No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 22
Esa noche, el dormitorio estaba apenas iluminado por la lámpara de la mesa común. Annie estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas; Giselle, recostada boca abajo, movía los pies en el aire mientras escuchaba.
Arya permanecía sentada en el borde de su cama.
—Primero —dijo en voz baja—, lo siento por no aparecer en la cena.
Annie levantó la vista de inmediato.
—Pensamos que estabas con August —respondió con naturalidad.
Giselle asintió.
—Sí. No hicimos una búsqueda oficial ni nada dramático.
Intentó bromear, pero al notar la expresión de Arya, se incorporó.
—Espera… ¿qué pasó?
Arya dudó apenas un segundo. Luego lo contó todo.
Mientras hablaba, sus dedos se entrelazaban y desenlazaban sobre su falda, como si la tensión aún no se hubiera disipado del todo.
Annie fue la primera en reaccionar.
—¿Compromiso implícito? —repitió, incrédula.
Giselle abrió los ojos con dramatismo contenido.
—¿Y nosotras sin enterarnos del escándalo aristocrático del año?
Arya soltó una pequeña risa sin querer. Fue breve, pero alivió algo.
—No es gracioso.
—No —admitió Giselle, suavizando el tono—. Pero tampoco es el fin del mundo.
Se sentó frente a Arya y la tomó de las manos.
—Lo importante es cómo reaccionó él. ¿Te defendió?
Arya asintió.
—Sí.
—¿Fue claro?
—Sí.
Annie intercambió una mirada con Giselle.
—Entonces te quiere —dijo con sencillez.
Arya bajó la mirada.
—Lo sé… creo que lo sé.
Giselle sonrió con ternura.
—A veces lo que duele no es lo que pasa, sino lo que podría pasar. Pero si él fue capaz de enfrentarse a Natalie… eso dice mucho.
Annie añadió, más reflexiva.
—Y tú también fuiste valiente. No te quedaste callada.
El nudo en el pecho de Arya terminó de aflojarse.
No estaba sola.
Después de aquel límite que August le puso a Natalie, ella no volvió a hacer nada evidente. Todo parecía haber regresado a una calma superficial.
Y entonces August quiso compensar su error.
Una tarde, con una sonrisa que mezclaba nervios y determinación, le propuso salir al pueblo.
—Una cita de verdad —dijo, como si fuera algo solemne.
Para ello necesitaban permisos. Arya escribió a su familia, explicando que quería salir al pueblo ese fin de semana. No especificó con quién. Sus padres, asumiendo que estaría con Ferdinand y Giselle, firmaron sin objeciones.
Cuando recibió la respuesta, buscó a August casi corriendo por los pasillos.
—Tenemos permiso —anunció, conteniendo apenas la emoción.
La sonrisa de él fue tan luminosa que bastó para justificar aquella mentira piadosa a sus padres.
Al día siguiente, el pueblo los recibió con calles empedradas húmedas por la neblina matutina y el murmullo constante de comerciantes. Caminaron sin rumbo fijo al principio, disfrutando la simple libertad de no estar bajo las miradas de los curiosos estudiantes.
Entraron en una pequeña pastelería. Compartieron un postre riendo cuando Arya terminó con azúcar en la punta de la nariz y August, fingiendo solemnidad, se inclinó para limpiarla.
Recorrieron una librería antigua donde discutieron en voz baja sobre cuál novela era mejor, y terminaron comprando un ejemplar para leerlo juntos.
Había algo ligero en el aire. Como si por unas horas no existieran nada que los incomodara.
Solo ellos.
No ocultaron su afecto. Se tomaban de la mano con naturalidad. August besó sus dedos en medio de una calle casi vacía, arrancándole un rubor que no intentó disimular.
Pero el tiempo no se detiene por felicidad.
Cuando el horario de regreso comenzó a acercarse, el cielo cambió. Las nubes se espesaron con rapidez, y el viento arrastró el primer olor a lluvia.
—Tenemos que apurarnos —dijo August, mirando hacia arriba.
