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Vínculos De Sangre Y Seda

Vínculos De Sangre Y Seda

Status: En proceso
Genre:Romance / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:613
Nilai: 5
nombre de autor: Den Arg

En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.

Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.

Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.

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CAPÍTULO 10: LA PRIMERA NOCHE EN EL INFIERNO

El trayecto desde la Catedral de San Patricio hasta la imponente casona de los Romano en Brooklyn se realizó en el interior de una limusina blindada que iba escoltada por cuatro vehículos de seguridad. A diferencia del silencio tenso que había caracterizado sus anteriores encuentros, el habitáculo estaba impregnado por el perfume a jazmín de Elena y el aroma a tabaco y madera de cedro que desprendía el traje de Matteo.

Ninguno de los dos habló durante los primeros veinte minutos de recorrido. Elena miraba a través de los cristales tintados cómo las bulliciosas calles de Manhattan daban paso a las zonas residenciales e industriales de Brooklyn. Llevaba aún el pesado vestido de novia de seda Mikado, y el velo de encaje descansaba doblado sobre el asiento a su lado. Se sentía agotada, no por el peso físico de las telas o por el protocolo de la ceremonia, sino por la presión invisible de haber cruzado una línea de no retorno.

—Vi a alguien al salir de la catedral —rompió el silencio Elena, con voz baja pero clara, sin apartar los ojos de la ventanilla.

Matteo, que revisaba un informe de seguridad en su teléfono satelital, detuvo el movimiento de sus dedos y levantó la vista lentamente.

—¿A quién viste? —preguntó con un tono que combinaba la frialdad táctica y una sutil alerta.

—No le vi el rostro con claridad porque llevaba el sombrero calado y el abrigo oscuro abrochado hasta el cuello —explicó ella, girando la cabeza para mirarlo de frente—. Estaba en la última fila, justo antes de las puertas de salida. Me miró de una forma... extraña. Como si estuviera presenciando el funeral de alguien, no una boda.

Los ojos oscuros de Matteo se estrecharon. En el mundo de la mafia, un desconocido con actitud sospechosa en una ceremonia blindada no era una simple coincidencia.

—Gabriel revisará las grabaciones de las cámaras de seguridad perimetrales de la catedral en cuanto lleguemos a la casona —dijo Matteo con firmeza, guardando el teléfono en su bolsillo interior—. Nadie ajeno a nuestras familias o a los invitados autorizados pudo haber cruzado los filtros de seguridad a menos que tuviera un contacto interno de alto rango. No te preocupes por eso ahora.

—No estoy preocupada, Matteo —respondió Elena con un destello de orgullo en la mirada, enderezándose en el asiento—. Solo te estoy advirtiendo que la paz que firmamos en el altar tiene enemigos que no se van a conformar con un par de firmas en un contrato de papel.

Matteo la observó en silencio durante unos segundos. Le fascinaba y a la vez le desconcertaba la compostura de su nueva esposa. Cualquier otra mujer en su lugar estaría temblando de miedo tras haber presenciado el exilio de su hermano y al entrar en la casa de sus antiguos enemigos; Elena, en cambio, analizaba los riesgos como si fuera un general inspeccionando el campo de batalla.

—Lo sé —respondió Matteo con un tono más suave, inclinándose ligeramente hacia ella—. Por eso mismo estás a mi lado.

La recepción posterior se celebró en los jardines y salones principales de la residencia Romano en Brooklyn. Cientos de invitados —capitanes de las cinco familias, socios comerciales, políticos de dudosa reputación y figuras de la alta sociedad neoyorquina— se congregaron bajo una gigantesca estructura de cristal climatizada adornada con miles de luces blancas.

El banquete fue un desfile de opulencia calculada. Don Vincenzo Romano presidía la mesa principal junto a Don Stefano Moretti, proyectando ante todos una imagen de hermandad indestructible. Sin embargo, bajo la superficie de los brindis con champán y las sonrisas diplomáticas, la tensión era palpable. Los hombres de los Romano y los de los Moretti ocupaban mesas separadas en los extremos del salón, vigilándose mutuamente con la desconfianza propia de dos ejércitos en tregua temporal.

Elena cumplió con cada una de las exigencias del protocolo. Saludó a los capitanes, aceptó las felicitaciones fingidas de las esposas de los socios y bailó el vals nupcial con Matteo bajo los destellos de las cámaras y las miradas inquisitivas de los presentes. En los brazos de Matteo, sintiendo la firmeza de su mano en su cintura y la distancia controlada de sus cuerpos, comprendió que su papel como la señora Romano había comenzado oficialmente.

