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Nuestro Destino 1 El Comienzo

Nuestro Destino 1 El Comienzo

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Reencuentro / Completas
Popularitas:78
Nilai: 5
nombre de autor: cristy182021

Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.

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Capítulo 20

Cris pasó todo el domingo haciendo tarea.

Pero no era un domingo cualquiera.

Había algo distinto en ella.

En la forma en que se acomodaba el cabello.

En cómo mordía distraída la punta del lápiz.

En esa sonrisa… que aparecía sin avisar.

No importaba si resolvía ejercicios, si cambiaba de canción o si se quedaba mirando el cuaderno sin avanzar.

Siempre volvía a lo mismo.

A él.

A esos dos besos.

Se dejó caer sobre la cama, abrazando la almohada contra el pecho, como si necesitara contener algo que no dejaba de crecer.

—¿Qué me está pasando…? —susurró.

Pero no sonaba preocupada.

Sonaba… feliz.

Puso música romántica, más fuerte de lo normal.

Cantó sin pena.

Cerró los ojos.

Se dejó llevar.

Abajo, sus papás intercambiaron una mirada en silencio.

—Amor… —dijo su mamá, suave— volvió.

Su papá sonrió apenas, como si confirmara algo que ya sospechaba.

—No… —respondió— volvió mejor.

Ella bajó la voz, casi como si revelara un secreto:

—Siempre estuvo enamorada de él.

Él frunció ligeramente el ceño.

—¿El chico de hace tres años?

—El mismo.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue revelador.

—Vaya… —murmuró él, asintiendo— entonces esto no es casualidad.

Y sonrió.

—Me alegro por nuestra princesa.

El lunes llegó con calor desde temprano.

Cris eligió algo sencillo: short, blusa ligera… nada especial.

Y aun así, cuando se miró al espejo…

Se detuvo.

No porque dudara.

Sino porque se reconoció diferente.

—¿Será que hoy lo veo…?

No lo dijo como pregunta.

Lo dijo como esperanza.

Al llegar a la prepa…

Ahí estaba.

Tay.

Esperándola.

Como si el tiempo sin verla hubiera sido demasiado.

Cris bajó de la moto, y por un segundo, todo a su alrededor dejó de importar.

Él caminó hacia ella sin prisa… pero sin dudar.

Y entonces, extendió la mano.

No para saludarla.

Para entregarle un ramo de rosas.

De su color favorito.

Cris se quedó quieta.

No por sorpresa.

Por emoción.

—Son para ti…

Su voz no tembló.

Pero su mirada lo dijo todo.

—Gracias… —respondió ella, bajito.

Sus mejillas se encendieron.

Y él… no apartó la vista.

Desde lejos, sus amigas se quedaron en shock.

—No… no puede ser…

—¿Le trajo flores?

—Esto ya es otro nivel…

Tay dio un paso más.

Acortó la distancia.

Y sin hacerlo grande, sin hacerlo espectáculo…

Le dio un beso en la mejilla.

Suave.

Natural.

Como si ya le perteneciera ese lugar.

Cris se quedó inmóvil un segundo.

Luego… reaccionó.

Demasiado tarde para ocultarlo.

—¡Ay, el amor! —cantaron sus amigas— ¡ya nació algo aquí!

Ambos voltearon al mismo tiempo.

Y sin planearlo…

Se rieron.

Pero no fue una risa cualquiera.

Fue de esas que salen solas.

De las que confirman algo.

Tay la acompañó hasta el salón.

No la tomó de la mano completamente.

Pero tampoco la soltó.

Como si ese pequeño espacio entre ellos…

Ya estuviera lleno de algo más.

El salón aún estaba vacío.

Perfecto.

Cris dejó su mochila sin cuidado y volteó de inmediato hacia sus amigas, con una emoción que ya no podía contener.

—¡Tengo que contarles algo!

Se sentaron alrededor casi al instante, como si ya supieran que venía algo grande.

