Sin spoiled
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Capitulo 13
Narrador: Mateo Ubicación: Zona Colonial / El Malecón / San Antonio
Salimos de la Torre Eclipse y el mundo seguía girando. Era insultante. La gente caminaba con sus cafés, los taxis pitaban, las nubes se movían perezosas. Nadie sabía que acababa de vender mi vida por la de Leo. Nadie sabía que el reloj de mi muñeca ya no marcaba la hora, sino una cuenta atrás.
—¡Helado! —gritó Leo, agarrándome del brazo y sacudiéndome—. Lo prometiste. Y quiero tres bolas. No, cuatro. Hoy me merezco una diabetes.
Leo brillaba. Era la única palabra. Se había quitado el peso de la expulsión, el miedo a su madre, el terror a Bruno. Estaba ligero, eléctrico.
—Cuatro bolas —repetí, forzando una sonrisa que sentí tirante en las mejillas—. Te invito a cinco si quieres.
—¿Cinco? —Leo se detuvo y me miró con sospecha fingida—. ¿Te has dado un golpe en la cabeza o es que el aire acondicionado de García te congeló el cerebro? Tú nunca me dejas pedir más de dos porque dices que se derriten y te mancho.
—Hoy es un día especial, Leo. Hoy no existen las manchas.
Caminamos hacia la heladería más cercana. El sol del mediodía caía a plomo, pero yo sentía frío. Un frío que me nacía en el estómago.
Mientras Leo debatía con el empleado sobre si la menta combinaba con el dulce de leche (una aberración, en mi opinión), yo miraba su perfil. La curva de su nariz, las pestañas largas, la pequeña cicatriz en la barbilla de cuando se cayó de la bici a los siete años. Estaba memorizando. Estaba haciendo un archivo mental de alta resolución porque sabía que mañana, cuando despertara, la realidad sería borrosa.
—Toma —Leo me puso un cono gigante en la mano—. Chocolate y pistacho. Tus favoritos de viejo amargado.
—Gracias.
Salimos a la calle. Nos sentamos en un banco de cemento bajo la sombra de un árbol flamboyán, irónicamente parecido al que habíamos escalado la noche anterior.
—Entonces... —Leo dio un lengüetazo a su torre de helado—. Mañana. ¿Cómo lo hacemos? ¿Entramos juntos por la puerta principal? Quiero ver la cara de Bruno. Quiero ver cómo se traga sus palabras.
El helado se me hizo bola en la garganta.
—Sí —dije, mirando al suelo—. Será genial.
—Tengo que planear mi ropa —siguió Leo, ajeno a mi tormento—. No puedo ir con el uniforme sucio. Mi madre lavará todo hoy. Oye, ¿crees que Javi me pida los apuntes de nuevo? Porque pienso decirle que se los pida a su abuela.
—Leo —le interrumpí.
—¿Qué?
—No hablemos del colegio.
Leo se detuvo, con una gota de dulce de leche a punto de caer sobre su mano.
—¿Por qué no? Hemos ganado, Mateo. Es lo único de lo que quiero hablar. Es mi regreso triunfal.
—Lo sé. Y es genial. Pero... —busqué una excusa desesperada—. Pero estoy harto de Bruno, de García, de Sánchez y de todo ese edificio gris. Llevamos 48 horas viviendo una película de acción. Necesito un descanso.
Leo me estudió un segundo. Sus ojos oscuros escanearon mi cara. Por un momento, tuve miedo de que viera la mentira escrita en mi frente.
—Vale —dijo finalmente, encogiéndose de hombros—. Tienes razón. Estás agotado. Se te nota en los ojos. Pareces un mapache.
—Gracias por el piropo.
—De nada. Entonces, ¿qué hacemos? Tenemos el domingo entero. Mi madre está en la iglesia hasta las tres y luego se va a casa de mi tía. Tengo la casa sola... —dejó la frase en el aire, con una sugerencia traviesa.
La idea de ir a su casa, a su cama, a ese espacio donde anoche nos habíamos besado por primera vez, me dolió físicamente. Si iba allí, si le besaba de nuevo sabiendo que era la última vez, me rompería. No podría salir de esa habitación.
—No —dije rápido. Demasiado rápido.
Leo parpadeó, sorprendido.
—¿No?
