Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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La Sonrisa del Depredador
Su sonrisa lenta y peligrosa me golpeó como una ola inesperada, sus ojos dorados desafiándome en ese espacio reducido entre nosotros donde el aire se había vuelto espeso y cargado de tensión, con mi mano aún firme en su cintura y la otra sosteniendo su mentón para mantenerla anclada a mi mirada, como si pudiera leer cada secreto que guardaba detrás de esa fachada de venganza fría y calculada.
Elena Vidal no era una mujer que se dejara acorralar fácilmente, pero allí estaba yo, presionándola contra el ventanal con mi cuerpo, mi físico entrenado —hombros anchos y musculosos moldeados por horas diarias en el gimnasio, brazos definidos que se tensaban bajo la camisa negra al sujetarla, y un torso firme que se adivinaba en cada respiración controlada— sirviendo como barrera entre ella y la salida, un recordatorio físico de que en este juego de poder, yo no era solo un aliado pasivo.
—No me subestimes, Elena—, murmuré con voz baja y ronca, mi aliento rozando sus labios en un roce deliberado que no llegaba a ser un beso, pero que prometía mucho más si ella se atrevía a ceder un centímetro.
Mis dedos apretando ligeramente su cintura para enfatizar mis palabras mientras la acorralaba un poco más contra el cristal frío, sintiendo cómo su cuerpo respondía con una rigidez que ocultaba una chispa de algo más profundo, algo que ambos sabíamos que estaba allí.
—Los tiburones no solo nadan en el océano; lo dominan, lo recorren de punta a punta, y saben morder cuando algo se interpone en su camino. No te descuides ni un poco conmigo, porque si piensas que este pacto es solo una alianza temporal, te equivocas: una vez que entras en mis aguas, no sales ilesa. Te protegeré de Marcos y de Sofía, sí, te daré las armas para destruirlos en estos 23 días hasta el aniversario, pero a cambio, exijo lealtad absoluta, no solo en los negocios, sino en esto... —hice una pausa, dejando que mis ojos bajaran a sus labios por un instante antes de volver a clavarse en los suyos
—...en lo que sea que esté surgiendo entre nosotros. No juegues conmigo, Elena; yo no soy como tu esposo traidor, pero tengo mis propios métodos para asegurarme de que lo que quiero sea mío, y ahora mismo, te quiero a ti en mi lado, completamente.
Ella no retrocedió, su pecho subiendo y bajando con una respiración que traicionaba el control que intentaba mantener, y por un momento, el penthouse se redujo a ese pulso compartido, al calor de su piel bajo mis dedos y al aroma de jazmín que se mezclaba con el mío, creando una atmósfera que era puro potencial explosivo, un equilibrio precario entre atracción y estrategia que amenazaba con inclinarse hacia lo inevitable si no me contenía.
Solté su mentón con lentitud, mis dedos rozando su mejilla en un gesto que era casi una caricia, pero no la liberé del todo, manteniendo la presión en su cintura para prolongar el momento, para grabar en ella la realidad de que este pacto no era un simple acuerdo comercial, sino algo que nos ataría de formas que ninguno de los dos había anticipado por completo.
—Recuerda esto cuando vuelvas a tu apartamento y pienses en Marcos: en 23 días, en esa fiesta de aniversario, no solo veremos caer su imperio de mentiras; veremos nacer el nuestro, y te aseguro que será inolvidable. Pero si intentas renegar, si piensas que puedes usar mi poder y luego alejarte, descubrirás lo rápido que un tiburón puede volverse contra la corriente.
Finalmente, la solté, retrocediendo un paso con una sonrisa que no llegaba a mis ojos, observándola recomponerse con esa gracia innata que siempre me había fascinado desde las sombras, y cuando ella recogió su abrigo y se dirigió al ascensor sin decir una palabra más, supe que había plantado la semilla: no solo de duda, sino de deseo mutuo que nos impulsaría a través de estos días cruciales.
Las puertas del ascensor se cerraron con un susurro mecánico, y el penthouse volvió a su silencio habitual, roto solo por el zumbido distante de la ciudad abajo, pero mi mente ya estaba en movimiento, un engranaje preciso que no dejaba cabos sueltos en ningún plan. Me acerqué al escritorio, abrí mi portátil con un gesto fluido y activé la línea segura con mi equipo de investigadores privados, esos fantasmas en las sombras que habían sido mis ojos y oídos durante años en el mundo de los negocios y más allá.
—Necesito una investigación profunda y discreta sobre Sofía Mendoza y Marcos Vidal—, dije en voz baja al contacto que respondió de inmediato, con mi voz fría y autoritaria mientras detallaba los parámetros: —Todo: finanzas ocultas, amantes adicionales, cualquier vínculo con actividades ilícitas como ese 'accidente' en la carretera 3 que mencionaron en el audio, conexiones con la tía Clara y su muerte sospechosa, y cualquier debilidad que podamos explotar antes del aniversario. Quiero informes diarios, evidencia irrefutable que pueda usarse en corte o en la prensa, y asegúrense de que nada trace de vuelta a mí o a Elena. Doblen el presupuesto si es necesario; esto debe ser impecable.
Colgué, satisfecho con la confirmación inmediata, sabiendo que en 23 días, esa información sería el arma definitiva para desmantelar no solo su traición contra Elena, sino cualquier amenaza residual que pudieran representar para nuestro nuevo pacto.
Me serví otro whisky, esta vez saboreándolo con calma mientras me acercaba de nuevo al ventanal, la ciudad extendiéndose ante mí como un tablero de ajedrez donde cada luz representaba una pieza en movimiento, y sentí una sonrisa curvándose en mis labios, una que era a partes iguales lasciva —imaginando a Elena en mi cama una vez que el polvo se asentara— y sádica, la de un hombre que disfrutaba viendo el mundo arder cuando era él quien encendía la mecha.
—Le daré un gran regalo de aniversario a Marcos y Sofía—, murmuré para mí mismo, la sonrisa ampliándose en una expresión de puro deleite ante el caos inminente, visualizando ya sus rostros desencajados en la fiesta cuando todo se desmoronara a su alrededor, sus planes reducidos a cenizas mientras Elena y yo emergíamos como los vencedores indiscutibles. Sí, sería un regalo inolvidable: su ruina total, envuelta en un lazo de justicia poética, y yo estaría allí para disfrutar cada segundo del incendio.
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