—El sábado… —hizo una pausa, no por duda, sino por sentirlo otra vez— Tay me besó.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y luego—

—¡¡¿QUÉ?!!

—¡No inventes!

—¡¿Y tú qué hiciste?!

Cris bajó la mirada, pero no para esconderse.

Sonrió.

—Lo dejé…

Otra pausa.

—Y luego… se lo regresé.

El grito fue inevitable.

—¡NOOOO!

—¡Esto ya se salió de control!

—¡Amiga, esto ya es serio!

Las miradas entre ellas cambiaron.

Ya no era solo emoción.

Era conciencia.

Esto iba en serio.

Y Cris lo sabía.

Lo sentía en la forma en que su pecho se tensaba cada vez que pensaba en él.

Mientras tanto…

En otro lado de la prepa…

Tay no estaba prestando atención a nada.

Tenía a sus amigos enfrente, hablando, bromeando…

Pero él estaba en otro lugar.

—A ver… —dijo uno, cruzándose de brazos— ¿qué traes con Cris?

Tay soltó una pequeña risa, más para sí mismo que para ellos.

—No tienen idea…

Se pasó la mano por el cabello, respirando hondo, como si estuviera a punto de abrir algo que había guardado demasiado tiempo.

—Esto no empezó ahora.

Sus amigos se miraron entre sí.

—¿Entonces?

Tay levantó la mirada.

—Hace tres años… en un viaje.

El ambiente cambió.

—Espera… —dijo uno, frunciendo el ceño— no me digas que…

—Sí —lo interrumpió— es ella.

Silencio total.

—¿Cris es la chica que salvaste?

Tay asintió.

Esta vez, sin sonrisa.

Sin juego.

—Nunca la olvidé.

Uno de ellos soltó el aire de golpe.

—Hermano… eso ya no es coincidencia.

—Eso es destino.

—Eso es película.

Tay sonrió apenas, pero no con ligereza.

Con algo más profundo.

—Tal vez…

Otro amigo se inclinó hacia él.

—¿Y qué pasó con Livier y las demás?

Tay frunció ligeramente el ceño.

—No las he visto.

—Se cambiaron al turno de la tarde… solo este semestre.

Él alzó las cejas, sorprendido.

—¿En serio?

—Sí… así que ya no tienes distracciones.

Le dieron un leve empujón en el hombro.

—Ahora sí puedes concentrarte.

Tay bajó la mirada un segundo.

Pero no por nervios.

Por claridad.

—El sábado la besé.

Silencio otra vez.

Pero distinto.

Más cargado.

—¿Y?

Tay levantó la vista.

Y ahora sí sonrió.

De verdad.

—Me besó de vuelta.

—¡NOOOO!

—¡Eso ya está hecho!

—¡Hermano, ya ganaste!

Tay negó con la cabeza, suave.

—No…

Y entonces dijo algo que cambió todo:

—Apenas está empezando.

El timbre sonó, rompiendo el momento.

Pero algo ya había quedado claro.

Esto…

No era cualquier historia.

El recreo llenó la escuela de ruido.

Risas.

Pasos apresurados.

Voces cruzándose por todos lados.

Pero para ellos…

Todo parecía más simple.

Cris salió con sus amigas al patio…

Y no tuvo que buscarlo.

Porque él ya estaba ahí.

Esperándola.

Como si ese pequeño momento del día fuera suficiente para justificar todo lo demás.

Sus miradas se encontraron.

Y eso bastó.

Se acercaron sin prisa, sin necesidad de llamar la atención…

Pero aun así, la llamaban.

Se sentaron con el grupo.

Rodeados de ruido.

De gente.

De conversaciones.

Y aún así…

Parecían estar en su propio espacio.

No hablaban fuerte.

No necesitaban hacerlo.

Tay se inclinó ligeramente hacia ella.

—Te ves muy bonita hoy…

Cris sintió cómo algo le recorría el pecho, directo, sin aviso.

