Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 5: Una semana para fingir (y planear) I: Descubrimientos.
Día 2 en la mansión
Despertar en una cama que no es la tuya es raro, despertar en una cama con dosel rosado, en una habitación que parece sacada de un catálogo de princesas, es directamente surrealista. Me quedé un rato mirando el techo, recordando quién era, dónde estaba y, lo más importante, quién se suponía que debía ser.
Ian. Soy Ian, tengo que recordarlo.
Bajé las escaleras con cuidado. Cada vez dolían menos, pero todavía las miraba con respeto, como si pudieran despertarse y decidir tragarme otra vez.
El olor a café me guió hasta el comedor y cuando digo comedor, no me refiero a la cocina de mi casa, donde la mesa estaba pegada a la pared y apenas cabían cuatro sillas. Esto era un comedor. Con una mesa tan larga que parecía diseñada para que la familia se comunicara por mensajes de texto en lugar de hablar. Elvira ya estaba sentada en un extremo, con una taza de té humeante. Rodrigo, mi nuevo padre, estaba en el otro extremo, leyendo el periódico como si la distancia no fuera suficiente y necesitara además una barrera de papel. En el medio, estratégicamente colocado, Karl.
—Buenos días, hijo —dijo Elvira con una sonrisa—. ¿Cómo dormiste?
—Bien —mentí.
En realidad había dormido como un soldado en territorio enemigo: con un ojo abierto y el otro medio cerrado. Pero no iba a decir eso.
—Siéntate —dijo Rodrigo sin levantar la vista—. La comida se enfría.
Me senté frente a un plato que parecía sacado de un restaurante de cinco estrellas: huevos, fruta, jugo, pan recién horneado. Cosas que en mi casa eran de domingo y aquí eran de lunes cualquiera.
—¿Qué tal si hoy salimos? —propuso Karl—. Podríamos ir al centro, tomar algo...
—Los médicos dijeron que debe descansar —interrumpió Elvira, con un tono que dejaba claro que no era una sugerencia.
—Solo un rato...
—Elvira tiene razón —dijo Rodrigo, y su voz bastó para cerrar el tema. No gritó, no levantó la mano, nada, solo habló con ese tono grave de alfa y el asunto quedó zanjado.
Karl me lanzó una mirada de complicidad, como diciendo "ya sabes cómo son los padres". Yo asentí, como si entendiera, como si fuéramos el mismo equipo. No somos el mismo equipo, pensé mientras mordía un pedazo de pan. Ni siquiera jugamos el mismo deporte.
Después del desayuno me encerré en mi habitación, saqué el teléfono y lo miré como quien mira una granada sin explotar.
Había pasado una semana en el hospital y un día en casa, la gente comenzaba a impacientarse. Mensajes de números que no tenía guardados, de contactos con nombres cursis: "Mi amor", "Princesa", "Corazón". De grupos de WhatsApp con nombres como "Las reinas del omega" y "Planeta Ian".
Me puse a leer con método, como quien estudia para un examen.
"Ian, ¿cuándo vuelves? Te extrañamos."
"Nos dijeron que ya estás en casa, ¿podemos ir a verte?"
"Oye, ¿es cierto que no te acuerdas de nada? Qué fuerte."
"Karl está destrozado, pobrecito, lo he visto en el entrenamiento y no es el mismo."
Pobrecito, pensé. Un drama.
Pero había dos contactos que aparecían más que el resto. Marta y Julia. Por la forma en que escribían, sin cursilerías, con preguntas directas y preocupación genuina, deduje que eran las amigas de verdad.
Marta: ¿En serio no te acuerdas de nada? Ni de cuando nos conocimos?
Julia: Oye, no me hagas esto, que si no te acuerdas de mí me voy a poner a llorar.
Decidí responderles, al fin y al cabo, si iba a moverme en este mundo, necesitaba aliados.
Yo: Hola. Sí, estoy vivo. Más o menos.
Marta respondió al instante.
Marta: ¡Ian! ¿Cómo estás?
Yo: Como alguien que se cayó por unas escaleras. O sea, regular.
Marta: Ja, ja. Qué gracioso. ¿Ya te acuerdas de algo?
Yo: Cosas sueltas. Fotos. Gente.
Marta: ¿De nosotros?
Yo: De ti sí. Riendo.
Marta: Bueno, eso es normal, soy muy divertida.
Sonreí, me gustaba esta chica.
Julia: Oye, no me ignores. ¿Te acuerdas de mí?
Yo: Tú eres la seria, ¿no?
Julia: 😒
Yo: Apareces en mis recuerdos, mirando feo.
Julia: Yo no miro feo, miro con atención.
Yo: Eso mismo dice mi abuela.
Hubo una pausa, luego:
Julia: Eres diferente.
Yo: ¿En qué sentido?
Julia: No sé, antes no hacías bromas, eras más... dulce.
Yo: Tal vez el golpe me cambió.
Julia: Tal vez. O tal vez siempre fuiste así y no te conocía bien.
