En la Facultad de Mecatrónica de Seúl, el amor está estrictamente prohibido por la competencia. Seo-jun (Líder del Grupo A) y Min-jae (el genio del Grupo B) son rivales declarados ante el mundo, pero amantes en secreto. Cuando el comité escolar manipula sus calificaciones para separarlos y obligarlos a competir por una beca única a Alemania, una red de secuestros y corrupción sale a la luz. Decididos a destruirlos, caen en una emboscada donde la Directora de la facultad les apunta con un arma. En un segundo de desesperación, Jae recibe una bala para salvar a Jun. ¿Podrá su amor sobrevivir a la muerte?
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Teoría Del Caos
Min-jae regresó a la mesa de trabajo arrastrando los pies, intentando por todos los medios que sus rodillas no temblaran. Sostenía la carpeta del reporte con los dedos apretados, usando el plástico para ocultar la pequeña mancha húmeda que había quedado en el borde de su playera.
—¡Al fin llegas! —exclamó Soo-ah, arrebatándole los papeles de las manos—. El profesor Andrés ya viene hacia acá. ¿Por qué están arrugadas las hojas? ¿Te peleaste con la impresora?
—Algo así. Se trabó el rodillo —mintió Min-jae, dejándose caer en la silla con un leve gemido que transformó rápidamente en una tos falsa.
Ji-hoon lo miró de reojo, entornando los ojos—. Tienes los labios hinchados, Jae. Y estás sudando. ¿Hacía tanto calor en el cuarto de herramientas?
—Es el estrés de la entrega, Ji-hoon. Cállate y concéntrate —replicó Min-jae, sintiendo el calor del fluido de Seo-jun todavía tibio en su interior, recordándole la brutalidad con la que había sido reclamado contra la puerta.
El profesor Andrés llegó a la mesa y la revisión comenzó. Gracias a la modificación exacta que Seo-jun había tecleado minutos antes, la interfaz del Grupo B funcionó sin contratiempos. El veredicto del profesor fue un sólido 9.5. Ji-hoon y Soo-ah chocaron las palmas, celebrando avergonzados pero aliviados.
Sin embargo, la victoria duró poco. Diez minutos después, fue el turno del equipo de Seo-jun. Su tarjeta universal de control no solo compiló a la primera, sino que los tiempos de respuesta del motor automatizado eran perfectos. Un 10 rotundo.
Desde el otro lado del laboratorio, Seo-jun cruzó los brazos sobre su pecho, sosteniéndole la mirada a Min-jae. Su rostro mantenía la seriedad profesional frente al maestro, pero en cuanto este se dio la vuelta, Jun le dedicó a Jae una sonrisa de lado, lenta y cargada de suficiencia. Le estaba cobrando la apuesta. Min-jae había perdido por media décima, y ambos sabían exactamente cómo tendría que pagar esa deuda en la cama de Jun.
Al terminar la clase, la dispersión de los estudiantes en el estacionamiento de la facultad trajo consigo las primeras grietas del secreto. Tae-hyun interceptó a Seo-jun justo al lado de su auto.
—No soy estúpido, Seo-jun —soltó Tae-hyun, cruzándose de brazos y bloqueándole el paso a la puerta del conductor.
—¿Ahora de qué hablas? Tengo prisa, Tae-hyun.
—Te vi salir del cubículo de herramientas del fondo un minuto después de que Min-jae salió con el reporte arrugado —dijo Tae-hyun, mirándolo con una seriedad implacable—. Y tenías la sudadera desarreglada. ¿Qué está pasando entre ustedes dos?
Seo-jun ni siquiera pestañeó, manteniendo la fachada de piedra que había pulido durante años—. Fui a restregarle en la cara que su código era una basura y que dependía de mí para no reprobar. ¿Te parece extraño que disfrute humillar al sabelotodo del Grupo B?
—Me parece extraño que tu mirada hacia él ya no tenga rabia, Jun —sentenció Tae-hyun, dándose la vuelta—. Ten cuidado. Si estás jugando a algo raro con Min-jae, te vas a quemar. Ustedes dos tienen demasiada historia de odio como para que esto termine bien.