—Gracias…

Intentó sonar tranquila.

No lo logró del todo.

Una de sus amigas la observaba de reojo.

—¿Qué te dijo? —susurró, picándola con el codo.

Cris negó, pero su sonrisa la traicionó.

—Nada…

Tay volvió a acercarse.

Como si cada vez le costara menos.

Como si cada vez fuera más natural.

Y entonces…

Le dio otro beso en la mejilla.

Rápido.

Discreto.

Pero cargado de intención.

Cris no reaccionó de inmediato.

Pero cuando lo hizo…

Ya era tarde para ocultarlo.

Sus mejillas volvieron a encenderse.

Y él… sonrió.

No por diversión.

Por lo que provocaba en ella.

El recreo pasó así.

Entre miradas que duraban más de lo normal.

Entre roces que parecían accidentales… pero no lo eran.

Entre palabras suaves que nadie más alcanzaba a escuchar.

Pequeños momentos.

Pero suficientes.

Cuando el timbre sonó…

Todo volvió a su lugar.

O eso parecía.

Cris regresó al salón con sus amigas.

Pero algo en ella seguía allá afuera.

—Amiga… —dijo una— todo el mundo los estaba viendo.

Cris soltó un suspiro, dejándose caer en su asiento.

—Sí… lo sentí…

Hizo una pausa.

Y bajó la voz.

—Y él también.

Las clases avanzaron.

O al menos… el tiempo.

Porque Cris no estaba realmente ahí.

Escuchaba palabras.

Pero no las retenía.

Miraba al frente.

Pero pensaba en otra cosa.

En su voz.

En su forma de acercarse.

En ese beso que todavía sentía.

Intentó concentrarse.

De verdad.

Pero cada cierto tiempo…

Volvía a sonreír sin darse cuenta.

Hasta que—

—¡Al fin! —dijo una de sus amigas, levantándose.

El sonido de las sillas moviéndose la trajo de vuelta.

Pero solo por un segundo.

Porque ella ya sabía.

Él la estaba esperando.

Salió del salón.

Primero caminando.

Luego más rápido.

Luego sin darse cuenta… casi corriendo.

Y ahí estaba.

Apoyado, tranquilo.

Como si no hubiera duda de que ella iba a salir.

Como si no existiera otra posibilidad.

Cuando la vio…

Sonrió.

Y Cris sintió cómo todo se acomodaba en su lugar.

—Pensé que no salías nunca… —dijo él, medio en broma.

—Yo pensé lo mismo… —respondió ella, riendo.

Caminaron juntos.

Sin prisa.

Sin plan.

A veces hablando.

A veces no.

Pero nunca incómodos.

Porque el silencio…

Entre ellos…

Ya significaba algo.

Al llegar afuera, él habló con naturalidad.

—Te acompaño a tu casa.

Cris lo miró un segundo.

No porque dudara.

Sino porque le gustó cómo sonó.

—¿Seguro?

Él no dudó.

—Siempre.

Y esa palabra…

Se quedó con ella.

El camino se sintió más corto de lo que era.

Hablaron de cosas simples.

Pero debajo de cada frase…

Había algo más.

Al llegar a su casa, se detuvieron.

Ese momento.

El que nadie sabe cómo manejar.

Pero que nadie quiere evitar.

—Gracias por acompañarme… —dijo ella.

—Gracias por dejarme… —respondió él.

Se quedaron unos segundos más.

Suficientes para sentirlo todo.

Insuficientes para querer irse.

—Nos vemos mañana… —dijo Tay.

—Sí…

Cris entró.

Pero antes de cerrar la puerta…

Volteó.

Él seguía ahí.

Mirándola.

Sin prisa.

Sin intención de irse todavía.

Y eso…

Le bastó.

Cerró.

Se apoyó en la puerta.

Y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Ok… esto ya es serio…

Y por primera vez…

No le dio miedo pensarlo.