—Quiero decir... hace un día increíble. No nos encerremos. Vamos a la Zona Colonial. Vamos a caminar. Quiero ver el mar. Quiero... quiero hacer cosas de turistas.
Leo sonrió, relajándose.
—Vale, turista. Pues vámonos. Pero tú pagas el Uber. Mis fondos se han ido en los cohetes de anoche.
La Zona Colonial estaba llena de vida. Familias paseando, vendedores de globos, música de bachata saliendo de los colmados, turistas rojos como cangrejos sacando fotos a las palomas.
Caminamos por la Calle El Conde. Leo iba señalando edificios, contándome historias que probablemente se inventaba sobre quién vivió allí o qué fantasma aparecía en aquel balcón.
—Ese de ahí —señaló una casa vieja con balcones de madera— dicen que perteneció a un pirata que se enamoró de una monja.
—¿Y qué pasó? —pregunté, siguiéndole el juego, caminando muy cerca de él, rozando nuestros hombros.
—Pues que la monja no podía salir y el pirata no podía entrar. Así que él se quedaba abajo tocando la guitarra hasta que ella le tiraba flores.
—Suena poco práctico.
—El amor no es práctico, Mateo. Es dramático. Al final, el pirata murió en el mar y la monja murió de pena. O algo así. Es lo que cuenta mi abuela.
—Final feliz, veo.
—Bueno, al menos se querían. Eso ya es más de lo que tiene mucha gente.
Nos detuvimos frente a la Catedral. Había un grupo tocando son cubano en la plaza. Leo empezó a mover los pies.
—¿Bailas? —me retó.
—Ni muerto. Soy de Barcelona, Leo. Mi cadera está soldada.
—Excusas. Ven.
Me agarró de las manos y me arrastró al centro de la plaza. La gente miraba, pero a Leo le daba igual. Estaba borracho de libertad. Me hizo girar, torpemente. Yo me dejé llevar, riéndome a pesar de la soga que sentía en el cuello.
Por un momento, mientras girábamos bajo el sol caribeño, conseguí olvidar. Olvidé a García, olvidé el trato, olvidé que mañana estaría en un avión o en otro instituto a kilómetros de distancia. Solo existía la risa de Leo y el calor de sus manos.
—Lo ves —dijo Leo, acercándose a mi oído mientras la música bajaba de ritmo—. No eres tan rígido. Solo necesitas a alguien que te guíe.
—Tú me guías bien —admití.
—Siempre.
Nos compramos dos frío-frío de frambuesa a un vendedor ambulante y nos fuimos a sentar a las ruinas del Monasterio de San Francisco. Nos sentamos en una de las piedras altas, con las piernas colgando, mirando el atardecer que empezaba a teñir el cielo de naranja y violeta.
—Esto es perfecto —suspiró Leo, apoyando la cabeza en mi hombro.
—Sí. Lo es.
—Oye, Mateo.
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no rendirte. Por ir a la oficina de ese tiburón. Por... por elegirme a mí antes que a tu reputación. Sé que tu padre te va a matar cuando se entere de lo que hiciste.
Tragué saliva. Mi padre no me iba a matar. Mi padre iba a estar encantado. Yo había hecho exactamente lo que él quería: desaparecer del mapa social para salvar el apellido.
—No te preocupes por mi padre —dije, pasando un brazo por su espalda y atrayéndolo más hacia mí—. Preocúpate por aprobar Química. Ahora que vuelves, el profesor Martínez va a estar vigilándote con lupa.
—Aprobaré. Si tú me ayudas.
—Leo...
—¿Qué? Eres un genio en Química. Me vas a dar clases particulares. Cobraremos en besos. Me parece un trato justo de mercado.
Cerré los ojos. El dolor era agudo, punzante.
—Claro —mentí—. Trato hecho.
—Y para el baile de graduación... —siguió Leo, soñando en voz alta—. Sé que falta un año, pero Clara dice que deberíamos ir con trajes a juego. Yo digo que es cursi, pero en el fondo me gusta la idea. ¿Tú qué dices? ¿Azul o negro?
—Negro —dije con la voz ronca—. Siempre negro.
—Eres tan gótico. Vale, negro. Pero yo llevaré una corbata roja. Para destacar.
—Destacarás lleves lo que lleves, Leo.
El sol se hundió finalmente en el horizonte. Las luces de la ciudad empezaron a encenderse. Era la hora. Se me acababa el tiempo.