La lluvia cayó sin aviso amable.
Primero ligera.
Luego insistente.
August se quitó el saco sin dudar y lo colocó sobre los hombros de Arya.
—Oye—
—No discutas —respondió él, ya empapándose.
Corrieron entre risas, esquivando charcos inútilmente. El agua terminó alcanzándolos igual. Sus pasos resonaban en la piedra mojada mientras intentaban protegerse bajo aleros que no servían demasiado.
Llegaron a la academia con el cabello húmedo y las mejillas encendidas.
August le acomodó mejor el abrigo sobre los hombros.
—Llévatelo —dijo—. Me lo devuelves después.
La miró un segundo más de lo necesario.
Luego se inclinó y besó su mejilla con dulzura.
—Apresúrate a cambiarte. No quiero que te resfríes.
Arya asintió, sonriendo.
Regresó por el pasillo envuelta en el saco de él, que aún conservaba su aroma. Esta vez no era un perfume ajeno. Era el suyo. Familiar. Reconfortante.
Sonreía para sí misma.
Hasta que dobló el corredor.
Y la vio.
Natalie von Steinbruk.
Estaba apoyada contra la pared, como si hubiera estado esperando. No parecía sorprendida.
La miró de arriba abajo con una expresión que no necesitaba palabras para ser entendida.
Arya se detuvo.
No sabía por qué.
Quizá porque la seguridad de hace unos minutos se desvaneció de golpe.
Natalie avanzó un paso.
—Te ves feliz —comentó, con una ironía delicada—. Disfrutando de la atención que te da el próximo Duque de von Hohenberg.
Arya frunció el ceño.
—No —respondió con firmeza—. Soy feliz recibiendo la atención que me da August.
No el título.
No el apellido.
August.
Natalie sonrió apenas, pero la burla era evidente.
—Qué humilde.
Se inclinó ligeramente, como si compartiera un secreto.
—Pero eso no cambia lo que él es. El próximo duque. Y tú…
Su mirada se afiló.
—¿Quién eres tú?
La pregunta cayó con precisión calculada.
Arya sintió cómo sus hombros se tensaban bajo el abrigo.
Natalie dio un paso más, bajando la voz.
—Te recomiendo que disfrutes mientras puedas.
Hizo una pausa teatral, como si meditara.
—¿Hasta el fin de este año?
El significado fue inmediato.
Último año de August.
Universidad.
Responsabilidades.
Distancia.
A Arya aún le quedaba un año más en la academia.
Sus caminos, inevitablemente, se separarían al terminar el ciclo.
Natalie observó la conmoción que cruzó fugazmente el rostro de Arya.
Y sonrió.
Triunfante.
Luego se dio la vuelta y se alejó con paso elegante, dejando tras de sí el eco de sus palabras.
Arya permaneció inmóvil en el pasillo.
El abrigo de August aún sobre sus hombros.
El aroma cálido rodeándola.
El corazón latiendo más rápido de lo que debería.
La felicidad de hacía unos minutos seguía ahí.
Pero ahora estaba acompañada de una sombra.
Arya no se movió hasta que el eco de los pasos de Natalie desapareció por completo.
El pasillo volvió a quedar en silencio.
Pero dentro de ella no había nada silencioso.
“¿Hasta el fin de este año?”
La frase empezó a repetirse, lenta, insistente. Como una gota constante.
Apretó con más fuerza el abrigo de August contra su cuerpo. Aún conservaba su calor, su aroma, el recuerdo de la lluvia y las risas. Todo era tan reciente. Tan real.
Y, sin embargo, de pronto parecía frágil.
Subió a su habitación casi sin sentir los escalones. Esa noche no habló mucho. Annie y Giselle notaron que algo había cambiado, pero no insistieron. Arya se acostó temprano, aunque dormir fue otra cosa.
Miró el techo durante horas.
August se iría al final del año.
Universidad. Responsabilidades. Un mundo distinto.
Ella seguiría allí.
Un año más.