—¿Te acompañó, verdad? —preguntó su mamá desde la sala, con una sonrisa que ya lo sabía todo.

Cris rodó los ojos… pero no pudo evitar sonreír.

—Sí…

—Se te nota —añadió su papá, sin levantar la vista del todo, pero claramente atento.

Cris no respondió.

No hacía falta.

Subió a su cuarto, dejó su mochila a un lado y se sentó en la cama.

Miró al techo.

Y por un momento…

Se permitió sentirlo sin analizarlo.

Todo estaba cambiando.

Pero no como antes.

No con miedo.

Esta vez…

Se sentía correcto.

Bajó a cenar más tranquila.

Más ligera.

Como si algo dentro de ella por fin hubiera encajado.

A la mañana siguiente, el aire se sentía distinto.

Viernes.

Y Cris lo sabía incluso antes de abrir los ojos.

Se levantó con energía, se arregló con más cuidado de lo habitual…

pero sin exagerar.

Quería verse bien.

Pero no para cualquiera.

Para él.

Su papá la llevó a la prepa.

Todo parecía normal…

Hasta que bajó.

Las miradas no tardaron en llegar.

—¿Cris…? —preguntó una de sus amigas— ¿por qué traes una patineta?

Ella la sostuvo con naturalidad, como si no fuera gran cosa.

—Se me olvidó decirles… los viernes me voy a mi casa patinando. Mis papás vienen en bici.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre…

Hubo un pequeño silencio.

—No sabía que patinabas…

Cris alzó una ceja, divertida.

—No sabes muchas cosas.

Otra amiga se acercó más, curiosa.

—¿Sabes hacer trucos?

Cris sonrió.

Pero esta vez… no fue tímida.

Fue segura.

—Sí.

Pausa.

—Bastantes.

—A ver, presume —dijo una, medio en reto.

Cris dudó un segundo.

No por inseguridad.

Sino porque no estaba acostumbrada a decirlo en voz alta.

—Hace tres años participé en un concurso… en Los Ángeles.

Las miradas cambiaron.

—¿Y?

Cris sostuvo la patineta con más firmeza.

—Gané.

Silencio.

Pero no vacío.

Impactado.

—¿QUÉ?

—En la final hice un truco que nadie más quiso intentar.

Ahora no solo la miraban.

La veían distinto.

Con respeto.

Con sorpresa.

Y justo en ese momento—

—Cris…

Esa voz.

No necesitaba más.

Volteó.

Tay venía hacia ella.

Con algo en las manos.

No caminaba rápido.

Pero tampoco dudaba.

Se detuvo frente a ella.

Y le entregó una caja.

Chocolates.

En forma de corazón.

Cris sintió cómo se le tensaban los dedos al recibirla.

—Esto es para ti…

—Gracias… —respondió, más suave de lo que esperaba.

Pero no era solo eso.

Dentro había una carta.

La tomó con cuidado.

Como si supiera que ahí había algo más que palabras.

Sus amigas intercambiaron miradas detrás de ella.

—Esto ya no es normal…

—Esto ya es otro nivel…

Cris no respondió.

Porque en ese momento…

Todo lo demás dejó de importar.

Tiempo atrás…

Ese no había sido el primer detalle.

Ni de cerca.

Un mes antes…

Tay había llegado a su casa por la noche.

Con una guitarra.

Y sin previo aviso…

Le cantó.

“Si nos deja…”

Cris no lo había esperado.

No así.

No de esa forma.

Esa noche…

No pudo contenerlo.

Lloró.

Pero no de tristeza.

De algo mucho más difícil de explicar.

Porque nadie…

Había hecho algo así por ella.

Y desde entonces…

No había dejado de sorprenderla.

No con cosas grandes.

Sino con intención.

Con constancia.

Con presencia.

Sin darse cuenta…

O tal vez sí…

Ambos estaban cayendo.

Más profundo cada día.

Pasaron tres meses.

No se sintieron largos.

Pero tampoco ligeros.