Me quedé pensando en esa respuesta.
Día 3
Al tercer día me sentía como un explorador en territorio hostil, o en territorio demasiado amable, que también es hostil a su manera.
La mansión era un laberinto. Habitaciones que nadie usaba, cuadros que valían una fortuna, pasillos que llevaban a otros pasillos. Encontré una biblioteca, un gimnasio, una sala de cine y tres salones distintos. Todo impecable, todo frío. Elvira me seguía a todas partes como una sombra cariñosa. Me preguntaba si quería algo, si me sentía bien, si necesitaba compañía; yo le decía que no, que estaba bien, que solo quería explorar.
En una de esas vueltas, encontré las fotos en un pasillo, en marcos de plata. Ian con sus padres, Ian con Karl, Ian en la playa, Ian en la montaña, Ian sonriendo siempre. Sonrisas perfectas, de esas que parecen sacadas de un anuncio de pasta de dientes.
Pero yo ya sabía que esas sonrisas no eran toda la historia.
———
La biblioteca estaba en el ala este, junto a un salón que nadie usaba. Era enorme, con estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, una escalera corrediza para alcanzar los libros de arriba, sillones de cuero gastado por el uso. Olía a papel viejo y a polvo, un olor honesto, de esos que no intentan impresionar a nadie.
Me acerqué a una de las estanterías y empecé a pasar los dedos por los lomos. Novelas, libros de historia, ensayos, nada que me llamara la atención. Hasta que llegué a un estante más bajo, casi a ras del suelo, donde había una fila de libros infantiles y juveniles y ahí, entre todos, uno distinto. Un libro de tapas azules, gastado, con las esquinas dobladas.
Lo saqué. Era una edición vieja de El Principito. Lo abrí y en la primera página, escrito con una letra cuidada, clara, casi elegante, había una dedicatoria.
"Para Ian, que siempre encuentra refugio en las historias. —Kevin."
Me quedé mirando la frase un buen rato.
Kevin.
Otra vez ese nombre, el mismo del mensaje en el teléfono. Cerré el libro y lo dejé donde estaba pero me quedé con el nombre. Otro hilo suelto que, tarde o temprano, tendría que tirar.
———
Esa tarde, mientras revisaba los cajones de su habitación —buscando algo, cualquier cosa, que me ayudara a entender mejor a Ian— lo encontré.
Un cuaderno pequeño, de tapas duras, color crema. Escondido debajo de un montón de revistas, como si alguien no quisiera que fuera demasiado visible. Lo abrí.
Diario de Ian.
Mi corazón dio un vuelco. Empecé a leer.
Querido diario:
Hoy Karl canceló nuestra cita otra vez. Dijo que tenía que entrenar, que el partido del sábado es importante. Le dije que lo entendía, que no pasaba nada, pero por dentro me preguntaba si soy yo, si pido demasiado. Los alfas necesitan su espacio, eso lo sé. No puedo ser tan intenso.
———
Quedamos en vernos el viernes y no apareció. Me mandó un mensaje a las dos de la mañana diciendo que se quedó dormido en casa de un amigo. Le dije que no me molestaba, que estas cosas pasan, pero me dolió, me dolió mucho. Igual soy demasiado sensible. Karl dice que a veces soy demasiado sensible.
———
Hoy vi una foto de Karl con Valeria en el Instagram de alguien, estaban en una merienda, con un grupo. Karl me había dicho que tenía que estudiar, le pregunté y me dijo que era un trabajo grupal, que Valeria estaba en su equipo. Me llamó desconfiado, terminé pidiéndole disculpas. No quiero que se enoje conmigo.
———
Hoy le reclamé porque no me respondió en todo el día. Se enojó, me dijo que yo era demasiado demandante, que los alfas necesitan su libertad. Pasé toda la noche llorando. Al final le escribí pidiéndole perdón.
———
Vi a Karl y a Valeria en el centro comercial. Él me había dicho que tenía que ayudar a su padre, cuando le pregunté, me dijo que ella lo había encontrado por casualidad y que se habían tomado un café. Me llamó paranoico, otra vez terminé disculpándome.
———
Hoy es nuestro aniversario. Karl dijo que tenía una cena con la familia, le dije que lo entendía. Le preparé una sorpresa para mañana, seguro que mañana sí podemos vernos.
El nudo en mi garganta crecía con cada página.
Este chico... este pobre chico... se pasaba la vida disculpándose por existir. Por querer un poco de atención, por pedir lo mínimo. Y Karl, el muy hijo de puta, lo tenía exactamente donde quería. Un omega que nunca reclamaba, que siempre entendía, que siempre se disculpaba. El omega perfecto para un alfa que quería hacer lo que le diera la gana.
Cerré el diario y me quedé un rato en silencio, sentía una opresión en el pecho. No era solo rabia, era pena, una pena profunda, densa, como si alguien me hubiera puesto una losa encima.
—No era tu culpa —murmuré, sin saber si se lo decía a Ian o a mí mismo—. No era tu culpa, ¿me entiendes?