—Tenemos que irnos —dije, mirando el reloj.
—¿Ya? Todavía es temprano. Podemos ir a cenar pizza.
—No... tengo que ir a casa. Mis padres... ya sabes. Si llego muy tarde después de lo de anoche, sospecharán que sigo en "malos pasos". Tengo que fingir que soy el hijo pródigo.
Era una excusa débil, pero Leo la compró. Asintió, comprensivo.
—Vale. No queremos problemas con el Comandante Velázquez. Vamos.
Pedimos un taxi. El trayecto de vuelta a San Antonio fue silencioso. Leo iba con la cabeza apoyada en la ventanilla, sonriendo, tarareando la canción que habíamos bailado. Yo iba mirando sus manos, queriendo agarrarlas, pero temiendo que si lo hacía no podría soltarlas nunca.
El taxi paró frente a la casa azul.
—Bueno —dijo Leo, abriendo la puerta—. Fin del mejor domingo de la historia.
Se bajó. Yo me bajé con él. Le dije al taxista que esperara.
Nos quedamos en la acera, bajo la luz mortecina de la farola que parpadeaba.
—Mañana te paso a buscar a las siete y media —dijo Leo—. En la esquina de siempre. No llegues tarde. No quiero perderme la cara de Sánchez cuando entre.
Me miró esperando confirmación.
—Leo... —mi voz se quebró. Carraspee—. Oye, cierra los ojos un momento.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Tienes un regalo?
—Cierra los ojos. Por favor.
Leo se rió, pero obedeció. Cerró los ojos, con esa confianza ciega que me destrozaba.
Me acerqué a él. Puse mis manos en sus mejillas. Estaban calientes. Me incliné y le besé.
No fue un beso apasionado como el de la noche de tormenta. Fue un beso lento, suave, desesperado. Un beso que intentaba decir "lo siento", "te quiero" y "adiós" al mismo tiempo. Puse toda mi memoria en ese contacto. El sabor de su boca, la textura de su piel, el ritmo de su respiración.
Me separé despacio. Leo mantenía los ojos cerrados, sonriendo bobamente.
—Wow —susurró—. Eso ha sido... intenso.
—Te quiero, Leo —dije. Era la primera vez que lo decía en voz alta.
Leo abrió los ojos. Brillaban de felicidad pura.
—Yo también te quiero, Mateo. Eres mi estrella.
—Vete a dormir. Tienes un gran día mañana.
—Tú también. Descansa, héroe.
Leo se dio la vuelta y caminó hacia su puerta. Buscó las llaves, abrió, se giró una última vez para saludarme con la mano y entró. La puerta se cerró.
Me quedé allí parado cinco segundos, mirando la madera vieja.
—Adiós, Leo —susurré al aire vacío.
Me subí al taxi.
—¿A dónde, jefe? —preguntó el conductor.
—A la Urbanización Los Prados. Y rápido.
...----------------...
Llegué a casa. El silencio era sepulcral. Mis padres ya habían vuelto, pero estaban encerrados en sus habitaciones. Mejor.
Subí a mi cuarto. Saqué mi maleta de debajo de la cama.
No me llevaba todo. Solo lo imprescindible. Ropa, el portátil, un par de libros. Dejé el resto. Dejé los pósters en la pared, dejé el uniforme del San Lorenzo tirado en el suelo como una piel muerta.
Mi padre había cumplido su parte eficiente del trato. Sobre mi escritorio había un sobre con el logo de García & Asociados. Dentro, los papeles del traslado al "Instituto Internacional del Caribe", al otro lado de la ciudad, un colegio para hijos de diplomáticos donde el curso costaba más que la casa de Leo. Y una nota de mi padre:
"El chófer te llevará mañana a las 7:00. No hagas preguntas. Empieza de cero."
Empezar de cero. Qué chiste.
Me senté en el escritorio. Arranqué una hoja de mi cuaderno de bocetos, el único que compartía con Leo.
Tenía que escribirle. No podía desaparecer sin más. Eso sería cruel. Pero decirle la verdad... decirle que me iba por él... eso le haría sentirse culpable. Leo cargaría con la culpa de mi exilio para siempre. Pensaría que me había arruinado la vida.
