Una vez creí en los cuentos de hadas, pero tarde me di cuenta de que solo eran una mentira que nos cuentan de niños para desviarnos de la maldad de este mundo en el cual por desgracia y caí y morí sabiendo que él no me amaba.
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Capítulo 5: El libro gris...
AYLA
Tres meses pasaron y simplemente viví la vida que tanto necesitaba vivir para comprender y entender los errores que he cometido en el pasado. Tras haberte estado en aquel motel por casi dos semanas, por fin había conseguido trabajo en un estudio pequeño de diseño de interiores, en el cual no ganaba mucho, pero era feliz de realizarlo. Cada diseño que creaba para clientes de pequeñas empresas que estaban más que satisfechos con mi trabajo.
Mientras trabajaba en otro diseño para el interior de una boutique de vestidos de novia vintage, una noticia que miré en el escritorio sólido de roble un periódico que alguien había dejado era sobre Vidar y Alicia... ellos se habían casado.
El título era claro y preciso.
"Empresario del Grupo Schneider, Vidar Schneider contrae matrimonio con Alicia Gutenberg en una ceremonia privada."
Al mirar la foto de ambos sonriendo, fue una sensación extraña porque en un inicio yo quería eso, tener una boda de ensueño con el hombre que amaba y que me mirara de la misma forma en que él miraba a Alicia, con devoción, respeto, admiración, pero ese ya no era mi destino o mejor dicho nunca fue mi destino.
El murmullo lejano de la ciudad comenzaba a apagarse, comencé a trabajar en los toques finales del diseño. Las agujas del reloj marcaban las seis en punto cuando di un último trazo al boceto. Me incliné ligeramente sobre el escritorio, observando el diseño con una mezcla de concentración y satisfacción.
La boutique de vestidos de novia comenzaba a tomar forma en mi mente: tonos marfil envejecido, espejos con marcos dorados ligeramente desgastados, lámparas de cristal que dejaban caer una luz cálida, casi nostálgica. Un lugar donde las promesas parecieran eternas... aunque en mi caso supe que no siempre era de ese modo.
Mis dedos se detuvieron. Una palabra, apenas en un susurro en mi mente: novia.
Exhalé despacio y aparté la mirada. Ya no era esa mujer. Tres meses.
Tres pasaron desde que rompí el compromiso, desde que dejé mi hogar, desde que elegí tener una vida diferente, una en la que la muerte ya no vino por mí. Tres meses en los que había aprendido a sostenerme sola, a respirar sin esperar nada de nadie, a reconstruirme con fragmentos de algo más firme de que el amor es ciego.
Dejé el periódico de lado. Y sin querer, sonreí. Solo una sonrisa pequeña, apenas perceptible, pero real.
—Bien...—murmuré, más para mí misma que para nadie—. Tenía que ser así.
Porque en esta vida, yo no lo perseguí. No le rogué. No había ignorado las señales, ni me había aferrado a una ilusión que me consumía. No había muerto. Y, sin embargo... una suave punzada, inesperada se instaló en mi pecho. No era dolor. No del todo. Era algo más complejo. Más humano.
El duelo de una vida que no sería mía. Que nunca fue mía. Cerré los ojos por un instante. Luego me vi obligada a regresar a la realidad. Al presente.
—Se terminó.—susurré. Y esta vez, lo decía en verdad.
...****************...
El aire de la tarde estaba frío cuando salí del estudio. Caminaba sin rumbo fijo, dejando que la ciudad me envolviera con su ruido cotidiano, con su indiferencia reconfortante. No sabía exactamente por qué me detuve frente a aquella librería. Tal vez fue la fachada.
Era oscura, elegante, con vitrinas de madera tallada y cristales ligeramente opacos que dejaban entrever sombras de estanterías infinitas. Había algo... antiguo en ella. Como si el tiempo no transcurriera igual adentro.
Dudé apenas un momento, un segundo antes de empujar la puerta. Una campanilla suave anunció su entrada. El olor a papel viejo, tinta, polvo y algo más... difícil de nombrar, como lluvia atrapada entre páginas que me envolvió casi de inmediato.
Recorrí los estantes con curiosidad, pasando los dedos por lomos que no reconocía. No eran libros comunes. Muchos carecían de títulos visibles, mientras que otros estaban escritos en idiomas que no comprendía.
Era como si aquel lugar existiera al margen del resto del mundo. Y entonces vi algo que llamó mi atención. Un libro gris. Pasta dura, bordes desgastados, como si hubiese sobrevivido a demasiados años sin ser tocado. No destacaba en belleza, sino en presencia. Oscura, misteriosa, latente, atrayente de una forma que de algún modo, me esperaba.
Lo tomé. Estaba frío al tacto. Demasiado frío. Extrañamente frío. Apenas lo abrí, pero no lo leí. Algo en mi interior me decía que no era un libro que se hojeaba sin intención.
—Ese no suele llamar la atención de cualquiera que ha entrado a este establecimiento.
La voz me hizo girarme. Detrás del mostrador, una mujer mayor me observaba. Sus verdes agudos, demasiado vivos para su edad. Dudé un segundo.
—Supongo que siempre hay una excepción.—Respondí con una media sonrisa. La mujer no sonrió. Solo asintió, cómo si confirmara algo que ya sabía.
—¿Te lo llevas?—Preguntó. Miré el libro una vez más. Sentí ese extraño tirón en el pecho, similar al que había sentido al leer el periódico... pero diferente. Más profundo. Más inquietante.
—Sí.—Respondí. Pagué sin preguntarle el precio. No me importó. Cuando me giré para irme, la voz de la mujer me detuvo una vez más.
—Si lo vas a leer...—dijo, con un tono que ya no era casual—léelo hasta el final.
Fruncí el ceño ligeramente.
—¿Por qué?—La mujer me sostuvo la mirada. Y por un instante, el aire pareció volverse más denso.
Un escalofrío recorrió mi espalda. No supe por qué. No entendí qué significaba realmente es advertencia.
Pero algo dentro de mí... algo muy antiguo, algo que había muerto y renacido conmigo... me decía que ese libro no había llegado a mis manos por casualidad. Apreté el volumen contra mi pecho.
Y salí de la librería sin mirar atrás.