Era pasada la medianoche cuando los últimos invitados comenzaron a marchar y el bullicio de la fiesta se desvaneció en el silencio de la madrugada.

Gabriel y los escoltas escoltaron a los recién casados hasta la planta noble de la casona Romano, el ala privada donde residían los herederos del clan. Las puertas dobles de caoba se abrieron ante ellos, revelando una suite amplia, decorada con muebles de roble oscuro, cortinajes pesados en tonos burdeos y una gran cama con dosel que ocupaba el centro de la estancia.

En cuanto los guardias cerraron la puerta desde el exterior, el silencio absoluto se apoderó de la habitación.

Elena se detuvo en medio de la estancia, sintiendo de repente el peso abrumador de la realidad. Se quitó los pendientes de perlas con manos ligeramente temblorosas y los depositó sobre la cómoda de mármol.

Matteo, por su parte, se quitó la pajarita del esmoquin, la arrojó sobre un sillón y comenzó a desabotonar los puños de su camisa blanca con movimientos pausados. Caminó hacia el mini bar integrado en la pared, se sirvió dos dedos de whisky escocés sin hielo y dio un trago largo antes de girarse para mirarla.

—Puedes usar el vestidor de la izquierda; la mitad de los armarios ya están adaptados con tu ropa y tus pertenencias —dijo Matteo con voz neutra, manteniendo una distancia prudente—. El baño principal está provisto de todo lo necesario.

Elena lo miró a través del espejo de la cómoda, sosteniendo su reflejo con fijeza.

—¿Y tú? —preguntó ella con tono desafiante, dándose la vuelta para enfrentarlo—. ¿Vas a fingir que esta es una noche de bodas tradicional, o vamos a hablar con la misma honestidad con la que lo hicimos en el coche?

Matteo se detuvo con el vaso a medio camino de los labios. Dejó el recipiente sobre la superficie de madera y la observó fijamente, evaluando cada una de sus palabras.

—No soy un hombre de ficciones, Elena —respondió Matteo con voz grave y pausada, dando un paso hacia ella—. Sé perfectamente que te casaste conmigo obligada por tu padre para salvar los negocios de tu familia. Y tú sabes que yo acepté este matrimonio porque la supervivencia de mi clan lo exigía. Fingir un romance de cuento de hadas entre nosotros sería una estupidez innecesaria.

—Me alegra escuchar eso —respondió Elena, levantando la barbilla con orgullo y cruzándose de brazos—. Porque no tengo la menor intención de jugar a la esposa devota y sumisa en esta casa.

—No esperaba menos de ti —contestó Matteo, esbozando una sonrisa leve y distante, un gesto que apenas rozaba las comisuras de sus labios—. Pero recuerda las reglas del juego: ante el mundo exterior, ante los capitanes de abajo y ante tu propia familia, somos una pareja unida e indestructible. Lo que ocurra dentro de estas cuatro paredes en privado se rige por nuestros propios términos.

—¿Y cuáles son esos términos, Matteo? —inquirió ella, acortando un poco la distancia entre ambos, desafiando la imponente presencia del heredero con la intensidad de sus ojos verdes.

Matteo guardó silencio por un instante. La miró de arriba a abajo, apreciando la elegancia altiva de la mujer que acababa de unirse a su destino. Dio un paso más, quedando a escasos centímetros de ella, lo suficientemente cerca para que Elena pudiera percibir el calor de su cuerpo y el aroma a tabaco y alcohol de su trago.

—Los términos son simples, Elena —murmuró Matteo en un tono bajo, profundo y cargado de una electricidad contenida que hizo vibrar el aire entre ellos—. Tienes libertad absoluta para moverte por esta casa, gestionar tus proyectos y mantener tu dignidad intacta. Pero jamás olvides que formas parte de mi vida y de mi mundo. Y en mi mundo, lo que me pertenece... se protege con la vida misma.

Antes de que Elena pudiera formular una respuesta ante la intensidad de sus palabras, Matteo dio media vuelta y caminó hacia el estudio contiguo, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido sordo.

Elena se quedó sola en el centro de la gran suite matrimonial. Respiró hondo, sintiendo cómo los latidos de su corazón repiqueteaban con fuerza en su pecho. Comprendió que la batalla por su independencia no había hecho más que empezar, y que vivir bajo el mismo techo que Matteo Romano iba a ser mucho más peligroso —y mucho más tentador— de lo que jamás se había atrevido a imaginar.

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