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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:939
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: El rastro del sándalo

​El motor del bote azul, “La Venganza”, roncaba con un sonido asmático mientras cortaba las olas picadas de la madrugada. Mateo mantenía una mano en el timón y la otra en la mochila que contenía el "Archivo Cero". A su lado, Adrián miraba hacia la costa, viendo cómo las luces de su pequeño refugio se hacían diminutas hasta desaparecer en la negrura.

​—¿Quién podría saber lo del sándalo? —preguntó Adrián, su voz apenas un susurro que el viento se llevaba—. Ese sobre... olía exactamente como el despacho de mi padre. Pero él está encerrado.

​—No es solo el olor, Adrián —respondió Mateo, sin apartar la vista del horizonte oscuro—. Es el mensaje. "La libertad es una deuda". Alguien siente que nosotros les robamos algo cuando hundimos a Donato. No solo fue justicia; fue una interrupción en el flujo de dinero de gente muy poderosa.

​El pasajero en las sombras

​De repente, una luz roja parpadeó en la cabina del bote. No era una falla mecánica. Una pantalla oculta tras el tablero de navegación se encendió, revelando una interfaz de chat encriptada.

​DESCONOCIDO: Mantengan el rumbo 22 grados hacia el noreste. Hay una boya de combustible a dos millas. No se detengan.

​Mateo tecleó rápidamente mientras Adrián lo observaba con creciente ansiedad.

​—¿Por qué les seguimos el juego? Podríamos simplemente irnos a otra ciudad, desaparecer de nuevo —dijo Adrián.

​—Porque nos encontraron en un pueblo perdido en medio de la nada en menos de seis meses, Adri —replicó Mateo con amargura—. Si no enfrentamos a quien sea que esté detrás de esto, pasaremos el resto de nuestras vidas mirando por encima del hombro hasta que un día no sea un sobre lo que llegue, sino una bala.

​Llegaron a la boya. Pero no había combustible. Atado a la estructura metálica, balanceándose con el oleaje, había un maletín de aluminio estanco. Mateo maniobró el bote con destreza para que Adrián pudiera alcanzarlo.

​Al abrirlo sobre la cubierta, bajo la tenue luz de la cabina, ambos retrocedieron. No había armas ni dinero. Había un teléfono satelital, una llave magnética de un hotel de lujo en la capital y una máscara de porcelana blanca, similar a las que se usan en el carnaval de Venecia, rota por la mitad.

​El regreso al epicentro

​El teléfono empezó a vibrar. Mateo contestó, poniendo el altavoz.

​—Han llegado a la primera base —la voz distorsionada sonaba ahora más clara, más gélida—. El hotel es el Regency. Habitación 404. Allí encontrarán a alguien que ha estado esperando este momento tanto como ustedes.

​—¿Por qué la máscara? —preguntó Mateo.

​—Porque en la ciudad que dejaron atrás, todos llevan una. Incluso tú, Mateo. Especialmente tú, con ese disco duro que juraste destruir. Nos vemos en el centro del huracán.

​La llamada se cortó. Adrián miró la máscara rota y luego a Mateo.

​—Esa máscara... mi madre tenía una igual en su tocador. Decía que representaba su vida: una fachada hermosa con una grieta que nadie quería ver. Mateo, esto tiene que ver con ella. Con lo que vio la noche del accidente.

​Mateo asintió, sintiendo que la red se cerraba. Ya no podían huir. El "momento de debilidad" del primer volumen se había convertido en una fortaleza de acero, pero el pasado era un fantasma que exigía su tributo.

​La Capital: El reencuentro con el caos

​Cuatro horas de viaje por caminos secundarios y un cambio de coche después, la silueta de los rascacielos de la capital se alzaba ante ellos como una hilera de colmillos de cristal. Entrar de incógnito fue fácil para Mateo; sabía qué cámaras evitar y qué peajes no tenían reconocimiento de matrícula.

​El hotel Regency era el epítome del lujo que Adrián solía llamar hogar. Al entrar en el lobby, Adrián se subió la capucha de su sudadera. Se sentía como un espectro caminando por su propio cementerio.

​Subieron al cuarto piso. El pasillo olía a cera de piso y a ese aire acondicionado estéril de los lugares caros. Mateo sacó la llave magnética. El lector parpadeó en verde. Clic.

​Al entrar, la habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara de pie iluminaba un sillón de terciopelo rojo. Sentada allí, con una elegancia que el tiempo y los medicamentos no habían logrado borrar, estaba una mujer.

​—Llegan tarde, como siempre —dijo la mujer, bajando un ejemplar del periódico del día.

​—¿Mamá? —el susurro de Adrián fue un estallido de dolor y sorpresa.

​Beatriz de la Vega, la mujer que supuestamente estaba sedada y protegida en una clínica en las montañas, se puso de pie. Se veía fuerte, sus ojos ya no estaban nublados por los fármacos, sino afilados por una furia fría.