Pero la rabia volvió, siempre vuelve. Subió desde el estómago, caliente, amarga.
Karl lo tenía todo: una familia que lo quería, un futuro asegurado, un omega que lo amaba sin condiciones. Y lo único que había hecho con eso era burlarse, mentir, usar a Ian como un adorno y reírse de él a sus espaldas.
—Maldito idiota —dije, y esta vez lo decía por Karl. Por Karl y por todos los que se creen con derecho a pisotear a los demás.
Respiré hondo, me levanté, caminé hasta la ventana, miré el jardín. Todo perfecto, todo falso, como la vida que Ian fingía tener.
Volví a sentarme. Quería cerrar el diario y no leer más, pero algo me decía que siguiera, que había más. Así que abrí otra vez, por donde había dejado, y seguí leyendo.
Mamá dice que Karl es un buen partido, que todos los omegas sueñan con un alfa así. Yo quiero creerle, quiero creer que todo esto es normal, que todos los alfas son así al principio, que con el tiempo cambiará. Que cuando nos casemos, todo será distinto.
———
Anoche soñé que Karl me dejaba. Me desperté llorando y estuve a punto de llamarle, pero me contuve. No quiero ser pesado, no quiero que se canse de mí. Si lo pierdo, no sé qué haría.
———
Valeria me miró raro hoy en la escuela. No sé por qué, tal vez me estoy imaginando cosas. Karl dice que soy muy desconfiado, que eso cansa. Debería confiar más en él, debería confiar más en todos. El problema soy yo, siempre soy yo.
Y entonces, casi al final del cuaderno, una entrada distinta, más cuidada, como si Ian hubiera tardado en escribirla.
Hoy vino Kevin a casa. Karl estaba de mal humor porque su padre lo comparó con él otra vez. Kevin no dijo nada, pero yo vi cómo Karl apretaba los puños. A veces pienso que Karl odia a su hermano, no sé por qué, Kevin siempre ha sido bueno conmigo. Me trajo un libro la última vez que estuve enfermo.
Me quedé mirando esa entrada un buen rato.
Kevin.
El mismo nombre del mensaje en el teléfono, el mismo del libro que encontré en la biblioteca.
Vaya, así que el hermano perfecto existía y Karl no lo soportaba. Eso lo explicaba todo, o casi todo. El padre los comparaba, Kevin era el bueno, el responsable, el que traía libros cuando alguien estaba enfermo y Karl... Karl era el que apretaba los puños y luego se desquitaba con Ian.
No sabía quién era Kevin, no lo conocía, pero por lo poco que había visto —un mensaje breve, un libro con dedicatoria, una entrada en un diario—, parecía alguien que se preocupaba por Ian. O al menos, alguien que se había tomado la molestia de estar presente.
Aunque Elvira también se preocupaba y mucho, eso lo tenía claro. La forma en que lo miraba, en que le llevaba mantas, en que le preguntaba si necesitaba algo... eso era preocupación de verdad, de madre. Pero había algo más, algo que no terminaba de encajar. No sabía qué, todavía no.
Cerré el diario y me quedé mirando la pared.
No puedo derrumbarme, pensé. Ian no se derrumbó, Ian aguantó hasta que lo mataron y yo no voy a dejar que me pase lo mismo.
Alguien tenía que pagar por esto y yo iba a asegurarme de que así fuera.
———
Esa noche, Elvira entró a mi habitación con una manta extra, dijo que iba a hacer frío y que no quería que me resfriara. La dejó sobre la cama, me miró con esa sonrisa suya, triste y dulce a la vez, y se fue. Me quedé mirando la manta, era suave, de esas de cashmere que solo había visto en las tiendas, nunca en mi casa. Y su olor quedó flotando en el aire. Azahar. Miel. Un olor de madre, de esas que cuidan, que abrazan, que están.
Y entonces, sin poder evitarlo, pensé en mi madre.
Rosa, se llamaba Rosa. Trabajaba doce horas al día limpiando casas ajenas. Volvía a casa con las manos agrietadas y la espalda rota y nunca se quejaba. Nunca. Solo me miraba con esos ojos cansados y me decía que estudiara, que no quería que yo acabara como ella. Y yo le prometí que lo lograría, que sacaría a la familia adelante, que Thiago iría a una buena escuela. Que Camila estudiaría una carrera, que ella podría dejar de trabajar. Se lo prometí.
Y ahora estaba muerto y todas esas promesas se habían ido conmigo.
Camila tendría que hacer de madre, tendría que cocinar, limpiar, cuidar a Thiago. Tendría que dejar de ser niña antes de tiempo y todo por mi culpa, porque yo ya no estaba.
Me quedé un rato en silencio, con la manta de Elvira entre las manos, luego la doblé con cuidado, la dejé sobre la silla, y me metí en la cama.
No puedo derrumbarme, pensé, no puedo. Y apagué la luz.
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀
ya quiero leer esa no cita 😏🤭😉