El martes por la mañana trajo consigo un cambio drástico en el tablero de juego. El ambiente en el aula del Grupo B era inusualmente tranquilo hasta que el director de la carrera entró acompañado por el profesor de diseño mecatrónico.
—Buenos días, jóvenes —anunció el profesor, aclarándose la garganta—. Antes de iniciar con el bloque de simulación, quiero presentarles a un alumno que se incorpora a nuestra sección a partir de hoy. Viene transferido de una de las facultades más importantes del norte por excelencia académica. Denle la bienvenida a Jang Hyun-woo.
Un chico alto, de hombros anchos y una postura impecable caminó hacia el frente. Tenía el cabello castaño perfectamente peinado y una sonrisa relajada, sumamente atractiva, que provocó murmullos inmediatos entre las estudiantes de las primeras filas. Pero lo que hizo que a Min-jae se le congelara la sangre en las venas fue reconocer ese rostro.
Hyun-woo no era un desconocido. Había sido el vecino de la infancia de Min-jae en su antigua ciudad, su primer amigo y, mucho antes de que Seo-jun apareciera en su vida, la primera persona con la que Min-jae había experimentado una confusión romántica en la secundaria, antes de que la familia de Hyun-woo se mudara al norte.
Los ojos de Hyun-woo recorrieron el salón hasta que se detuvieron con precisión matemática en Min-jae. Su sonrisa se ensanchó, volviéndose mucho más cálida y personal.
—Como los equipos ya están formados para el proyecto final del semestre, asignar el director determinó que Hyun-woo se integrará al equipo de los señores Ji-hoon, Soo-ah y Min-jae —dictaminó el profesor—. Hyun-woo, puedes tomar asiento con ellos.
Hyun-woo caminó por el pasillo central, ignorando las miradas del resto, y se detuvo justo al lado del banco de Min-jae. Dejó su mochila en el suelo y se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en la mesa.
—Vaya... qué pequeño es el mundo, Jae-jae —susurró Hyun-woo, usando el viejo apodo de la infancia que nadie más en la universidad conocía. Su voz era suave, con un matiz de confianza que hizo que Min-jae se tensara de inmediato—. Te extrañé todos estos años. Te ves hermoso.
Min-jae parpadeó, completamente descolocado por la audacia de Hyun-woo—. Hyun-woo... yo... no sabía que vendrías a esta universidad.
—Vine a buscar lo que dejé pendiente —respondió el chico nuevo con una mirada intensa, antes de sentarse en la silla vacía a su lado.
Mientras tanto, en el pasillo exterior que conectaba los edificios, Seo-jun caminaba con un café en la mano hacia su propio salón. Al pasar junto a la gran ventana de cristal que daba directamente al aula del Grupo B, sus ojos buscaron por puro instinto la silueta de Min-jae.
Lo que vio hizo que sus dedos apretaran el vaso de cartón con tanta fuerza que el café caliente estuvo a punto de desbordarse.
Un tipo desconocido, alto y de buena presencia, estaba sentado peligrosamente cerca de Min-jae. El chico nuevo se había inclinado tanto que su hombro tocaba el de Min-jae, y le estaba sonriendo mientras estiraba la mano para acomodarle de forma juguetona un mechón de cabello rebelde detrás de la oreja.
Lo que más le dolió y le enfureció a Seo-jun fue la reacción de Min-jae: no le dio un golpe, no lo empujó ni lo miró con el desprecio frío que solía usar con todo el mundo. Min-jae simplemente se había quedado quieto, con las mejillas ligeramente encendidas y una expresión de total familiaridad.
Desde el pasillo, observando a través del cristal, Seo-jun sintió una punzada de celos tan violenta y corrosiva en el pecho que le nubló la vista. La mandíbula se le tensó hasta causarle dolor. Su rival, el chico que apenas ayer había estado gimiendo su nombre metido en un cubículo sucio, estaba dejando que otro lo tocara con total libertad.
La teoría del caos dictaba que el aleteo de una mariposa podía causar un huracán en el otro lado del mundo. Y en ese momento, la llegada de Hyun-woo acababa de desatar una tormenta de celos posesivos que Seo-jun no iba a poder contener por mucho tiempo.