Fueron intensos.

Llenos de detalles que no se olvidan.

Cartas escritas a mano.

Regalos sin fecha especial.

Mensajes que llegaban justo cuando hacían falta.

Besos que ya no eran accidente.

Miradas que duraban más de lo normal.

Y sentimientos…

Que dejaron de ser duda.

Tay lo sabía.

Ya no podía quedarse en ese punto indefinido.

No quería.

Necesitaba decirlo.

Pero no de cualquier forma.

No con palabras vacías.

Tenía que ser algo que Cris recordara siempre.

Algo que estuviera a la altura de todo lo que ya habían construido.

Se quedó pensando, en silencio.

Buscando el momento.

El lugar.

Y entonces…

Lo recordó.

Ese sitio.

Donde todo había empezado a sentirse distinto.

—Ahí… —murmuró.

Pero no sería de día.

Tenía que ser de noche.

Sábado.

Sin interrupciones.

Sin prisa.

Perfecto.

Fue con sus amigos.

No pidió permiso.

Pidió ayuda.

—Necesito que me cubran.

Ellos sonrieron al instante.

—No me digas… ¿por fin te vas a lanzar?

Tay no lo negó.

—Sí.

Pero su expresión no era de broma.

Era de decisión.

—Le voy a pedir que sea mi novia.

El ambiente cambió.

—Ok… esto es serio.

—¿Qué ocupas?

—Que no se entere de nada.

Uno de ellos levantó la mano, solemne.

—Secreto de estado.

Otro soltó una risa.

—Hermano… esto tiene que salir perfecto.

Tay asintió.

Pero en el fondo…

No era perfección lo que buscaba.

Era verdad.

Sábado por la noche.

Cris se miraba al espejo.

No era solo una salida.

Lo sentía.

Algo estaba a punto de pasar.

No sabía qué.

Pero su cuerpo sí.

Sus manos se movían con más cuidado.

Su respiración no era del todo estable.

Su reflejo… parecía observarla distinto.

—¿Por qué estoy tan nerviosa…?

No era miedo.

Era anticipación.

Se arregló sin exagerar.

Pero con intención en cada detalle.

Quería verse bien.

Pero sobre todo…

Quería que él la viera.

Cuando Tay llegó…

Su corazón no se aceleró.

Se desordenó.

Bajó.

Se despidió de sus papás.

Pero algo no encajaba.

Se miraban entre ellos.

Sonreían más de lo normal.

—¿Qué traen…? —preguntó, entre curiosa y sospechando.

Tay soltó una pequeña risa.

—Hablé con ellos.

Cris lo miró.

—¿Para qué?

—Para que te dejaran regresar más tarde.

Silencio.

No incómodo.

Revelador.

—Tay…

No terminó.

No porque no quisiera.

Sino porque algo dentro de ella…

Ya lo estaba entendiendo.

Salieron.

Caminaron.

Pero esta vez…

Había algo distinto.

Él llevaba algo en la mano.

Una venda.

Cris frunció ligeramente el ceño.

—Confía en mí… —dijo él, suave.

No fue una orden.

Fue una promesa.

Ella dudó.

Un segundo.

No más.

—Está bien…

Cerró los ojos.

Y dejó que él guiara.

Paso a paso.

—Tay… me voy a caer…

—No —respondió, firme— no voy a dejar que te pase nada.

Y no era solo sobre caminar.

Ella lo sabía.

Siguieron avanzando.

Hasta que él se detuvo.

—Lista.

Le quitó la venda.

Y entonces—

Cris abrió los ojos.

Luces cálidas.

Velas encendidas.

Un ambiente cuidado al detalle.

No era exagerado.

Era íntimo.

Real.

Perfecto.

Su respiración se detuvo un segundo.

—Tay… esto es…

—Para ti.

No necesitó decir más.

La cena estaba servida.

Pero Cris apenas probó bocado.

No porque no quisiera.