No podía permitir eso. Si me iba, tenía que irme como el malo. O al menos, como el cobarde. Tenía que hacer que me odiara un poco, o que al menos me dejara ir sin buscarme.
Mordí el capuchón del bolígrafo hasta romperlo. La tinta negra manchó mi lengua.
Leo,
Cuando leas esto, ya no estaré en San Antonio. Probablemente ni siquiera estaré en la ciudad.
Lo de hoy fue... real. Todo ha sido real. Pero anoche, después de la reunión con García, mi padre tomó decisiones que no puedo controlar. Me envían lejos. No al internado militar, pero sí lejos de aquí. Lejos del San Lorenzo. Lejos de ti.
He hecho un trato. Tú vuelves. Tú te quedas. Recuperas tu vida, tu beca y tu arte. Pero el precio es que yo no puedo estar allí. García fue muy claro: si yo me quedo, tú caes. Y no voy a permitir que caigas.
No me busques. Por favor. Si nos ven juntos, rompen el trato y van a por tu madre. Tienes que fingir que no te importo. Tienes que seguir adelante, graduarte y ser el artista increíble que eres.
Sé que estás enfadado porque no te lo dije hoy. Lo siento. Fui egoísta. Quería un día. Un solo día donde no fuéramos un problema, sino solo dos chicos comiendo helado.
Dibuja por mí. Vive por mí. Y cuando seas famoso y expongas en París, mándame una entrada.
Te quiere, Mateo.
Leí la carta. Era patética. Era honesta, pero patética.
La doblé. La metí en un sobre blanco. Escribí "LEO" en el frente.
Bajé las escaleras como un ladrón en mi propia casa. Salí al jardín. Eran las doce de la noche.
Caminé hasta la casa de Clara. Ella vivía a tres manzanas. Sabía que su ventana daba a la calle y que siempre la dejaba abierta para que entrara el fresco.
Tiré una piedrecita.
Clara se asomó enseguida. Llevaba pijama de unicornios.
—¿Mateo? —susurró—. ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?
—Baja. Por favor.
Clara bajó a la puerta principal. Me vio con la mochila al hombro y los ojos rojos. Entendió todo al instante. Ella era lista.
—Te vas —dijo. No era una pregunta.
—Es el trato, Clara. Leo se queda. Le retiran la expulsión. Bruno no le tocará. Pero yo tengo que desaparecer.
Clara se llevó la mano a la boca.
—Oh, Mateo... eso es... eso es muy noble y muy estúpido.
—Es lo que hay. Escucha, necesito que le des esto a Leo. —Le tendí la carta—. Pero no ahora. Dásela mañana en el instituto. Cuando vea que mi pupitre está vacío y empiece a asustarse. Dásela y... cuídalo, Clara. No dejes que se hunda.
Clara cogió el sobre con manos temblorosas.
—Me va a odiar por saberlo y no decírselo.
—Dile que te obligué. Dile que te amenacé. Échame la culpa a mí. Yo puedo con ella.
Clara me miró y, sorprendentemente, me abrazó. Un abrazo corto, torpe, pero sincero.
—Eres un buen amigo, Mateo Velázquez. Aunque seas un desastre.
—Adiós, Clara. Graba la cara de Bruno cuando Leo entre mañana. Quiero verlo algún día.
Me di la vuelta y eché a andar hacia la avenida principal, donde pasaban los taxis nocturnos. No miré atrás. Sabía que si miraba atrás, si pensaba en los ojos de Leo cerrados esperando mi beso, me daría la vuelta.
Me subí al primer taxi que pasó.
—Al aeropuerto —dije, aunque no iba allí. Solo necesitaba ir lejos. Iba a pasar la noche en el aeropuerto y luego iría al nuevo colegio por la mañana. Necesitaba sentirme en tránsito.
El coche arrancó. Saqué el móvil.
Busqué el contacto de Leo. Su foto de perfil era un dibujo de un ojo. Mi ojo.
Bloquear contacto.
El dedo me tembló sobre la pantalla. Era el corte final. Digital, frío, irreversible.
Apreté el botón.
Contacto bloqueado.
Apagué el teléfono. Me recosté en el asiento y dejé que la ciudad de Santo Domingo, con sus luces y sus sombras, se desdibujara a través de la ventanilla empañada.
El domingo perfecto había terminado. Ahora empezaba el lunes eterno.