¿Y entonces?
Las preguntas comenzaron a arremolinarse sin orden.
¿Podían tener una relación a distancia?
¿Era eso algo real o solo una ilusión romántica?
¿Podía competir una carta contra nuevas amistades, nuevas obligaciones, nuevas expectativas?
Su mente fue más cruel aún.
Quizá lo más sensato sería terminar antes.
Antes de que doliera más.
Antes de que se acostumbraran demasiado el uno al otro.
Antes de que la separación fuera inevitable y devastadora.
La idea le apretó el pecho con violencia.
¿Separarse por adelantado para evitar un sufrimiento futuro?
Sonaba lógico.
Sonaba maduro.
Pero solo imaginar no verlo cada día, no escuchar su risa en los pasillos, no sentir su mano buscar la suya… le hizo cerrar los ojos con fuerza.
No.
Eso dolía incluso más que la incertidumbre.
A la mañana siguiente, apenas lo vio cruzar el patio, supo que no podría guardar aquello.
—August —lo llamó, con una seriedad que hizo que él se detuviera de inmediato.
Algo en su tono lo alertó.
Se apartaron hacia un rincón más tranquilo del jardín. El cielo estaba claro, casi irónico después de la tormenta del día anterior.
Arya no dio rodeos.
—Anoche me encontré con Natalie.
La mandíbula de August se tensó apenas.
—¿Te dijo algo?
Arya sostuvo su mirada.
—Me recordó que este es tu último año.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores.
No era tensión externa.
Era conciencia.
August parpadeó, como si la idea acabara de adquirir peso real.
Por primera vez, no respondió de inmediato.
—Es cierto —dijo al fin, más bajo.
Arya notó el cambio.
Hasta ese momento, el fin del año había sido una fecha lejana. Un concepto. Ahora tenía forma.
—¿Qué va a pasar con nosotros? —preguntó ella.
No había reproche en su voz.
Solo vulnerabilidad.
August respiró hondo.
—No tiene por qué pasar nada.
Ella frunció levemente el ceño.
—August…
—Escúchame —pidió él, acercándose un poco más—. La distancia no significa que todo termine. Podemos escribirnos. Cartas cada semana si quieres. Puedo venir en vacaciones.
Hablaba con convicción, pero también como si estuviera construyendo el plan sobre la marcha.
—No estamos en otro mundo. Solo… en otra ciudad.
Arya lo miraba en silencio.
Las cartas.
Las visitas ocasionales.
Sonaba posible.
Sonaba romántico incluso.
Pero también sonaba frágil.
—¿Y si cambian las cosas? —preguntó en voz baja—. La universidad será distinta. Tendrás nuevas responsabilidades. Nuevas personas.
No dijo “nuevas chicas”.
No era necesario.
August dio un paso más, reduciendo la distancia hasta que casi se tocaban.
—Las cosas cambian siempre —respondió—. Pero eso no significa que lo que tenemos sea menos real.
Tomó sus manos.
—No quiero que terminemos por algo que aún no ha pasado.
La miró con una firmeza tranquila.
—Quiero intentarlo.
Arya sintió que su corazón se debatía entre el miedo y el deseo de creerle.
Ella era consciente de algo que él apenas empezaba a comprender, la vida fuera de la academia no sería igual. Las presiones familiares, el título, el futuro… todo se volvería más tangible.
Pero también sabía algo más.
No quería perderlo ahora por un temor que aún no tenía forma concreta.
—Está bien —dijo al final, suavemente.
No fue una respuesta impulsiva.
Fue una decisión.
August sonrió, aliviado, y apoyó la frente contra la de ella por un instante breve, íntimo.
—Lo haremos funcionar —murmuró.
Arya cerró los ojos.
Quiso creerlo.
Quiso aferrarse a esa certeza como la noche anterior se aferró a su abrigo.
Y aunque en el fondo una pequeña voz seguía susurrando que el futuro era incierto, decidió callarla.
Porque amar también era eso.
Elegir confiar…