Sino porque no podía concentrarse en nada que no fuera él.

En cómo la miraba.

En cómo parecía estar conteniendo algo.

En esa tensión suave en el ambiente… que decía que algo venía.

Algo importante.

Cuando llegó el postre…

Lo vio.

Un mensaje.

Simple.

Directo.

¿Quieres ser mi novia?

El mundo se silenció.

No hubo ruido.

No hubo distracciones.

No hubo nada más.

Solo ese momento.

Y él.

Tay no dijo nada de inmediato.

Pero su mirada…

No se movía.

Estaba nervioso.

No como antes.

No como en juego.

Nervioso de verdad.

Esperando.

Cris lo miró.

Y en ese segundo…

Todo pasó por su mente.

Las flores.

La carta.

La serenata.

Los besos.

Las miradas.

Los silencios que decían más que cualquier palabra.

Todo.

Y entonces…

Sonrió.

Pero no como siempre.

Más suave.

Más segura.

Más real.

—Sí…

Pausa.

Sus ojos brillaban.

—Sí quiero ser tu chica.

Tay soltó el aire.

Como si hubiera estado sosteniendo ese momento durante semanas.

Pero no terminó ahí.

Tomó su guitarra.

Cris lo miró, sorprendida.

Y cuando sonaron los primeros acordes…

Lo supo.

Esa canción.

La misma.

La que una vez la hizo llorar.

Pero ahora…

Era diferente.

Cantaron juntos.

No perfecto.

No ensayado.

Pero sincero.

Cada palabra tenía peso.

Cada mirada sostenía algo más profundo.

Cada nota… los acercaba.

Cuando terminaron…

No hubo aplausos.

No hicieron falta.

El silencio entre ellos…

Lo decía todo.

Se levantaron.

Y comenzaron a bailar.

Lento.

Cerca.

Sin coreografía.

Solo sintiendo.

Tay la acercó un poco más.

Cris no se alejó.

Sus respiraciones se mezclaron.

Sus miradas se quedaron ahí.

Sosteniéndose.

Y entonces…

La besó.

Pero esta vez no fue impulsivo.

No fue rápido.

Fue intencional.

Profundo.

Real.

Cris respondió sin dudar.

Como si ese momento hubiera estado esperándolos desde el inicio.

Se separaron apenas…

Solo para volver.

Porque ahora ya no había duda.

Ese beso…

Lo confirmaba todo.

Esa noche no necesitó más.

Porque ya lo tenían.

Caminaron de regreso.

Tomados de la mano.

Sin hablar mucho.

Pero sin silencio incómodo.

Al contrario.

Era paz.

Al llegar a su casa…

Se detuvieron.

—Buenas noches… —susurró él.

—Buenas noches…

Pero ninguno se movió.

Hasta que finalmente…

Ella entró.

Cerró la puerta.

Y dejó escapar el aire lentamente.

Como si todo hubiera sido demasiado…

Y perfecto al mismo tiempo.

En la sala, sus papás la observaron.

—Ya llegó la noviera… —dijo su papá, divertido.

Cris los miró, entre sorprendida y sonriendo.

—¿Ustedes sabían…?

Se miraron entre ellos.

Cómplices.

—Mañana hablamos —respondió su mamá.

Pero Cris ya no necesitaba respuestas.

Porque por primera vez…

No había dudas.

No había miedo.

No había pasado que la alcanzara.

Solo presente.

Solo él.

Solo lo que sentía.

Subió a su cuarto.

Se dejó caer en la cama.

Y miró al techo.

Pero esta vez…

No estaba pensando.

Estaba sintiendo.

Y entendió algo.

El amor no siempre llega haciendo ruido.

A veces llega así.

Despacio.

Constante.

Inevitable.

En miradas que se repiten.

En silencios que se entienden.

En momentos pequeños… que terminan siendo todo.

Y esa noche…

Cris no solo dijo “sí”.

Dijo sí…

A una historia que apenas comenzaba.

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