​—No me mires así, Adrián. ¿Creías que Mateo era el único con un plan de contingencia? —Beatriz se acercó a su hijo y le acarició la mejilla, pero su mirada se desvió rápidamente hacia Mateo y la mochila que este sostenía—. Mateo... has sido un chico muy travieso guardando ese disco duro.

​La alianza de las sombras

​Mateo retrocedió un paso, sintiendo el peligro emanar de la mujer.

​—Usted envió el sobre —dijo Mateo—. El olor a sándalo... no era por Donato. Era para recordarnos la casa.

​—Donato era un principiante —dijo Beatriz con desprecio, caminando hacia la ventana que daba a la ciudad—. Él creía que el poder era gritar y dar golpes. El verdadero poder es el silencio. Yo permití que él cargara con la culpa del accidente porque necesitaba que él estuviera fuera del camino para que yo pudiera reclamar lo que es mío por derecho de sangre: el control de la constructora y las alianzas políticas.

​Adrián estaba paralizado. El mundo se le derrumbaba por segunda vez. Su madre, la víctima por la que había sacrificado su dignidad, era la titiritera que había estado esperando en las sombras.

​—¿Tú sabías lo del disco? —preguntó Adrián, con la voz quebrada.

​—Yo ayudé a Donato a recopilar esa información hace años —reveló Beatriz—. Pero cuando Mateo lo robó, alteró el equilibrio. Necesito ese disco, Mateo. Contiene la clave para obligar a los jueces a anular el caso contra la empresa y devolverme el control total de los activos.

​—No se lo voy a dar —dijo Mateo, su mano apretando el cierre de la mochila—. Este disco es lo que nos mantiene vivos. Si se lo doy, somos prescindibles.

​Beatriz sonrió, una sonrisa que era idéntica a la de Adrián en sus peores momentos de arrogancia.

​—Oh, Mateo. No me lo vas a dar por dinero o por seguridad. Me lo vas a dar porque fuera de esta habitación hay tres hombres que no tienen mi paciencia. Y porque, si no lo haces, Adrián volverá a ser el conductor del accidente... y esta vez, yo no manipularé las pruebas para salvarlo.

​El dilema del arquitecto

​La tensión en la habitación era asfixiante. Mateo miró a Adrián. El amor que sentía por él era la única luz en esa habitación, pero era también su mayor vulnerabilidad. Beatriz lo sabía. Había usado el amor de su hijo para sobrevivir y ahora usaba el amor de Mateo para ganar.

​—Adrián no irá a la cárcel —dijo Mateo, su voz volviéndose peligrosamente calmada—. Porque si usted intenta incriminarlo, yo publicaré el contenido del disco en este mismo instante. He programado un "interruptor de hombre muerto" en mi servidor. Un solo clic en mi reloj y todo el mundo sabrá que usted fue la que dio la orden de sedar a las enfermeras de la clínica para escapar.

​Beatriz arqueó una ceja.

​—Un juego de espejos. Me gusta. —Se sentó de nuevo, cruzando las piernas—. Bien, hagamos un trato. Yo los protejo de los socios de Donato que quieren sus cabezas. Les doy identidades nuevas, dinero real, una vida en Europa. A cambio, tú trabajas para mí. Quiero que uses ese cerebro brillante para limpiar el rastro digital de mis nuevos negocios.

​Adrián dio un paso adelante, colocándose entre Mateo y su madre.

​—No vas a usarlo, mamá. No vamos a ser tus nuevos peones.

​—Ya lo son, querido —dijo Beatriz, señalando la puerta—. El Regency está rodeado. No están aquí como invitados. Están aquí para decidir: o se unen a la nueva reina de la ciudad, o se hunden con el recuerdo del rey caído.

​Mateo miró a Adrián. El suspenso ya no era sobre quién tenía la verdad, sino sobre cuánto estaban dispuestos a ensuciarse las manos para permanecer juntos. El romance del Volumen 1 era una fantasía; la realidad del Volumen 2 era que, para sobrevivir a los monstruos, quizás ellos mismos tendrían que convertirse en uno.

​—Aceptamos —dijo Mateo, ignorando la mirada de horror de Adrián—. Pero con una condición: Adrián no toca el negocio. Él se queda fuera de todo.

​—Trato hecho —dijo Beatriz, levantando una copa de vino que estaba sobre la mesa—. Bienvenidos a la familia, de verdad.

​Mientras Mateo estrechaba la mano de la mujer que acababa de convertirlos en esclavos de lujo, un nuevo mensaje llegó a su reloj inteligente. No era de la abogada Elena. Era un mensaje cifrado de un número que Mateo reconoció al instante: Javier.

​JAVIER: “No confíes en ella. Estoy en el edificio de enfrente. En el momento en que salgan, disparen la alarma de incendios. El tercer acto apenas comienza.”

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