vista.

—¿Eso qué?

—Que todo te quede... perfecto. Como si tuvieras una regla en la cabeza. A veces das un poco de miedo, Lennox —añadió con una risa nerviosa que se cortó en seco cuando no le devolví el gesto.

Encogí los hombros. No era algo que pudiera explicar. Los números no mienten. Las líneas no traicionan. Allí me sentía a salvo.

Hazel estaba sentada varias filas adelante, cerca de la ventana. La luz caía sobre su cabello rizado como si la buscara a propósito.  A diferencia de mí, ella era el centro de un engranaje social. Otros estudiantes se acercaban a su mesa, le pedían prestado un borrador o le comentaban algo sobre el fin de semana. Ella encajaba con una fluidez que me hacía sentir como una pieza de repuesto olvidada en un rincón.

Durante la clase, sentí su mirada una o dos veces. No insistente. No invasiva. Era como si comprobara que yo seguía allí... y luego me dejara tranquilo.

El profesor anunció trabajo en parejas.

Mi cuerpo se tensó al instante.

Esperé. Siempre esperaba ser el que quedaba solo.

—Lennox —dijo una voz demasiado cerca—, ni lo sueñes.

Andrés ya estaba invadiendo mi espacio, dejando su cuaderno sobre mi mesa sin pedir permiso.

Noté que otros estudiantes que planeaban acercarse a mí —probablemente para asegurar una buena nota— retrocedieron al ver que Andrés ya se había "atrevido" a hablarme. Me veían como un proyecto difícil, pero Andrés me trataba como a un humano.

—Tus estructuras son arte —añadió—. Yo apenas sé sostener una casa con palitos de helado.

Respiré hondo. Control. Solo control.

—No toques eso —le advertí, señalando mis instrumentos. Él levantó las manos de golpe, y vi un destello de auténtica precaución en sus ojos. Mi tono de voz había sido más duro de lo que pretendía, un eco de la frialdad de mi padre.

—Ah, perdón, perdón —dijo—. Territorio sagrado.

Funcionó. Más o menos.

Trabajamos. Yo diseñaba. Él hablaba. Demasiado. Aun así, no me forzó. No me tocó. No preguntó nada que no quisiera responder. Y eso... eso importaba más de lo que admitiría.

En Historia de la Arquitectura, el profesor analizó algunos trabajos en voz alta. Cuando llegó al mío, frunció el ceño. El salón se sumió en un silencio expectante. Todos se giraron para ver el plano que el profesor sostenía como si fuera un enigma.

—Técnicamente impecable —dijo—. Pero dime, Lennox... ¿por qué no hay ventanas?

Sentí un nudo en el estómago.

—Parece una fortaleza —continuó—. Como si nadie pudiera entrar... o salir.

Un murmullo recorrió el aula. Algunas miradas se clavaron en mí, llenas de una comprensión incómoda. Ya no era solo el chico inteligente; ahora era el chico que construía prisiones. Desde adelante, vi cómo los hombros de Hazel se hundían un poco, como si el comentario del profesor la hubiera golpeado a ella también.

No respondí.

Desde adelante, Hazel bajó la mirada.

Al final de la clase, mientras todos recogían sus cosas, levantó los ojos apenas un segundo. Vi cómo apretaba sus cuadernos contra el pecho antes de girarse rápidamente. Hazel no solo me miraba; me estaba leyendo, y lo que encontraba la dejaba sin aliento.

Ambos entendimos.

Esa tarde, Alex y Andrés insistieron en salir. Karaoke, dijeron. Nada serio. Solo ruido y risas.

Acepté.

No porque quisiera divertirme, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía completamente solo.

Al salir del salón, noté que la tensión de los primeros días había bajado un poco. Andrés me dio un empujón amistoso en el hombro y, aunque me tensé, no me aparté. Vi a Hazel observarnos desde lejos mientras guardaba sus cosas; por primera vez, su sonrisa no era ingenua, era de alivio.

Pensé —con una ingenuidad que hoy me resulta casi cruel— que tal vez estaba aprendiendo a vivir entre la gente otra vez.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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